La decisión de Benito Juárez

La decisión de Benito Juárez

Daniel Eliasib Pérez Villaseñor 
Preparatoria Varonil de la Universidad Panamericana

En revista BiCentenario, el ayer y hoy de México, núm. 71.

 

En Paso del Norte, la discusión no cesaba. Juárez, no podía ignorar las súplicas de clemencia que llegaban de toda Europa: cartas de Napoleón III, peticiones de diplomáticos austriacos y mensajes respaldados incluso por representantes de Andrew Johnson.

Maximiliano había sido juzgado en Querétaro, junto a Marimón y Mejía. ¿Qué correspondía hacer con ellos? 

El tañido grave de las campanas de la iglesia principal de Paso del Norte resonaba a lo lejos, en una ciudad en tensa calma. En la austera habitación donde despachaba Benito Juárez, el eco del viento que cruzaba el desierto contrastaba con la opresión que pesaba en el ambiente. La vela parpadeante sobre su escritorio proyectaba sombras inquietantes en las paredes de adobe. Sebastián Lerdo de Tejada, firme ante él, observaba mientras el presidente contemplaba el horizonte polvoriento desde la ventana, buscando alguna respuesta que no llegaba. La guerra había cesado, pero la batalla política apenas comenzaba. El presidente, de rostro malhumorado y expresión impenetrable, sostenía entre sus manos una carta recién llegada de Querétaro. La tinta apenas seca confirmaba la inminente sentencia: Maximiliano de Habsburgo sería ejecutado. 

Desde su escritorio, el ministro de Relaciones Exteriores observaba a Juárez con el ceño fruncido, no ocultaba la determinación en su rostro. Su postura rígida y la mirada penetrante dejaban en claro su posición: no debía haber lugar para la piedad. 

–No podemos darnos el lujo de mostrar debilidad; es el momento, presidente, si no actuamos ahora, el imperio de Maximiliano seguirá acechando la libertad de México. Cada minuto que pasa refuerza su presencia, la historia no esperará por nosotros –declaró con firmeza–. La república no sobrevivirá si dejamos que la intervención quede impune. Maximiliano es el símbolo de la traición, de la imposición extranjera. Su vida es un recordatorio de nuestra fragilidad.

Juárez giró lentamente hacia él, sus ojos oscuros reflejaban la duda, una duda que lo acosaba desde que el destino de Maximiliano estaba sobre la mesa. No respondió de inmediato, porque cada vez que pensaba del tema, su mente retumbaba.  

—No se trata sólo de México, se trata de algo más grande… De lo que perdemos al tomar una decisión como esta –dijo Juárez–.  

Lerdo de Tejada dio un paso hacia él, convencido de que la resistencia de Juárez era un eco del pasado. Tomó la palabra con más fuerza. 

–Lo que perdemos, es nuestra patria. No podemos permitir que un extranjero se quede con nuestras tierras, con nuestras vidas. Maximiliano no es sólo un hombre, es el símbolo de la invasión. ¡No hay otra opción! –exclamó Lerdo–.  El presidente miró por la ventana nuevamente, sus manos tensas contra el gélido escritorio, su mente vacilando entre la razón y la moral. 

–Si lo hacemos, si tomamos su vida… ¿No nos convertimos en lo que juramos destruir? ¿No perdemos parte de nuestra alma como nación?” –dijo con firmeza–. Lerdo de Tejada no cedió, sus palabras eran más que un argumento, eran una condena inevitable. 

–¿Es eso lo que temes? Seremos recordados como los hombres que salvaron México, no como los que cedieron al miedo, este es el único camino –dijo con certeza–. 

En la Ciudad de México, los sonidos de la vida cotidiana transcurrían como si la historia no estuviera a punto de cambiar de rumbo. Las carretas rechinaban sobre los adoquines, los pregoneros anunciaban sus mercancías y en las cocinas de los barrios humildes hervían los guisados del mediodía. La capital del país seguía su curso, indiferente a la carga de un hombre que debía decidir entre la justicia y la clemencia. 

A kilómetros de distancia, en una celda húmeda en Querétaro, Maximiliano observaba por una pequeña ventana el sol ocultarse tras las colinas. Su uniforme, antes impecable, estaba sucio y maltratado, reflejo de su destino incierto. Junto a él, Miguel Miramón y Tomás Mejía compartían el mismo infortunio. La sentencia pendía sobre sus cabezas como un filo inevitable. 

En Paso del Norte, la discusión no cesaba. Juárez, no podía ignorar las súplicas de clemencia que llegaban de toda Europa: cartas de Napoleón III, peticiones de diplomáticos austriacos y mensajes respaldados incluso por representantes de Andrew Johnson. Pero Lerdo insistía: 

–Si mostramos debilidad, si permitimos que viva, nuestros enemigos verán esto como una oportunidad para socavar lo que hemos logrado. No podemos dudar, señor Presidente. 

La decisión debía tomarse, y con ella, la historia de México quedaría marcada para siempre. ¿Era este el precio de la nación? ¿Era la ley suficiente justificación para arrebatar una vida, o se trataba, en el fondo, de un acto de venganza? 

El amanecer se acercaba, y con ella, el destino de un emperador y de una nación entera. 

Las luces del alba apenas se insinuaban, cuando Juárez terminó de leer la última carta que le entregaron. El despacho estaba envuelto en un silencio denso, sólo interrumpido por el lejano resonar de las campanas de la iglesia. La pluma descansaba sobre el escritorio, y a su lado, las cartas rogando clemencia. 

–Presidente, las súplicas siguen llegando –dijo Lerdo de Tejada con tono seco–. No debemos ceder ante presiones extranjeras. 

Juárez se recargó en el respaldo de su silla, cerrando los ojos por un instante. Sabía que lo que estaba en juego no era sólo la vida de un hombre, sino la consolidación de la república. 

–La guerra ha sido cruenta –susurró–. ¿Seremos recordados como justos o como implacables? 

Lerdo de Tejada, con su expresión inalterable, caminó lentamente por la estancia. 

–La clemencia en este caso sería interpretada como debilidad. Maximiliano encarnó la usurpación de nuestra soberanía. Si permitimos que viva, abrirá la puerta a futuros intentos de intervención. 

El presidente asintió con lentitud. En su interior, la balanza de la justicia y la venganza se inclinaba peligrosamente en direcciones opuestas. No era un hombre cruel, pero tampoco podía permitirse la indulgencia. 

En Querétaro, Maximiliano miraba por la pequeña ventana de su celda. El encierro le había arrebatado todo menos su dignidad. Miguel Miramón y Tomás Mejía,  aguardaban el dictamen que todos presentían, pero que, aún así, se resistían a aceptar. 

–Lo sabía. Sabía que, al elegir esta corona, elegía mi muerte. Pero no fue por mí, sino por el México que creí podía gobernar con justicia. ¿Y ahora? Soy sólo un hombre que ha perdido todo… incluido el derecho a su vida. 

–El juicio ha sido una farsa –dijo Miramón, de manera molesta–. No hay justicia en una sentencia ya escrita. 

Mejía, con la serenidad de quien ha aceptado su destino, se limitó a asentir. 

–Su Excelencia –continuó Miramón–, aún queda una posibilidad. Un intento de fuga… 

El emperador negó con la cabeza. Había asumido su papel en la historia. Si su muerte sirviese para calmar los ánimos de la nación, que así fuera. 

–Mi muerte no cambiará el curso de la historia –dijo Maximiliano–, pero quizás sirva para que este país encuentre la paz que tanto anhela. 

En la sede móvil del gobierno republicano, Juárez sentía el peso de la historia sobre sus hombros. La insistencia de Lerdo de Tejada y la realidad de una nación herida inclinaban la decisión. 

El destino estaba sellado. En la soledad de la madrugada, Juárez firmó el documento que ordenaba la ejecución. La pluma rasgó el papel con una determinación fría. Lerdo, de pie junto a él, esbozó una leve sonrisa de satisfacción. 

El reloj marcaba las horas. En Querétaro, el sol naciente iluminaba la celda de Maximiliano. La sentencia había sido dictada, y con ella, el destino de un imperio en ruinas. 

El 19 de junio de 1867, en el Cerro de las Campanas, la sentencia se hizo realidad. El alba apenas despuntaba cuando Maximiliano fue conducido al sitio de ejecución. Vestía un traje oscuro, con la dignidad de quien enfrenta su final sin temor. Junto a él, Miramón y Mejía también aguardaban su destino. 

Antes de que se diera la orden, Maximiliano tomó la mano de su confesor y pronunció con voz firme: 

–Mexicanos, muero por México. Que mi sangre sea la última que se derrame. 

Los soldados formaron en línea. El sonido de los fusiles al prepararse resonó como un trueno contenido. Un oficial bajó el sable. 

–¡Fuego! 

El eco de los disparos se dispersó en la brisa de la mañana. La figura de Maximiliano se desplomó, su sangre tiñendo la tierra que había intentado gobernar. 

La noticia recorrió la nación como un relámpago. Algunos celebraban el triunfo de la república, mientras otros murmuraban que Juárez había cruzado una línea irreversible.  

Carlota, desde Europa, recibió la noticia en medio de su delirio; había llegado al límite de su resistencia. El dolor por la muerte de Maximiliano la consumía, y la realidad de su situación la sumía cada vez más en un abismo del que ya no podría salir. En su mente, las voces de los que la rodeaban parecían difusas, como un eco lejano, mientras sus pensamientos regresaban una y otra vez a su amado esposo. Se dice que gritó su nombre entre lágrimas, aferrando una carta arrugada con su última despedida.  

–¡Maximiliano! ¡No! ¡No puedes haberte ido! México es nuestro, y yo soy su emperatriz! ¡Esto no puede ser el final! –gritó Carlota con gran dolor y desesperación. Su mente nunca volvería a conocer la cordura–. 

Juárez, de regreso en el Palacio Nacional, miraba por la ventana. La ciudad seguía su curso, indiferente al peso de la historia. Lerdo de Tejada entró al despacho, satisfecho con el desenlace. 

–La república está a salvo, presidente –dijo–. 

Pero Juárez no respondió. El peso de su decisión parecía más profundo que nunca. Sus palabras, sus últimas palabras, flotaban en el aire de su conciencia. 

–Lo que hemos hecho… lo que hemos hecho… Es un precio que ni la patria podrá perdonar o recordar sin condenarnos. Pero la historia será implacable. Y nosotros, ¿quiénes seremos en ella? Los que tomaron la vida de un hombre por el bien de una nación, o los que perdieron el alma en el proceso? –pensó en su solitaria reflexión–. 

Afuera, la vida continuaba. Dentro, el eco de los disparos aún retumbaba en su memoria. ¿Había sido un acto de justicia o simplemente venganza disfrazada de ley? 

La historia juzgaría su decisión, pero la duda jamás lo abandonaría.