El cruce del Jordán

Darío Fritz

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 36.

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La imagen da lugar a dudas y conjeturas. Adivinanzas y acechanzas. ¿Una jornada normal para un barquero que ayuda a cruzar a una mujer de una costa a otra a cambio de unos módicos pesos para que pueda hacer el mandado, visitar a un familiar o ir al trabajo? ¿Un solitario y solidario remero sobre una improvisada madera que lleva a buen puerto a su vecina? ¿Una vía vehicular inundada y un hombre que lo ha perdido todo, pero que aún está dispuesto a salvar a su madre de las inclemencias de la tormenta? ¿Alguna opción más modesta a las trajineras de Xochimilco? Puede resultar gracioso cómo, ante la adversidad, los seres humanos encontramos las maneras menos sutiles, o más burdas, las de creatividad inusitada o de arrojo imprevisible, para superar una situación. Cuando poco tenemos, cuando lo hemos perdido todo quizá, cuando no hay alternativa y sentimos que la guadaña del personaje de capa oscura y rostro sin develar puede pasar sobre nosotros, hay un instinto de sobrevivencia, un reflejo por poner las manos antes que enterremos la nariz en el piso, para lograr ese instante más de vida, asirnos a algo, como sea, para continuar, para estar. Pero, sobre todo, importa también estar secos, y decentes, llegar a la otra orilla impolutos, con el menor roce de hu­medad posible. Así sea en la pobreza o con todos los quehaceres de nuestra cotidianidad resueltos: ingresos, trabajo, familia, confort. Que el agua no nos toque, ni mancille nuestra integridad.

El agua ocupa la mayor superficie de la tierra, forma parte elemental de nuestro cuerpo, es imprescindible para la vida diaria, la imploramos para acabar con un tórrido día de primavera, la disfrutamos en vacaciones de playa, sin embargo le rehuimos en el momento en que puede dominar nuestro espacio inmediato. Hasta la Biblia nos dice que las aguas del Jordán se abrieron para dar paso al pueblo israelita y luego cayeron sobre los soldados egipcios que merecían ahogarse y morir antes que cruzarlo. El hombre y la mujer parecen le­vitar, mientras el remo improvisado da el paso hacia atrás para seguir avanzando sin levantar una gota que irrite las aguas taciturnas que los rodean. ¿Es invierno o verano? Hasta allí la imagen también da lugar a du­das, conjeturas y adivinanzas. El abrigo, el pañuelo en la cabeza de la mujer, el cielo y las montañas grises de una imagen de por sí sin colores, aciertan en la tesitu­ra de que estamos en diciembre o enero de cualquier año ya lejano. Pero el remero, otra vez, nos plantea la incógnita. La camisa suelta y abierta, un pantalón cor­to ajustado – sería demasiado impropio pensar en cal­zoncillos- y posibles mocasines como calzado, tienden a confundir el momento con un simple día de paseo sobre unas aguas que ojalá no hayan estado estancadas.