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Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de MAi??xico, nA?m. 31.

BiCentenario 31 (1466x2000)

La inseguridad, el temor a ser vAi??ctimas de una agresiA?n, delAi??robo, el ultraje, el daAi??o fAi??sico o psAi??quico, es tan antiguo comoAi??la guerra. En cada momento de la historia de la humanidad seAi??pueden hallar en forma de terror, persecuciA?n, fobias o simpleAi??sobresalto. Ni es de estos dAi??as ni de tiempos cercanos, aunqueAi??las experiencias personales son las que nos marcan. Pero enAi??los aAi??os posteriores a la independencia de la corona espaAi??olaAi??los aventurados viajeros que cruzaban el paAi??s en diligenciasAi??o carruajes marchaban como alma en pena, marcados por laAi??incertidumbre, con el corazA?n pegado a la garganta, porqueAi??sabAi??an que podAi??an ser vAi??ctimas de atracos en el momento mA?sAi??inesperado. Subirse al A?nico transporte que por entonces lesAi??permitAi??a cruzar valles y montaAi??as tenAi??a altos riesgos pese aAi??contar siempre con guardias que los protegAi??an mientras queAi??los propios viajeros se aprovisionaban de pistolas o cuchillosAi??para la autodefensa. Para la delincuencia, clAi??rigos y extranjerosAi??solAi??an estar a salvo de los ataques personales. Pero estoAi??no siempre se correspondAi??a en el caso de las mujeres queAi??eran objeto de secuestros y abusos. El linchamiento de losAi??ladrones o su ejecuciA?n sumaria por los propios guardias deAi??los carruajes para ser exhibidos en los caminos como ejemploAi??de escarmiento ya se conocAi??an. Pero tambiAi??n los delincuentesAi??tenAi??an su aura de Robin Hood. No eran mal vistos como seAi??pudiera creer, algo que nos asemeja con el presente de mA?s deAi??un narcotraficante. HabAi??a una red clientelar que los protegAi??aAi??y a su vez mA?s de una situaciA?n Ai??pica de los maleantes queAi??los convertAi??a en objeto de fascinaciA?n. Las leyes benAi??volas enAi??muchos casos propiciaban la libertad antes que la sentencia,Ai??pero detrA?s habAi??a un contexto de crisis polAi??tica y econA?micaAi??que lo explicaba.

Esa incertidumbre que se vivAi??a en los caminos de Veracruz,Ai??Puebla o Zacatecas en los aAi??os 30 y 40 del siglo XIX tambiAi??nAi??la vivAi??an aA?n a fines de esa centuria los habitantes de lasAi??grandes ciudades que en las noches a falta de luz artificial seAi??veAi??an obligados a refugiarse en sus casas. La vida en las callesAi??no se extendAi??a mA?s allA? de las 20 A? 21 horas, como mA?ximoAi??las 22, y siempre que la luna reflejara algo de luminosidad. ElAi??calendario de fases lunares era clave para programar fiestas yAi??reuniones. Las velas y el ocote fueron los aliados de los mA?sAi??animosos, y luego las lA?mparas de gas, pero hasta que noAi??llegA? la luz elAi??ctrica, la penumbra reinA? y la costumbre de estar en casa desde temprano fue la norma. A esas horas, lasAi??calles eran dominio de la supersticiA?n, de aparecidos y almasAi??fantasmales, leyendas urbanas y rurales de las que mejor era protegerse con puertas y ventanas bien cerradas.

AsAi?? se va desentraAi??ando este nA?mero 31 de BiCentenario.Ai??En toda aventura revolucionaria, la seguridad es quizA? loAi??que menos cuenta. Las convicciones, la ideologAi??a, la apuestaAi??por las ideas se llevan al extremo, y la vida, la familia, losAi??proyectos profesionales pasan a ocupar un lugar secundario.Ai??A los hermanos Benavides, de Coahuila, poco les importA?Ai??poner en juego hasta su sA?lida economAi??a personal. CreyeronAi??en el movimiento maderista y a Ai??l se incorporaron sin dudarlo.Ai??Como asesores jurAi??dicos, secretarios privados, diputado oAi??empuAi??ando las armas y dirigiendo la tropa, las historiasAi??de AdriA?n, Luis y Eugenio Benavides retratan sus certezasAi??polAi??ticas por una causa. No esperA?bamos recompensa, recordabaAi??uno de ellos al final de su vida: pactamos recorrer juntos laAi??aventura revolucionaria, decAi??a, segA?n nos cuenta el texto deAi??Javier Romo Aguirre.

Esos aAi??os de inestabilidad polAi??tica y social se complementanAi??en este segundo ejemplar del aAi??o de BiCentenario con el legadoAi??fotogrA?fico de Cruz SA?nchez, un inquieto polAi??tico de YautepecAi??que ademA?s de ser alcalde retratA? al zapatismo. Su trabajo, pocoAi??conocido y conservado en el archivo de la UNAM, se apreciaAi??por su calidad y por las circunstancias que le tocaron vivir:Ai??residAi??a donde se concentraba el principal cuartel del generalAi??Emiliano Zapata y, entre ellos, los militares de su confianza.

Pero no son pA?ginas las de esta ediciA?n que A?nicamenteAi??nos petrifican con el sobresalto de cruzar los caminos y callesAi??citadinas de hace siglo y medio o que desmenuzan aspectos pocoAi??conocidos de la revoluciA?n de 1910 y 1913. Un joven e ilustradoAi??JosAi?? Antonio Alzate y RamAi??rez dejaba que la imaginaciA?n seAi??desplegara y con base en la experimentaciA?n se mostraba comoAi??un Leonardo Da Vinci mexicano del siglo XVIII. Hijo de unaAi??familia que le ayudA? a financiar sus publicaciones de avancesAi??cientAi??ficos y las de otros colegas, Alzate dejA? testimonio de laAi??actividad ilustrada en MAi??xico, sin importar autores ni temA?ticas.Ai??La medicina, la construcciA?n o la astrologAi??a, a pedido de clAi??rigosAi??o autoridades, lo hicieron un baluarte de la divulgaciA?n, comoAi??nos hace saber Mauricio SA?nchez.

En tiempos mA?s cercanos contamos las vicisitudes vividasAi??por el exilio, principalmente europeo, que llegA? a MAi??xicoAi??en los aAi??os 40 del siglo pasado, alentado por las polAi??ticas,Ai??en algunos aspectos selectivas, de los gobiernos de LA?zaroAi??CA?rdenas y Manuel A?vila Camacho.

TambiAi??n nos adentramos en recuperar los avataresAi??culturales del Hotel del Prado, un edificio Ai??pico que porAi??esos mismos aAi??os se levantaba sobre avenida JuA?rez y que eraAi??un ejemplo de las transformaciones del paAi??s, especialmenteAi??porque sobre sus paredes desfilaron las pinturas de varios deAi??los artistas mA?s reconocidos en esos aAi??os.

El centenar de pA?ginas que configuran cada nA?meroAi??de BiCentenario se complementa en esta ediciA?n 31 conAi??un nostA?lgico recuerdo de los cafAi??s ubicados en los bordesAi??limAi??trofes del Centro HistA?rico de la ciudad de MAi??xico y queAi??aA?n sobreviven a la tecnologAi??a del siglo XXI.

Empezamos describiendo en estas lAi??neas los temores a laAi??inseguridad de hace mA?s de siglo y medio y lo cerramos conAi??un destello anecdA?tico de los controles propios de la guerra frAi??aAi??que reinaban en MAi??xico hace seis dAi??cadas. La zafra cubana,Ai??unos estudiantes en trA?nsito en el aeropuerto capitalino y losAi??espAi??as de entonces sirven de anzuelo para la lectura.

No se asusten, regresamos en el prA?ximo nA?mero.

DarAi??o Fritz