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En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 31. La inseguridad, el temor a ser víctimas de una agresión, del robo, el ultraje, el daño físico o psíquico, es tan antiguo como la guerra. En cada momento de la historia de la humanidad se pueden hallar en forma de terror, persecución, fobias o simple sobresalto. Ni es de estos días ni de tiempos cercanos, aunque las experiencias personales son las que nos marcan. Pero en los años posteriores a la independencia de la corona española los aventurados viajeros que cruzaban el país en diligencias o carruajes marchaban como alma en pena, marcados por la incertidumbre, con el corazón pegado a la garganta, porque sabían que podían ser víctimas de atracos en el momento más inesperado. Subirse al único transporte que por entonces les permitía cruzar valles y montañas tenía altos riesgos pese a contar siempre con guardias que

Javier Romo Aguirre En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 31. Adrián, Luis y Eugenio juraron correr juntos la aventura revolucionaria sin esperar nada a cambio. Sus roles fueron diferentes, pero en cada caso ocuparon lugares políticos y militares destacados al lado de Madero, Carranza y Villa. ¿Cuáles serían las motivaciones para que un grupo de parientes y conocidos en Coahuila, pertenecientes a una clase social acomodada y culta, se unieran a los movimientos revolucionarios de 1910 y 1913? ¿Qué motivaciones tan poderosas pudieron mover a este conjunto acaudalado que teniéndolo todo arriesgó sus fortunas y sus vidas en esos movimientos libertadores? ¿Habrá influido en ellos por su cercanía geográfica la vocación democrática de los Estados Unidos de América? ¿Pudo ser la tiranía ejercida por el presidente Porfirio Díaz con el argumento de mantener el orden? El propio Díaz se lo expresó al periodista James Creelman, sin

Lina Minerva Rodríguez Sánchez Universidad del Claustro de Sor Juana En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 31. En la historia del Centro Histórico de la ciudad de México, los cafés tienen un lugar preferido que ni la modernidad de las marcas internacionales o locales, adaptadas a otros placeres y costumbres del siglo XXI, han podido desplazar. Allí conviven con aroma a tradición y esencia a nostalgia. El café es como el amor y tal vez este sea el motivo por el cual muchos nos volvemos adictos a él. Adictos a su aroma, a su esencia, al calor que nos proporciona haciéndonos sentir siempre acogidos, así como a la energía y la fuerza con las que nos da lucidez para seguir adelante. Uno puede hacer todo por amor o puede hacer todo con una buena taza de café. Como se decía en otras épocas, el café es

Graziella Altamirano Instituto Mora En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 31. Una de las actrices más emblemáticas del cine nacional fue Sara García Hidalgo (1895-1980), conocida como La Abuelita del cine mexicano por sus estereotipadas interpretaciones de una abuela, lo mismo severa y regañona que protectora y tierna, una figura imprescindible de la época de oro del cine nacional. Recuperamos dos entrevistas don de la propia actriz habla de su llegada al cine, los escenarios compartidos con Pedro Infante y Jorge Negrete, así como la huella que quería dejar para las futuras generaciones de actores y actrices. Actriz de teatro por vocación y por intuición, Sara García se vinculó a la carrera cinematográfica y transitó casi a la par con la historia del cine nacional del siglo XX, a partir de la aparición del cine sonoro en los años 30, cuando este se fue perfilando y

REVISTA COMPLETA EDITORIAL CORREO DEL LECTOR ARTÍCULOS Un inventor en tiempos de la ilustración mexicana.Mauricio Sánchez Menchero Los caminos del terror.Eduardo Flores Clair La decepción de los monarquistas.Víctor A. Villavicencio Navarro El compromiso revolucionario de los hermanos Aguirre Benavides.Javier Romo Aguirre Sombras y ¿nada más?Lillian Briseño Senosiain Los elegidos del exilio cardenista.Martín Manzanares DESDE HOY Borras de café.Lina Minerva Rodréguez Sánchez TESTIMONIO El legado fotográfico de Cruz Sánchez.Paulina Michel ARTE El arte del Hotel del Prado.Paulina Martínez Figueroa CUENTO La desobediencia de mi abuela.Elios Mitre ENTREVISTA Sara García. La actriz joven que quiso ser vieja.Graziella Altamirano SEPIA El señor X.Darío Fritz

Darío Fritz En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30. Eso de bañarse se agradece. Sana heridas, purifica el espíritu, recupera energías, elimina tensiones y, sobre todo, no aleja amistades ni obliga a tapar los orificios de la nariz cuando el vaho que dejamos sabe a fragan­cias de El Cairo, un viejo dicho ya demodé que daba cuenta de la mala fama de las calles en la antigua capital de los faraones. Estos hombres y mujeres de la imagen se refrescan del fuerte calor de la temporada estival de Aguascalientes en una acequia de aguas termales, la as­piración mínima que podían tener los menos agraciados por el desarrollo económico en 1888, cuando fue tomada la foto. El estadounidense William Henry Jackson, un amante de la naturaleza, incluso en pinturas, lo retrató junto a otras estampas urbanas de entonces. No podían nadar allí, claro está, en esa larga

Laura Itzel Castillo Juárez
Fundación Heberto Castillo Martínez

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30.

La construcción de una izquierda democrática en México, sostenida sobre la persecución, el encarcelamiento y las constantes divisiones y crisis, se ha solidificado en varias personalidades como el ingeniero que combinó su vocación por la ciencia y la innovación tecnológica con la claridad política para edificar una propuesta de masas bajo el estandarte del nacionalismo revolucionario. Esa coherencia perseverante por unificar ideas y proyectos, se narra en un recorrido por su vida escrito por su hija Laura Itzel, y sus propias palabras premonitorias recuperadas de una entrevista que diera en 1977.

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Heberto Castillo durante un mitin en Ciudad Universitaria. Colección de la Fundación Heberto Castillo Martínez.

¿Qué es lo que hace que un hombre controver­tido, discutido por una mayoría, vilipendiado primero por muchos, sea luego reconocido por todos, y sea visto incluso como un ejemplo para la sociedad entera?, preguntó Luis Villoro en el homenaje rendido al ingeniero Heber­to Castillo Martínez en el Palacio de Bellas Artes en 1997. El filósofo dio la respuesta: “Por su capacidad para decir no a la mentira social, no a la falsedad, a la corrupción y a la injusticia.”

Heberto Castillo Martínez pudo resistir las amenazas, la represión, la tortura y la cárcel con valentía y determinación a lo largo de su vida. El jueves 29 de agosto de 1968 logró escapar entre las rocas volcánicas para llegar a Ciu­dad Universitaria después de ser brutalmente golpeado por agentes judiciales federales que lo interceptaron afuera de su domicilio para tratar de aprehenderlo. Postrado en una cama de la Facultad de Medicina de la UNAM, donde fue atendido solidariamente por estudiantes, declaró ante los medios: “La agresión que sufrí es un grave error de quienes la ordenaron, yo no tengo más armas que mis ideas. […] Debe res­tablecerse la vigencia de la Constitución.”

Castillo descubrió que esta petición de respeto a la Constitución era más subversiva que las utopías socialistas. Con su característica ironía, criticaba las estructuras de las organi­zaciones comunistas, a las que consideraba demasiado rígidas y dogmáticas. Cuestionaba, asimismo, sus mitos ideológicos y planteaba, desde entonces, la necesidad de construir un partido de masas, retomando los postulados del nacionalismo revolucionario, que enarbolara las banderas de los héroes de la independen­cia, la reforma y la revolución: “un socialismo a la mexicana”, decía.

A diferencia de lo que pasa ahora, la iz­quierda tenía una actitud de desprecio por la iconografía nacional. Cuando Heberto pro­puso cambiar el emblema de la hoz y el mar­tillo por un nopal para la formación de lo que finalmente fue el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), no sólo significó una he­rejía para quienes se asumían de izquierda, les pareció incomprensible y ridícula la idea de incorporar un elemento nacional. Este tipo de discusiones, junto con algunas diferencias estratégicas, llevaron a la escisión del Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT) en aquel intento unificador de una parte fundamental de la izquierda mexicana. El ingeniero tam­bién supo rechazar los múltiples intentos del poder para corromperlo. Fue capaz de hacer frente a los afanes de cooptación del régimen. Y tuvo la capacidad y la lucidez para sobre­vivir a las muchas crisis de la izquierda sin perder el rumbo.

Con poco más de 30 años de edad parti­cipó en la Conferencia Latinoamericana por la Emancipación Económica, la Soberanía Nacional y la Paz, en la que se constituyó el Movimiento de Liberación Nacional (MLN), del cual Castillo, al lado del general Lázaro Cárdenas, se convirtió en destacado dirigen­te, recorriendo desde entonces incansable­mente el país. Esta organización representó la idea más clara de la unidad de la izquierda mexicana con el cardenismo y el nacionalismo revolucionario. En 1966 presidió la delegación mexicana que acudió a La Habana, para par­ticipar en la Conferencia Tricontinental de la Organización Latinoamericana de Solidari­dad (OLAS), promovida por Salvador Allende, Cheddi Jaggan y Heberto Castillo.

En 1968 participó como dirigente del mo­vimiento estudiantil, como profesor de la Fa­cultad de Ingeniería de la UNAM, dentro de la Coalición de Profesores de Enseñanza Media y Superior Pro Libertades Democráticas, junto con Luis Villoro, Eli de Gortari y José Re­vueltas, entre otros importantes intelectuales. En 1971, al salir de la prisión de Lecumberri, donde permaneció dos años a causa de su participación en el movimiento estudiantil de 1968, Heberto decidió recorrer los 31 estados de la república con el propósito de “construir el instrumento de lucha de los trabajadores manuales e intelectuales capaz de transformar al país”. Esta idea la mantiene a lo largo de su vida como una bella e inalcanzable utopía.

Desde temprana edad, Castillo templó su carácter con la pasión y el compromiso por las causas más justas de su patria, que combi­nó con su infatigable vocación por la ciencia, la ingeniería, las matemáticas y la innova­ción tecnológica, singular característica que le permitió la independencia económica in­dispensable para ser congruente entre el decir y el actuar en un México donde la libertad de expresión ha costado la muerte de decenas de periodistas hasta nuestros días.

Unidad de la izquierda 

En 1987 se fusionaron los partidos PSUM y PMT, que sumaban entonces quince presidencias municipales y 20 diputaciones federales; esto dio origen al PMS, cuyo candidato a la presidencia de la república surgió mediante una elección abierta; esta contienda la protagonizaron el escritor Eraclio Zepeda, el pintor José Hernández Delgadillo, el profesor Antonio Becerra y Heberto Catillo, que se impuso con un amplio margen. Simultáneamente en el PRI surgía la Corriente Democrática, encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, quienes promovían una elección democrática al interior de su partido para la candidatura a la presidencia. La XIII Asamblea del PRI rompió con la Corriente Democrática para después, mediante maniobras y simulaciones democráticas, abanderar a Carlos Salinas de Gortari como candidato a la presidencia de la república. 

Pocos saben que antes de que Heberto Castillo aceptara postularse como precandidato a la presidencia por el naciente PMS, se reunió con Cuauhtémoc Cárdenas para cederle u lugar como abanderado a la presidencia de la república, propuesta que Cuauhtémoc no aceptó; meses más tarde el ingeniero Cárdenas surgiría como candidato del anquilosado Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM), que durante años había fungido como satélite del PRI en el Congreso. 

Para Heberto, las distancias entre los que enarbolaban los ideales de la revolución mexicana y los marxistas no eran tan grandes. Como candidato del PMS, Heberto planteaba que la izquierda aglutinada en ese partido debía “luchar por la conquista del poder y no sólo continuar siendo opositores con aspiración a partir del poder en el Congreso”. Desde luego, parecía un sueño, sonaba a una más de las utopías que Heberto se empeñaba en dibujar. Después de la usurpación salinista, Castillo tenía claro que, de la fusión entre la Corriente Democrática proveniente del partido oficial, acostumbrado a la victoria, y de la izquierda, templada en la cultura de la derrota, pero forjada en el misticismo revolucionario, podría nacer el partido de la esperanza. Era una alternativa real para alcanzar la transición democrática. 

En aquellos días, Heberto fue protagonista de uno de los actos de mayor generosidad política de la historia contemporánea; declinó en 1988 como candidato presidencial por el PMS, a favor de la creciente popularidad que envolvió al candidato del Frente Democrático Nacional (FDN), el ex priista Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, hijo del mejor presidente que tuvo México, el general revolucionario Lázaro Cárdenas del Río. 

La paz en Chiapas 

Los últimos años de su vida Heberto los dedicó, con plena vitalidad y entrega, al proceso de pacificación en Chiapas. Partió cuando el dialogo en aquel estado se encontraba suspendido, murió del corazón, luchando con él desde la izquierda, con el dolor infinito de no haber podido concluir su labor. Partidario del dialogo, de las alianzas, de buscar la unidad en las diferencias, la Comisión de Concordia y Pacificación (COCOPA) fue terreno fértil para que Heberto desplegara su capacidad negociadora. Estaba consciente de la necesaria participación de los partidos políticos en la solución al conflicto, a pesar de que estos habían sido rebasados por la sociedad y el movimiento indígena armado. Al conformarse la comisión, se enfrentó a criticas severas dentro del propio partido y del movimiento ciudadano, pues algunos consideraban que con ella se restaría poder a don Samuel Ruiz y a la Comisión Nacional de Intermediación (CONAI). Para Castillo existían diversos caminos para luchar por sus derechos y los de la sociedad; sin embargo, en el caso de los campesinos desposeídos, los sin trabajo, los indios agredidos de siempre, consideraba que quizá no habría otro camino, ni el mejor ni el peor, simplemente el camino. 

La entrevista que a continuación reproduce la revista BiCentenario da cuenta del sinuoso camino por el que el político veracruzano, nacido en Ixhuatlán de Madero, logró atravesar para abrir brecha por alcanzar la unificación de la izquierda en México, que cada vez parece más lejana. Los conceptos vertidos en el texto son de una enorme vigencia; nos invitan a la reflexión histórica sobre el papel de la izquierda mexicana y sus protagonistas. 

Javier Rico M. Facultad de Filosofía y Letras En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30. El viaje estudiantil del verano de 1975 a un lejano Puerto Escondido estaba impregnado de ideales revolucionarios. En el camino, el descubrir el México profundo dejó otras enseñanzas para aquellos jóvenes que luego se perderían en sus propias búsquedas de vida. “Pero ustedes no traen nada, ¿verdad?” Por un instante (sólo por un instante) sus palabras fluyeron como un mero trámite para mantener la conversación. “No”, respondimos casi a coro. Pero pasado ese momento, quizá por una especie de súbita revelación, nos llenamos de espanto. Había pronunciado la frase con el rostro hacia nosotros, pero en realidad su mirada se perdía en el camino que dejábamos atrás a bordo de un vehículo de carga. A?Era una pregunta como cualquier otra, una sospecha o, peor aún, una advertencia?, ¿qué había querido decir con

Miguel Ángel Grijalva Dávila Instituto Mora En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30. Jacinto López Morenos fue una RARA AVIS de la lucha agraria y sindical. Estuvo preso, sufrió persecuciones, fue diputado, le robaron elecciones y murió sin tener ni siquiera una casa. Los campesinos y sus organizaciones lo recuerdan en Sonora por conseguir el reparto de tierra, organizarlos gremialmente y por ser un modelo de integridad. Una patrulla de policías arribó a la estación de trenes de Hermosillo. Descendieron varios uniformados y un civil al que subieron a un vagón con destino a Tepic. Los oficiales le di­jeron al detenido que por órdenes del gober­nador Rodolfo Elías Calles (1931-1934), tenía prohibido volver a poner un pie en Sonora. Se trataba de Jacinto López Moreno, joven oriundo del pueblo de Banámichi, inquieto organizador de trabajadores y por lo tanto un personaje incómodo para los empresarios y

Samuel Almazán Santiago Facultad de Medicina, UNAM. En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30. El médico y amigo de Porfirio Díaz, trajo del Instituto Pasteur de París el virus de la rabia, que se encontraba inoculado en el cerebro de un conejo, para poder experimentar aquí el procedimiento por el que se crearía la vacuna que ya se aplicaba en Europa. fue uno de los procesos más exitosos, lo mismo que en el caso de la viruela, para proteger y mejorar la salud de los mexicanos de finales del siglo XIX. Llevamos al pequeño Isidro ante el padre Am­brosio, la escena era aterradora. Estaba desespe­rada y durante un lapso no lo podía creer, todo era confuso. Solo recuerdo estar parada frente a mi hijo. Él estaba sucio y tenía sangre en su des­garrado pantalón, lloraba desconsolado y asus­tado. Milán, su perro, siempre había sido muy tranquilo

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