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Darío Frítz Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 54. Al mundo no le faltan niñas ni niños. Es una verdad de Perogrullo. En 2021 somos algo así como 7 800 millones de habitantes en el planeta. Nada más que en el primer trimestre del año nacieron unos 31 000 000 de bebés. Y aunque las tasas de nacimiento anuales han bajado de manera considerable –algo así como 26% desde que fue tomada esta imagen en la ciudad de México en 1968–, sabemos que del salto de estos números fríos a la posibilidad de satisfacer las necesidades de niñas y niños, se trata de otro cantar. A los adultos nos cuesta ver el drama en los demás. Lo resolvemos con mirar a un costado y esquivarlo. Hay fotos que hablan de esperanza, de éxitos, de la belleza o de la muerte. Pero también hay otras que duelen y desarman.

Darío Fritz En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 59. Podría pensarse que este señor de atildados mostachos y anteojos redondos, que León Trotsky y John Lennon popularizarían algunas décadas después de esta imagen de finales del siglo XIX, es de esos que se rodean del caos para vivir en el orden. Pilas de expedientes, libros aquí y allá, carpetas de archivo que parecieran ascender hasta el techo, papeles sueltos que intentan llegar a algún lugar, una lámpara potente para destronar la oscuridad. Y unos estantes de biblioteca deshabitados que, en sus espacios libres, más que invitar a ocuparlos, parecen cómodos con el éxodo. Quien habita en el mundo de las letras, tinteros, libros de tapas duras, páginas cocidas o plumas estilográficas tiene claro que ese es el paraíso del hombre de los cabellos rizados. Nada lo agobia en esa escenografía. La definición de intelectual le viene

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 55 Estos nueve hombres, en su momento, fueron parte de una revolución. La industrial puede decirse. Y es razonable. La imprenta era parte de ella. Pero digamos, más románticos, que su revolución fue la de aportar al conocimiento, la del tenue y lento recorrido por quebrantar la ignorancia. Algo hacinados en ese escaso espacio, fueron herederos de los primeros ebanistas de la impresión de tipos móviles: Juan Pablos, Antonio de Espinosa, Francisco Rivera Calderón, Zuñiga y Ontiveros, Ignacio Cumplido. Hombres como ellos resultaron perseguidos también. Hubo encarcelamiento, tortura, hoguera y muerte. De ahí que lo de revolucionario también cabe. Y todo por imprimir letras, tan sólo ideas plasmadas sobre papel. Impresores que fueron hasta el mismo Lucifer para la Inquisición. A tal punto demonizados que cuando quemaban libros creían que de las lenguas de fuego salían los gritos del diablo. ¿Qué

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 56. Le habrá pasado a usted en la infancia. Jugar con los brazos extendidos a rodear el árbol del patio de nuestra casa o de un parque cercano. En el Chapultepec de 1910 era parte del paisaje de cada fin de semana. Sin embargo, con el paso del tiempo, el juego perdió su candidez. Algunos creativos cubren de cemento la base de un árbol añejo y exuberante para impedir su expansión o que el agua filtre hacia sus raíces. Un día llegan los empleados de la alcaldía y quitan aquella crueldad. Parece una obra digna de aplaudir. Pero ¡oh, sorpresa!, un mes después regresan y lo talan. Un par de horas para acabar con décadas de vida. Si más saña es posible, dejan el corte a la vista, y cubren el tronco fuerte y resistente –una circunferencia del tamaño de

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 53. En septiembre de 1910, los organizadores de las fiestas conmemorativas del centenario de la independencia hallaron el clon de Agustín de Iturbide y su caballo oscuro, tal como las pinturas presentaron al controvertido militar originario de Valladolid. El Iturbide de la foto, más bisoño que el original –el día de la proclamación de la independencia Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu cumplía 38 años– acierta en su barba mutton chops que da esa gracia de época, aunque quizá el cabello corto militar no acusara recibo comparado con el hombre que a la cabeza de varios miles de soldados llegaba a la ciudad de México, después de meses de atravesar caminos polvorientos y bajar cerros arriba de un caballo. Uno esperaría que el líder avanzara fulgurante de felicidad por esas calles, ahora de cemento, alzando su birrete –tan bien

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 50. En su mirada taciturna y una parada inquieta –como si acabara de pasar por el puesto de periódicos y se dispusiera a ir al café con los amigos, pero que se encontró con el fotógrafo de la ciudad y lo puso a posar–, este hombre bien podría pasar por comerciante, hacendado o director de escuela. Estoy de paso, apúrese amigo –parece decir–, que el sol quema y no traigo este sombrero de adorno. Se lo ve relativamente joven, apenas pasados los cuarenta años. No se trata de un vecino anónimo de la colonia Roma, de la ciudad de México, si a la arquitectura de la casa a sus espaldas nos remitimos; ni tampoco de San Antonio, Texas, donde fue tomada la imagen. Aureliano Urrutia Sandoval tenía poco tiempo en esta última ciudad, un lugar al que al parecer llegó

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 49. ¿Madre? El bebé tiene hambre. Llora. ¿Y qué quieres que haga, si ya no tengo de dónde? ¿Y la cabra, madre? Pues no ha dado nada hoy. La pobre está como nosotras, sin pasturas y con poca agua. Así no tendremos leche. Verás que sí madre, ella nos ayudará, primero Dios, madre, agarra al bebé, madre, inténtalo, al menos que chupe algo. De poco va a servir. Al menos que ya no llore y te ayudo con la comida. ¿Cuántas papas pongo a hervir? Tres, mujer, tres, como siempre, una para cada una y la del Juancito. Ya la lumbre está alta para que pongas el agua. ¿Y qué más, madre, qué más? Pues nada más. No hay más. ¿No tenemos frijol? Fíjate en la bolsa, pero se nos ha acabado. ¿Maíz? Todavía le falta para cosecharlo. Cuando vayas

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 48. “Mujer delincuente en la ventanilla de una prisión”, señala la ficha de la Fototeca Nacional del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). No obstante, la imagen parece representar el traslado de la inculpada a la comandancia de policía en un transporte de dicha corporación. Ella, la indígena enrebozada, de mirada triste y resignada ve desde su asiento, a través de la pequeña ventana, cómo queda atrás su libertad. ¿Por qué la llevan presa? Saberlo es prácticamente imposible. El delito es un hecho de causas múltiples, resultado de fuerzas antisociales, y la pena un mal necesario cuya finalidad es conservar el orden social. ¿Sería vendedora a la que le decomisaron su mercancía por vender, sin permiso, en la vía pública? ¿O quizá se la llevan por ser mujer, indígena y pobre? ¿Tendría hijos? Y de ser así ¿habría cometido

Guadalupe Villa G. Instituto Mora Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 47. Nada en esta imagen permite ubicar el lugar en el que se encuentra el jinete. La fotografía tampoco dice mucho de él; su amplio sombrero y ropa de manta es la vestimenta común de un campesino; posiblemente dentro de los estribos haya un par de huaraches, pero la pañoleta anudada al cuello y el caballo son otra cosa, indican cierta categoría del dueño. El equino de fina estampa y gran alzada, orgullo de su amo, luce hermoso y bien cuidado. No, este joven moreno, de bigote negro, no es un agricultor cualquiera. Tal vez es ya el dirigente campesino que encabezó la resistencia en contra de la expansión de las haciendas azucareras y la lucha por recuperar tierras y aguas arrebatadas al pueblo en aras de un comercio que, hacía tiempo, abastecía el mercado internacional.

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 46. ¿Qué ven con asombro esos dos transeúntes?, ¿se preguntarán si es, quizá, un camión blindado?, ¿tal vez un prototipo de tanque de guerra? Usted lector ¿qué imagina? El ingenio mexicano es proverbial por su habilidad para improvisar y salir airoso al resolver, sin herramientas adecuadas, problemas mecánicos o manuales, o crear artilugios como por arte de magia. ¿Será el caso? Desde luego existe la posibilidad de que sea uno de los primeros autos blindados. Es, sin lugar a duda, un vehículo militar, aparatoso por fuera y reducido e incómodo por dentro. El 13 que luce en el costado puede indicar dos cosas: número de serie o de la suerte, misma que se necesitaría para salir airoso, con semejante armatoste, de algún enfrentamiento bélico. Sabemos que el gobierno de Victoriano Huerta negoció con una compañía italiana la compra de dos transportes

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