La decisión de Benito Juárez
Daniel Eliasib Pérez Villaseñor Preparatoria Varonil de la Universidad Panamericana En revista BiCentenario, el ayer y hoy de México, núm. 71. En Paso del Norte, la discusión no cesaba. Juárez, no podía ignorar las súplicas de clemencia que llegaban de toda Europa: cartas de Napoleón III, peticiones de diplomáticos austriacos y mensajes respaldados incluso por representantes de Andrew Johnson. Maximiliano había sido juzgado en Querétaro, junto a Marimón y Mejía. ¿Qué correspondía hacer con ellos? El tañido grave de las campanas de la iglesia principal de Paso del Norte resonaba a lo lejos, en una ciudad en tensa calma. En la austera habitación donde despachaba Benito Juárez, el eco del viento que cruzaba el desierto contrastaba con la opresión que pesaba en el ambiente. La vela parpadeante sobre su escritorio proyectaba sombras inquietantes en las paredes de adobe. Sebastián Lerdo de Tejada, firme ante él, observaba mientras el presidente contemplaba el horizonte polvoriento desde
