Renato Alejandro Flores Chinchót
En revista BiCentenario, el ayer y hoy de México, núm. 70.
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Lealtad, fidelidad, resignación. Mucho se espera de los hombres. Nada se reprocha. Algo se perderá en el camino. Todo sea por la revolución.
Gustavo:
Yo que vivo para mí, para mis viajes, para correr; tú que vives para mí, por mis viajes, y que te quedas quieto cuando vago por el mundo. ¿Quién más podría ser sino mi mejor secretario? Tú. Si no en China, en Italia; si no en Nueva York, en San Francisco, si no por el Viaducto, por uno de esos 30 000 kilómetros de asfalto que me ayudaste a desarrollar. No hubo un solo día, desde hace 20 años, en que no hayas hecho todo ese maldito papeleo para el que yo no nací.
Puedo decir, con absoluto orgullo, que desde el primer lance en el Congreso has sido siempre mi más fiel aliado. Indomable, como eres, desde que te conocí, jamás te tuve miedo, al contrario, siempre te vi como un gran aliado, es lo que me ha enseñado a quererte, cabrón. Pero ese es el meollo del asunto, solamente yo. ¿Cuántas veces no estuviste a punto de perder la cabeza nada más porque el licenciado Ruiz Cortines no te dio el puesto que querías de entrada?
Pero por supuesto que te estimo. Claro que has sido un excelente colaborador. ¡Mil veces más te defendería de cualquier embate en nombre del partido! ¿Cuántas veces no sacaste al buey de la barranca por mí? Y, sin embargo, no puedo negarlo: ¡eres un viejo cabeza dura! ¡Eres una maldita máquina! ¡Eso es lo que tanto te hace tú! Deja lo feo, lo dientón, lo orejón, jamás me has entregado un problema sin resolver, pero tampoco has dejado a uno solo vivo.
Cómo me irrita no ser tú, ni que tú seas yo. Si yo fuera tú, probablemente no estaría como estoy, seis años después. Si tú fueras yo, tan sencillo que sería decir “no estoy de acuerdo” sin necesidad de recriminar a diestra y siniestra, siempre de dientes para afuera, Gustavo.
Y ahora no me puedo hacer el sorprendido, “es que el secretario también, licenciado”. “Es que el señor Ordaz no le preguntó a nadie más”. “Pues no sé qué decirle, licenciado, Bucareli ya habló”. ¡Carajo Gustavo, cómo te admiro! Cárdenas, que se nos subía a las barbas con sus ídolos juveniles prestados (ya a su edad, por amor a Dios), y tú diciéndole a Kennedy lo que quería oír, ¡siempre!
En fin, más allá de tus logros y tus arranques, ahí está la oficina, Gustavo. El país está todavía mejor que como me lo entregaron. El desarrollo, estable, como bien se planeó gracias a ti. La silla, bien plantada, mejor de lo que puedo hacerlo hoy. Precisamente, al presidente ya le toca. Gustavo, decirte que te encargo hoy una tremenda responsabilidad es hablar como si no te conociera, pero porque te conozco, ¡sosiégate! Haz lo que sabes hacer, pero no te me andes excediendo.
¡En ti confié!
Adolfo
Gustavo. Minutos de reflexión
¿Cómo negarlo? Tanto se ha hablado, tantos han criticado y ninguno puede ver lo que es evidente. Me resulta incomprensible pensar que pudieran tan siquiera dudar que actué con base en los inquebrantables principios que he jurado no traicionar y que han dado legitimidad a este mismo gobierno del cual hoy, algunos, dudan. Es por demás sorprendente la cantidad de personas que se hacen llamar intelectuales y son incapaces de reconocer el aroma de la sangre derramada sobre las páginas de la historia.
Considerando todas aquellas limitaciones intelectuales y espirituales de quienes se han convertido en jueces y partes de mi actuar, he de confesar que poco me interesa ya la escala que sea que utilicen para calificar lo acontecido. La revolución que hoy da forma a nuestra patria, y legitimidad a mi gobierno, nos supera, nos supera a cualquiera, a algunos incluso, con creces. Quisiera ver a cualquiera de esos muchachitos intentar calzar estos zapatos, soportar el peso que hay en mi pecho, no verse ensordecidos por el estruendo de un pueblo y, además, tener algo más que una voz firme.
“¡Mentiras!”, exclaman como quien se niega a creer que no ha conseguido la cifra ganadora en su boleto de la lotería. Quienes decidan escucharme lo sabrán, jamás he negado que unas cuantas familias hoy se siguen sentando a la mesa conscientes de que hay un lugar vacío. Esto es lo que sigo sin comprender: ¿han acaso decidido ignorar que soy un hombre de familia como cualquier otro? Los hay quienes hoy día creen que ni siquiera soy capaz de comprender lo que es el cariño de un padre por un hijo. Para ellos no hay remedio; el resto que me escuche muy bien. Soy, ante todo, un hombre con una enorme convicción por el servicio: responsablemente he criado buenos hijos y desinteresadamente he buscado lo mejor para ellos.
La confusión no deja mi cabeza. Considero, todavía, que cualquier mexicano es capaz de conocer, o si no comprender, lo que es el amor por aquellos a quienes debe su vida. Y así, pregunto yo: ¿niegan entonces mi nacionalidad? El absurdo en el que han elegido vivir es el mismo del que yo busqué alejar, con éxito rotundo, a la mayor cantidad de mexicanos posible.
Es característico hasta la comicidad la sordera intelectual y emocional de la que hoy ellos sufren. ¿Qué hacer ahora? Hablar con total firmeza el día de hoy, escuche quien me escuche: asumo íntegramente la responsabilidad personal, ética, social, jurídica, política e histórica, por las decisiones del gobierno en relación con los sucesos del año pasado.
