Diego Covarrubias
En revista BiCentenario, el ayer y hoy de México, núm. 71.
María Josefa Azcárate participó activamente en la ocupación napoleónica en México. Supo vivir bien y en el centro del poder en esos pocos años, primero junto a Carlota y luego con su esposo, el influyente mariscal François Achille Bazaine. Antes de caer Maximiliano, escapó a Europa y allí salvó a su marido del pelotón de fusilamiento.
Se llamaba María Josefa de las Angustias Bonifacia Brígida Federica Pascuala Feliciana de la Santísima Trinidad Peña Azcárate, pero era mejor conocida como “Pepita Peña”, primero, y como “La Mariscala”, después. Nació en 1847, en el seno de una familia conservadora muy activa en la vida política del México independiente, y junto con otras familias notables de la época patrocinó el viaje de la Junta de Conservadores a Europa, con el objetivo de pedirle encarecidamente a Napoleón III, emperador de Francia, que les facilitara un emperador para México. Argumentaba que, si bien el país se había independizado de los españoles desde principios de siglo, no se había independizado de la estupidez de los mexicanos. Mientras otros países ya estaban inmersos en la revolución industrial con ferrocarriles y la nueva modernidad, en México seguían peleándose a sombrerazos y balazos liberales y conservadores, mientras la gente decente –y hasta la no decente–, ya estaba harta de tanto desorden y lo único que querían era vivir en paz.
A Napoleón III, que era el soberano más poderoso de Europa, le gustó la idea. Le permitía poner pie en el continente americano y aprovechar los generosos recursos de tan fecundo, pero desorganizado país, antes de que los Estados Unidos se apropiaran de lo que quedaba de él, que ya no era mucho. No en balde ya se habían apoderado de más de la mitad de su territorio. Napoleón pensó que el momento era propicio: Estados Unidos estaba entretenido en una guerra civil que iba para largo y no se iban a distraer con lo que pasara más allá de su frontera sur. Además de estos razonamientos geopolíticos, lo que finalmente lo animó a decir que sí le entraba al asunto es que la aventura le parecía muy divertida a su esposa, la emperatriz consorte Eugenia de Montejo; mujer imperiosa de pocas pulgas, voluntariosa, achispada para la política y que siempre andaba buscando en qué ocupar su tiempo en la corte francesa, para no aburrirse.
Napoleón les dijo a los conservadores que si ellos convencían a los Habsburgo de mandar a uno de sus archiduques a México, él pondría el dinero, los soldados y las armas. Y una cosa fue llevando a la otra hasta que llegó el 3 de octubre de 1863, y en el castillo de Miramar, situado en el golfo de Trieste, entre Barcola y Grignano, al noreste de Italia, José María Gutiérrez de Estrada, líder de la comitiva mexicana, le ofreció la corona de México al archiduque de Austria Maximiliano de Habsburgo, quien, después de averiguar dónde quedaba México, pidió que le dejaran darle una pensadita al ofrecimiento. Algo habrá alborotado su espíritu romántico y aventurero que contestó que sí, que a partir de ese día renunciaba a sus derechos monárquicos de la casa de los Habsburgo para ser el emperador Maximiliano I de México. Solo pidió que antes de viajar a su nueva patria, apaciguaran el ánimo de los liberales revoltosos de siempre porque él era más de bailes y de recepciones que de espadas y batallas. Honrando su palabra, Napoleón III mandó a México una fuerza expedicionaria que, en su momento, llegó a tener 30 000 soldados, en su mayoría franceses, pero muchos cosacos, italianos, alemanes y croatas. Nunca lograron apaciguar del todo a los opositores revoltosos, pero después de dos años de arduas batallas y del humillante 5 de mayo, convirtieron a la Ciudad de México en una capital digna de un imperio; a la usanza de París o de Viena. La familia de Pepita Peña, que había patrocinado el primer viaje de la comitiva mexicana a Europa, alcanzó lo más alto de la esfera de la alta sociedad imperial. Pepita, que además era muy hermosa, se convirtió en dama de honor de la emperatriz Carlota, la desdichada esposa del flamante emperador de México.
El encargado de pavimentarle el imperio a Maximiliano se llamaba François Achille Bazaine; era mariscal de Francia y un destacado militar que había combatido en la primera guerra carlista, la franco-prusiana y la guerra de Crimea. Llegó a México en octubre de 1863, como máxima autoridad de las fuerzas expedicionarias francesas encargadas de mantener la paz durante el imperio de Maximiliano. Su autoridad era mayor que la del mismo emperador, cuya función era meramente ornamental. El robusto mariscal era el jefe de todos, porque, si bien el emperador Maximiliano y la emperatriz Carlota vivían en un castillo, el castillo era parte de la escenografía del imperio, el lugar donde se servían los fastuosos banquetes y donde reinaban la pompa, el dispendio, los disfraces y los arlequines, el lugar de donde emanaban los dimes y diretes que alimentaban el morbo de los cortesanos.
El verdadero poder del imperio se ejercía en el centro de la Ciudad de México, en los cuarteles del alto mando del ejército francés. Ahí se definían las estrategias militares, se decidía en qué se gastaban los impuestos, se regulaba el comercio y se negociaban cargamentos de mercancías a todo el mundo, sobre todo a los puertos franceses. Avejentado y viudo, a sus 54 años el mariscal Bazaine era el hombre más poderoso de México.
Maximiliano era ajeno a todo esto; él era más afín al clima de Cuernavaca, a las bondades botánicas del Jardín Borda y, sobre todo, a las húmedas sinuosidades del placer hedónico que le dispensaba Concepción Sedano, mejor conocida como “La india bonita”.
Casamiento
Pepita Peña y el mariscal Bazaine se conocieron en uno de los numerosos bailes de gala que se celebraban en la capital del imperio. El viejo Aquiles sintió reverdecer sus otoñales primaveras ante la virginal hermosura de la joven mexicana, quien a su vez se sintió seducida por la fama y fortuna del viejo mariscal. Lo que en estas épocas sería muy mal visto, en aquellas no sorprendía, era bastante común. El romance floreció en una bella historia de amor al compás de los valses vieneses que afianzaba la alianza militar francesa con la sociedad mexicana de la más alta y fina alcurnia. La pareja se casó en la capilla del Palacio Imperial el 26 de junio de 1865, teniendo al emperador y a la emperatriz de México como testigos de honor de la fastuosa boda. A partir de ese momento, Pepita Peña pasó a ser conocida como “La Mariscala”.
Más por compromiso que por generosidad, el romántico emperador decidió darles de regalo de bodas el Palacio del conde de Buenavista, ubicado en la calzada México-Tenochtitlan, en la actual colonia Tabacalera. El hermoso edificio era una construcción de finales del siglo xviii, obra del arquitecto sevillano Manuel Tolsá, construida por órdenes de doña María Josefa Rodríguez de Pinillos y Gómez, condesa de quién sabe qué. En sus orígenes, era conocida como la Casa de la Herradura o la Casa de los Pinillos, y era famosa por “sus gallardas proporciones y notables armonías”.
Y sí. La mansión era un símbolo de riqueza y de lujo. En sus aposentos habían dormido la condesa de Pérez Gálvez, los príncipes de la Unión y de Iturbide, la marquesa Calderón de la Barca y don Antonio López de Santa Anna, con y sin pierna. Después, el conde de Regla, hombre poderosísimo que, además de excavar minas en Pachuca, hacía lo que le daba la gana, la había convertido en un museo para exhibir los objetos prehispánicos que salían a la superficie en las excavaciones que hacían los mineros ingleses para sacar la plata de los montes.
Don Aquiles y Pepita tomaron posesión del palacio, lo decoraron a su gusto y lo disfrutaron mientras duró la intervención francesa y el imperio de Maximiliano, que tampoco es que hayan durado tanto.
Sucedió que durante todo ese tiempo Benito Juárez, uno de los liberales revoltosos que nunca fue apaciguado, anduvo de terco por todos lados diciendo que él era el presidente legítimo de México. Cuando a Napoleón III se le complicaron las cosas; en parte porque se enemistó con Prusia, que era una potencia militar a la que había que enfrentar con todo el poderío del ejército francés; en parte porque en Estados Unidos la guerra civil la ganó el norte liberal, que no estaba dispuesto a tener a un ejército francés en su frontera sur; en parte porque la emperatriz Eugenia se desentendió del asunto; en parte por lo oneroso que estaba resultando la aventura transatlántica y en parte porque el México profundo y belicoso no terminaba de aceptar los modos del Habsburgo. El caso es que Napoleón empezó a retirar, de a poquito, para que no se dieran cuenta, a sus soldados. Maximiliano tuvo oportunidad de irse, que dadas las circunstancias hubiera sido lo más sensato, pero por alguna romántica y estúpida pasión de las que a veces padece el espíritu humano, decidió ignorar los consejos de familiares y amigos y se quedó a luchar por su imperio, que ya ni era suyo, ni era imperio, y se fue a morir a Querétaro, bastión del conservadurismo.
Don Benito y Maximiliano eran como el agua y el aceite. Los antagónicos perfectos: un zapoteco estoico, disciplinado y resentido, y un Habsburgo nacido en palacios, educado en salones imperiales con tutores exigentes, rodeado de jardines y de fuentes. El entendimiento era imposible. Además, es fácil imaginar el humor que se cargaba el Benemérito de la Patria después de más de dos años de andar a salto de mata en una carroza de ruedas de madera, sufriendo de las vértebras lumbares por tanto bache en los caminos rurales. Al capturar al ingenuo Max, y desoyendo peticiones de perdón de todo el mundo, Don Benito ordenó fusilarlo, aunque según algunos de los cronistas de la época, su primer impulso fue crucificarlo. Afortunadamente, sus más cercanos lo convencieron de que no, que cómo se le ocurría. A lo más que accedieron fue a poner tres cruces en lo más alto del cerro de Las Campanas, para que esa visión, tan cercana a las sotanas y a los bombines, sirviera no solo de escarmiento, sino también de amenaza de cuál sería el castigo si en el futuro algún conservador llegara a tener inquietudes similares.
Escape a Europa
Mientras tanto, Don Aquiles y Pepita ya llevaban tiempo en Europa, donde llevaron una vida de lujo cerca de la corte de Napoleón. Pero estalló la guerra contra los prusianos y el mariscal encabezó al ejército francés que no pudo vencer a aquellos y se rindió al frente de 170 000 soldados en la batalla de Metz. El imperio francés se derrumbó y, como en México, se proclamó la república. El vencido mariscal fue acusado de traición y condenado a muerte por un consejo de guerra. Y aquí aparece de nuevo Pepita Peña, la mexicana, quien consiguió que el nuevo presidente le conmutara la pena por 20 años de cárcel en la fortaleza de Santa Margarita, situada en una isla cerca de Cannes. Se cuenta que la Mariscala, deseosa de vivir en familia, planeó la fuga, e hizo que su viejo marido se descolgara del muro con una cuerda –aunque se dice también, y es lo más probable, que los vigilantes se dejaron sobornar–. El hecho fue que los fugitivos subieron al barco que los esperaba en la orilla. Anduvieron del tingo al tango y finalmente se establecieron en Madrid, donde vivieron varios años.
En un acto difícil de interpretar, Pepita regresó a México en 1886 y le pidió a Porfirio Díaz que le devolviera el palacio del Conde Buenavista. Díaz le contestó que no podía hacer nada. El presidente Juárez se lo había regalado al general José Rincón Gallardo, por sus méritos en la batalla del sitio de Querétaro, y que por lo tanto lo disculpara, pero que tenía muchas cosas que hacer.
Sin dinero para regresar a Europa, ignorada por todos, y abandonada a su suerte, Pepita Peña terminó sus años, que no fueron pocos, atormentada en sus propios recuerdos, en una casa de salud muy alejada de la capital, por los rumbos de la Hacienda de Tlalpan, exigiendo a las ausencias que rondaban por su mente que le devolvieran su palacio.
El Palacio de Buenavista, ajeno a las pasiones humanas, fue labrando su propia historia de piedra, atestiguando el vertiginoso crecimiento de la Ciudad de México. En diferentes épocas fue la fábrica de cigarros La Tabacalera Mexicana, la sede de la Lotería Nacional, la de la Secretaría de Comunicaciones, la de la Dirección de Aduanas y la Escuela Preparatoria número cuatro, hasta llegar a lo que es hoy, el Museo Nacional de San Carlos.
Su primer acervo pictórico provino de las galerías de la Antigua Academia de San Carlos, fundada a principios del siglo XVIII. Esta colección se fue enriqueciendo con las obras incautadas a conventos durante las Leyes de Reforma y con las donaciones de coleccionistas privados como Franz Mayer y Alberto J. Pani. Hoy, el museo tiene una importante colección de obras de Rubens, Zurbarán y Goya.
Pero más allá de las pinturas que cuelgan de sus antiguas paredes, lo más interesante desde el punto de vista histórico, es que durante las noches de luna llena todavía se pueden escuchar las notas de los valses de Johann Strauss, y la juvenil, pero imperiosa voz de Pepita Peña, “La Mariscala”, supervisando que los pavos trufados y los jamones de Westfalia estén en su punto, que los espárragos crujan y que la compota de ciruelas tenga ese color tan púrpura que hace juego con los corsés, las crinolinas, los frufrús y los miriñaques de las más hermosas damas de la corte imperial. Una voz que exige, todavía, que le devuelvan su palacio, y sobre todo, que le permitan regresar a la fastuosidad y la elegancia que quedaron sepultadas durante los sangrientos años del porfiriato y la revolución y de las que ya solo queda un lejano eco, que ojalá nunca se apague.
PARA SABER MÁS
Conte Corti, Egon Caesar, Maximiliano y Carlota, México, Fondo de Cultura Económica, 1971.
Miquel I. Verges, J. M., “Pepita Peña y la caída de Bazaine”, Historia Mexicana, 1962, en https://cutt.ly/zt5QqDZF
