Lluvia milenaria
Darío Frítz En revista BiCentenario, el ayer y hoy de México, núm. 70. El contraste aflora nítido. El plástico amortigua la lluvia ante el desamparo, el frío comienza a calar en algunos y en otros se abre pecho a la resistencia contra un clima impertinente para disfrutar al aire libre. Al fondo, mientras tanto, la figura ancestral del mayor ícono institucional abre dos ojos impasibles, que no son más que ventanas ubicadas al centro de la imagen, preguntándose cuánto pueden llegar a arraigar allí esos hombres, cuando él tiene siglos de mirar pasar lo más granado de la historia. Curtidos en batallas contra la desigualdad, esos hombres ocupan el territorio de todos con la esperanza de que la historia les acerque alguna pizca de justicia social. El contraste los amalgama: la edificación ruda y sobreviviente a las mejores y más deleznables decisiones, los ritos más violentos y las fanfarrias militares más
Oídos sordos
Darío Fritz En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 62. Dentro de estos vehículos que circulan por el zócalo capitalino en tiempos en que los fuegos de la revolución se habían apagado y la vida de las ciudades adquiría visos de normalidad, predomina la indignación y el enojo. El “canalla” del cartel dice mucho. Pedir “un ejemplar castigo” no es más que instar a que aquello, el robo y asesinato del colega taxista, no quede en la impunidad, simplemente para que no se repita. Lo tenían bien claro por entonces, y para eso recurrían al lugar donde quizá alguien los podría escuchar del otro lado de las paredes robustas de Palacio Nacional. Exigían decisiones a la altura de sus reclamos: investigar, detener y castigar con las armas de la ley. Para vivir en paz y sin temores a la hora de salir a la calle.
El Zócalo de la ciudad de México en los siglos XIX y XX
BiCentenario #18 Tania Santa Anna Saucedo / Facultad de Filosofía y Letras, UNAM ¿Qué citadino no ha caminado por el Zócalo capitalino?, ¿quién no lo ha visto por lo menos en fotografías o televisión? Aunque su magnitud se puede ver opacada por la belleza de la Catedral metropolitana o la seriedad del Palacio Nacional, allí está, siempre presente. Así lo escribió Madame Calderón de la Barca en La vida en México: “Hice mi debut en México yendo a misa a la Catedral. Pasamos por la calle de San Francisco [hoy Madero], la calle más hermosa de México, tanto por sus tiendas como por sus casas (entre ellas, el Palacio de Iturbide, ricamente labrado, pero ahora casi en ruinas), y que termina en la Plaza en donde se levantan la Catedral y el Palacio”. Todos tenemos en la mente la imagen de esa enorme plaza, donde en medio ondea la bandera
