Miguel Ángel Grijalva Dávila
Instituto Mora
En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30.
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Jacinto López Morenos fue una RARA AVIS de la lucha agraria y sindical. Estuvo preso, sufrió persecuciones, fue diputado, le robaron elecciones y murió sin tener ni siquiera una casa. Los campesinos y sus organizaciones lo recuerdan en Sonora por conseguir el reparto de tierra, organizarlos gremialmente y por ser un modelo de integridad.

Una patrulla de policías arribó a la estación de trenes de Hermosillo. Descendieron varios uniformados y un civil al que subieron a un vagón con destino a Tepic. Los oficiales le dijeron al detenido que por órdenes del gobernador Rodolfo Elías Calles (1931-1934), tenía prohibido volver a poner un pie en Sonora. Se trataba de Jacinto López Moreno, joven oriundo del pueblo de Banámichi, inquieto organizador de trabajadores y por lo tanto un personaje incómodo para los empresarios y el gobierno, razón por la que Rodolfo Elías Calles (hijo del expresidente) ordenó su destierro. Eran los comienzos de la década de 1930, se acercaba el final del callismo, el inicio del cardenismo y el liderazgo de Jacinto, hombre olvidado por muchos, pero jamás por los campesinos.
Cuando Lázaro Cárdenas viajó a Sonora como candidato presidencial en 1934, buscó apoyo para realizar su proyecto sexenal y sus propuestas encontraron eco entre los líderes campesinos de la región. Entre ellos estaban Pascual Ayón, carpintero y curtidor; Saturnino Saldívar, contador; y el maestro Francisco Figueroa, entre otros; pero sin lugar a dudas Jacinto fue el más importante, quien había regresado del destierro –duró de dos a tres meses– y se desempeñaba como zapatero en Ciudad Obregón. Tanto Lázaro Cárdenas como Vicente Lombardo Toledano decidieron pactar una alianza con Jacinto, pues tenía organizados a los campesinos bajo su liderazgo. Por lo mismo, fue elegido primer secretario estatal de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) en 1937.
Jacinto era muy delgado y la palidez de su piel exhibía sus venas. Aparentaba ser un hombre débil y enfermo, pero cuando hablaba era un látigo. Pasó muy poco tiempo en las aulas (no terminó ni la primaria) y aquello se reflejó en el lenguaje común de su oratoria, pero fue eso lo que hizo que se entendiera con su gente. No encendía al público con términos teóricos o elegantes, sino con la intensidad y pasión con la que hablaba. Mantenía un estilo de vida muy humilde, gustaba beber bacanora (bebida de origen sonorense, parecida al mezcal) y comer carne asada, pero su único vicio era el cigarro.
Jacinto se reunió con Cárdenas y le dijo que su principal interés era que se repartieran las tierras del Valle del Yaqui a los miembros de esa tribu. Siendo presidente, Cárdenas concedió la expropiación y reparto, y Jacinto convenció a la tribu para que en lugar de dividir las tierras en parcelas individuales, las mantuvieran unidas en una propiedad comunal. Y los yaquis accedieron, abanderaron el ejido colectivo y se negaron a dividir la tierra diciendo Dios nos dio el Valle del Yaqui a todos, no un pedacito a cada quien. Jacinto dejó de ser zapatero y se dedicó de lleno a la organización campesina. Hacía mítines en los ejidos, hablando desde el techo de una pick up, donde luego de terminar sus palabras alzaba el brazo para saludar a la multitud y un mar de sombreros agitándose le devolvían el saludo. Se volvió el protagonista del cardenismo, pero como todo líder tuvo su antagonista: el gobernador Román Yocupicio (1937-1939), hombre opuesto a los proyectos cardenistas. Aunque Yocupicio estaba a favor del reparto agrario, apoyaba el ejido parcelado y por lo tanto se oponía al colectivo.
Las diferencias entre colectivistas e individualistas (partidarios del ejido parcelado) alcanzaron tintes violentos y en más de una ocasión los campesinos mancharon con su propia sangre la tierra por la que luchaban. Maximiliano el Machi López, colega de Jacinto, fue arrestado arbitrariamente en septiembre de 1938, lo que provocó protestas de los campesinos y enfrentamientos violentos con la autoridad. Días después, el Machi salió de prisión y de inmediato intentaron matarlo en un atentado en el que resultó herido. Alcanzó a huir y se atrincheró en su casa rifle en mano, pero afortunadamente sus perseguidores decidieron no buscarlo en su hogar y así terminó aquel episodio. A los pocos días, Jacinto también fue detenido y remitido a la comisaría del pueblo de Yaqui (municipio de Cajeme). Pero horas después, al caer la noche, 200 campesinos con rifles, machetes y hoces rodearon la comisaría, desarmaron a los oficiales y lo liberaron.
El político campesino
Por su fuerte compromiso con el cardenismo, Jacinto López Moreno fue invitado a unirse al Partido de la Revolución Mexicano (PRM) y alcanzó una diputación federal en 1940. Hizo buenas relaciones con presidente Manuel Ávila Camacho, quien lo comisionó para resolver problemas agrarios en Chiapas, Pueblas y Durango. A pesar de que era diputado, amigo de Lázaro Cárdenas y hombre de confianza de Ávila Camacho, un nuevo contrincante nubló el futuro de Jacinto: el general Abelardo L. Rodríguez. El expresidente tomó el gobierno de Sonora en 1934 y excluyó de puestos importantes a los cardenistas, entre ellos Jacinto, quien eventualmente dejó la CTM y fundó la Unión General de Obreros y Campesinos de México (UGOCM), aliada al Partido Popular (PP). A partir de entonces, dejó de pertenecer al grupo en el poder y pasó a ser la oposición.
El Partido Revolucionario Institucional (PRI) anunció que Ignacio Soto sería su candidato a las elecciones estatales de julio de 1949, el primer sonorense en competir bajo estas siglas. El estado se llenó de carteles con su imagen y escudo tricolor priista. Pero en los poblados yaquis comenzaron a aparecer carteles en blanco y negro, con textos en dialecto yaqui pero con un encabezado en español: Jacinto López gobernador. Era una propaganda como candidato por el Partido Popular.
La popularidad de jacinto con los campesinos le dio fuerza a su campaña, pero también la ayuda de hombres como Bernabé Arana, líder del ejido yaqui de Quechechueca; Ramón Danzós Palominos, normalista afiliado al Partido Comunista Mexicano (PCM); y Hermenegildo Peña, concuño de Vicente lombardo Toledano. Sus mítines eran los más concurridos y su arrastre era innegable. La posibilidad de que el PRI perdiera la elección no sólo era real, también muy probable. Jacinto comenzó a ser hostigado e intimidado, incluso sufrió un atentado en pleno mitin, cuando al iniciar su discursó se apagó el alumbrado público y salió un disparo hacia donde él estaba. Los gatilleros ganaron y el líder llegó ano y salvo al día de las votaciones. Pero el resultado oficial favoreció al PRI, haciendo que Jacinto y sus seguidores se sintieran víctimas de un robo.
Preparó una protesta en un parque de Hermosillo y convocó a los campesinos. De todos los rincones de Sonora, los trabajadores del campo abandonaron sus tierras para asistir al llamado ya fuera en tren, carro, camión, de raite (aventón) o a pie. Los que no pudieron ir enviaron sus cosechas de papa, zanahoria u hortalizas, todo para la subsistencia de la protesta. El mismo día que Ignacio Soto tomó posesión como gobernador, Jacinto se proclamó gobernador legítimo. Frente a un enorme estandarte de Benito Juárez y con la mano sobre la Constitución, juró respetarla y hacer que se respetara, nombró regidores, expidió leyes y pidió a la población que remitieran sus impuestos a su gobierno legítimo.
La prensa oficialista se burló del acto, pero el gobierno se preocupó cuando la capital se vio inundada de campesinos. Día con día sus seguidores recorrían las calles de Hermosillo y no faltaron los encontronazos. Ramón Danzós palominos lideró una manifestación que se enfrentó a un grupo de choque priista, brutal episodio que terminó con alrededor de 30 hospitalizados y el doble de arrestados. En más de una ocasión intentaron arrestar a Jacinto, pero los campesinos entrelazaban sus brazos haciendo una cadena humana e impedían el paso a las autoridades.
Adolfo Ruiz Cortines, entonces secretario de Gobernación, viajó a Sonora para presidir la reunión entre el gobernador y el gobernador legítimo. Jacinto pidió cuatro demandas antes de disolver a sus seguidores, ninguna para su beneficio personal: 1) retirar todo cuerpo armado que los vigilaba; 2) libertad para todos los detenidos –más de 150–; 3) la devolución de sus pertenencias incautadas, particularmente los carros, y 4) autobuses para ayudar a que los manifestantes foráneos regresaran a sus hogares. Ignacio Soto accedió a todas las demandas y Jacinto disolvió la protesta y su gobierno legítimo.
Luego de aquel episodio, Jacinto se consolidó como líder de oposición e iniciaron los años más difíciles de su vida. Fue candidato al Senado en 1952 y una vez más al gobierno estatal en 1955. Fue declarado derrotado en ambas elecciones y sus campañas tuvieron menos fuerza que la de 1949, pero el mismo acoso e injusticias. Luego de ser derrotado nuevamente, se dio cuenta de que las elecciones no eran el camino para lograr el reparto de las tierras, así que optó por una vía más directa: las invasiones.
Lucha contra los latifundios
Los descendientes de William Greene, propietario de la mina de Cananea durante la huelga de 1906, tenían medio siglo con la posesión del latifundio Green, ubicado cerca de dicha población. Era la propiedad más grande de Sonora y una de las más extensas del país, constituida por un cuarto de millón de hectáreas dedicado a la ganadería. Los gendarmes, contratados por los Greene, evitaban que los habitantes de la zona entraran a la propiedad para cortar leña, recoger bellotas o extraer pepitas de oro del río que atravesaba las tierras. Aquellos que se atrevían a hacerlo terminaban en prisión, golpeados o amenazados.
Jacinto tenía más de 20 años reclamando la expropiación y reparto del latifundio. Finalmente, decidió hacer presión invadiendo las tierras en julio de 1958. Cientos de campesinos lo acompañaron en su peregrinaje de Cananea hasta el lugar. Levantaron su campamento con lonas para proteger sus muebles de la intemperie: comedores, sillones, camas, estufas de petróleo, etc. Residencias improvisadas sin paredes para un hogar, pues tenían planeado quedarse ahí el tiempo que fuera necesario.
Por las noches, bajo el estrellado cielo de la sierra que divide a Sonora de Chihuahua, se escuchaban las teclas de una máquina de escribir, la única que había en el campamento, sobre un escritorio lleno de expedientes de reclamos agrarios y sobres membretados. Era bajo la lona de jacinto, quien inhalando y exhalando humo sin necesidad de remover el cigarro de su boca, escribía cartas con sus huesudos dedos para mantener informado a Lázaro Cárdenas. El resto de los invasores o paracaidistas, como les decían por la prontitud con la que ocupaban las tierras, pasaban las veladas junto a una enorme fogata. Los adultos platicaban, contaban chistes y bebían café de talega (calentado en leña, en una olla de peltre y colgado en una bolsa de tela llamada talega) o bacanora para calentar el cuerpo, mientras los niños correteaban por el bosque compitiendo por ver quien recolectaba más bellotas. Pero el alegre ambiente se tensó cuando a menos de una semana iniciada la invasión, el ejército hizo acto de presencia y sitio el campamento.
A cambio de que no se desalojara el campamento, Jacinto y otros cinco líderes accedieron a entregarse a las autoridades. Fueron enviados a la cárcel de Cananea, remitidos a las mismas celdas donde estuvieron los líderes de la huelga minera de 1906. Pero dicha cárcel no pudo contener la popularidad de Jacinto, pues mineros, campesinos y trabajadores de la región se arremolinaron a las afueras protestando. Algunos estaban armados e incitaban a los demás a lanzarse a una rebelión justiciera. Antes de que esto ocurriera, los detenidos fueron enviados a la penitenciaría de Hermosillo. Allí fueron aislados y se les negó el derecho de visitas. Los pusieron en las mazmorras, calabozos húmedos, oscuros y con un pequeño orificio que servía más como respirador que como ventana.
Después de varios días se permitió la entrada a los periodistas, quienes notificaron que Jacinto salió animado, compartiendo una bolsa de bellotas y sin dejar de presumir que fueron recolectadas en las tierras del latifundio. Sin rencor o desánimo declaró que cualquier sacrificio valdría la pena si el latifundio era expropiado, cosa que ocurrió en septiembre (dos meses después). A pesar de que las tierras volvían a ser propiedad de la nación, Jacinto siguió privado de su libertad por capricho del gobernador Álvaro Obregón Tapia, quien se vio desprestigiado por la prensa luego del revuelo que causó la invasión campesina. Pero Jacinto no estuvo solo, fue visitado por periodistas, campesinos, familiares y personalidades importantes como Demetrio Vallejo, líder de los trabajadores ferrocarrileros. Adolfo López Mateos tomó posesión como presidente en diciembre de 1958, dando al gobernador la determinante orden de liberar a los presos, quienes llevaban medio año viviendo en las mazmorras.
A inicios del siguiente año, el presidente viajó a Cananea para acudir a la ceremonia de reparto de las tierras expropiadas. Con él se encontraban en el templete el gobernador Obregón Tapia, Julián Rodríguez Adame, secretario de Agricultura, y Braulio Maldonado, gobernador de Baja California, entre otros. Jacinto también estaba, pero entre el público que vía el evento. Sin embargo, en un gesto de reconocimiento a la labor de Jacinto, el presidente le ordenó al gobernador que le cediera su silla al líder campesino.
Pareció que Jacinto había encontrado a un aliado en la presidencia, pero su buena relación con el primer mandatario no duró mucho. Primero porque el reparto del latifundio benefició a los campesinos de la Confederación Nacional Campesina (CNC), y no a los que invadieron las tierras. Después, se distanciaron cuando Demetrio Vallejo fue encarcelado durante la huelga ferrocarrilera de 1959 y Jacinto, fiel a sus ideales y a la amistad, lo visitó en Lecumberri y se reunió con López Mateos para abogar por su libertad. La plática no alcanzó buenos resultados. López Mateos y Jacinto terminaron a los gritos y su relación nunca volvió a ser la misma.
El cigarro final
En la década de 1960 llegaron los problemas de salud. Viajar toda su vida, someterse a constantes encarcelamientos, llevar una vida llena de carencias y su adicción al tabaco le cobraron la factura: le diagnosticaron enfisema pulmonar. A pesar de su enfermedad aceptó el ofrecimiento del Partido Popular para ser parte de los primeros diputados del partido. Junto a varios de sus colegas del PP y miembros de los partidos Acción Nacional (PAN) y Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM), formó parte del primer grupo de diputados federales no pertenecientes al PRI.
Terminada la década, sus pulmones no podían más y le faltaba dinero para atenderse. Estaba en la pobreza a pesar de haber sido diputado dos veces, líder estatal de la CTM y líder nacional de la UGOCM. Toda su vida mantuvo un estilo de vida humilde y su nombre nunca figuró en los repartos agrarios por los que luchó. Era un líder campesino sin tierras, Su sueldo de diputado se le fue invirtiéndolo en la causa y pagando rentas atrasadas, pues no tenía casa propia a pesar de López Mateos le ofreció una. Jacinto la rechazó para evitar que lo acusaran de vendido. No trabajaba para ninguna instancia de gobierno o empresa, así que no era derechohabiente en ningún programa de salud. Cuando el presidente Gustavo Díaz Ordaz se enteró de la complicada situación de Jacinto, dio una orden presidencial para que fuera atendido en un hospital de la ciudad de México.
Los doctores le recetaron dejar de fumar, cargar con un tanque de oxígeno y mudarse a un lugar al nivel del mar. Regresó a Sonora. Si bien ya no podía guiar invasiones campesinas, fue consejero de nuevos líderes como Ramón Danzós Palominos, quien terminó la década encarcelado por participar en el movimiento estudiantil de 1968, o Vicente Padilla y Ramiro Valdés, miembros de la UGOCM que volvieron a la CTM, con la venia de Jacinto, a cambio de la promesa de defender a los campesinos. Incluso Luis Echeverría le pidió consejo durante un recorrido por Sonora como candidato a la presidencia. Jacinto, amable, lo recibió y hasta se quitó la máscara de oxígeno para charlar con el futuro presidente.
En sus últimos días pasaba su tiempo descansando, visitando la playa y fumando a escondidas de su esposa. Ninguna prohibición le quitó el gusto por el tabaco. Le faltaba una prueba por superar: la muerte de Lázaro Cárdenas. Jacinto asistió al funeral de su líder y amigo, derramó algunas lágrimas sobre el ataúd y prometió alcanzarlo pronto. Un año después fue trasladado de urgencia a un hospital de la capital, donde falleció el 3 de mayo de 1971. Las cuentas funerarias y el traslado de sus restos corrieron por orden del presidente Echeverría.
El cuerpo de Jacinto López Moreno llegó en avión a Hermosillo, el mismo lugar del que siendo joven fue desterrado en un tren. El gobierno que lo había echado ahora lo regresaba. Aunque parezca irónico, esto se debía al compromiso ejemplar de Jacinto con el bienestar de los campesinos. Su recuerdo se fue diluyendo entre las nuevas generaciones. Sin embargo, visitando los pueblos de Sonora, uno no puede evitar encontrarse con hombres que también se llaman Jacinto López. Al preguntar sobre la coincidencia, la respuesta siempre es la misma: “Es que habemos [sic] muchos López y antes a todos nos ponían Jacinto”.
PARA SABER MÁS
- Cornejo Murrieta, Gerardo, Como temiendo al olvido, Hermosillo, Instituto Sonorense de Cultura, El Colegio de Sonora, 2009.
- Padilla Calderón, Esther, Agua, poder y escasez: la construcción social de un territorio en un ejido sonorense, 1938-1935, Hermosillo, El Colegio de Sonora, 2012.
- Consultar “Mirinda GD. Historia y crónica” en mirindagd.wordpress.com
- Ver el canal de El Colegio de Sonora en ColSonora/youtube.
