Editorial #71

En revista BiCentenario, el ayer y hoy de México, núm. 71.

Encaramados en la inestabilidad política de gran parte del siglo xix y cubiertos por la ausencia de autoridad en los caminos rurales del país, arropados en la convivencia con los pueblos a donde la fortuna nunca llegaría, los bandidos fueron motivo de inseguridad, miedo y terror para quienes querían cruzar las solitarias rutas de tierra y polvo del país. Se hicieron leyenda bajo el nombre de Joaquín Murrieta, Juan Vicario, Leonardo Márquez y Heraclio Bernal, así como de bandas célebres: Los Plateados y Los Chaveños. La valentía los convirtió en mito entre los suyos, así como el crimen, los maltratos y, obviamente, el robo, en motivo de persecución. Lograda la estabilidad política y entrada la modernidad porfiriana, fueron perdiendo vitalidad hasta desaparecer (décadas después se organizaría otra criminalidad letal y corruptora que seguimos padeciendo. Pero esa es otra historia). 

En el trayecto de aquel bandidaje, el arte lo supo tener como un animado protagonista de inspiraciones para la pintura, que no fue más que el reflejo de una mirada urbana asentada en diferencias raciales y clasistas, de observar morenos y pobres donde había delincuentes, y del otro lado víctimas adineradas, gente de bien de tez clara. El único propósito de esa representación pictórica costumbrista en la literatura fue similar consistiría en evidenciar la capacidad de unos villanos en hacer daño por encima de cualquier otro punto de vista. Y como contraposición, al cabo del tiempo se instalaría una visión romántica de héroe popular que tampoco contribuiría a hacer justicia con los hechos. 

La litografía de Casimiro Castro y un óleo de Manuel Serrano, ambos de mediados de ese siglo, dejan ver en el texto que abre este número de BiCentenario la ausencia intencionada de la autoridad y una denuncia sesgada sobre los peligros que acechaban los caminos del país. Se hace complejo observar con los ojos de hoy lo que fue aquel pasado, pero el presente bien podría comulgar con las ideas de hace siglo y medio: desinterés y silencio a pesar del asentamiento del odio, exacerbación del individualismo, festejo o indiferencia ante el enriquecimiento desigual o la destrucción de todo aquello que huela a comunidad. ¿Dónde está el castigo que amedrenta la corrupción y la criminalidad organizada? ¿Cuándo se combate la brecha entre la riqueza minoritaria y las carencias desmedidas? ¿A quiénes permitimos menoscabar por el color de la piel, el origen de identidad o el alcance de bajos recursos económicos? ¿Quién reclama cuando no es víctima? 

Contemporáneo a los tiempos en que aquellos bandidos asolaban los solitarios caminos mexicanos, otros, más temibles y peligrosos, se habían hecho de territorio en Texas, Nuevo México, California y la Mesilla, y no era desechable que fueran también por el noroeste despoblado. Sonora, Chihuahua, Sinaloa y Baja California eran apetecibles. ¿Quién podía defender con colonizadores en el lugar y derrama económica los apetitos expansionistas? Maximiliano, el monarca imperial, tuvo en sus manos resolver aquello, y te lo contamos en estas páginas. ¿Se hubiese ganado el nombre de una calle por afrontar unas intenciones extranjeras en principio altruistas y al final sospechosas? La mirada de la historia, una vez más, se hace desde diversos ángulos y no siempre convergen en un punto en común. 

El relato ha tenido un largo periplo de menosprecio hacia la mujer, que poco a poco se logra quebrantar, aunque vuelvan a asomar síntomas de regresión. Para construir cambios de percepción y alumbramientos de reconocimientos, han quedado en el trayecto variedades infinitas de sacrificios. El de Juana Belén Gutiérrez Chávez asoma por su entrega. Lo cuenta aquí su amiga y pintora, Aurora Reyes Flores. Pagó con la cárcel su confrontación con el porfiriato y se adelantó en reclamar el voto femenino y derechos laborales para la mujer que hasta incomodaron a sus colegas revolucionarios. Belén, también poeta, le recuerda a cada mujer que, aunque los hombres pretendan ir al más allá por descubrir algo nuevo, terminarán diciendo que nada será tan profundo como el alma de una de ellas. 

Entre el anonimato que no lo es tanto para quienes se encuadran en el feminismo militante y el compromiso, el tránsito por México de la holandesa Safuega en los años 80 y 90 del siglo XX no pasa desapercibido. Como tampoco pueden quedar en el olvido las madres que obtuvieron el reconocimiento legal a sus demandas de pago alimentario cuando los padres abandonan el hogar y se desentienden de sus hijos. Un hito más en una lucha que abona a cambios de conciencia sin alternativa de retroceso. 

BiCentenario te propone en este número otras historias que valen la pena desentrañar. Desde los agasajos en las mesas distinguidas del Segundo Imperio hasta cómo se pobló la Ciudad de México de exquisitos árboles. De un exilio porfirista al artista que transformó la experiencia popular en recurso escénico. Hasta la próxima. 

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