Editorial #42
En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 42. Parte aguas, punto de quiebre, antes y después, autoritarismo y democracia. Cualquier análisis histórico y político sobre las implicaciones de los acontecimientos de 1968 para la vida de México está marcado por polos opuestos. Fue un hito que marco la decadencia de una forma de hacer política que aun tardaría en pulverizarse, y el inicio de un proceso de democratización demandante, sinuosos, enredado y que tuvo en el transcurrir de las décadas siguientes abundantes pilares como aquel del 2 de octubre. Fue una victoria pírrica por entonces para quienes reclamaban cambios y un triunfo amargo para unas fuerzas aplastantes que debieron aceptar su derrota con el paso del tiempo, aunque tras bambalinas y a cuentagotas, tal es el caso de la apertura electoral de 1977. A 50 años de aquella tarde en la que “la esperanza fue acribillada por
Poder y militancia Gustavo Díaz Ordaz y Heberto Castillo
Guadalupe Villa G.Instituto Mora En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 42. Los violentos sucesos de 1968 tienen, entre sus protagonistas, dos personajes clave en las antípodas del país que querían por entonces. El presidente Gustavo Díaz Ordaz, como responsables de las acciones políticas que tomó el Estado para enfrentar las demandas estudiantiles y, por el otro, el profesor Heberto Castillo como partícipe de las protestas, preso del régimen y uno de los líderes emblemáticos del largo proceso democrático que siguió a aquellos días. Ambas visiones encontradas se presentan en dos entrevistas que aquí reproducimos. Díaz Ordaz aborda, además, el tema de las olimpiadas como un compromiso prioritario para México y frente al mundo que no podía, al costo que fuera, frustrarse. En 1968 el mundo entero parecía convulsionarse: Martin Luther King vocero de los derechos civiles afroamericanos fue asesinado en Memphis, Tennessee; el senador por el
Heberto Castillo. Congruencia y liderazgo
Laura Itzel Castillo Juárez
Fundación Heberto Castillo Martínez
En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30.
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La construcción de una izquierda democrática en México, sostenida sobre la persecución, el encarcelamiento y las constantes divisiones y crisis, se ha solidificado en varias personalidades como el ingeniero que combinó su vocación por la ciencia y la innovación tecnológica con la claridad política para edificar una propuesta de masas bajo el estandarte del nacionalismo revolucionario. Esa coherencia perseverante por unificar ideas y proyectos, se narra en un recorrido por su vida escrito por su hija Laura Itzel, y sus propias palabras premonitorias recuperadas de una entrevista que diera en 1977.

¿Qué es lo que hace que un hombre controvertido, discutido por una mayoría, vilipendiado primero por muchos, sea luego reconocido por todos, y sea visto incluso como un ejemplo para la sociedad entera?, preguntó Luis Villoro en el homenaje rendido al ingeniero Heberto Castillo Martínez en el Palacio de Bellas Artes en 1997. El filósofo dio la respuesta: “Por su capacidad para decir no a la mentira social, no a la falsedad, a la corrupción y a la injusticia.”
Heberto Castillo Martínez pudo resistir las amenazas, la represión, la tortura y la cárcel con valentía y determinación a lo largo de su vida. El jueves 29 de agosto de 1968 logró escapar entre las rocas volcánicas para llegar a Ciudad Universitaria después de ser brutalmente golpeado por agentes judiciales federales que lo interceptaron afuera de su domicilio para tratar de aprehenderlo. Postrado en una cama de la Facultad de Medicina de la UNAM, donde fue atendido solidariamente por estudiantes, declaró ante los medios: “La agresión que sufrí es un grave error de quienes la ordenaron, yo no tengo más armas que mis ideas. […] Debe restablecerse la vigencia de la Constitución.”
Castillo descubrió que esta petición de respeto a la Constitución era más subversiva que las utopías socialistas. Con su característica ironía, criticaba las estructuras de las organizaciones comunistas, a las que consideraba demasiado rígidas y dogmáticas. Cuestionaba, asimismo, sus mitos ideológicos y planteaba, desde entonces, la necesidad de construir un partido de masas, retomando los postulados del nacionalismo revolucionario, que enarbolara las banderas de los héroes de la independencia, la reforma y la revolución: “un socialismo a la mexicana”, decía.
A diferencia de lo que pasa ahora, la izquierda tenía una actitud de desprecio por la iconografía nacional. Cuando Heberto propuso cambiar el emblema de la hoz y el martillo por un nopal para la formación de lo que finalmente fue el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), no sólo significó una herejía para quienes se asumían de izquierda, les pareció incomprensible y ridícula la idea de incorporar un elemento nacional. Este tipo de discusiones, junto con algunas diferencias estratégicas, llevaron a la escisión del Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT) en aquel intento unificador de una parte fundamental de la izquierda mexicana. El ingeniero también supo rechazar los múltiples intentos del poder para corromperlo. Fue capaz de hacer frente a los afanes de cooptación del régimen. Y tuvo la capacidad y la lucidez para sobrevivir a las muchas crisis de la izquierda sin perder el rumbo.
Con poco más de 30 años de edad participó en la Conferencia Latinoamericana por la Emancipación Económica, la Soberanía Nacional y la Paz, en la que se constituyó el Movimiento de Liberación Nacional (MLN), del cual Castillo, al lado del general Lázaro Cárdenas, se convirtió en destacado dirigente, recorriendo desde entonces incansablemente el país. Esta organización representó la idea más clara de la unidad de la izquierda mexicana con el cardenismo y el nacionalismo revolucionario. En 1966 presidió la delegación mexicana que acudió a La Habana, para participar en la Conferencia Tricontinental de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), promovida por Salvador Allende, Cheddi Jaggan y Heberto Castillo.
En 1968 participó como dirigente del movimiento estudiantil, como profesor de la Facultad de Ingeniería de la UNAM, dentro de la Coalición de Profesores de Enseñanza Media y Superior Pro Libertades Democráticas, junto con Luis Villoro, Eli de Gortari y José Revueltas, entre otros importantes intelectuales. En 1971, al salir de la prisión de Lecumberri, donde permaneció dos años a causa de su participación en el movimiento estudiantil de 1968, Heberto decidió recorrer los 31 estados de la república con el propósito de “construir el instrumento de lucha de los trabajadores manuales e intelectuales capaz de transformar al país”. Esta idea la mantiene a lo largo de su vida como una bella e inalcanzable utopía.
Desde temprana edad, Castillo templó su carácter con la pasión y el compromiso por las causas más justas de su patria, que combinó con su infatigable vocación por la ciencia, la ingeniería, las matemáticas y la innovación tecnológica, singular característica que le permitió la independencia económica indispensable para ser congruente entre el decir y el actuar en un México donde la libertad de expresión ha costado la muerte de decenas de periodistas hasta nuestros días.
Unidad de la izquierda
En 1987 se fusionaron los partidos PSUM y PMT, que sumaban entonces quince presidencias municipales y 20 diputaciones federales; esto dio origen al PMS, cuyo candidato a la presidencia de la república surgió mediante una elección abierta; esta contienda la protagonizaron el escritor Eraclio Zepeda, el pintor José Hernández Delgadillo, el profesor Antonio Becerra y Heberto Catillo, que se impuso con un amplio margen. Simultáneamente en el PRI surgía la Corriente Democrática, encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, quienes promovían una elección democrática al interior de su partido para la candidatura a la presidencia. La XIII Asamblea del PRI rompió con la Corriente Democrática para después, mediante maniobras y simulaciones democráticas, abanderar a Carlos Salinas de Gortari como candidato a la presidencia de la república.
Pocos saben que antes de que Heberto Castillo aceptara postularse como precandidato a la presidencia por el naciente PMS, se reunió con Cuauhtémoc Cárdenas para cederle u lugar como abanderado a la presidencia de la república, propuesta que Cuauhtémoc no aceptó; meses más tarde el ingeniero Cárdenas surgiría como candidato del anquilosado Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM), que durante años había fungido como satélite del PRI en el Congreso.
Para Heberto, las distancias entre los que enarbolaban los ideales de la revolución mexicana y los marxistas no eran tan grandes. Como candidato del PMS, Heberto planteaba que la izquierda aglutinada en ese partido debía “luchar por la conquista del poder y no sólo continuar siendo opositores con aspiración a partir del poder en el Congreso”. Desde luego, parecía un sueño, sonaba a una más de las utopías que Heberto se empeñaba en dibujar. Después de la usurpación salinista, Castillo tenía claro que, de la fusión entre la Corriente Democrática proveniente del partido oficial, acostumbrado a la victoria, y de la izquierda, templada en la cultura de la derrota, pero forjada en el misticismo revolucionario, podría nacer el partido de la esperanza. Era una alternativa real para alcanzar la transición democrática.
En aquellos días, Heberto fue protagonista de uno de los actos de mayor generosidad política de la historia contemporánea; declinó en 1988 como candidato presidencial por el PMS, a favor de la creciente popularidad que envolvió al candidato del Frente Democrático Nacional (FDN), el ex priista Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, hijo del mejor presidente que tuvo México, el general revolucionario Lázaro Cárdenas del Río.
La paz en Chiapas
Los últimos años de su vida Heberto los dedicó, con plena vitalidad y entrega, al proceso de pacificación en Chiapas. Partió cuando el dialogo en aquel estado se encontraba suspendido, murió del corazón, luchando con él desde la izquierda, con el dolor infinito de no haber podido concluir su labor. Partidario del dialogo, de las alianzas, de buscar la unidad en las diferencias, la Comisión de Concordia y Pacificación (COCOPA) fue terreno fértil para que Heberto desplegara su capacidad negociadora. Estaba consciente de la necesaria participación de los partidos políticos en la solución al conflicto, a pesar de que estos habían sido rebasados por la sociedad y el movimiento indígena armado. Al conformarse la comisión, se enfrentó a criticas severas dentro del propio partido y del movimiento ciudadano, pues algunos consideraban que con ella se restaría poder a don Samuel Ruiz y a la Comisión Nacional de Intermediación (CONAI). Para Castillo existían diversos caminos para luchar por sus derechos y los de la sociedad; sin embargo, en el caso de los campesinos desposeídos, los sin trabajo, los indios agredidos de siempre, consideraba que quizá no habría otro camino, ni el mejor ni el peor, simplemente el camino.
La entrevista que a continuación reproduce la revista BiCentenario da cuenta del sinuoso camino por el que el político veracruzano, nacido en Ixhuatlán de Madero, logró atravesar para abrir brecha por alcanzar la unificación de la izquierda en México, que cada vez parece más lejana. Los conceptos vertidos en el texto son de una enorme vigencia; nos invitan a la reflexión histórica sobre el papel de la izquierda mexicana y sus protagonistas.
