Ilihutsy Monroy Casillas
Instituto de Investigaciones Bibliográficas, UNAM
En revista BiCentenario, el ayer y hoy de México, núm. 71.
Díaz de la Vega recibió la orden de marchar a San Luis Potosí y tomar el mando político y militar, lo cual sucedió el 28 de noviembre de 1859. Se encargó de un contingente que ascendía a 1 296 efectivos. En el contexto de la revolución encabezada por el general Juan Álvarez, quedó evidenciado el desprecio de varios militares –entre ellos, los hermanos Díaz de la Vega– a la formación de la Guardia Nacional porque no seguía la estructura formal del ejército.
Podríamos sugerir que el ser humano tiende a vivir momentos de amargo desencanto cuando la desolación se apodera de sus esperanzas políticas, sociales o económicas. Aunque el empeño sea grande, deviene una congoja y mucho desaliento si el camino es distinto a la ilusión. Los indicios de estas penas se expresan en frases agoreras, que detienen y tuercen las confianzas que tienen los demás. Sin embargo, siempre hay medidas o herramientas efectivas para librarse de esas emociones: algunos escogen salidas religiosas, otros se entregan a disciplinas que forjan cuerpo, mente y espíritu.
Este tipo de desconsuelo lo vivió Manuel Díaz de la Vega, quien ya contaba con una vía para alejarse del desencanto. Fue un general que participó en distintos sucesos políticos decimonónicos, contó con una carrera militar ascendente y estuvo dentro de una red política conservadora debido a que su hermano era Rómulo Díaz de la Vega, el presidente de facto por 22 días en 1855 y gobernador de Tamaulipas y el Distrito Federal, entre otros cargos.
Sus condiciones sociales permitieron que Manuel Díaz de la Vega hiciera una carrera importante en un periodo político y bélico complejo: un siglo xix que se debatió entre las intervenciones estadunidense y francesa, así como numerosas guerras internas. Esta formación militar profesional hace comprensible su compromiso con instituciones y sectores sociales, y deja ver en sus escritos el lenguaje y la enseñanza castrense que aprendió. A la par, dejó ciertas frases que manifiestan un pesar político.
Esto es notorio durante la Guerra de Reforma, cuando Díaz de la Vega fue nombrado jefe de la Ciudadela, cuartel general de los conservadores, en 1859. Para esos momentos, él cumplía con las funciones de vigilar y controlar la entrada y la salida de pertrechos militares, guarniciones y carros con caballos y mulas, además de proveer alimento, guarecer prisioneros e interrogarlos, auxiliar a otras tropas cercanas y, sobre todo, mantener la disciplina militar.
En el minutario del 31 de marzo de 1859, Díaz de la Vega expresó una dificultad que tuvo con el coronel Francisco Vélez, ya que este no siguió las órdenes de los superiores denotando falta de conocimiento militar. Comentó así: “como este proceder es tan contrario a la disciplina y puede producir repitiéndose muy funestos resultados, me apresuro a ponerlo en conocimiento de Vuestra Señoría para que se sirva dictar, si lo tiene a bien, las providencias que el caso requiere”.
El jefe Díaz de la Vega vivió tensas circunstancias, ya que la batida por la plaza principal se daba entre uno y otro bando. Recordemos que el general Santos Degollado atacó la ciudad de México entre el 2 y 11 de abril de 1859, aunque el general Leonardo Márquez ganó el sitio. Por tanto, su encomienda era de importancia porque permitió que la logística se cumpliera de forma adecuada para abastecer a las tropas imperialistas. Observó la constante entrada y salida de tropas y demás guarniciones, así como el desconocimiento e incumplimiento de ordenanzas y convenios disciplinares. En ello leía una debilidad que le pareció de suma importancia registrar y compartir con sus superiores.
Su adicción por la obediencia castrense quedó enunciada poco después, todavía en la contienda de la reforma. Díaz de la Vega recibió la orden de marchar a San Luis Potosí y tomar el mando político y militar, lo cual sucedió el 28 de noviembre de 1859. Se encargó de un contingente que ascendía a 1 296 efectivos de distintos grados, secciones y batallones, además de tener 243 caballos y 20 mulas; asimismo, dirigió acciones militares contra los enemigos liberales y gestionó los presupuestos de las tropas. A pesar de esta formación armada, Díaz de la Vega participó en la Batalla de la Loma Alta, el 24 de abril de 1860, y salió derrotado. Precisamente ese enfrentamiento dejó en manos de los liberales la zona del Bajío y de San Luis Potosí. Por eso, desde su refugio en Dolores Hidalgo, Guanajuato, se vio obligado a solicitar apoyo pecuniario ante la desbandada.
Aun con el descalabro, Díaz de la Vega regresó a San Luis Potosí y continuó con su vida castrense. Eso se desprende del comunicado que envió al Supremo Gobierno el 20 de septiembre de 1860, en el cual se quejó del arresto que recibió ante su inasistencia a dos actos solemnes. La explicación se reducía a que carecía de un uniforme completo, ya que había perdido todo su equipaje después del descalabro. Así fue como respondió:
Respecto de la exactitud y puntualidad en el cumplimiento de las órdenes supremas, además de mis antecedentes, Vuestra Excelencia, como jefe del Estado Mayor del Ejército, puede decir si alguna vez pudo tachárseme de moroso, pues yo, Excelente Señor, es esta precisamente una de las cosas en que fundo mi orgullo militar. En cuanto a mis sentimientos acerca de la Independencia Nacional y a mi decisión por el actual orden de cosas, combatiendo constantemente y derramando mi sangre, creía haberlo probado lo suficiente para confiar en que el Gobierno Supremo no los pondría en duda.
Díaz de la Vega, presuntuoso y enojado, destacó su impoluto respeto por la institución militar así como por el “orden de cosas” por el que combatió. Remató su texto con la solicitud de su separación del servicio, asunto que no se tramitó en dicho entorno de guerra.
El militar siguió bajo las órdenes del bando conservador aun después del fin de esa guerra civil y con el inicio de la invasión de las tropas francesas en 1862. Por eso, la Regencia del Imperio decidió enviar a Díaz de la Vega a encargarse de la comandancia y el gobierno de Tabasco el 9 de octubre de 1863. Allí se había suscitado un grave conflicto, ya que el coronel Eduardo González Arévalo, enviado para reunir información sobre ese territorio por el gobernador conservador Tomás Marín, a cargo de la Isla del Carmen, había actuado como gobernador de la zona exigiendo impuestos y devastando a la sociedad. Cuando Díaz de la Vega arribó a San Juan Bautista, actual Villahermosa, el 20 de enero de 1864, la situación militar, financiera y social estaba muy comprometida. Esto se complicó mucho más cuando los marinos franceses salieron el 23 de febrero de 1864, lo que ocasionó que los republicanos dirigidos por el general Gregorio Méndez ganaran la plaza en la batalla del 27 de febrero, y los imperialistas renunciaron al territorio definitivamente.
En este difícil ambiente, el general tuvo que ser muy estricto y para ello exacerbó su disciplina, encontrando que ella coincide con el honor militar. Díaz de la Vega conoció la situación en la que se encontraba –los enemigos tendrían 1 500 hombres mientras que ellos contaban con 478, y sin reserva ni armas–, y con esos elementos tomó el mando, obteniendo la obediencia del coronel González Arévalo y de su tropa, para lo cual invirtió “extraordinaria prudencia y energía”. Después de haber tenido una reunión con los jefes y oficiales al mando en enero, tuvo otra más el 11 de febrero con once de ellos, en la que escuchó sus opiniones. Si bien la mayoría se manifestaba por la retirada, Díaz de la Vega impuso continuar con la defensa de la plaza, “recomendándoles los sostengan con honor hasta tanto dicta las providencias al decoro de las armas del imperio”.
La opinión de Díaz de la Vega al respecto de la falta de disciplina de los elementos imperialistas en Tabasco es contundente, y por esa característica los llama “contraguerrilla del Señor González Arévalo”:
La tropa no usaba más distintivo que una camisa colorada y estaba entregada a la indisciplina más lastimosa. Jefes, oficiales y soldados disentían siempre sobre las órdenes que recibían sobre todos los asuntos del servicio. Todos protestaban su cansancio y desaliento y pedían con insistencia que se abandonase una situación ya perdida. La indisciplina produce vicios detestables, como el juego, la embriaguez y la flojedad y descuido en el servicio. Estos vicios estaban desgraciadamente tan arraigados en aquella tropa…
Una ventana más a este afecto disciplinar está impresa en la respuesta que el general graduado le envió a la Regencia del Imperio en febrero de 1864, cuando la institución proyectaba la organización militar de las guardias nacionales como elemento importante para sostener el imperio mexicano. Díaz de la Vega dijo:
En una palabra, carecemos de la unión y hábito de obediencia indispensables para plantear con éxito una institución semejante [la guardia nacional] en medio de una guerra civil como la que nos agobia […, por tanto] la adopción del proyecto daría el deplorable resultado de aumentar los elementos de agresión de los disidentes, que fácilmente podrían reducir a los ciudadanos alistados cuyas opiniones políticas, intereses o compromisos personales se incluyeran a la causa que ellos sostienen […todo lo cual le hace recomendar que] la fuerza armada debe estar sujeta a una severa disciplina, si no se quiere que se convierta en instrumento de las facciones.
Este último testimonio muestra, a su vez, el amargo desaliento que vivió el general. En 1855, en el contexto de la revolución encabezada por el general Juan Álvarez, quedó evidenciado el desprecio de varios militares –entre ellos, los hermanos Díaz de la Vega– a la formación de la Guardia Nacional porque no seguía la estructura formal del ejército. Dicho sea de paso, esta Guardia se convirtió en un organismo fundamental para institucionalizar el Plan de Ayutla. En la ocasión de 1864, la propuesta de retomar una guardia fue considerada viable por el propio bando imperialista. En la respuesta del general Díaz de la Vega se lee un tono pesaroso ante esta sugerencia, quizá porque su alejamiento físico y el nuevo encargo político lo empujaron a advertir la debilidad de las condiciones sociales del momento.
En Tabasco, el general Díaz de la Vega vivió una serie de emociones de desconsuelo consigo mismo –¿cómo sería posible que el bando que apoyaba fuera en contra de sus principios militares, tal como la implementación de la guardia nacional?– y con los demás. Así lo rememoró en ocasión de su ingreso por el río Grijalva hacia Frontera con dirección a San Juan Bautista, ya que percibió la pena en los habitantes afines políticamente y el gozo en los enemigos. “Era yo esperado con la mayor ansiedad por toda la población, que con mi llegada creía salvar sus hogares de los estragos de la artillería; pero al ver que llegaba sin fuerzas y que la situación no podía mejorar, todos se entregaron al más profundo desaliento”.
(NdR. Aquí termina el texto principal. Los dos textos breves que siguen, ordenarlos como recuadros separados en páginas distintas).
Breve biografía
Manuel Díaz de la Vega nació en 1827 en el Valle de México e ingresó al Ejército en 1844 con el grado de subteniente de la 1.ª Compañía del Batallón Permanente de Granaderos de la Guardia de los Supremos Poderes, bajo la presidencia del general Valentín Canalizo. Participó en diversas contiendas desde 1845 y entre ellas estuvo en la guerra contra los estadunidenses e hizo campaña contra los mayas sublevados de Bacalar, Chichanhá y Mérida. Posteriormente, como general graduado –o sea que su grado no estaba ratificado–, Manuel combatió contra la Revolución de Ayutla, así como en las guerras de reforma, la intervención francesa y el Segundo Imperio al lado de conservadores e imperialistas. El imperio lo nombró presidente del Consejo de Guerra y participó en la entrega de la Ciudad de México en 1867, por lo que estuvo preso en Perote en 1867.
Sus posteriores labores estuvieron alejadas del ámbito militar. Fue director de la Aduana de Paso del Norte en 1881, jefe de Hacienda en Coahuila y administrador de las Aduanas Marítimas en Tuxpan, Veracruz. En 1888 fue director de El Nacional. Murió en la Ciudad de México en noviembre de 1903.
Hallazgos de archivo
La agrupación documental Manuel Díaz de la Vega, conservada en el Archivo Histórico de la UNAM desde 1965, resguarda los documentos que retratan parte de la vida militar que tuvo el general, y se complementa con registros fragmentados de Francisco de Cossío y Francisco Sáenz Enciso, cuñado y concuño, respectivamente. Su volumen total es de siete cajas y abarcan desde 1786 a 1891. A pesar de hacer una atenta lectura de los documentos, estos no presentan una idea completa de sus acciones porque sus unidades documentales no siempre están vinculadas, resultado de los descuidos personales y del complejo contexto político.
Al revisar dichas evidencias, se puede encontrar el desconsuelo de un general que combatió por más de 20 años en el bando derrotado. Este tipo de acervos nos permiten aportar más color al árido mundo de los soldados conservadores decimonónicos, quienes han sido poco estudiados.
PARA SABER MÁS
“El señor general D. Manuel Díaz de la Vega”, El Nacional. Periódico de literatura, ciencias, artes, industria, agricultura, minería y comercio, 4 de enero de 1888, tomo x, año x, núm. 156, p. 2, en https://cutt.ly/Wt5mNw0s
“Manuel Díaz de la Vega”, Wikipedia, en https://cutt.ly/zt5mNm3l
Colección Manuel Díaz de la Vega, Archivo Histórico de la UNAM/Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación, en https://cutt.ly/Lt5mN2Ol
Monroy Casillas, Ilihutsy (selección, transcripción, notas e introducción). El general Manuel Díaz de la Vega y el desastre imperial en Tabasco, 1863-1864. “Entre dos malestares inevitables siempre se escoge el menor”, México, iisue, 2025, en https://cutt.ly/Kt5m1UvO
