Dos ejércitos, dos visiones, un sitio

Iván Lópezgallo
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 44.

El coraje y la valentía no serían suficiente para las menguadas fuerzas del Ejército de Oriente, que entre marzo y mayo de 1863 se enfrentarían en Puebla a la entrenada y bien abastecida expedición francesa. Prácticamente estaban en las antípodas.

Jean-Adolphe Beaucé, El General Bazaine ataca el fuerte de San Javier durante el sitio de Puebla, 29 de Marzo de 1863, óleo sobre tela, 1867, copia en el Museo Nacional de las Intervenciones. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Jean-Adolphe Beaucé, El General Bazaine ataca el fuerte de San Javier durante el sitio de Puebla, 29 de Marzo de 1863, óleo sobre tela, 1867, copia en el Museo Nacional de las Intervenciones. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH.

Puebla ha sido, históricamente, una de las metrópolis más importantes de nuestro país. Fundada en el Valle Cuetlaxcoapan, su ubicación la convirtió un paso obligado para quienes se dirigían de Veracruz a la capital de la república o viceversa, por lo que en términos militares tomar Puebla abría las puertas de la ciudad de México. Esta situación la convirtió en escenario de una gran cantidad de sitios y enfrentamientos durante el siglo XIX, aunque ninguno tan famoso como el del 5 de mayo de 1862, fecha en que el Ejército de Oriente derrotó a quienes Ignacio Zaragoza, su general en jefe, calificó horas antes de la batalla como los primeros soldados de mundo.

El triunfo de los primeros hijos de México –adjetivo también empleado por Zaragoza– sobre el ejército francés, considerado en la época como el más disciplinado del planeta, originó una de las mayores celebraciones nacionales y opacó lo sucedido entre el 16 de marzo y el 7 de mayo de 1863, periodo en el que miles de hombres mal armados resistieron los ataques continuos de quienes se sentían obligados a vengar la afrenta recibida un año antes. Vale recordar aquí que Porfirio Díaz mencionó en sus memorias que durante la lucha por el cuartel de San Marcos sacó su pistola para defenderse, pero era tan mala su calidad que se le desarmó en las manos y tuvo que aventarle los pedazos a un zuavo que trataba de matarlo.

Dos fuerzas

Entry of the french into the city of Mexico, litografía en Henry Davenport, Grandest Century in the world’s History, Estados Unidos, National Publishing Co., 1900.

Entry of the french into the city of Mexico, litografía en Henry Davenport, Grandest Century in the world’s History, Estados Unidos, National Publishing Co., 1900.

Cuando marcharon de nuevo sobre Puebla, los expedicionarios franceses no estaban ya bajo el mando del conde de Lorencez, sino de un héroe de la Guerra de Crimea, el general Élie-Frédéric Forey. Y los 6 000 hombres con los que el conde se proclamó dueño de México antes de su inolvidable derrota frente a Zaragoza, habían sido reforzados considerablemente, por lo que en enero de 1863 sumaban 28 126 soldados con 50 bocas de fuego, plantándose frente a Puebla con 26 300 efectivos –cifra que incluye a 2 000 tropas conservadoras que se pusieron bajo sus órdenes– y 56 piezas de artillería.

Entre los defensores también se llevó a cabo una importante reorganización: a los 5 454 soldados con que contó Ignacio Zaragoza el 5 de mayo de 1862 se les fueron uniendo numerosos contingentes, por lo que al llegar el enemigo el Ejército de Oriente sumaba 24 828 hombres más 180 piezas de artillería, de acuerdo con lo que Juan Macías escribió en El sitio de Puebla. 150 aniversario. Sin embargo, en su conocido libro El sitio de Puebla en 1863, Luis Chávez Orozco sostiene que los defensores contaban con 23 930 efectivos, divididos de la siguiente manera: 22 206 soldados, 1 495 oficiales y 229 jefes con 178 cañones.

Más allá de estas y otras diferencias en las cifras –el general Juan Manuel Torrea afirma en Gloria y desastre del sitio de Puebla que entre jefes, oficiales y tropa, los mexicanos tenían 24 678 efectivos–, los autores mencionados concuerdan en que las fuerzas nacionales eran inferiores en número frente las francesas y en que estas últimas estaban integradas por profesionales muy bien adiestrados, venían precedidas por brillantes campañas y contaban con enormes caudales, mientras que el Ejército de Oriente estaba formado en su mayor parte por milicias estatales que no tenían los conocimientos ni la disciplina para poder ser consideradas como un ejército regular, ya que la mayor parte de sus soldados habían sido reclutados a la fuerza y llevados a Puebla de lugares tan lejanos como Chihuahua o Chiapas… recibiendo adiestramiento militar básico durante el camino y sin contar con mayor experiencia de combate.

Jean-Adolphe Beaucé, Entrada del general Forey a la ciudad de México, 10 de junio de 1863. copia en el Museo Nacional de las Intervenciones. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH

Jean-Adolphe Beaucé, Entrada del general Forey a la ciudad de México, 10 de junio de 1863. copia en el Museo Nacional de las Intervenciones. Secretaría de Cultura-INAH-Méx. Reproducción autorizada por el INAH

Junto al mal armamento y la poca capacitación y experiencia de sus tropas, los republicanos también tuvieron que enfrentarse a la falta de dinero, algo que los acompañó durante toda la lucha e hizo confesar a un jefe guerrillero que le daba vergüenza llegar a un pueblo sin un centavo y tener que pedir a las autoridades paja, maíz, tortillas, carne, leña y todo lo necesario para asegurar la subsistencia de sus fuerzas; en cambio los franceses trataban de atraerse la simpatía de la gente pagando a buen precio todo lo que necesitaban.

También dejó constancia de esta situación Ignacio Zaragoza en un telegrama enviado el 9 de mayo de 1862 al ministro de la Guerra, general Miguel Blanco, en el que le informaba que sus fuerzas casi no tenían alimentos, que no logró cubrir los gastos del día porque sólo tenía en caja 3 300 pesos, cuando se necesitaban 3 700 pesos, y que no pudo conseguir más dinero porque los poblanos eran malos en lo general y, sobre todo, indolentes y egoístas. Concluía que sería bueno quemar una ciudad que estaba de luto por la derrota francesa.

Entre quienes lamentaron el triunfo de Zaragoza se encontraba Tirso Rafael Córdova, un clerical conservador e imperialista para el que nada ilustraba mejor la miseria del Ejército de Oriente que su desfile frente a Benito Juárez en marzo de 1863, ya que poco antes de marchar frente al presidente se pintaron carretas, cureñas y cañones y se dieron a los soldados flamantes uniformes… aunque no zapatos. Formándose, de acuerdo con él, un contraste ridículo entre la ropa nueva y sus pies descalzos.

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