Marisa Pérez Domínguez
Instituto Mora
En revista BiCentenario, el ayer y hoy de México, núm. 71.
Hubiese preferido Estados Unidos, pero su voz filosa no se lo permitió. La obligada salida a Cuba del intelectual porfirista transitó entre el desagrado por el clima, limitaciones económicas y la imposibilidad de hallarse cómodo siendo extranjero.

La novela Santa, publicada en 1903, es sin duda alguna la obra que le dio gran reputación literaria a Federico Gamboa en las letras hispanoamericanas. El éxito fue tal que años después la transformaron en un melodrama inolvidable del cine mexicano; una verdadera leyenda popular. A propósito de este logro editorial, como señaló José Emilio Pacheco, se desprende un diálogo con José Rubén Romero, autor de La vida inútil de Pito Pérez, en donde don Federico declaró: “así como me ve de decente vivo de una mujer: de mi Santa”, a lo que Romero respondió: “pues yo le gano, porque vivo de mi Pito”.
Más allá de la anécdota, no todo en Gamboa fue literatura de creación, pues en distintos momentos de su vida publicó en otros géneros como en su Mi Diario. Mucho de mi vida y algo de la de otros (1892-1939), documento inestimable para conocer de buena tinta el devenir del régimen porfirista y los siguientes lustros desde la perspectiva de un escritor que practicó el memorialismo, a la manera del Journal de los hermanos Jules y Edmond de Goncourt, donde Gamboa brinda una mirada crítica sobre los acontecimientos mexicanos.
Aunque se sabe mucho de su destacada labor literaria y su quehacer en el ámbito diplomático, poco se conoce sobre los años que estuvo exiliado, primero en Estados Unidos y después en Cuba, cuando tuvo que salir de México, en 1914, en el contexto de la revolución mexicana. Por ello, con base en su Diario, nos acercaremos a ese periodo de su vida, de suerte que podremos conocer en primera persona algunas de las cosas vividas, particularmente en la capital de la isla caribeña. Lo anterior contribuye al conocimiento de una faceta poco evocada de esta controvertida figura del porfiriato, historia que sin lugar a duda puede ser compartida por muchos de sus contemporáneos que corrieron la misma suerte.
La salida al exilio
El avance de las tropas constitucionalistas a la ciudad México y la renuncia de Victoriano Huerta a la presidencia provocaron que Federico Gamboa, identificado con el porfirismo y visible colaborador del gobierno huertista, tomara la decisión de salir de la ciudad de México en agosto de 1914. Alertado por varios amigos cercanos que le advirtieron del peligro que corría su vida de continuar en el país, y ante el temor de las venganzas y represalias que el gobierno carrancista podría acometer en su persona, decidió partir junto con su esposa, hijo y otros familiares hacia el puerto de Veracruz, donde se encontraría con muchas amistades y conocidos que, como él, se preparaban para huir del territorio mexicano. En su Diario dejaría plasmado el sentimiento de un “corazón hecho pedazos” al abandonar su casa en la ciudad de México, cuando de hecho empieza a escribir el capítulo del exilio.

A su arribo al puerto de Veracruz pudo corroborar “lo que de ver tenía a diario por quién sabe cuánto tiempo: ¡la invasión yanqui!”. Fue testigo de la presencia de barcos de guerra estadunidenses, de los famosos bluejackets deambulando por el muelle jarocho y de todo ese ambiente caracterizado por un intenso movimiento de personas y de vapores, en el que un gran número de familias mexicanas y extranjeras demandaban comprar un billete para abandonar el país.
Gamboa, como señaló en su Diario, hubiera preferido marcharse a España, pero dos consideraciones de peso le hicieron desistir de la idea: el alto precio de los pasajes y la creencia de que, en Estados Unidos, pese a que sus moradores le disgustaban en general, hallaría acomodo “liberalmente” retribuido, tranquilidad y eventualmente mediana fortuna. Por lo anterior, y a pocos días de cumplir un mes de “antesala” en Veracruz, Gamboa zarpó con su familia hacia Texas.
Instalado en la ciudad de Galveston las condiciones no fueron sencillas, sobre todo porque en él pesaba el haber respondido oficialmente al agente confidencial estadunidense John Lind, cuando fungió por breve tiempo como secretario del gobierno huertista que siendo México un país libre y soberano, el presidente Woodrow Wilson no tenía por qué inmiscuirse en sus asuntos internos. Además, en unión con otros exiliados organizó la Asamblea Pacificadora Mexicana, la cual proyectaba devolver la paz y el orden a México, unificando a todos los expatriados para intentar la contrarrevolución, hecho que colocó a Gamboa en una posición delicada frente a la Casa Blanca, lo que derivó en la declaración de persona non grata.
Ante la dificultad de ganarse el sustento, Gamboa se vio en la necesidad de emigrar de Estados Unidos, para lo cual eligió la capital cubana, ciudad que tradicionalmente había sido receptora de exiliados mexicanos. En La Habana se encontraría con numerosos amigos, personajes vinculados al régimen porfirista, muchos de los cuales habían colaborado con Victoriano Huerta. Artistas como Manuel M. Ponce, hombres de la talla de Luis G. Urbina, Victoriano Salado Álvarez, Antonio de la Peña y Reyes, José María Lozano, Francisco Bulnes, Querido Moheno, los arzobispos José Mora y del Río, de México, y Martín Tritschler y Córdova, de Yucatán.
Cinco años en La Habana
En junio de 1915 Federico Gamboa marchó rumbo a La Habana para continuar su destierro. A su llegada a la capital cubana, como solía suceder en el puerto, fue interceptado por los reporteros que buscaban entrevistarlo. Las notas periodísticas fueron muy “elogiosas”, en particular los periódicos de mayor circulación en la isla, el Diario de la Marina y El Heraldo de Cuba.
Debido a los acontecimientos en México, las noticias divulgadas en la prensa cubana con relación a los navíos de distintas nacionalidades que atracaban en el puerto eran abundantes, en particular con aquellos pasajeros que tenían significación política, cultural o económica. En ese sentido, los barcos y los personajes que viajaban en ellos se convirtieron en protagonistas, pues su presencia se convertía en la nota del día, como se puede corroborar en las “Crónicas del Puerto” del Diario de la Marina, que en sus secciones matutina y vespertina publicaban titulares como los siguientes: “Vienen fugitivos de Méjico”, “Distinguidas familias mexicanas llegan huyendo”, “Los mexicanos de valer llegan huyendo horrorizados de su país”, entre otros muchos.
El ir y venir de buques y pasajeros en el puerto habanero también fue motivo de cierta confusión, lo que provocó que con asiduidad se dispersaran rumores acerca de la identidad de algunos viajeros, quienes en ocasiones sustituían su nombre para no ser reconocidos, además de ser recelosos con respecto a la causa de su viaje a la isla.
Lo anterior no fue el caso de Federico Gamboa, pues no sólo no viajó en calidad de incógnito, sino que en su Diario se puede percibir cierta complacencia por la “diana de periodistas” que evidenciaban su interés por obtener declaraciones acerca de la situación que imperaba en México y las razones de su partida de Estados Unidos.
En esa Habana donde se respiraban “voluptuosidades incontenibles”, Gamboa fue recibido por su hijo, que había llegado una semana antes con su madre, su sobrino Antonio, el licenciado Marañón, Fernández Verna y Romero Palafox, con quienes se trasladó a la Richmond House, lugar en donde la familia había encontrado hospedaje. Esa misma noche se entrevistó con su amigo y también exiliado, el escritor Luis G. Urbina, a quien encontró “algo huraño y deprimido”. Los días siguientes estuvieron rodeados de visitas de periodistas y encuentros con amigos como el abogado José María Lozano, quien por breve tiempo se había encargado de las secretarías de Instrucción Pública y Bellas Artes y de la de Comercio y Obras Públicas en el gobierno de Victoriano Huerta.
A su llegada a La Habana expresó que, pese al idioma, el clima y las costumbres, se sentía más desterrado y extranjero que en Estados Unidos, apreciación muy particular que contradecía algunos señalamientos hechos por otros mexicanos exiliados, que constantemente referían “sentirse como en casa”. Estimaba que, en la capital cubana, como en Texas, se vivía “el mismo hervidero de chismarrajos políticos”, los cuales se agravaban con la temperatura de “horno” de esa tierra.
Sin embargo, reconocía que La Habana, además de ser hospitalaria, era cosmopolita y por consiguiente estaba habituada a ver muchos forasteros, a sonreírles y a explotarlos. De igual manera, y volviendo a sus noches juveniles, no dejaba de demostrar asombro por la cantidad de cubanas “bellísimas” con las que se tropezaba. “¡Qué mujeres! ¡qué garbos!, ¡mire usted que hay mujeres bonitas!, pero ¿por qué, señor, hablarán alzando tanto la voz?” Desde los primeros días de su estancia, Gamboa entabló relación con personajes del mundo editorial, nada extraño para un hombre reconocido en el ámbito de la literatura. Así, se entrevistó con José Zamora y con un español de la Biblioteca de Autores Cubanos, quienes al parecer tenían interés en editar el tomo III de Mi Diario. Asimismo, visitó en su quinta veraniega a Nicolás de Rivero, director del Diario de la Marina, “anciano hidalgo e interesante asturiano, exjefe carlista, casado dos veces, muy rico e influyente”, a quien había conocido en México durante las fiestas del Centenario y de quien deseaba lo contratara como colaborador literario de su periódico, a fin de poder obtener una decorosa remuneración. Empero, la oferta que le fue hecha distaba mucho de sus expectativas y rechazó el ofrecimiento.
Gamboa, a diferencia de otros personajes del régimen porfirista que poseían fortuna, salió al exilio con grandes limitaciones económicas, motivo por el cual tuvo la necesidad de buscar un empleo para sobrevivir y allegarse recursos a través de la venta de sus libros. En esta tarea, exploró diversas posibilidades de trabajo, una de las cuales fue con un importante personaje de la política de la isla, Orestes Ferrara, presidente de la Cámara de Representantes cubana y dueño de varios periódicos como El Heraldo de Cuba, a quien dejó en su despacho una “expresiva” carta de recomendación que el abogado y diplomático tabasqueño, Joaquín Casasús, le diera cuando se encontraron en Nueva York. Ferrara le ofreció que, como estaría durante un tiempo ausente de la isla, se hiciera cargo de la dirección de una de sus revistas, La Reforma Social, recibiendo una remuneración de cien dólares mensuales.
Días antes de recibir la noticia de su nuevo empleo, en medio de tabaco y champaña ofrecidos por el presidente y el secretario del Centro Gallego de La Habana, quienes lo habían convidado a conocer las instalaciones de ese “palacio social” y el antiguo Teatro Tacón, ahora convertido en Teatro Nacional, Gamboa recibió la noticia del fallecimiento del general Porfirio Díaz en Francia, razón por la cual resolvió que su primera contribución a La Reforma Social sería un estudio sobre el general Díaz que figuraba en el tomo III de su Diario. Sin embargo, luego de pensarlo dos veces decidió dejar pasar la oportunidad y publicar en su lugar un artículo sobre Salina Cruz.
El exilio habanero significó desde su llegada un reencuentro de amigos y colegas, con quienes restableció contacto y compartió algunas actividades de carácter social, las cuales fueron ocasiones propicias para compartir ideas, pensamientos y pesares, como seguramente lo fue la boda de su amigo Antonio Medíz Bolio, periodista y poeta yucateco afiliado al maderismo y exiliado en la isla desde 1913. En esa ocasión se encontró con el periodista y diplomático Manuel Márquez Sterling, que había regresado a Cuba por las hostilidades del gobierno huertista y quien luego lo invitaría a colaborar en su periódico La Nación.

También fue asiduo a las misas dominicales en El Cristo, a pesar de que desde muy joven Gamboa dejó de asistir a misa y de confiar su destino al Dios de los católicos. De su crisis de conciencia, “que fue presumiblemente ardua y dilatada como suelen ser”, en una nota retrospectiva escrita a la salida del confesionario el 23 de enero de 1903, señaló que: “esta noche me he operado de las cataratas del espíritu”. Al día siguiente, por primera vez en una eternidad, Gamboa comulgó. De esta manera fue que comenzó a asistir a las ceremonias organizadas por el arzobispo de Yucatán, en el habanero templo de La Merced, con el objeto de rezar por la paz en México, para luego reunirse en la Asociación Cubana de Beneficencia para los muchos mexicanos exiliados, actividades que trascendían el sentimiento religioso, pues eran verdaderos actos políticos. Así también se registra en su Diario la asistencia a las misas de aniversario de la muerte de Ignacio Torres y Adalid en el templo de Belén de la Compañía de Jesús.
También participó en los festejos del XXV aniversario de ordenación sacerdotal de Martín Tritschler y Córdova, a los cuales concurrió la “colonia yucateca y la mayor de la mejicana”. Durante el banquete posterior a la ceremonia, don Federico pronunció un discurso en honor del festejado, intervención que aprovechó para hablar de la “persecución injusta y bárbara” que lo había arrojado de su sede episcopal, para atender a los sufrimientos de sus ovejas, “también privadas de la patria”, consolando la tristeza del destierro.

El trabajo y las actividades realizadas con otros mexicanos en el exilio no fueron impedimento para que Gamboa continuara con su labor literaria, pues dedicaba algunas horas a la redacción del relato La confesión de un palacio, al tiempo que escribía para otros medios periodísticos como Cuba Contemporánea. Además, de vez en cuando asistía a algunos sitios, como el famoso cementerio a las afueras de la ciudad, propiedad del obispado cubano, pues en la isla, ni el Estado ni el Municipio, decía, poseían alguno, por lo cual asentaba en su Diario “¿Qué dirían nuestros constitucionalistas?” Igualmente, visitaba el Museo Nacional, como también, confundido entre la muchedumbre de curiosos, y a fin de conocer a los funcionarios principales de la isla, presenció en la calle Belascoain, a la salida de la Secretaría de Salubridad y Beneficencia, el entierro del doctor Carlos J. Finlay, médico cubano descubridor de la importancia del vector biológico de la transmisión de la fiebre amarilla, donde tuvo la oportunidad de ver de lejos al presidente cubano Mario García Menocal.
Si bien La Habana en ese tiempo era una ciudad en proceso de crecimiento y auge económico, Gamboa se preguntaba por qué no podía Cuba, y menos su capital, dejar de ser española, “pues la riqueza, el comercio, la propiedad, la fisonomía moral y material, los defectos y virtudes, el habla, las costumbres, la mentalidad y el alma eran españoles, profundísimamente españoles, perpetuamente españoles. ¡Vaya un zarpazo el que le hincó en esta tierra el león hispano, que le dejó su sello para la eternidad!”.
A poco más de un año de haber salido de México Gamboa señalaba padecer “grandes penurias”, con pocas esperanzas de un pronto retorno, sobre todo porque las noticias recibidas en La Habana no resultaban nada alentadoras: el reconocimiento de facto de Estados Unidos al gobierno de Venustiano Carranza.
Los años siguientes, en la coyuntura de la Primera Guerra Mundial y en medio de las sospechas entre las autoridades mexicanas y estadunidenses, Federico Gamboa fue señalado insistentemente junto con otros exiliados en Cuba, de formar parte de un movimiento que se relacionaba con el servicio secreto alemán, cuya finalidad era resquebrajar las relaciones de México con Estados Unidos, acusación que nuestro personaje nunca aceptó.
Considerado por el carrancismo como huertista recalcitrante, Gamboa fue de los últimos exiliados que regresaron a México. Únicamente la enfermedad de su esposa lo doblegó a solicitar la repatriación de esta ante las autoridades carrancistas. Después “de cinco años y veinte días exactos” de exilio, don Federico arribó al puerto de Veracruz, el 11 de octubre de 1919. Sin embargo, “los rigores del exilio no habían alterado sus tercas ideas políticas y esa misma noche se jactó en privado de ser re-reaccionario”.
El detallado y rico testimonio que Federico Gamboa ha dejado plasmado en Mi Diario, así como su extensa obra literaria y periodística, ameritan ser revisadas e incorporadas de manera más generosa en los futuros trabajos que sobre el exilio se realicen, pues en definitiva constituyen una veta poco explorada que ayudará a comprender desde otra perspectiva este fenómeno de principios del siglo XX, y será también una fuente fundamental para conocer más de cerca las características y la vida cotidiana de la isla receptora de muchos mexicanos exiliados.
En suma, Federico Gamboa no sólo fue un escritor en el exilio, fue el retrato de una élite que, al perder el poder, se descubrió extranjera en todas partes. Su exilio revela algo más que una experiencia individual: muestra cómo una generación entera quedó atrapada entre dos mundos, sin pertenecer ya al viejo… ni comprender del todo el nuevo.
PARA SABER MÁS
- Gamboa, Federico, Mi Diario VI, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/Dirección General de Publicaciones, 1995 (Col. Memorias Mexicanas).
- Pérez de Sarmiento, Marisa, “Federico Gamboa: un intelectual en tiempos revolucionarios”, en El orden cultural de la Revolución Mexicana, (Coord. Leonardo Martínez Carrizales), México, Universidad Autónoma Metropolitana, 2010, pp. 23-50.
- Uribe, Álvaro, Recordatorio de Federico Gamboa, México, Breve Fondo Editorial, 1999.
