Darío Frítz
En revista BiCentenario, el ayer y hoy de México, núm. 70.
El contraste aflora nítido. El plástico amortigua la lluvia ante el desamparo, el frío comienza a calar en algunos y en otros se abre pecho a la resistencia contra un clima impertinente para disfrutar al aire libre. Al fondo, mientras tanto, la figura ancestral del mayor ícono institucional abre dos ojos impasibles, que no son más que ventanas ubicadas al centro de la imagen, preguntándose cuánto pueden llegar a arraigar allí esos hombres, cuando él tiene siglos de mirar pasar lo más granado de la historia. Curtidos en batallas contra la desigualdad, esos hombres ocupan el territorio de todos con la esperanza de que la historia les acerque alguna pizca de justicia social. El contraste los amalgama: la edificación ruda y sobreviviente a las mejores y más deleznables decisiones, los ritos más violentos y las fanfarrias militares más pacíficas, la proclamación de usurpadores o los gritos por la libertad. Y del otro lado, la fragilidad de los que no tiene más que gritar para hacerse oír, amparados en lo que llevan puesto, atenazados a la obstinación de su causa. Sabedores que si un derecho no se defiende, está condenado a perderse. Los maestros perseverantes del sur del país han llegado hasta allí ese octubre de 1984 para reclamar lo que a cuentagotas se derramaba entonces -y que cuatro décadas después nada lo ha alterado: democracia sindical. Del otro lado del original de esta imagen impresa, alguien describió en el archivo donde fue hallado, un instante de candidez: “todo era felicidad en medio del chubasco y disfrutaban queriendo salir en la foto”. Hannah Arendt traza en un poema: “Transcurrirán las horas, / y pasarán los días,/ pero una ganancia sí nos quedará:/ la mera persistencia”. Mucho se agita debajo de esa carpa enclenque para hacer del Zócalo el sueño cumplido de la arbitrariedad derrotada.
