Mundos paralelos

Mundos paralelos

Darío Fritz 

En revista BiCentenario, el ayer y hoy de México, núm. 71.

Dorothea Lange, Abuela mexicana que emigra cada año con su numerosa familia desde Glendale, Arizona, siguiendo los cultivos a través de California y regresando. Aquí se la ve cosechando tomates en el Valle de Santa Clara, California, 1938. Biblioteca del Congreso, Washington, D.C., EUA.

La mujer de la imagen es una abuela. Una abuela migrante mexicana que recoge tomates en un campo de Santa Clara Valley, California, y que junto a su “amplia” familia había migrado en 1938, como en años anteriores, desde Glendale, Arizona, para trabajar en las cosechas californianas. El meticuloso dato del rango familiar que la autora de la foto, Dorothea Lange, dejó registrado, permite correr la certera imaginación de que a sus alrededores, una prole significativa de hasta nietos, estarían pendientes como ella de los frutos ya maduros para recoger. Tampoco la imaginación sería caprichosa si dijéramos que no muy lejos de allí, la abuela y los suyos pasarían las horas de descanso bajo una carpa sin servicio alguno. Le pasaba a los blancos, y con más razón a latinos y afroamericanos. En esos años, Lange y otros dos colegas, Rusell Lee y Walker Evans, habían recorrido el país, pagados por el gobierno, para retratar las consecuencias de la Gran Depresión. Uno de los trabajos de mayor impacto de la fotógrafa fue “Migrant Mother”, una madre blanca con sus hijos pequeños sobreviviendo bajo una lona, retratada también en California. Al cabo de casi nueve décadas, las condiciones laborales han mejorado para los trabajadores agrícolas migrantes, pero hay otros entornos que permanecen inalterables. Lee describía en otra foto sobre una niña mexicana trabajando en la costura en una habitación en Robstown, Texas, que “contrariamente a lo que se suele pensar, los mexicanos suelen ser muy ordenados y limpios, incluso cuando viven en condiciones de gran hacinamiento”. La lectura intrínseca nada se aleja de los postulados actuales del peor megáfono estadunidense, residente en la Casa Blanca: “¿Por qué solo aceptamos gente de países de mierda?”. O más claro, “sanguijuelas” y “basura” se ha propalado desde allí. A la par de aquella abuela y sus nietos recolectores de tomates, en otros lugares otras abuelas criaban descendientes que machacarían con la actual impronta xenófoba. El pañuelo llevado con elegancia, la dignidad manifiesta en los dos botones que sostienen cerrado el suéter, la sobriedad del vestido, hacen de ella la integridad frente al espejismo siempre presente de un poder y una riqueza que esconde el viejo odio sobre los otros, diferentes y pobres, y para su pesar, honrados. 

 

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