Villa-Zapata un encuentro con dos miradas

Villa-Zapata un encuentro con dos miradas

Guadalupe Villa Guerrero
Instituto Mora

 

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 26.

En diciembre de 1914, Francisco Villa y Emiliano Zapata se reunieron en una escuela pública de Xochimilco. El objetivo: establecer una alianza de colaboración mutua y en contra de Venustiano Carranza, dado el fracaso de la Convención Revolucionaria de Aguascalientes. De aquella conversación dieron cuenta León Canova y Gonzalo Atayde.

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León Canova acompañado de Álvaro Obregón y Antonio I. Villarreal en la Convención de Aguascalientes, octubre 1914.
Archivo Casasola, inv. 39123. SINAFO, CONACULTA-INAH- MÉX. Reproducción autorizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia.

A mediados de 1914 se hicieron evidentes, en el panorama político nacional, las crecientes diferencias entre Francisco Villa y Venustiano Carranza, agravadas cuando el primero decidió contravenir las órdenes del segundo y marchar con todo su ejército en pos del importante bastión federal de Zacatecas. La victoria de Villa dio como resultado, en el mediano plazo, la derrota de Victoriano Huerta, su renuncia a la presidencia y su huida del país.

Los intentos por tratar de solucionar los problemas existentes entre aquellos jefes y evitar a toda costa la ruptura entre revolucionarios se tradujeron en el Pacto de Torreón. Carranza convocaría a una convención de revolucionarios cuya labor estaría encaminada, entre otras cosas, “a implantar el régimen democrático en nuestro país”. No obstante, lejos estaba el primer jefe de permitir se obstaculizara su llegada a la presidencia de la república. El aislamiento en el que mantuvo a Villa, sin abastecerlo de armas y combustible para sus trenes, y graves problemas surgidos con Obregón, provocaron que el jefe de la División del Norte emitiera, en septiembre, el Manifiesto y documentos que justifican el desconocimiento del C. Venustiano Carranza como Primer Jefe de la Revolución en el que, en resumen, acusaba al líder del constitucionalismo de querer instaurar una nueva dictadura, y de oponerse a los acuerdos de Torreón. Invitaba a los ciudadanos a exigir la separación de Carranza de la jefatura del Ejército Constitucionalista y del poder ejecutivo; a nombrar a un presidente interino que adoptara medidas para garantizar la resolución del problema agrario y convocara a elecciones.

Al no prosperar la convención revolucionaria convocada por Carranza en la ciudad de México, se llegó al acuerdo de convocar a una convención de jefes revolucionarios en la ciudad de Aguascalientes para encontrar la solución a los problemas del país, ratificándose en gran medida el Pacto de Torreón que el Primer Jefe había desconocido. El 10 de octubre se inauguraron las sesiones en el Teatro Morelos.

Desafortunadamente, lejos de lograrse un consenso en cuanto al tipo de gobierno que el país necesitaba, las controversias entre partidarios de la Convención y de Carranza llegaron a la ruptura definitiva: zapatistas y villistas contra constitucionalistas.

Zapata antes de la visita de Villa en Xochimilco La IustraciA?n Semanal, dciembre 1914 (640x585)
Emiliano Zapata y Mr. Carothers en Cuernavaca, 1914. Archivo Casasola, inv. 6165. SINAFO, CONACULTA-INAH-
MÉX. Reproducción autorizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia

Eulalio Gutiérrez, presidente provisional elegido en Aguascalientes, se estableció en la ciudad de México bajo el amparo del Ejército Convencionista acaudillado por Villa. En este marco tendría lugar el encuentro de los ejércitos populares del norte y del sur. Las avanzadas de la antigua División del Norte, convertida en Ejército Convencionista, llegaron al pueblo de Tacuba el 28 de noviembre de 1914, al tiempo que las tropas del Ejército Libertador del Sur, ocuparon la capital de la república.

El histórico encuentro entre Francisco Villa y Emiliano Zapata ocurrió en Xochimilco. En la escuela pública del pueblo fueron recibidos con flores y fue ahí donde tuvieron su primera reunión preservada para la posteridad por al menos dos personas de las que sabemos sus nombres: León Canova, representante del Departamento de Estado estadunidense, y Gonzalo Atayde, secretario particular del coronel Roque González Garza.


La versión de Canova 

Tras intercambiar unos cuantos saludos, estos hombres que nunca antes se habían visto pero que trabajaban en coordinación desde hacía algunos meses, se dieron el abrazo y se dirigieron a la escuela municipal, donde debían celebrar una conferencia. Los condujeron a un gran salón del piso superior que inmediatamente atiborraron unas tres veintenas de personas íntimamente vinculadas a ambos jefes. En la habitación no había más que unas pocas sillas; los generales Villa y Zapata se sentaron ante una gran mesa oval, y pudo verse el marcado contraste entre ellos. A mi izquierda se hallaba Paulino Martínez, uno de los hombres de confianza del general Zapata y delegado a la Convención. Junto a él estaba el general Villa, alto, robusto, con unos 90 kilos de peso, tez casi tan roja como la de un alemán, tocado con un casco inglés, un grueso suéter café, pantalones color caqui, polainas y gruesos zapatos de montar. Zapata a su izquierda, con un inmenso sombrero que por momentos daba sombra a sus ojos de modo que no era posible distinguirlos, piel oscura, rostro delgado, mucho más bajo que Villa y con unos 75 kilos de peso. Llevaba un saco negro, una gran pañoleta de seda azul claro anudada al cuello, una camisa de intenso color turquesa, y usaba alternativamente un pañuelo blanco con ribetes verdes y otro con todos los colores de las flores. Vestía pantalones de charro negros, muy ajustados, con botones de plata en la costura exterior de cada pierna. Villa no llevaba ningún tipo de joya ni color alguno en sus prendas. 

Fue interesante y divertido ver a Villa y Zapata tratando de hacer amistad. Durante media hora se quedaron sentados en un incómodo silencio, roto ocasionalmente por algún comentario insignificante, como novios de pueblo. Para relajar la atmósfera, Zapata hizo traer una botella de coñac y propuso un brindis. Villa, que era abstemio, rehusó al principio, pero luego cedió a la presión. Cogió titubeante su vaso y pareció tomar por fin una determinación. Lo alzó y bebió con Zapata. Por poco se ahoga. Su rostro se retorció y las lágrimas acudieron a sus ojos al tiempo que pedía agua con voz ronca. 

La versión de Atayde 

El general Villa en una de las cabeceras de una mesa de comedor. A su derecha, en el siguiente orden, los señores Paulino Martínez, dos señoras, una de ellas pariente del general Zapata, en seguida el niño Nicolás Zapata, hijo del general don Emiliano, después el señor Alfredo Serratos, le sigue el general Roque González Garza a cuya derecha está el general Amador Salazar y por último el capitán Alberto S. Piña. A la izquierda del general Villa el general Zapata, el general Eufemio de igual apellido, el general Palafox, secretario del general Zapata, seguidamente el general Banderas, quien se levanta momentos después, siendo ocupado su lugar por el capitán Manuel Alza. 

Al principio hablan los generales Zapata y Villa respecto a una carta del segundo al primero, interviniendo el general Palafox para fijar la fecha de la carta. Después se generaliza la conversación en esta forma: 

–Villa: Siempre estuve con la preocupación de que se fueran a quedar olvidados, pues yo tenía empeño en que entraran en esta revolución. Como Carranza es un hombre tan así, tan descarado, comprendí que venían haciendo el control de la república, y yo, nomás esperando.  

–Zapata: Ya han dicho a usted todos los compañeros, siempre lo dije, les dije lo mismo, ese Carranza es un canalla.  

–Villa: Son hombres que han dormido en almohada blandita. ¿Dónde van a ser amigos del pueblo que toda la vida se la ha pasado de puro sufrimiento?  

–Zapata: Al contrario, han estado acostumbrados a ser el azote del pueblo. 

–Villa: Con estos hombres no hubiéramos tenido progreso ni bienestar ni reparto de tierras, sino una tiranía en el país. Porque, usted sabe, cuando hay inteligencia, y se llega a una tiranía, y si es inteligente la tiranía, pues tiene que dominar. Pero la tiranía de estos hombres era una tiranía taruga y eso sería la muerte para el país. Carranza es una figura que no sé de’onde salió para convertir a la república en una anarquía. 

–Palafox: Lo que hicieron en la ciudad de México no tiene precedente; si hubieran entrado los bárbaros lo hubieran hecho mejor que ellos.  

–Villa: Es una barbaridad.  

–Zapata: En cada pueblo que pasan… 

–Villa: Sí, hacen cada destrozo y medio. No había otro modo para que se desprestigiaran, para que se dieran a conocer. Tenían antes algo de prestigio, pero ahora… Estos hombres no tienen sentimientos de Patria.  

–Palafox: De ningunos, de ninguna clase de sentimientos.  

–Villa: Yo pensaba que pelearían con nosotros ahora que empecé a caminar del norte; pero no, no pelearon. 

 –Zapata: Aquí empezaban a agarrarse fuerte, y… ya lo ve usted.  

–Serratos (al general Zapata): Que si no quería usted someterse tenían 120 000 hombres para darles a los del sur lo que necesitaban, eso fue lo primero que dijo Carranza.  

–Villa: Para que ellos llegaran a México fue para lo que peleamos todos nosotros. El único ejército que peleó fue el nuestro (refriéndose al avance hacia el sur). Nunca nos hacían nada, no obstante que tenían guarniciones hasta de 1 000 hombres. Los que por allá pelearon muy duro fueron estos huertistas, llegó a haber batallas donde hubiera poco más de 5 000 muertos. 

–Zapata: ¿En Zacatecas?  

–Villa: En Torreón también, allí estuvo muy pesado; pelearon como 18 000 hombres. En toda la región lagunera pelearon como 27 días. Pablo González, que hacía más de un mes estaba comprometido conmigo para no dejar pasar federales, me dejó pasar once trenes; pero todavía nos corrió la suerte de que pudimos con ellos y todavía les tomamos Saltillo y otros puntos, y si acaso se descuida ese González, lo tomamos hasta a él. (Risas.) 

–Zapata: Yo luego calculé: dónde van a esperarse y a hacerse fuertes, en Querétaro.  

–González Garza: Ahí esperábamos nosotros la batalla…  

–Villa: Yo esperaba que por ahí, por el Bajío, hubiera unos 600 o 700 muertos, pero nada … puro correr.  

–Serratos: En la Huasteca han estado haciendo lo mismo, igual.  

–Villa: En estos días entró por ahí Murguía a un pueblo de por aquí.  

–Serratos: Zitácuaro  

–Villa: Pues creo que sí. Sorprendió a la guarnición diciendo que era convencionista, y asesinó como a 30 oficiales y jefes y una parte de tropa. Pero yo le cargué fuerzas por distintas partes. (Pausa.) Vamos a ver si quedan arreglados los destinos de aquí de México, para ir luego donde nos necesitan. 

–Serratos: En las manos de ustedes dos están. (Todos asienten a lo dicho por él.)  

–Villa: Yo no necesito puestos públicos porque no los sé “lidiar”. Vamos a ver por dónde están estas gentes. Nomás vamos a encargarles que no den quehacer.  

–Zapata: Por eso yo se los advierto a todos los amigos que mucho cuidado, si no, les cae el machete. (Risas.)  

–Serratos: Claro… 

–Zapata: Pues yo creo que no seremos engañados. Nosotros nos hemos limitado a estarlos arriando, cuidando, cuidando, por un lado y por otro, a seguirlos pastoreando.  

–Villa: Yo muy bien comprendo que la guerra la hacemos nosotros los hombres ignorantes, y la tienen que aprovechar los gabinetes; pero que ya no nos den quehacer.  

–Zapata: Los hombres que han trabajado más son los menos que tienen que disfrutar de aquellas banquetas. Nomás puras banquetas. Y yo lo digo por mí, de que ando en una banqueta hasta me quiero caer.  

–Villa: Ese rancho está muy grande para nosotros; está mejor por allá afuera. Nada más que se arregle esto, para ir a la campaña del norte. Allá tengo mucho qué hacer. Por allá van a pelear muy duro todavía.  

–Zapata: Porque se van a reconcentrar en sus comederos viejos.  

–Villa: Aquí me van a dar la quemada, pero yo creo que les gano. Yo les aseguro que me encargo de la campaña del norte, y yo creo que a cada plaza que lleguen también se las tomo, va a parar el asunto de que “para los toros de Tepehuanes, los caballos de allá mismo”.  

–Zapata: ¿Pero ¿cómo piensan permanecer, por ejemplo, en las montañas y así, en los cerros, de qué manera? Las fuerzas que tienen no conocen los cerros. 

–Serratos: ¿Qué principios van a defender?  

–Villa: Pues yo creo que a Carranza todavía; pero de Patria no veo nada. Yo me estuve ensuichado cuando la Convención. Empezaron, que se retire el general Villa y que se retire, y yo dije: creo que es bueno retirarse pero es mejor hablar primero con mi general Zapata. Yo quisiera que se arreglara todo lo nuestro, y por allá, en un ranchito –lo digo por mi parte–, allá tengo unos jacalitos, que no son de la revolución. Mis ilusiones son que se repartan los terrenos de los riquitos. Dios me perdone ¿no habrá por aquí alguno? (irónicamente).  

–Voces: Es pueblo, es pueblo.  

–Villa (prosigue): Pues para ese pueblo queremos las tierritas. Ya después que se las repartan, comenzará el partido que se las quite.  

–Zapata: Le tienen mucho amor a la tierra. Todavía no lo creen cuando se les dice: “esta tierra es tuya”. Creen que es un sueño. Pero luego que hayan visto que otros están sacando productos de estas tierras dirán ellos también: “voy a pedir mi tierra y voy a sembrar”. Sobre todo ese es el amor que le tiene el pueblo a la tierra. Por lo regular toda la gente de eso se mantiene. 

–Serratos: Les parecía imposible ver realizado eso. No lo creen; dicen: “tal vez mañana nos las quiten”.  

–Villa: Ya verán cómo el pueblo es el que manda, y que él va a ver quiénes son sus amigos.  

–Zapata: Él sabe si quieren que se las quiten las tierras. Él sabe por sí solo que tiene que defenderse. Pero primero lo matan que dejar la tierra.  

–Villa: Nomás le toman sabor y después les damos el partido que se las quite. Nuestro pueblo nunca ha tenido justicia, ni siquiera libertad. Todos los terrenos principales los tienen los ricos, y el pobrecito encuerado, trabajando de sol a sol. Yo creo que en lo sucesivo va a ser otra vida y si no, no dejamos esos máusers que tenemos. Yo aquí juntito a la capital tengo 40 000 mauseritos y unos 77 cañones y unos… 

–Zapata: Está bueno.  

–Villa: 16 000 000 de cartuchos, aparte del equipo, porque luego que vi que este hombre (Carranza) era un bandido, me ocupé de comprar parque, y dije: con la voluntad de Dios y la ayuda de ustedes los del sur, porque yo nunca los abandoné, todo el tiempo estuve comunicándome.  

–Zapata: Estos cabrones, luego que ven tantito lugar, luego luego se quieren abrir paso, y se van al sol que nace. Por eso a todos esos cabrones los he quebrado, yo no los consiento. En tantito que cambian y se van, ya con Carranza o ya con el de más allá. Todos son una punta de sinvergüenzas. Ya los quisiera ver en otros tiempos.  

–Villa: Yo soy un hombre que no me gusta adular a nadie; pero usted bien sabe tanto tiempo que estuve yo pensando en ustedes.  

–Zapata: Así nosotros. Los que han ido allá al norte, de los muchos que han ido; estos muchachos Magaña y otras personas que se han acercado a usted, le habrán comunicado de que allá tenía yo esperanzas. Él es, decía yo, la única persona segura, y la guerra seguirá, porque lo que es aquí conmigo no arreglan nada y aquí seguiré hasta que me muera yo y todos los que me acompañan.  

–Villa: Pues sí, a ver esos que saben de gabinete qué…  

–Zapata (hablando con Palafox): Hay que entreverarlos, de esos gruesos y de esos mansos también. 

Se sirven unas copas de coñac. El general Villa suplica que le traigan agua. Entretanto dice:  

–Villa: Pues hombre, hasta que me vine a encontrar con los verdaderos hombres del pueblo. 

–Zapata (correspondiendo la alusión): Celebro que me haya encontrado con un hombre que de veras sabe luchar.  

–Villa: ¿Sabe usted cuánto tiempo tengo yo de pelear? Hace 22 años que peleo con el gobierno.  

–Zapata: Pues yo también, desde la edad de 18 años. El general Zapata habla con el general Roque González Garza y otros de la hora de llegada: yo les dije que entre doce y una, ¿verdad? 

 –Villa (ofreciendo al general Zapata su vaso de agua): ¿Usted gusta de agua, mi general?  

–Zapata (cortésmente): No, tómele. 

Hay un momento en que hablan tan quedo que no se oye lo que dicen. Solamente se escucha el final de una frase del general Villa: Por eso siempre me estuve yo acordando de ustedes desde que levanté la revolución, luego luego pensé en ustedes. 

La música que toca en el corredor no deja oír la contestación del general Zapata, ni lo que sigue de la conversación. Vagamente se oye que el general Villa habla de cuando hizo correr a 23 generales. 

En esos momentos llega el general Eufemio Zapata y saluda a los circunstantes. 

Los generales Zapata y Villa hablan de la forma de los sombreros. El general Zapata dice que él no se halla con otro sombrero que el que trae. El general Villa dice: Yo antes usaba de esos mismos (por el del general Zapata), nomás que de palma; pero desde hace tres años me acostumbré a estas gorritas. 

Villa: desde 1910 tantió todo el cientificismo que yo estorbaba, y cuando el levantamiento de Orozco, yo luego comprendí que era un levantamiento del cientificismo, y lo sentí en el alma. 

–Zapata: El tiempo es el que desengaña a los hombres.  

–Villa: El tiempo, sí señor.  

–Zapata: Pero lástima que él (Orozco) no haiga ido. Así como maté a su padre, yo lo llamé también para hacer lo mismo, porque mis ganas eran con él.  

–Villa: ¡Ah qué hombre ese tan descarado!  

–Zapata: Pero yo dije: este por cobarde hace esto, ¡conque mandas a tu padre! Pues ahora tu padre me la paga, y te lo fusilo, para que no mañana digas que por miedo a ti no lo fusilé. Pero yo cumplo con un deber en matar a los traidores, aunque vengas con tu ejército después.  

–Villa: ¡Hizo muy bien! Cuando lo fusilaron, dije yo: pues ahora sí, qué sabroso. 

Vuelve a tocar la música y nada absolutamente puede oírse, hasta que se levantan para pasar a conferenciar a otra pieza ya cerca de las dos de la tarde. La conferencia entre el general Villa y el general Zapata y su secretario el general Palafox duró hasta después de las tres de la tarde. 

Concluida la conferencia, se pasó al comedor donde, al final de un sencillo banquete al estilo mexicano, se pronunciaron algunos discursos, siendo los principales los siguientes: 

El general Villa, después de haberle dado la bienvenida un orador, se puso de pie y dijo: 

Compañeros: van ustedes a oír las palabras de un hombre inculto; pero los sentimientos que abriga mi corazón me dictan que ustedes oigan estas palabras que sólo se van a relacionar con asuntos de la patria. Es lo que abrigo en el corazón. Hace mucho tiempo que estamos en la esclavitud por la tiranía. Soy hijo del pueblo humilde, y a ese pueblo que representamos nosotros a ver si lo encarrilamos a la felicidad. Vivan ustedes seguros de que Francisco Villa no traicionará jamás a ese pueblo que han tenido en la esclavitud. Y soy el primero en decir que para mí no quiero ningún puesto público sino nomás la felicidad de mi patria, para que todos los mexicanos conscientes no se avergüencen de nosotros. 

Respecto a todos esos grandes terratenientes, estoy propuesto a secundar las ideas del Plan de Ayala, para que se recojan esas tierras y quede el pueblo posesionado de ellas. El pueblo que por tanto tiempo ha estado dando su trabajo, sin más preocupaciones esos terratenientes que tenernos en la esclavitud. Yo como hombre de pueblo, ofrezco de manera sincera que jamás traicionaré, que nunca traicionaremos su voluntad para que el pueblo no sufra. 

Cuando yo mire los destinos de mi país, bien seré el primero en retirarme, para que se vea que somos honrados, que hemos trabajado como hombres de veras del pueblo, que somos hombres de principios. […] 

México, diciembre de 1914.