Homenaje a la entrega de Juana Belén

Homenaje a la entrega de Juana Belén

Aurora Reyes Flores

Ana Rosa Suárez Argüello
Instituto Mora

En revista BiCentenario, el ayer y hoy de México, núm. 71.

La pintora Aurora Reyes Flores hace un retrato de la poesía, filosofía y enseñanza de su amiga Juana Belén Gutiérrez Chávez, una intelectual que desde su mirada liberal, la defensa de la mujer y el periodismo supo ganarse un lugar en el México de principios del siglo XX, aun a costa de la cárcel y la persecución. 

El testimonio que aquí se presenta da cuenta de la profunda admiración que Aurora Reyes Flores, considerada la primera pintora muralista mexicana, sintió por Juana Belén Gutiérrez Chávez, quien desde los años del porfiriato sostuvo –hasta el sacrificio personal– que la justicia no admite demoras y la palabra puede ser un arma. 

Juana Belén había nacido en Durango en 1875 y creció en Coahuila, entre la escuela de una hacienda y los libros que fue leyendo por su cuenta. Su formación fue, sobre todo, autodidacta: aprendió leyendo, escribiendo y discutiendo, hasta convertir el periodismo en oficio y destino. Viuda desde joven, madre de dos hijas, se acercó a los clubes liberales antiporfiristas y empezó a publicar en periódicos, convencida de que era la mejor forma de expresar y defender sus convicciones políticas. 

En 1901 fundó el semanario Vésper, cuyo lema “Justicia y Libertad” no fue una metáfora, pues su contenido la condujo a la persecución y a la cárcel. En 1904 cruzó la frontera hacia Laredo, Texas, con sus hijas, y se unió al grupo liberal de los hermanos Flores Magón. Regresó al año siguiente para reanudar la publicación de Vésper, apoyar el maderismo y fundar el Club Político Femenil Amigas del Pueblo. Con ello inició un camino inédito: hablar de voto femenino y de derechos laborales para las trabajadoras cuando esas palabras incomodaban a los mismos revolucionarios. 

El golpe de Estado y el asesinato de Madero y Pino Suárez la sorprendieron en Morelos, donde participaba en el movimiento zapatista. De nuevo la prensa fue su voz y su condena. Vésper y otros periódicos la llevaron una y otra vez a prisión, pero sin lograr callarla. En 1922 regresó a la Ciudad de México y organizó grupos de acción femenina, convencida de que la revolución debía hacerse desde abajo, pero también con y para las mujeres. 

Durante el gobierno de Álvaro Obregón se sumó a la cruzada de alfabetización impulsada por José Vasconcelos. Fue maestra misionera en Jalisco y Zacatecas. En 1930, ya entrada en los 60 años, creó la revista Alma Mexicana, decidida a no renunciar a la difusión de sus ideas, aunque, como escribió con amarga lucidez, “teniendo el triste convencimiento de que es inútil”. 

Allí publicó muchos de sus poemas. Años después de su muerte, ocurrida en 1942, esos versos llegaron a manos de Aurora Reyes Flores, quien tuvo una estrecha amistad con Juana Belén. 

Unas palabras acerca de Aurora: nacida en Chihuahua en 1908tras la muerte de su abuelo, el general Bernardo Reyes, se trasladó con su familia a la capital. Aquí estudió en la Academia de San Carlos durante la década de 1920, en los años en que el arte buscaba nuevas formas de expresión. Militante comunista, dirigente sindical, integrante del grupo de mujeres conocidas como “las Pavorosas”, entendió entonces que el arte no podía separarse de la lucha y que ninguna transformación sería verdadera si dejaba fuera a las mujeres. De ello dejó constancia en los muros de numerosos espacios públicos. 

Leamos ahora lo que ella puso a nuestro alcance. 


La poesía en la vida de una mujer 

Juana B. Gutiérrez de Mendoza 

Aurora Reyes 

Vivíamos aquí; lo reconozco por las estrellas; allí estaban, en ese mismo sitio. Había un lago muy grande junto a la montaña. Había palmas y cactus. En el cactus más grande tenía su nido el cuáhutli, que sabía ir hasta ilhúicatl y que admirábamos por eso. 

Éramos hermanos todos, hijos de Quetzalcóatl y Xochiquetzal. 

Así hablaron, desde el remoto origen, los fundadores de Chicomoztoc –siete cuevas, siete tribus–, fluyendo por las ocultas corrientes de la voz profética y antigua de doña Juana Belén Gutiérrez de Mendoza. 

Heredera de la potencia indígena, recorrió la vida enarbolando –arma y escudo– la más alta bandera mexicana: “Por la tierra y por la raza”, con la mirada puesta en el retorno del Imperio del Sol y del Agua, como Quetzalcóatl y Xochiquetzal, padre y madre; una misma pareja –símbolo de la Creación: porque decía ella “nuestros ancestros no le alzaron templos a la unidad divina, sino a la dualidad creadora”. 

Ancestros gigantes produjeron esta mujer como ríos caudalosos cayendo en la mar. 

El eslabón que unió su sangre al mexicano actual fue una joven india noble, cautiva en los traidores lazos de la conquista, entregada en esclavitud al caporal de una hacienda de Santiago Papasquiaro; indiferentemente poseída, hubo de él seis hijos que nadie supo nunca si amó u odió, pues la expresión ausente y un silencio de tumba fueron sus compañeros todos los días del triste matrimonio. 

“La India Muda” le pusieron por nombre. 

Pasados largos años, en ocasión de un viaje que esta extraña familia hizo al amparo de una caravana en camino a la ciudad, fueron sorprendidos por un grupo de indígenas que, apartando a la “India Muda”, entregaron la muerte a los demás. 

Solo dos niñas fueron rescatadas con vida y un hombre agonizante que declaró haberla oído hablar con los suyos en su dialecto y haberla visto alejarse del sitio con ellos sin volver siquiera el rostro. 

Esa mujer que desapareció en la sombra, india dura y callada como deidad de piedra, fue madre de la madre de doña Juana. 

También por la línea paterna hubo gigantes; su abuelo don Justo Gutiérrez, descendiente de Chinacos, tuvo el honor de morir fusilado a causa de sus ideas y actividades liberales. 

Y por último, Santiago Gutiérrez, padre de doña Juana, que fue a quien tocó en suerte dar forma al espíritu fino y agudo de la niña; de él hubo los medios múltiples y certeros, para manifestarse en la vida. Gustaba de acompañarle al trabajo; a su lado fue herrero, albañil y arquitecto, carpintero, agricultor, ranchero y amansador de potros, y en las conversaciones con los grupos amigos aprendió a manejar el arma peligrosa de la ironía. Le acompañó en sus lecturas, en sus viajes, En sus fantasías y también en el silencio del asombro cuando en el norte de México, tierras de Chihuahua, el desierto tomaba la palabra. 

Fue ese primer concepto de infinito el que alimentó su infancia. Fue esa arena ardiente la que alimentó su sed. 

Y la poesía se hizo en su alma… 

Desde entonces, para no abandonarle ya más, hay una canción en sus labios y le oímos decirla al paso de su emoción, con admirable sencillez, como quien platica, sin pretensión alguna de “hacer poesía”, lo mismo refiriéndose a las minucias de la vida diaria que a los más caros ideales de su mente. 

Relata con gracia en “Oficio ajeno” cómo va pidiendo prestadas sus herramientas a todos los oficios y cómo se sirve de ellas eficazmente; pero cuando recurre al poeta para utilizar su lira, este, indignado, la rechaza, a lo cual ella responde: 

¿No me la prestas?… 
pues mira:
no necesito tu lira.
Yo sé de rimas mejores; 
yo conozco los rumores
con que alegra el colmenar
y conozco una cadencia
que ni en toda tu existencia
has de poder encontrar. 

Yo conozco aquel arpegio
tan alegre como regio
que me aprendí del herrero…
Tú no eres mi compañero
y ni pienses que lo sienta.
Hasta la vista… ¡Poeta!
No me prestes tu herramienta. 

Y así, sin la pulida “lira”, pero con el ritmo y la fuerza de la naturaleza, caricia veces y en veces golpe seco, canta mientras actúa, mientras lucha, mientras vive. 

Fragmentariamente, espigando chispas en la tupida cosecha de su obra, me permito presentar no más que los pasajes ilustrativos de su desarrollo como extraordinaria mujer pensante que fue y que, a través de su poesía, su filosofía y su enseñanza, seguirá siendo hasta que se cumpla cabalmente su palabra. 

Dice a la siempre viva memoria de su padre: 

Grave, sereno, sombrío…  
del ausente padre mío  
tengo la imagen grabada;  
y también como un tesoro 
tengo su herencia guardada…  
Íbamos juntos. Un día  
pensé quedó en el camino. 
Y como buen compañero 
dejó, para herencia mía 
su arado de campesino,
su sierra de carpintero… 

Y cuando llegue la hora
de mi postrera jornada,
para no deberle nada
a esa necia multitud
a quien nada debió él, 
…con su arado y con su sierra,
su martillo y su cincel
haré mi fosa en la tierra,
mi ataúd y mi laurel. 

Y más tarde, con las jóvenes palabras del amor: 

Yo quisiera saber lo que se dicen 
a solas las estrellas 
cuando en las noches sus fulgores blancos 
se juntan y se besan… 
yo quisiera saberlo… pero siempre 
que tú me lo dijeras… 

Pero un apasionado amor a la justicia y a la libertad fue el más tenso resorte de su actuación en todos los terrenos. Lo encontramos hasta en las más inocentes cancioncillas: 

Dicen que tiene alas, niña  
el amor todo,  
si será que por eso  
se va tan pronto 
Y si porque está preso  
ya no te canta,  
abre la puerta, niña 
y que se vaya:  
No dejes que se haga, niña  
dentro de tu alma  
lo que es cuestión de amores, ¡niña!  
cuestión de jaulas.

Amor a la justicia y a la libertad que luego se localiza desesperadamente en la tierra, su tierra, nuestra tierra… y en sus desposeídos dueños, los indios, a quienes no hay más que mirar para saber que son el mismísimo fruto de su entraña. 

Por ellos nos dice su voz pretérita, elevándose: 

a los sepulcros abiertos  
en lo alto de las montañas,  

allá donde es necesario  
para subir, tener alas… 
Esos sepulcros son sólo  
para muertos de esa raza  
que la montaña surge  
y que vuelve a la montaña…  
¿Quiénes se atreverían a llorar  
por un muerto de esa casta  

que tiene cunas y fosas  
en los nidos de las águilas? 

Por ellos, identificada con el grito-caudillo de Emiliano Zapata: “tierra y libertad”, vino a sus ejércitos, consejera siempre del caudillo en los momentos difíciles de las realizaciones, y desde las filas llegó a coronela. 

Y tal como la razón de Zapata en la revolución no fue razón política sino de Restitución para los Indios Pueblos, así también Doña Juana, con el paisaje de una Cax en las pupilas ancestrales, luchó, organizó, escribió, enfatizó en todas las formas y en todos los tonos el sagrado derecho a la Restauración de la propia cultura y civilización de nuestra Patria, porqué, como ellos lo han dicho a través de sus labios “la patria no es la región política, la patria es la región natural”. 

“Por la Tierra y por la Raza” es también el nombre de un angustioso llamado que hace al hombre de México: 

Oíd… todavía resuena
por el bajío y la montaña
el grito de aquel dolor
sin fin y sin esperanza…
Mirad de los indios muertos
el elocuente fantasma
que murmura a nuestro oído
como leyenda sagrada
la historia de la grandeza
y de las glorias pasadas
que la cobardía de todos
quiere tener olvidada
como si ninguno fuera
de esta Tierra y de esta Raza…
¿Quién es aquí tan traidor
para hacer honor a España
si es descendiente de un indio
y tuvo una madre indiana?…
Si no sabéis de aquel duelo
preguntadlo a esas montañas…
le dice el rumor que sale
del fondo de sus barrancas;
en cada peñasco está
petrificado algún drama;
es un dolor cada tronco
y cada piedra una lágrima…
Y así cruza todavía
por esta tierra adorada
la raza doliente y triste
de las tribus del Anáhuac;
con el yugo del trabajo
encorvando sus espaldas,
con las crueldades del hambre
desgarrando sus entrañas
y con su eterno dolor
desgarrándole el alma…
Y bien… Esta tierra es vuestra
luchad por reconquistarla…
Y que de sus ruinas surja
grande y fuerte vuestra Patria.
Si sabéis de dignidad
sabed pues reivindicarla
luchando como los buenos
por la Tierra y por la Raza.

En su última ofrenda, dedicada a Juárez, se hace evidente una inquebrantable resolución de entregar su vida entera a ese desesperado ideal:

 

Porque quiero lo solemne del silencio
y la augusta soledad de lo infinito
para hacer en tu memoria un juramento
que en el ara de tu altar se quede escrito.
Mientras broten del cerebro las ideas
y palpiten los alientos de la vida
lucharé por este pueblo que tú amabas
lucharé porque surja y se redima,
porque llegue a las alturas que soñaste
porque llegue el vencedor, como querías.

 

Y por amor a ese pueblo sufrió hambre y frío y cansancio, y se remontó cerros y levantó caminos y por él conoció la amargura del odio y la dureza de la prisión. Y de ellos aprendió que por sobre el derecho de la fuerza de las conquistas, por sobre el derecho “divino” de las monarquías, por sobre el derecho legal de los gobiernos y por sobre todo los derechos artificiales habidos y por haber está el derecho natural del ser humano, que sus ejemplares indígenas están gritando con sólo su existencia a pesar de los siglos habidos de conquista.

A veces su corazón flaqueaba:

 

Ni lo uno ni lo otro me conmueve:
ni el repique ni el sollozo de la esquila,
ni las flores, ni la escarcha, ni el silencio,
¡Ni la muerte, ni la vida!

 

Pero poseía un talismán vital: su rebeldía, campo abierto a todas sus emociones:

 

Yo adoro el mar porque es grande,
yo adoro el mar porque es bello,
porque es negro y tempestuoso
como el alma que yo tengo…
Yo le he visto palpitante
como un corazón inmenso
esconder en el abismo
la inmensidad de su duelo,
y he oído entre la sombra,
como rasgando el silencio,
la imprecación de un rugido
para apostrofar al cielo.

 

Y en su frente había encendida una estrella:

 

Y cuando todo es sombrío,
espantoso, negro y frío,
la misteriosa polar
surge entre el cielo y el mar
y en la frente del marino
deja un destello divino
de su beso sideral.

 

Y cuando conoció los límites de la acción humana y los obstáculos insuperables, pensó que por el camino de la educación podría realizarse lo que las armas no lograron; y fue maestra y sus horizontes crecieron. Ahora es la humanidad entera la que le duele en carne propia. “Antorcha Nueva” es ya una voz universal, arco de esperanza sobre los crímenes impersonales de la guerra:

 

Ni una tenue claridad
en esta basta extensión…
Sólo el fuego del cañón
rasgando la oscuridad;
sólo ese fuego sombrío
que siembra luto en la Tierra;
y la ciudad y el bohío
asolados por la guerra,
desiertos que van desiertos
los hogares enlutados
porque de seres amados
solo nos devuelven muertos;
Ya no podemos sufrir,
queremos, Maestra, huir
de este campo tenebroso
donde todo es pavoroso.
¡Ayúdanos a salvarlos!
Mira que para las madres
los mismos duelos son fijos
y es igual que la suerte ingrata;
el que muere o el que mata,
los dos ¡son siempre sus hijos!;
¿Qué madre podrá decir
qué cosa es la que prefiere
de lo cruel de su destino?
¡si no es madre del que muere
es madre del asesino!
maestra, ¡augusta maestra!
que este dolor te conmueva:
¡Apaga esa luz siniestra
y enciende una antorcha nueva!

 

Y por fin, como remate lógico del ciclo perfecto que inició su pensamiento cuando dijo: “nuestros mayores no le alzaron templos a la unidad divina si no a la dualidad creadora”. Concluye afirmando que “el problema de la mujer es el problema de la humanidad”; y como consecuencia, el único medio de que la especie humana logre equilibrar es por “la restauración del derecho natural”.

Por eso le dice a la mujer:

 

Y siempre que busques allá en tus jardines
valor y esperanza
hallarás dos sonrisas y habrá dos miradas.

 

O también:

 

En las almas y en los mares
es muy fácil naufragar
¿Quién quieres niña, que baje
hasta esos fondos del mar?
Unos valientes se fueron
todo el mar a recorrer
y dicen que es más profunda
el alma de la mujer.

 

Y ya anciana, con vejez ejemplar y luminosa, al publicarse el primer número de Alma Mexicana, periódico del que fue directora, dice al hacer la presentación editorial:

35 años de incesante lucha y 60 de vida pon [sic] una cualquiera fuera de combate, o por lo menos sirven para justificar indiferencias o disfrazar cobardías, dando el derecho de huir encogiéndose de hombros ante el dolor humano y ocupar cómodamente un rincón en cualquier parte del mundo a título de cansancio.

Yo tengo ese derecho… yo tengo ese derecho, pero no encuentro el rincón.

En todos los rincones del mundo está viviendo un dolor; en todos los rincones del mundo se enrosca una perfidia y se abren unas mandíbulas dispuestas a triturar y yo no tengo indiferencia para ver, ni cobardía para huir, ni mansedumbre para acomodarme allí.

Mis 60 años no me sirven para nada. No puedo hacerme con ellos una venda para los ojos ni una mortaja para la conciencia; es todo un problema que no tiene más que esta solución: llevar como se pueda los 60 años con toda su impedimenta y continuar en la tarea aun teniendo el triste convencimiento de que es inútil.

En esta forma el problema está resuelto con la publicación de “Alma mexicana”, ya sea siquiera para rechazar la complicidad del silencio, que es la más repugnante de todas las complicidades, en la de deslealtad con que sea desvirtuado el gran sacrificio de la revolución.

Debo aclarar que este primer número de la revista Alma Mexicana” vio la luz en el mes de noviembre de 1935, pues dadas las circunstancias, bien podría pensarse que fue escrito apenas hoy.

Cinco años después escribe su último tremendo poema “Sin escalas”. con esta original dedicatoria: “Escrito por Juana Belem Gutiérrez y dedicado muy cariñosamente a doña Juana B. Gutiérrez de Mendoza.”

 

Pobre viejecita enferma, dime quién eres;
pobre viejecita enferma, dime qué quieres;
si tú ya no puedes más
y todavía aquí estás
llamando de puerta en puerta,
viejecita que ya estás muerta
y vas llamando a la vida
con tu voz enronquecida,
apagada y temblorosa.
Dime viejita, ¿qué quieres?

dime viejita, ¿quién eres?
¿por qué estás aquí conmigo?
si yo no puedo ir contigo
metida en ese armazón
y apoyada en el bordón
al que tu mano se aferra
para clavarlo en la tierra…
oye bien lo que te digo:
yo hago un viaje sin escalas
donde no hay ni una estación…
tú no puedes ir conmigo,
viejita, ¡yo tengo alas!
y tú tienes un bordón…”

 

Agónica, pero no vencida y dando muestra de una vidente claridad profética, dicha a sus allegados la postrera declaración que bien pudiera considerarse testamento: “Expreso mi desagrado por la actitud pasiva de precursores y veteranos ante la actitud del gobierno, abiertamente adversa a los intereses de la revolución. Ruego a mis compañeros, se fijen bien en el problema internacional que el mismo gobierno complica y que puede traer la ruina para México y posiblemente la pérdida de nuestra lamentable nacionalidad”.

A poco tiempo toma su sitio en la sombra. Muere esta mujer admirable debatiéndose en la enfermedad, la vejez y la miseria, honores con que corona toda una vida de sacrificios y rectitud. En ella muere, firme en su puesto, un soldado por la causa del ideal, ejemplar auténtico de la revolución mexicana, quizá, quizá el último que nos quedaba…

Señoras y señores, si esto no es poesía… ¡hemos vivido de balde!

México, D.F., a 30 de enero de 1950.

 

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