Archivo de la categoría: Sepia

Darío Fritz  En revista BiCentenario, el ayer y hoy de México, núm. 71. La mujer de la imagen es una abuela. Una abuela migrante mexicana que recoge tomates en un campo de Santa Clara Valley, California, y que junto a su “amplia” familia había migrado en 1938, como en años anteriores, desde Glendale, Arizona, para trabajar en las cosechas californianas. El meticuloso dato del rango familiar que la autora de la foto, Dorothea Lange, dejó registrado, permite correr la certera imaginación de que a sus alrededores, una prole significativa de hasta nietos, estarían pendientes como ella de los frutos ya maduros para recoger. Tampoco la imaginación sería caprichosa si dijéramos que no muy lejos de allí, la abuela y los suyos pasarían las horas de descanso bajo una carpa sin servicio alguno. Le pasaba a los blancos, y con más razón a latinos y afroamericanos. En esos años, Lange y otros dos colegas, Rusell Lee y Walker Evans, habían

Darío Fritz  En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 34.  Los árabes, a su paso por España, dejaron una palabra refrescante ya en desuso: aljibe. Creado para almacenar agua potable de lluvia, el aljibe es un pozo recubierto por materiales o piedra que no deja que sea filtrado o contaminado por las napas subterráneas y así poder disponer de ella todo el año, en especial en tiempos en que escasea. Los mayas también crearon los suyos, le llamaron chultún. Tomar agua de aljibe es un elixir; siempre se mantiene muy fresca y no pierde sabor. Donde hay aljibe, hay techos limpios, porque de allí baja el agua que se almacena. Y para una ciudad como México, con temporadas abundantes de aguaceros, en algunos tiempos fueron ideales. Pero en noviembre de 1922 no fueron suficientes. La planta de bombas de la Condesa, que suministraba el agua a diferentes colonias

Darío Frítz En revista BiCentenario, el ayer y hoy de México, núm. 70. El contraste aflora nítido. El plástico amortigua la lluvia ante el desamparo, el frío comienza a calar en algunos y en otros se abre pecho a la resistencia contra un clima impertinente para disfrutar al aire libre. Al fondo, mientras tanto, la figura ancestral del mayor ícono institucional abre dos ojos impasibles, que no son más que ventanas ubicadas al centro de la imagen, preguntándose cuánto pueden llegar a arraigar allí esos hombres, cuando él tiene siglos de mirar pasar lo más granado de la historia. Curtidos en batallas contra la desigualdad, esos hombres ocupan el territorio de todos con la esperanza de que la historia les acerque alguna pizca de justicia social. El contraste los amalgama: la edificación ruda y sobreviviente a las mejores y más deleznables decisiones, los ritos más violentos y las fanfarrias militares más

Darío Fritz En revista BiCentenario, el ayer y hoy de México, núm. 69. Cuesta apreciar lo diferente. Aunque se vocifere y apunte con el dedo, su intención se acerca a la burla y a un sentido de superioridad. Puede que nos paralice el rostro inconfundible, las vestimentas excéntricas, los ojos angulares, el cabello volátil, el sueño filoso, la voz hechiza, las ideas deslumbrantes, una piel que inflama. Pero detrás se esconde el miedo y la desconfianza hacia el otro. El germen de la superstición y creencias persecutorias, disecciona la filóloga Irene Vallejos. “Síntomas de una enfermedad de nuestras miradas”. Por siglos, un mundo que se creía ombligo de la civilización recibía ese otro “mundo salvaje” para examinarlo y fortalecer creencias de una supuesta supremacía. Del resto de los continentes llegaban a Londres, París, Madrid, Münich o Nueva York indígenas que eran exhibidos y estudiados como originarios de otro planeta, “salvajes” que

Darío Fritz En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 68. El contexto tiene la virtud de dejarnos las cosas en claro. Su ausencia confunde y obliga a dar rienda suelta a la imaginación. Un número por sí solo dice poco. Una fotografía también, aunque alguien puede decir que una imagen de Zapata no lo necesitaría. Y tiene razón. El joven afrodescendiente llevado en andas puede ser el ganador de unos juegos olímpicos recibido con entusiasmo por la muchedumbre, quizá el alcalde electo después de unos comicios reñidos o la despedida para el astronauta que viajará a Marte. Hay cierta algarabía allí pero en realidad el contexto va en sentido contrario. El cuatro de noviembre de 1910, cuando Madero estaba a pocas semanas de lanzar el alzamiento revolucionario, en Rocksprings, Texas, un chico mexicano migrante de apenas 20 años fue sacado de una cárcel dos días después de ser

Darío Fritz En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 67. Hubo un tiempo en que la lectura no estaba democratizada. O en todo caso llegaba a unos pocos. Ya sea porque la alfabetización era incipiente, los costos altos o simplemente las publicaciones no llegaban fuera de los centros urbanos. La tecnología contribuyó a dar vuelta a aquella página negativa. El linotipo fue una de ellas. Cuando comenzaron a instalarlos a fines del siglo XIX en editoriales y empresas periodísticas, trajo aparejada una mayor producción de textos impresos con mejor calidad, especialización laboral y menor desgaste físico. También implicó una reducción de la mano de obra. En las páginas de El Mundo Ilustrado contaban orgullosos en 1899 la adquisición de esas cuatro máquinas “maravillosas” de la imagen, que incluso hacían más “limpia” la manipulación del papel, con menor carga de tinta. Concentrados en la lectura, estos linotipistas teclean textos.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 66. La descripción de Guillermo Prieto tuvo la sabiduría de la precisión. Alto, delgado hasta extralimitarse de flaco, piel amarilla, ojos hundidos, actitud doliente. Un obrero estimable de la ciencia definía el escritor al hombre de la imagen. Como científico, se daba lugar a ciertos deslices extravagantes: llegaba a sus clases de química envuelto en una larga capa española de cuello de nutria, que lo hacían ver como una figura austera y grave, sobre su cuerpo encorvado. Si a esto le adicionamos accesos de tos “prolongados y fatigosos”, según un exalumno, que le congestionaban el rostro y “sacudían cruelmente el organismo”, hallamos a un hombre de fragilidades físicas pero que no le coartarían la prolífica vida como científico, académico, funcionario —participó en planeación educativa, fue inspector y regidor del Ayuntamiento de la ciudad de México— y hasta empresario exitoso —tuvo

Darío Fritz En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 65 “El trabajo dignifica” podría decir un eslogan que acompañe a la voceadora. Era normal ese tipo de frases hace casi siete décadas cuando se tomó esta foto. Hoy, los publicistas e ilustrados cazadores de clientes incautos y votantes desaprensivos no lo recomendarían. Aquello pasó al olvido. Las campañas propagandísticas, sean políticas o para el consumo, optan por el triunfalismo, el culto a la belleza efímera y la personalidad, o el vacío de las palabras. Hoy, Claudia Oston Melo tampoco podría ganarse la vida ofreciendo periódicos. Porque nadie se los compraría y porque en las calles la competencia es rabiosa entre limpiavidrios y franeleros, vendedores de dulces y baratijas, niños mendigantes, indígenas y migrantes que quieren su lugar. Una pobreza que, a decir de Jorge Luis Borges, como “el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza”.

Darío Fritz En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 61. Todo es cerebro, dicen los neurólogos. Allí comienza y termina todo. Desde regiones de la corteza frontal se planifica, se toman decisiones e inician acciones conectadas a los músculos del cuerpo a través de la médula espinal, se sabe hoy. A este joven, fotografiado en la década de los años 30, le interesaban todos estos descubrimientos que con la tecnología de entonces no alcanzaba a interpretar. El cerebro se abría y se investigaba, incluso con los pacientes despiertos. La epilepsia, cómo curarla, desvelaba a los neurocientíficos. Tras ello también estaba el joven ingeniero y médico mexicano de mirada profunda y presencia formal. Teodoro Flores Covarrubias era la figura de “la locura”, a decir de su nieta, Rocío Cerón, poeta y artista. El de los experimentos. Que lo mismo ideó el primer aparato en el país para registrar electroencefalogramas

Darío Fritz En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 64. La infancia es única y extraordinaria. La de todos los niños, los de hoy, los que fuimos. Lo dice Anna Ajmátova. A los once años, la escritora rusa escribía poemas que su padre tachaba de “poeta decadente”. Así que cada uno pasa por un tamiz inigualable, en unas edades a la cuales la reflexión sobre felicidad o dicha incompleta sólo queda para los tiempos de la madurez, porque por entonces –dice– no se tienen puntos de comparación para llegar a conclusiones tan severas. ¿Ese, esa, fui yo?, podemos preguntarnos al paso del tiempo. Sobre aquel niño que acariciaba a sus compañeros y hoy no quisiera reencontrarse con ellos, el que probaba la reacción de una paloma ahogando su cabeza en un cubo de agua, la niña que peinaba la muñeca imitando a su madre, pero en los arrebatos

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