Editorial

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 38.

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Ya no sólo documentos, archivos, expedientes, cartas, manuscritos, papeles. Ya no más tinta ni lecturas. En paralelo al registro impreso, voces, tonalidades, timbres, gritos, aullidos, risas y llantos. La oralidad tiene su espacio propio como otra manera de recuperar y construir la historia. Desde antes incluso de que la imprenta plasmara con testimonios aquello que la memoria hilvanaba, su registro estaba acotado a la impresión en piedra, papel o tela. Presa de lo que letras y pinceles quisieran transmitir de ella. Sólo la imaginación que cada uno quisiera hacer volar le colocaba tonalidad y timbre a sus testimonios. Era su único arrojo de liberación. Cómo habrá sido la tonalidad de voz de Miguel Hidalgo anunciando la independencia, Guerrero lanzándose a una batalla, Moctezuma en diálogo con Cortés, el sonido de las descargas de los fusiles que acabaron con Maximiliano. ¿Será cercana a como lo imaginaron directores de películas o actores que las interpretaron? La historia oral es hija de la tecnología y socia de las herramientas sonoras que comenzó a construir el hombre en el siglo XX para ya no recurrir a la imaginación como interpretación de diálogos, órdenes, anuncios, y todo aquello que la voz registra. Esas voces de las que se han tomado notas, capturadas en una cinta magnetofónica, y desde pocos años atrás en soportes digitales, relatan distintos episodios históricos, leyendas y creencias, que en este número de BiCentenario nos hemos propuesto recuperar en algunos ejemplos.

El sismo de 1985 en la Ciudad de México, rememorado recientemente por las generaciones que lo sufrieron con la tragedia de septiembre pasado, y que permite entender su alcance a los que no estábamos aquí tres décadas atrás, se relata a través de las palabras de quienes lo vivieron en la colonia Condesa, una de las varias zonas devastadas, y donde se manifiesta tanto el dolor como la solidaridad, el vacío y el silencio por los fallecidos y estructuras habitacionales derrumbadas, pero, sobre todo, por el temor y el miedo que decidió a muchos a salir de la colonia para buscar en otras delegaciones o ciudades la seguridad que ya no tenían. La soledad se apropió de la Condesa por un largo tiempo, hasta convertirse en una zona de oficinas y a la que la propia gentrificación la hizo un lugar para jóvenes profesionales. Recuerdos indelebles que sólo el tiempo permite cicatrizar.

Xochimilco tuvo un impacto relevante en el sismo reciente de 2017, relacionado con los espacios fluviales que la urbanidad desplazó en el último siglo. A principios de 1900, con su tejido de canales de 33 kilómetros de longitud –abarcaban también Tláhuac y Milpa Alta–, las vías de agua eran el centro de un comercio vivaz en el que se movían los habitantes de los barrios y pueblos ubicados a sus orillas. El hijo de uno de sus navegantes más asiduos relata, gracias a la memoria heredada de su padre, la vida diaria de entonces, del ganado que bebía de aquellos canales y de los recorridos hasta el mercado de Jamaica en anchas canoas conducidas por dos o tres remeros para trasladar a los pobladores o transportar hortalizas, verduras, forrajes y flores destinadas a la venta. Las descripciones de don Zacarías Santamaría dan cuenta de “los rasgos de identidad de los pueblos del sur de la Ciudad de México a partir de la relación con el recurso del agua”.

Las historias orales que se conjugan en este número de la revista se trasladan a 10 000 kilómetros de distancia y hasta el año 1976, para acercarnos a uno de los momentos más trágicos de una sociedad, para la cual México se convertiría en un oasis de vida consumado en el exilio. En ese año, el sangriento golpe militar argentino que se extendería por casi ocho años obligó a políticos, familias, militantes e intelectuales a buscar refugio en la embajada mexicana en Buenos Aires. Sobrevivieron a una muerte casi segura en la sede diplomática hasta lograr el salvoconducto que los trajera hasta aquí. Fueron 68, pero algunos de ellos tardaron hasta seis años en salir de aquel encierro obligatorio. México unió a muchos de ellos no sólo por sobrevivir en espacios reducidos, relatan las víctimas de la persecución, sino por aprender a convivir pese a las profundas diferencias políticas, económicas y sociales. La protección y el amparo de la embajada era la diferencia entre la vida y la muerte.

La transmisión oral de mitos y leyendas ancestrales permite también construir una oralidad a partir de las remembranzas de viejos pobladores del Soconusco, en municipios chiapanecos. Son tres leyendas entrelazadas a partir de fragmentos de relatos inspirados en textos que publicara el arqueólogo Carlos Navarrete.

Otro personaje ubicado en el mito, más cercano a la idolatría que a la denostación es la de Ernesto Che Guevara. Recurrimos a los testimonios de jóvenes mexicanos, muy alejados generacionalmente de las cinco décadas transcurridas desde su ejecución en la selva boliviana, para conocer cómo ven ellos al personaje que se ha ido construyendo, y qué tanto sigue influyendo como insignia y bandera de un pensamiento ético y político o en todo caso como mercancía intrascendente de consumo.

¿Qué más queda por leer y analizar de este BiCentenario número 38? Seguramente mucho.

A quienes se interesan por revisar el proceso de emancipación pueden recorrer un periodo notable en la vida del general navarro Xavier Mina, que alentado por el encuentro con Simón Bolívar, en Haití, llega a lo que es hoy Tamaulipas para iniciar un proceso de reconfiguración en el ánimo derrotista independentista, luego del fusilamiento de José María Morelos. Con varios triunfos sobre el mejor pertrechado y más numeroso ejército virreinal, se convirtió en un estandarte para las tropas trigarantes que entrarían libertadoras a la ciudad de México en 1821.

Hacia 1898 nacía un hospital que aún hoy es cuna de formación de oftalmólogos mexicanos y latinoamericanos. El Hospital de la Luz mantiene viva una historia de excelencia que da gusto conocer, no sólo como centro de aprendizaje de especialistas, sino también por mantener una tradición de igualdad social para sus pacientes, en la que no importa el sector social al que pertenezcan.

Hasta aquí estas pinceladas por descubrir un nuevo BiCentenario. Tan diverso como completo, se encontrarán en estas páginas con un pintor chiapaneco que echaría raíces en la Aguascalientes del porfiriato, la narcocultura de nuestra vida diaria de la que no podemos evadirnos y hasta un fantasma con más de un siglo de vida.

Darío Fritz