Safuega y la revolución ultrafeminista

Safuega y la revolución ultrafeminista

Fausto E. Gómez García
Doctorado en Historia,
Facultad de Filosofía y Letras – UNAM

En revista BiCentenario, el ayer y hoy de México, núm. 71.

Entre 1984 y 1995 la holandesa Safuega se instaló en Guadalajara y Tepoztlán, dando lugar al desarrollo de un proyecto de feminismo radical que denominó Oasis, y que atraería no sólo a mexicanas sino también a mujeres estadunidenses y europeas. 

Safuega durante el Primer Encuentro de Lesbianas Feministas Latinoamericanas y Caribeñas, ca. 1987. UACM, Centro Académico de la Memoria de Nuestra América, Fondo I, Clave de expediente: K IS22, Sección: Movimientos sociales, Serie: Identidades sexo-genéricas.

Un grupo de feministas lesbianas de Guadalajara, Jalisco, organizó en junio de 2006 un evento titulado “Foro en retrospectiva del movimiento lésbico: Evento en memoria de Safuega”. El homenaje rendía culto a los logros de esa amiga y compañera, quien había muerto recientemente bajo circunstancias inciertas, y de la cual la mayoría de las asistentes llevaba años sin saber nada de ella.

En 1985, Safuega había establecido un espacio para lesbianas en el pueblo de Tepoztlán, Morelos, e hizo mucho por poner en contacto a las feministas lesbianas de México con otras del extranjero, principalmente de Estados Unidos y países europeos. Su historia era fascinante. Originaria de Países Bajos había llegado a México desde Estados Unidos, sacó adelante un proyecto separatista lésbico que más tarde mudó a Guadalajara y que algunas mujeres recordaban con cariño; aun así, tras abandonar el país en 1995 su paso por México había quedado en el olvido. Tuvo una vida plagada de anécdotas viajeras, pero tal relato permanecía al margen de la memoria de los movimientos lésbicos del país, incluso de Holanda y de Estados Unidos.

Para Safuega, el feminismo lésbico fue un trabajo de tiempo completo, la brújula que guiaba todas sus acciones y su forma de ver el mundo. En muchos momentos sus opiniones llegaron a ser vistas por otras mujeres como extremistas: se negaba a dirigirle la palabra a los hombres y proponía proyectos utópicos encaminados a crear comunidades autosuficientes de lesbianas. Estas características fueron las más visibles del movimiento separatista lésbico, surgido en Estados Unidos a principios de 1970, pero difundido en distintas partes del mundo a través de espacios exclusivos para mujeres lesbianas. Lo que resulta extraordinario es que los orígenes de Safuega estaban muy lejos de ese radicalismo. Había nacido en 1946 en Sassenheim, un pueblito rural al oeste de Holanda donde apenas se censaban unas 7 000 personas. Los padres de Safuega habían vivido la ocupación nazi de Países Bajos. Durante ese tiempo muchos jóvenes fueron desplazados a centros de trabajo forzoso y tras el final de la Segunda Guerra Mundial intentaron reconstruir sus vidas asediados por el trauma.

Encuentro de Lesbianas Feministas Latinoamericanas y Caribeñas, 1987. UACM, Centro Académico de la Memoria de Nuestra América, Fondo I, Clave de expediente: K IS22, Sección: Movimientos sociales, Serie: Identidades sexo-genéricas.

La madre de Safuega fue una ama de casa y su padre un agricultor pobre y católico que llevaba a toda su familia a misa en un tiempo en que esta se realizaba en latín y de espaldas a los feligreses. Tras sobrevivir al “invierno del hambre” de Holanda, donde unas 20 000 personas murieron por falta de alimentos, vieron desplazado el tradicional cultivo de bulbos de tulipán en la zona por la industria ligera. Como hija de la posguerra, Safuega resintió desde niña las asfixiantes normas para las mujeres de su comunidad. En un artículo que escribió años después desde su residencia en California describió una de esas escenas: “Un día, yo tendría unos catorce años, ayudé a cargar enormes bultos en un camión en el negocio de mi padre. Sentía mis músculos fuertes y flexibles, y trabajé más que el mayor de mis sobrinos. Me sentía bien, orgullosa, y esperaba elogios por tener un cuerpo fuerte, por trabajar rápido, pero los hombres se burlaron de mí: ¿De verdad eres una chica?”

Para 1970 se había emancipado de su familia y vivía recorriendo ciudades como Nijmegen, Utrecht y Ámsterdam. Era joven y pobre, pero comprometida políticamente con el movimiento de liberación de las mujeres. Al igual que otras, aprovechó los estados de bienestar característicos de la guerra fría, y describió su situación de esos años como la de: “una activista casi a tiempo completo. Trabajaba por dinero sólo lo necesario para subsistir. Vivir de las sobras de un país rico era fácil: tenía atención médica y educación gratuita y mi alquiler era subvencionado por el gobierno”.

A pesar de la situación de afluencia, las desigualdades de género persistieron. Ya en 1967, la activista Joke Smit publicó un artículo periodístico sobre las desigualdades en la vida de las mujeres holandesas, miles salieron a tomar las calles, organizaron grupos y demandaron la igualdad salarial y la legalización inmediata del aborto. Safuega participó de esas acciones y encontró en el feminismo una nueva dimensión de sí misma. Pero con todo y la aparente renovación de su vida, esta siguió marcada por el trauma: de joven fue internada en un manicomio en contra de su voluntad debido a su lesbianismo, y el miedo a que esto se repitiera la asedió hasta el final de sus días.

En 1976 Safuega viajó por primera vez a Estados Unidos con el objetivo de formarse como artista en el Woman’s Building de California, un célebre epicentro internacional de arte y feminismo. Allí, su compromiso con la causa feminista se hizo más fuerte, y durante siete años realizó numerosos viajes a través de las principales comunidades lesbianas de ese país. En sus artículos, Safuega describió un universo de danzas a la luna llena, rituales a las diosas, separatismo lésbico y viajes a comunidades exclusivas de mujeres, como festivales de música y comunas en áreas urbanas y rurales. “Era joven, aventurera, creativa y testaruda”, según le dijo años después a un periódico para lesbianas.

A los 35 años publicó una novela que le dio cierto reconocimiento: Spijkerbloemen (el título se traduce vagamente como Flores de clavo). Esta novela tiene como protagonista a Meike, su desdoblamiento literario. Meike es una mujer sexualmente emancipada, pone en marcha toda clase de proyectos feministas, se involucra en relaciones amorosas con otras mujeres y critica el machismo de la sociedad holandesa. La protagonista también emprende un viaje de autoafirmación y centra su dilema interno en torno al desarraigo hacia el mundo en el que había crecido. Tanto en esta novela como en sus artículos, Safuega reveló un mundo lésbico que ya ha desaparecido, poblado por numerosos negocios exclusivos de mujeres donde las lesbianas se encontraban unas a otras: cafés, librerías, bares, casas comunitarias. Por esos años el impulso del feminismo lésbico alentaba a las mujeres a aprender todo por sí mismas: desde carpintería y mecánica automotriz hasta cómo imprimir un libro o grabar un disco de música.

A principios de los años ochenta, la novela de Safuega apareció gracias al apoyo de la comunidad lesbiana de Nijmegen, una ciudad al este de Holanda. Pero incluso en Países Bajos, Spijkerbloemen fue un trabajo marginal, un libro de culto entre el reducido grupo de lesbianas separatistas de habla holandesa. Margo van der Voort, una lesbiana separatista que conoció a Safuega durante esa temporada, recuerda haber tenido un ejemplar de Spijkerbloemen que viajó a su lado durante décadas, hasta que finalmente Margo decidió sentar cabeza en Australia. Las trayectorias de Margo y de Safuega corrieron de forma paralela, eran viajeras del mundo y se movían entre comunidades internacionales de lesbianas separatistas inspiradas en las reflexiones antinacionalistas del famoso ensayo Tres guineas, de Virginia Woolf: “Como mujer no tengo patria, como mujer no quiero patria. Como mujer, mi patria es el mundo entero”.

El logro de publicar su propio libro respondió a la difusión internacional de los ambientes culturales del separatismo lésbico de Estados Unidos, donde circulaban diferentes obras y revistas dirigidas exclusivamente a lesbianas. En países tan dispares como Grecia, Dinamarca, Inglaterra y Australia, entre otros, las separatistas lesbianas emprendieron nuevos proyectos de vida comunitaria, festivales de música, casas de alojamiento y cafés donde podían recargar pilas y tener una perspectiva positiva de su sexualidad. En el otoño de 1981 Safuega se va a vivir a Heraseed, una comuna rural de ese tipo que estaba situada en el pueblito de Talmage, en el estado de California. Tan sólo unos meses más tarde Heraseed fue parcialmente destruida por un incendio forestal, y en un apoyo solidario a las necesidades de la comuna Safuega escribió Spijkerbloemen con el objetivo de recabar dinero para rescatar lo que quedaba de ese espacio. Publicada bajo el pseudónimo de Myra Lilliane (el nombre que ella usaba en Estados Unidos y Holanda) la novela documenta con mucha sensibilidad los efectos que el separatismo lésbico tuvo sobre su vida, así como lo hicieron otras escritoras afines que imaginaron cómo sería un mundo habitado enteramente por mujeres.

Vida en México

En 1984 se mudó a México y organizó un espacio exclusivo para lesbianas en Tepoztlán, Morelos, una pequeña comunidad rural que había experimentado un proceso de suburbanización a través de la construcción de carreteras y la ampliación del comercio regional. Mediante los nuevos caminos y el servicio postal del pueblo, Safuega importó de Estados Unidos numerosas revistas y libros lésbicos de circulación restringida, pues se trataban de publicaciones pequeñas dirigidas únicamente a lesbianas. También organizó fiestas y un hostal al que llegan sus amigas de ese país y de otras partes de Europa, Australia y América Latina. El nombre de su espacio fue Oasis, en homenaje a los orígenes del proyecto en el Michigan Womyn’s Music Festival, un evento separatista lésbico realizado anualmente entre 1976 y 2015 y que atrajo a miles de lesbianas de todo el mundo en un ambiente exclusivo de mujeres donde se presentaban bandas y artistas musicales, talleres de concientización política y la venta de artesanías y productos. Allí, la revolución feminista se vivía en carne propia, pero las separatistas deseaban cambiar el mundo entero. Valerie Solanas, una escritora influyente en esos círculos, lo planteó en su Manifiesto SCUM con las siguientes palabras: “a las [mujeres] dotadas de una mente cívica, de sentido de la responsabilidad y de la búsqueda de emociones les queda una –sólo una única– posibilidad: destruir el gobierno, eliminar el sistema monetario, instaurar la automatización total y destruir al sexo masculino”.

Encuentro de Lesbianas Feministas Latinoamericanas y Caribeñas, 1987. UACM, Centro Académico de la Memoria de Nuestra América, Fondo I, Clave de expediente: K IS24, Sección: Movimientos sociales, Serie: Identidades sexo-genéricas.

En 1990 aparece un artículo en la revista Maize: A Lesbian Country Magazine titulado “Amando a las mujeres podemos liberar al mundo”. En este artículo Safuega describió su vida en Tepoztlán: cultivaba flores, realizaba rituales esotéricos y organizaba fiestas a las que llegan sus amigas de Cuernavaca, de la ciudad de México y del extranjero. Algunas de ellas eran pioneras en la conformación del movimiento lésbico nacional y tenían un perfil similar al de Safuega: habían nacido después de la segunda guerra mundial y aprovecharon el acceso a la educación superior, al trabajo asalariado y a los métodos anticonceptivos que les ofreció el contexto del “milagro mexicano”. Yan María Castro, quien visitaba Oasis con frecuencia, había creado el grupo Lesbos en el Distrito Federal, en 1977, para que las lesbianas de la capital pudieran conocerse y hablar sobre sus vidas, fue el primer grupo de su tipo en todo el país; mientras que Martha Nualart y Guadalupe López, quienes también eran amigas de Safuega, crearon el primer colectivo de lesbianas feministas de Guadalajara.

En 1987, estas mujeres, entre otras, organizaron el Primer Encuentro de Lesbianas Feministas Latinoamericanas y Caribeñas, celebrado en el mes de octubre en Cuernavaca, Morelos, y al que asistieron lesbianas de toda la región latinoamericana y de otras partes del mundo. Muchas de ellas se quedaron con Safuega en tiendas de acampar en el patio, otras se hospedaron en la casa y organizaron fiestas. “Me mantengo firme”, escribió Safuega, “de que fue la diosa quien me envió a Tepoztlán para crear este espacio exclusivo para mujeres… son la cultura de las mujeres y las publicaciones feministas las que me dan el coraje y la visión del futuro”. Las charlas de sobremesa fueron fascinantes. Una mujer que se hospedó en Oasis afirmaba haber tenido un embarazo virgen, las autoridades le quitaron a su hija y se deshicieron de las evidencias que daban fe de su condición médica extraordinaria. Otras de sus huéspedes se dedicaron a sus asuntos y más tarde desarrollaron carreras importantes en el campo de las humanidades y las ciencias sociales, como los casos de Jules Falquet, Norma Mogrovejo, Kay Gardner y Jacqueline Buswell.

Para 1991, Oasis reapareció en Guadalajara. Safuega abandonó Tepoztlán tras muchos conflictos con los lugareños y decidió emprender su proyecto en conjunto con Patlatonalli, la organización de lesbianas feministas creada por Nualart y López en 1986. En Guadalajara los problemas estallaron. Safuega se negaba a que los hombres pudieran consultar sus documentos, pues sus amigas extranjeras confiaban en que la holandesa respetaría el impulso separatista de sus publicaciones y jamás se verían perturbadas por la mirada intrusiva de los hombres. En tanto, la organización Patlatonalli, sin comprender su separatismo extranjero, deseaba que el acceso a la biblioteca estuviera disponible para todo el mundo.

Con sus muchos conflictos, son esas feministas radicales las que lideraron la lucha contra la discriminación hacia las personas homosexuales. Safuega y las integrantes de Patlatonalli sacaron adelante por esos años la decimotercera conferencia de la Asociación Lésbico Gay Internacional, celebrada en Acapulco y a la que asisten activistas homosexuales del mundo entero. Tras separarse por sus diferencias ideológicas hacia el separatismo lésbico, en 1992 Safuega redireccionó nuevamente a Oasis como un centro cultural y hostal de mujeres, también publicó dos números de un boletín informativo y organizó talleres de feminismo, exposiciones de arte y un espacio de reunión para las lesbianas donde pudieran conocerse, organizar fiestas y jugar juegos de mesa. También participó de la Red de Mujeres y en protestas contra la homofobia ambiental emprendida por el Partido Acción Nacional.

Publicación dirigida a comunidades de lesbianas feministas, ca. 1982. UACM, Centro Académico de la Memoria de Nuestra América. Fondo I, Clave de expediente: K IS23, Sección: Movimientos sociales, Serie: Identidades sexo-genéricas.

En los años noventa, caído el Muro de Berlín, el mundo cambió, se globalizó y los espacios exclusivos para mujeres lesbianas como el de Safuega comenzaron a desaparecer. Internet expandió los canales de comunicación y le permitió a las más jóvenes conocerse a través de páginas web y correos electrónicos. Cada vez era menos necesario tener que frecuentar un café lésbico o un encuentro feminista para salir del armario. En Estados Unidos surgió una auténtica reacción contraria al separatismo lésbico y su negativa a aceptar la presencia de transexuales que se identifican como mujeres en los espacios de lesbianas. La propia condena del movimiento demostró su triunfo: muchas jóvenes lograron por primera vez ser abiertas sobre su sexualidad desde la adolescencia y otras accedieron a más oportunidades para formar vidas estables mediante uniones civiles e hijos. “Exmonjas ¿aún ansían una comunidad de hermanas? Mujeres de la Ciudad Libre de Christiana en Dinamarca, mujeres del campamento de la paz de Greenham Common, ¿qué sucedió con sus sueños?”, se preguntó Safuega en una carta de 1994, donde lamentaba que los proyectos contraculturales de las feministas de su generación quedaran en el recuerdo.

Cuando en 1995 Safuega finalmente abandonó México cortó todos los vínculos de su paso por el país y muchos rumores circularon sobre su destino. Se afirmaba que había perdido la cordura y estuvo internada en un manicomio –la temible pesadilla que siempre la asedió–, donde murió. Otras dijeron haberla visto en la indigencia, vagando por las calles de Ámsterdam en busca de comida. Casi todas creían que se había suicidado. Descubrí que su destino al salir del país no había sido tan terrible, pero sí triste. Entre 1996 y 1997 vivió sola e insatisfecha en Curazao, una isla del Caribe donde tampoco halló un hogar y vio deteriorada su salud. Para cerrar el círculo, en 2024 desde el marco del Simposio Internacional “Emilia Beltrán y Puga”, la investigadora Arcelia Paz Padilla dio a conocer un artículo de Safuega fechado en el otoño de 1999. Allí informaba que, tras dos décadas, había vuelto a instalarse en Holanda. Con 53 años y abatida por la fibromialgia y la artritis describió: “volé lejos y alto, pero ahora soy un pajarito herido”. No sabemos aún qué fue de ella más tarde, ni la fecha y condiciones de su muerte, pero a principios de los 2000 la noticia de su deceso había comenzado a circular entre sus conocidas de México.

PARA SABER MÁS

  • Gómez García, Fausto E., “La recepción del lesbianismo político en la ciudad de México entre las décadas de los setenta y ochenta del siglo XX”, Historia Mexicana, 2026, en https://cutt.ly/ctEXXSQQ
  • Gordero, Matilde y Rovira, Elisenda, “Nadie quiere rendir homenaje a lo que conseguimos las lesbianas: entrevista a Bonnie J. Morris”, Pikara Magazine, 28 de junio de 2017, en https://cutt.ly/itEXL6OJ
  • “Lesbiana: A Parallel Revolution”, Dir. Myriam Fougère, 2012, en https://cutt.ly/3tEXLmm3

 

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