El milagro curativo de la electricidad

Paulina Martínez Figueroa
CEH-El Colegio de México

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 24.

La electroterapia tuvo un gran auge en México a fines del siglo XIX. El cinturón eléctrico del doctor McLaughlin fue el que tuvo mejor aceptación en la población como método de cura, desde el asma hasta las enfermedades crónicas. ¿Su secreto? Aumenta la energía vital con una corriente eléctrica suave que restaura los nervios, prometía una publicidad de la época.

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M. M. A., Alegoría del progreso industrial, 1852, óleo sobre lienzo. Museo Nacional del Romanticismo, Madrid, España

En la novela corta Los fuereños, escrita por José Tomás de Cuéllar en 1883, el autor describe la llegada de una familia de provincia a la ciudad de México y las peripecias que padece. Al acercarse a la Plaza del Seminario, doña Candelaria, la madre de familia, exclama con sobresalto: ¡Jesús, María y José! A continuación se produce el siguiente diálogo:

–¿Qué le sucede señora?
–Que me lastima el gas.
–¿Qué gas?
–Ese blanco del farol, mire usted qué barbaridad.
–Esa es la luz eléctrica doña Candelaria […] es una luz hermosísima.
–¡Quite usted allá!, qué hermoso va a ser eso, si es peor que un hachón de ocote en las narices. De seguro yo me voy a enfermar esta noche de la vista, señor Gutiérrez.
–No se fije usted en los focos.
–¿Qué focos?
–Los de la luz […]
–Ahora comprendo […] cómo es que hay en México una escuela de ciegos; en mi tierra no la hay y ya caigo por qué: como en mi tierra no hay eléctricas.


La electricidad, maravilla para algunos, inexplicable para otros, fue el motor de la segunda revolución industrial y por ello no debe extrañar la fe que la generación de cambio del siglo XIX al XX tenía en sus potencialidades. Parece que el culto al progreso la incluía entre sus santones pues haría más alegre y deliciosa la vida en el hogar, facilitaría el transporte en la ciudad, atraería más clientela a los negocios con avisos luminosos y alumbraría las calles con enormes farolas. Por si esto fuera poco, los hombres de la época encontrarían un uso más que dar al milagro de la electricidad: el medicinal.

Una cura en cada ciudad, publicidad del cinturA?n McLaughlin en The San Francisco Call, 27 de septiembre de 1903, Estados Unidos. Library of Congress, Washington D.C.

Una cura en cada ciudad, publicidad del cinturón McLaughlin en The San Francisco Call, 27 de septiembre de 1903, Estados Unidos. Library of Congress, Washington D. C.

El desarrollo de la electroterapia, es decir, el uso de la corriente eléctrica con fines terapéuticos, tuvo una evolución muy peculiar y muy diferente de lo ocurrido con otras terapias físicas. Puede decirse que sus primeras aplicaciones se llevaron a cabo en la antigua Grecia, cuando se utilizaban pequeñas descargas del pez torpedo como medio de sanación de la artritis, dado que posee órganos capaces de producir fuertes descargas eléctricas para capturar a sus presas.

Durante centurias se avanzó poco en este campo, ya que la tecnología no permitía la producción de electricidad, ni muchos menos una dosificación correcta para su aplicación terapéutica. Fue a partir de los siglos XVII y XVIII, con la invención y perfeccionamiento de los generadores electrostáticos, la botella de Leiden y la pila de Volta, cuando se desarrolló y perfeccionó, en especial después de la Ilustración. La electroterapia adquirió cierta notoriedad a fines del siglo XIX, cuando comenzó a generalizarse su uso doméstico y la distribución de la llamada corriente continua.

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