Darío Fritz
En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 34.
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Los árabes, a su paso por España, dejaron una palabra refrescante ya en desuso: aljibe. Creado para almacenar agua potable de lluvia, el aljibe es un pozo recubierto por materiales o piedra que no deja que sea filtrado o contaminado por las napas subterráneas y así poder disponer de ella todo el año, en especial en tiempos en que escasea. Los mayas también crearon los suyos, le llamaron chultún. Tomar agua de aljibe es un elixir; siempre se mantiene muy fresca y no pierde sabor. Donde hay aljibe, hay techos limpios, porque de allí baja el agua que se almacena. Y para una ciudad como México, con temporadas abundantes de aguaceros, en algunos tiempos fueron ideales. Pero en noviembre de 1922 no fueron suficientes. La planta de bombas de la Condesa, que suministraba el agua a diferentes colonias de la ciudad, había sufrido una avería que la paralizó durante varios días, lo que obligó a los habitantes a buscarla en parques públicos o pozos artesianos. Para las casas con aljibe aquello no sería un problema, pero un buen número de capitalinos no tuvo otra opción que salir a protestar.
Resulta contrastante ver a estos obreros con overol y ciudadanos enfundados en sus sacos, corbata y sombrero marchar por las calles de la Ciudad de México para reclamar por el servicio de agua, si lo comparamos con las imágenes cotidianas actuales de las manifestaciones citadinas. Nuestras calles respiran enojo por los bolsillos cada vez más raquíticos, porque nos quitan padres, hijos, hermanos, amigos, porque la educación no alcanza para todos. Pero no hemos visto que fuera por el agua. Las advertencias de su escasez por el desarrollo inmobiliario descontrolado del siglo xxi no logran aterrizar en la ciudad, y mucho menos calan en la conciencia los anuncios de que las futuras guerras detonarán por tener su dominio. Pero hace casi 95 años estos hombres –la ausencia de mujeres es notoria– sí reclamaban. Y por entonces, como ahora, había autoridades omisas, rebasadas por el problema o con escasas luces, que no daban respuestas. La inconformidad recorrió varias calles de la ciudad hasta llegar al Zócalo. Allí se encendió la tragedia. La Gendarmería Montada, por temor, impericia o aprovechando la situación, disparó en la noche sobre la gente, supuestamente porque creyeron que les disparaban cuando escucharon la explosión que generaba el magnesio utilizado por los fotógrafos para iluminar. La reacción fue de furia, el edificio municipal atacado y su archivo quemado. Más de 5 mil personas acompañaron al día siguiente hasta el Panteón de Dolores a los muertos por los gendarmes. Era la primera batalla por el agua en la Ciudad de México.
