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Laura Suárez de la Torre Instituto Mora En revista BiCentenario, el ayer y hoy de México, núm. 69. Los nuevos tiempos políticos para México, consumada la emancipación, tuvieron en los impresores un negocio floreciente que se instalaría para siempre. Lo fue para difundir ideas en periódicos y revistas o novedades en libros, pero también para cuestiones cotidianas, desde los calendarios a la compilación de leyes. La independencia de México trajo nuevos aires a la otrora Nueva España. Con nuevas autoridades, formas de gobierno, libertades que antes no se disfrutaban y, entre ellas, la posibilidad de establecer negocios que, si bien existían desde la etapa virreinal, se esperaban mejores perspectivas. Me refiero a los talleres de imprenta que se multiplicarían tras el periodo colonial. La imprenta en México era antigua. En la ciudad de México se instituyó en 1539, llegaría a Puebla en el siglo xvii, a Guadalajara en el xviii y

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 55 Estos nueve hombres, en su momento, fueron parte de una revolución. La industrial puede decirse. Y es razonable. La imprenta era parte de ella. Pero digamos, más románticos, que su revolución fue la de aportar al conocimiento, la del tenue y lento recorrido por quebrantar la ignorancia. Algo hacinados en ese escaso espacio, fueron herederos de los primeros ebanistas de la impresión de tipos móviles: Juan Pablos, Antonio de Espinosa, Francisco Rivera Calderón, Zuñiga y Ontiveros, Ignacio Cumplido. Hombres como ellos resultaron perseguidos también. Hubo encarcelamiento, tortura, hoguera y muerte. De ahí que lo de revolucionario también cabe. Y todo por imprimir letras, tan sólo ideas plasmadas sobre papel. Impresores que fueron hasta el mismo Lucifer para la Inquisición. A tal punto demonizados que cuando quemaban libros creían que de las lenguas de fuego salían los gritos del diablo. ¿Qué

Olivia Moreno Gamboa Facultad de Filosofía y Letras, UNAM En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 22. Para el siglo XVIII, un caso atípico para las librerías que se concentraban principalmente en la zona del centro histórico de la capital, era la que pertenecía al abogado Luis Mariano de Ibarra. Ubicada puertas adentro de su propiedad, en un segundo piso distribuyó su acervo que llegó a ocupar cinco de las nueve habitaciones de la vivienda. Hacia 1730, un abogado de la ciudad de México, Luis Mariano de Ibarra, se inició en el trato o la venta de libros. Por varios testimonios se sabe que en poco tiempo llegó a formar una muy buena librería, a la que un conocido suyo describió como un cuerpo florido por la riqueza de su catálogo. Dos décadas más tarde su viuda, Ana de Miranda, llegaría a afirmar que se trataba de la

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