Recuerdos de un médico militar mexicano.

María Eugenia Arias Gómez
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 36.

Tenedor de libros, en principio, la influencia de un maestro de raíces griegas alentó a Edmundo calva cuadrilla a estudiar en la escuela médico militar. Desde allí comenzaría una extensa carrera en la medicina que incluyó la formación en la universidad de Wisconsin, la docencia y la actividad profesional en centros públicos y privados.

1. Edmundo Calva Cuadrilla (461x640)

Edmundo Calva Cuadrilla, originario de Pa­chuca, Hidalgo, nació el 20 de noviembre de 1922 y fue el segundo de los once hijos que procrearon Maximiliano Calva Paredes, campe­sino, minero, así como pequeño comerciante, y Carmen Cuadrilla Valencia de Calva, dedicada al hogar. En la entrevista que me concedió en la Ciudad de México, el 21 de febrero de 2006, recordó que “éramos felices” y que, por consejo de la abuela materna, él y sus hermanos asis­tieron a escuelas primarias particulares; que tuvo calificaciones buenas, que, con envidia de sus nietos, no le dejaban tareas y que po­día dedicar tiempo a practicar deporte, como el box, y a sus labores. A estas las consideró “como una cosa natural” porque desde niño don Maximiliano le enseñó a trabajar, siendo su primera obligación barrer las calles, luego participar en los negocios paternos y a veces en diversas actividades con otras personas. Le encantaba pasear en el campo ya fuera caminando, montando en burro o a caballo, y cuando iba a visitar familiares y amigos en Atotonilco El Grande, de donde era su papá. Además, le gustaba leer libros, entre ellos los de la colección El Tesoro de la Juventud, lo que influyó mucho en su formación y que su progenitor compró para integrar la modesta biblioteca que había en casa.

En principio, no quiso cursar la secundaria, pero estudió la carrera de tenedor de libros, que hizo en una academia en un año, en vez de dos, y el director del plantel sugirió que el joven Edmundo pasara a la Escuela Banca­ria Comercial. Él mismo escribió buscando informes y al recibir la respuesta sintió como que “la cabeza se le sacudió”; le notificaron que requería la secundaria y fue entonces que aceptó hacerla. Ingresó al Instituto Científico y Literario de Hidalgo, del que guarda una opinión “muy bonita” porque sus profesores, “que no tenían doctorados ni maestrías”, da­ban sus clases con tanto interés y entusiasmo, que lo motivaban a estudiar francés “que en aquel tiempo era el idioma dominante en la cultura”, asimismo historia, geografía y otras materias. Continuó el bachillerato en el Ins­tituto y quien impartía raíces griegas, el doc­tor Carlos Sánchez, lo impactó. Preguntando acerca de este, supo que se había formado en la Escuela Médico Militar, a lo que agregó: “¿Existe esa escuela?”. Desde ese momento, su sueño fue entrar ahí porque pensó que tendría una cultura como la de su maestro. Se enteró también, que para lograrlo debía tener cartas de recomendación y buenas calificaciones, aunque él sólo contaba con estas. Don Ed­mundo mencionó que tuvo otras dos opciones: ser ingeniero o químico y que al final, él “fue todo eso” en su especialización.

Arcos de Belem (640x433)

El general brigadier médico cirujano re­tirado Edmundo Calva Cuadrilla pertenece a la xxv generación egresada de la Escuela Médico Militar, que estudió entre 1941 y 1946 en el plantel ubicado entonces en la calle de Arcos de Belén. En sus años de alumno le en­cantaron todas las materias básicas y clínicas; asimismo, cumplir y hacer las cosas “por una razón de honor, de deber, de satisfacción para el país”. Casi al término de su carrera, cono­ció a la mujer de su vida, Juanita Mercado Doménech, quien cursaba matemáticas en la Escuela de Ingeniería y era hija de su maestro, el médico militar hidalguense Serafín Mer­cado; la vio por primera vez cuando salió del consultorio del papá y “de ahí vino todo”, pues a partir de entonces se quisieron. Desde que la perdió, aún le llora. Tuvieron cuatro hijos que fueron el orgullo de ambos y cuya primera formación se debió muchísimo a su esposa; son Edmundo, doctor en biología molecular por la Universidad de Wisconsin, quien regresó a México; Juan José, quien luego de terminar medicina en la unam, realizó un posgrado en Canadá, volvió también a nuestro país y labo­ra como infectólogo en el Instituto Nacional de Nutrición; María del Pilar es médica por la Universidad Anáhuac, donde trabaja e in­vestiga enfermedades y defectos congénitos, y Alberto quien estudió en el Tecnológico de Monterrey y hace consultoría de empresas. Tiene también varios nietos y dos bisnietos.

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En la entrevista, el doctor Calva rememoró que cuando era joven le gustaba practicar es­grima y equitación en la Escuela; que después nadó con Juanita en el club deportivo y que, hasta hace pocos años, su pasión fue seguir nadando a diario en recuerdo a ella. Entre otros datos de su trayectoria, cabe distinguir que durante varios decenios ha sido docen­te en su alma mater y que, a sus 94 años, aún imparte la cátedra de Bioquímica General Avanzada en la Escuela Militar de Graduados de Sanidad. Es uno de los fundadores de la Comisión de Estudios Históricos de la Escuela Médico Militar y, actualmente, su coordina­dor. Entre otros aportes, rescató de la basura las tesis de los alumnos que se formaron en la institución, las cuales datan de 1917 a 2010 y se resguardan en el fondo reservado que lleva su nombre y pertenece a dicha Comisión. Ha escrito artículos de investigación básica sobre su especialidad médica, así como otros de di­vulgación acerca de la historia de su Escuela.

En adelante, los lectores hallarán una se­lección sucinta de la entrevista que realicé a este personaje; conocerán distintos momen­tos de su estancia como alumno, maestro y profesional en la Escuela y el Hospital Central Militar; su presencia eventual en otros centros del mismo sector o del medio civil público y privado en México, así como parte de su posterior formación en Estados Unidos. A la par, encontrarán datos sobre sus vivencias y prácticas cotidianas; su sentido de pertenencia a ambas instituciones mili­tares; cómo concibe su mundo y preserva sus códigos de valores.

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