El discurso musical en el México posrevolucionario

El discurso musical en el México posrevolucionario

José Ángel Beristáin Cardoso
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 64.

La pianista mexicana Alba Herrera y Ogazón, investigadora, musicóloga y prestigiada profesora del Conservatorio Nacional de Música tuvo una vital participación en acercar a los sectores populares la música de culto, reservada a la élite de México de principios del siglo XX.

Srita. Alba Herrera y Ogazon, Cosmos. Magazine mensual, 1 de septiembre de 1913.

Para vislumbrar el panorama cultural en México es importante comenzar desde algunos de los “discursos” que se fueron construyendo para representar e interpretar a la revolución mexicana en los gobiernos posrevolucionarios. A través de la política cultural y de los medios de comunicación estos discursos –sonoros, escritos, visuales y audiovisuales– constituyeron una “memoria cultural” dentro de un marco cambiante. Por tal motivo, el presidente Álvaro Obregón comenzaría la construcción mitificadora de la revolución impulsando a José Vasconcelos en uno de los proyectos educativos más ambiciosos y de mayor cobertura que haya tenido nuestro país: la creación de la Secretaría de Educación Pública (SEP). A partir de ese momento se logró sellar un binomio entre la cultura y la educación para combatir el analfabetismo y nutrir un “nacionalismo cultural”, pleno de “estereotipos” de “lo mexicano”, estimulando a músicos, intelectuales, artistas plásticos, fotógrafos, escritores y cineastas para comenzar a apropiarse de la cultura popular y sus tradiciones, así como de las prácticas sociales y artesanías de los pueblos originarios.

El Departamento de Bibliotecas trabajó intensamente. Tan sólo de agosto de 1922 a junio de 1923 se instalaron 285 bibliotecas a lo largo del país. En el Departamento de Cultura Indígena se integraron 102 maestros “misioneros” con el principal propósito de despertar el entusiasmo por la instrucción en centros indígenas, que eran los focos donde las autoridades locales y particulares consideraban que se exhibían muchas carencias. En lo concerniente al Departamento de Bellas Artes, se promovió la enseñanza del dibujo, el canto, la música y la gimnasia entre los niños y adultos, y en estos últimos entre los obreros y elementos del ejército.

El Departamento de Bellas Artes

En el discurso musical o sonoro, y en el afán de acercar la “alta cultura” a las masas –es decir, aquellas expresiones artísticas que se difundieron desde Europa a partir del siglo xviii: teatro, música, literatura, danza, pintura y escultura–, el Departamento de Bellas Artes impulsó la enseñanza del canto coral en los cuarteles de la ciudad de México, formando un contingente de 2 000 soldados para un festival al aire libre en el bosque de Chapultepec y en el Parque Real de España, acción que se extendería a las ciudades de Guadalajara, Puebla, Mérida, Aguascalientes y Orizaba. Este departamento, el cual funcionó como Dirección General de las Bellas Artes durante el gobierno constitucionalista, nunca abandonó su papel como “orientador del cultivo estético” en toda la república mexicana, ni como “unificador” de todos los asuntos de las Bellas Artes que antes se atendían aisladamente vía la extinta Secretaría de Instrucción Pública. Puede rescatarse de una nota del primero de septiembre de 1917 del diario Excélsior, el principal objetivo de dicho departamento: “cristaliza las aspiraciones largo tiempo acariciadas por los grupos cultos del país, y tiene a su cargo el fomento y divulgación del arte en todas sus manifestaciones, la vigilancia y desarrollo de los establecimientos oficiales de carácter artístico y de aquellos que directamente se relacionan con alguna de las Bellas Artes”. Lo interesante de este dato es que en los umbrales de los gobiernos posrevolucionarios esta posición se mantenía vigente y ahora se apuntalaba hacia las capas populares.

En relación con el concierto de los 2 000 soldados, la profesora Alba Herrera y Ogazón (1892-1931) escribió un artículo titulado “Nuestras conquistas musicales” en El Universal Ilustrado del 22 de marzo de 1923, y no vaciló en halagar la labor de la dirección de cultura estética –a cargo de Joaquín Beristáin, alma y espíritu de esta campaña– por impulsar el festival como “una acción musical aplicada a las masas”, y donde únicamente la gente vinculada con el canto podía saber lo que implicaba “hacer cantar –homogénea y correctamente–, a 2 000 individuos de la clase de tropa”.

Podemos considerar este tipo de grandes conciertos al aire libre como ecos de la “civilización burguesa europea” en nuestro país, para los cuales se fueron abriendo espacios –tanto en recintos abiertos como cerrados– en la capital y las principales ciudades del interior de la república, no solamente para el público considerado “culto”, sino también para el “pueblo” –mujeres, ancianos, niños, obreros y campesinos–, en sincronía con los programas educativos y culturales de los gobiernos posrevolucionarios. Es importante destacar que las bandas militares de guerra en México se habían consolidado en los tiempos del porfiriato como un “símbolo nacional” y luego, durante la revolución mexicana, se convirtieron en un poderoso medio de “difusión” musical, puesto que los movimientos de tropas en un territorio tan extenso como el nuestro provocaron que las bandas militares ejecutaran muchas piezas en distintas regiones para volverse “populares” (La Sandunga, El son del Fandango, La Adelita, entre otras).

Alba Herrera y Ogazón

Alba Herrera y Ogazon, retrato en Punto de vista. Ensayos de crítica, 1920. Biblioteca Ernesto de la Torre Villar, Instituto Mora.

La investigadora Yael Bitrán Goren llegó a definir a Herrera y Ogazón como “una mujer en un mundo de hombres”, en lo cual podemos coincidir, puesto que la pianista mexicana, investigadora, musicóloga y prestigiada profesora del Conservatorio Nacional de Música logró conquistar por méritos propios un espacio para su discurso periodístico. Este, llamado “Crónicas y comentarios”, apareció en el semanario El Universal Ilustrado. Para 1923, ya se habían publicado sus libros El Arte musical en México (1917) y Puntos de vista. Ensayos de crítica (1920).

La profesora Herrera y Ogazón, mujer de clase media, se caracterizó por su gran inquietud intelectual, en una época en la que aún predominaba en el imaginario social de nuestro país la idea decimonónica –que no alcanzó a sacudir la revolución mexicana– de la “mujer-madre”, es decir, de la “maternidad” como propia para alcanzar su realización, de las mujeres artistas a la “sombra” de los varones artistas –principalmente en encargos oficiales–, así como de los peligros de la vida fabril para las mujeres obreras. Más allá de la música, la profesora Alba Herrera se consolidó como una especialista en la crítica de otras expresiones artísticas, como el teatro, la literatura, la danza y la poesía. Su amplia preocupación por la educación artística la llevó a ser parte activa en iniciativas que trascendieron en la vida educativa y cultural del país, tales como la fundación del Ateneo de la Juventud (1912) y la creación de la Facultad de Música de la Universidad Nacional (1929).

En su obra “El Arte musical en México”, Herrera y Ogazón concibe a la música como la expresión de la vida del espíritu, caracterizando a manera de “antecedentes” la historia de esta expresión artística en México, desde la época prehispánica hasta el México decimonónico, principalmente durante la etapa en que se fundó y se fue consolidando como el Conservatorio Nacional de Música. Cabe señalar que esta institución abrió sus puertas para que las mujeres también pudieran instruirse, más allá de las clases particulares de violín y piano a las que estaban acostumbradas, y que en él se constituyó una orquesta sinfónica que en algún momento llegó a considerarse como Orquesta Sinfónica Nacional.

En los artículos publicados en el semanario El Universal Ilustrado, Herrera compartió su sapiencia y mostró una gran versatilidad sobre distintos temas de la vida cultural. Veamos tan sólo un ejemplo. En enero de 1923, escribió sobre “El coro ukraniano”, desmenuzando brevemente las cualidades de este orfeón, que se venía presentando en nuestro país, integrado por cuarenta cantantes de estudio y dirigidos por el prestigiado maestro Oleksandr Koshyts (1875-1944). A la autora le fascinaba la música coral, llegando a afirmar en su crítica que “Un orfeón bueno es lo más musical que hay en la música; acaso sea también, lo más raro de lograrse”. Esta agrupación de cantantes llamó su atención por su gran influencia del folklore en sus interpretaciones, de una música a la cual se consideraba primitiva porque no se basaba en la escala mayor ni en la menor, sino que mezclaba ambos modos en una misma tonalidad.

Como este tipo de música estimulaba el “alma popular”, en el contexto de efervescencia nacionalista que se vivía tanto en los países bajo las órdenes de Moscú como en México, no fue extraño que auspiciaran el evento la secretaría de Educación Pública, a cargo de José Vasconcelos, y la secretaría de Finanzas, presidida por Adolfo de la Huerta, quien daba fluidez a los recursos que solicitaba la sep y quien también llegaría a aprovechar su paso en 1918 como cónsul general de México en Nueva York para perfeccionar su técnica vocal como cantante de ópera.

Herrera y Ogazón reseñó que en el repertorio del coro ucraniano destacaron partituras como “Arrullando”, “El ángel de la guarda”, “Schedryk” (internacionalmente conocida como “Carol of the bells” o “Villancico de las campanas”), “La madrugada”, “Noche”, “Yo estaba hilando, hilando”, entre otras. Durante una gira por territorio mexicano, desde el 10 de diciembre de 1922 al 26 de enero de 1923, esta “orquesta humana” –como también la denominaría– recorrió 21 ciudades de la República, ofreciendo cerca de 50 conciertos en el Teatro Arbeu, la Plaza de Toros “El Toreo” –con una afluencia aproximada de 30 000 personas–, y el Teatro Esperanza Iris, todos en la ciudad de México, mientras que en el interior sus voces regocijaron al público en recintos como el Teatro de la Paz en San Luis Potosí, el Teatro Degollado en Guadalajara, el Teatro Cine Lux de Puebla, el Teatro Llave en Orizaba, el Teatro Variedades en Veracruz, el Teatro Juárez en Guanajuato, el Teatro Calderón en Zacatecas, entre otros.

El coro nacional de Ucrania se presentó en nuestro país gracias al empresario Max Rabinnof, deslumbrando a propios y extraños, a músicos célebres como Manuel M. Ponce en cuanto al magistral manejo de voces a boca cerrada y otras virtudes, y al propio público cuando la agrupación incorporaba en los conciertos el himno nacional de México, así como canciones populares de Miguel Lerdo de Tejada, como “La paloma blanca” y “Perjura”. Estas canciones habrían sido escuchadas por el director del coro durante los viajes en tren, quien tomó nota y las ensayó con los cantantes. El maestro registró en su diario personal algunas anécdotas de la gira en México, entre las cuales mencionó las palabras que les dedicó el presidente mexicano Álvaro Obregón durante uno de los entreactos de sus funciones: “Por primera vez en mi vida, lo siento, que no tengo mi segunda mano [la perdió en la guerra] y no puedo aplaudirle”.

Retomando la crónica de Herrera y Ogazón, en cuanto a la diversidad y colorido nacional del coro ucraniano, la profesora logró describir poéticamente que predominaba en él “la tristeza en esos aires que sugieren la vida selvática de las estepas vestidas de nieve, ilimitadas y muertas, invadidas por la bruma de los crepúsculos invernales. Pero son, también, de una simplicidad tierna, casi infantil, o muy jocosos, con la alborotada alegría del sentir extremoso, violento e indomable en sus arrebatos”.

Ahora bien, la opinión de Alba Herrera y Ogazón también atendió temas como el de los compositores universales y el gran público, las buenas y malas producciones teatrales o la utilidad de la ópera. Al respecto de esto último, no lograba entender por qué sus contemporáneos contemplaban este género como un entretenimiento emocional de segundo orden, y sólo consideraban a la música de cámara como un género más educativo o intelectual. Para concluir, basta señalar que, a diferencia de lo que opinaba Chopin con relación a que el arte era esencialmente aristocrático, la profesora Herrera y Ogazón enfatizó en sus crónicas que la música era el arte más democrático, el más accesible a las masas, algo así como la “común propiedad de pobres y ricos”.

PARA SABER MÁS

  • Beristáin Cardoso, José ángel, “Pilares de la educación musical en México. Alba Herrera y Ogazón, Carlos J. Meneses y Carlos Chávez”, BiCentenario. El ayer y hoy de México, 2020, en <https://cutt.ly/Ow37kLyB>
  • Bitran Goren, Yael, “Presentación”, en Alba Herrera y Ogazón, Puntos de vista. Ensayos de crítica, México, Conaculta/INBAL/CENIDIM, pp. IX-XXVIII, 2012.
  • Herrera y Ogazón, Alba, El arte musical en México, México, Conaculta/INBAL/CENIDIM, 1992.
  • “Carol of the Bells” (Schedryk), en <https://cutt.ly/Dw37lsSc>
  • “La historia del Coro Nacional de Ucrania en México y Schedryk (Villancico de las campanas”, en <https://cutt.ly/4w37lbOz>

 

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