Veracruz en la mirada de Montserrat Pecanins

Veracruz en la mirada de Montserrat Pecanins

Anna Ribera Carbó
Instituto Nacional de Antropología e Historia

Eulalia Ribera Carbó
Instituto Mora

En revista BiCentenario, el ayer y hoy de México, núm. 70.

¿Qué observaciones puede hacer un extranjero sobre el México que se encuentra al llegar aquí? Montserrat Pecanins da cuenta sobre costumbres e idiosincrasia, con un humor mordaz y recuerdos cargados de sentimiento.

Desde que los primeros europeos avistaron costas mexicanas en el siglo xvi, numerosos viajeros han dejado testimonio de lo que encontraron. Lo hicieron a finales del xxviii, extranjeros de diversas nacionalidades, no sólo españoles, empujados por un afán de conocimiento propio del pensamiento ilustrado. Después de lograda la independencia política del país, a ese interés científico se sumó el económico y político de quienes venían procedentes de las potencias europeas o del vecino Estados Unidos, interesados en los recursos naturales y la posibilidad de apoderarse de los circuitos comerciales restringidos hasta hacía poco tiempo al imperio español. Posteriormente, en el siglo xx, refugiados políticos latinoamericanos y de otras latitudes llegaron también al litoral veracruzano, y describieron sus experiencias.

            Los testimonios escritos por mujeres son más escasos. Entre ellos sobresale, sin duda, el de la escocesa Fanny Calderón de la Barca, esposa del primer embajador español en México, llegada al puerto de Veracruz el 18 de diciembre de 1839. De sus primeras impresiones escribió:

El aspecto de todo lo que estamos viendo mientras nos vamos acercando, es de lo más melancólico, delabré y desconsolador que puede uno imaginarse. De un lado la fortaleza con sus murallas rojinegras; del otro, la ciudad, miserable y tétrica, llena de bandadas de unos pájaros negros, llamados zopilotes, que revolotean sobre algún animal muerto o tienden el vuelo en busca de carroña. Y sin embargo, como era el término de nuestro viaje, todo fue bien acogido, aun lo triste de la ciudad; aun los médanos de arena roja que la rodean, tan semejantes a los desiertos de Arabia, nos parecieron atractivos.

            Cien años después, en 1939, el alud de refugiados políticos procedentes de la derrotada República española produjo testimonios similares sobre el puerto. Enric Faraudo contaba: “nos cayó el alma a los pies. ¡Pácatelas! Vimos Veracruz, sin ni siquiera un empedrado, ni siquiera un pavimentado. Con montones de basura enormes por todas partes, con zopilotes comiéndose la basura”. Ángel Palerm refrenda esta percepción, pero añade “que por otro lado el trópico y las frutas tropicales, yo nunca había comido piña ni había visto un mango”. Esta sorpresa por lo exótico y novedoso la comparte Cecilia Sanz de Ridaura:

Los carritos con piña, mangos y otras maravillosas y desconocidas (para nosotros) frutas, rodeadas de hielo o con paletas heladas y otras golosinas, quedaron vacíos rápidamente porque los niños, deslumbrados, se acercaban a ellos con sus caritas sorprendidas y ansiosas, y los vendedores les regalaban la mercancía. En las cantinas nos obsequiaban con cerveza; nos introducían en los misterios de las carnitas, la moronga, la sanfaina; descubrimos el tequila y, por sobre todas las cosas, teníamos la maravillosa sensación de ser libres.

            Carmen Romero cuenta que “ya en tierra, al entrar en contacto con la ciudad y su gente, no dejábamos de admirar su fisonomía, colorido, la alegre música y sobre todo el volver a oir español, pero con ese acento veracruzano que nos hacía tanta gracia”.

Montserrat Pecanins

La joven catalana Montserrat Pecanins llegó a la costa veracruzana terminando 1949 en compañía de sus padres y de sus hermanas, las gemelas Ana María y Teresa. Su padre venía contratado por una empresa textil, así que no llegaban como refugiados políticos, pero sí huyendo del ambiente opresivo de la posguerra española, y de un régimen ensañado especialmente con la cultura y las libertades en Cataluña. Viajaron en el Vapor Magallanes y trajeron consigo sus muebles, su perro y dos pianos, de los cuales contaba Montserrat, “uno quedó en la aduana de Veracruz, quedó a la intemperie y al final parecía que reía porque se torció la tapa y enseñaba los dientes”.

Tras diez años bajo la dictadura franquista, en los que transcurrió su tránsito de la infancia a la adolescencia, las hermanas Pecanins vivieron el viaje a México como una aventura. “Paramos en Curazao, en Puerto Rico y en La Habana. El viaje nos impidió pensar en lo que dejábamos y de imaginarnos a dónde íbamos. Fue un lapso maravilloso, espléndido, tanto para mí como para mis hermanas. Esa fue una aventura preciosa, inolvidable”, cuenta Ana María. Montserrat, por su parte, rememora que ella acabó “del mar hasta el gorro y ahora no subo ni a una góndola. ¡Treinta días! Estaba harta del cielo, de las estrellas, de las olas y de los delfines”.

Si bien no disfrutó el viaje, a Montserrat le maravilló el puerto de Veracruz.

Relata:

Veracruz fue una cosa impresionantemente maravillosa. Ver a todos esos hombres vestidos de blanco, esas marimbas, esa plaza, esa comida, el café de La Parroquia, con olor de café de verdad. En esos años de la posguerra en Cataluña se tomaba una cosa que se llama achicoria. Venir de esa España, de esa Barcelona tan triste que teníamos que ir a buscar el pan con tarjeta de racionamiento. Mi padre tenía que ir a comprar cosas de estraperlo. Los hombres compraban un cigarro. Había señoras en la calle que vendían ¡un cigarrito! No eramos pobres, era la miseria que estaba en todas partes. Al llegar a Veracruz, ver que cantan y bailan cuando en Cataluña estaban prohibidas las sardanas, ¡prohibido todo! Era salir de una cosa oscura a ver una cosa iluminada. ¡Esto da una alegría de vivir! Estuvimos en el hotel Diligencias, que era muy bonito y fuimos a Fortín de las Flores. Ahí nos metimos en una piscina llena de gardenias. No nos dimos cuenta de que en México también había miseria.

Ana María describe las horas de la comida como “aventuras maravillosas”. “En la mesa te ponían toda una azucarera llena, cuando en Barcelona sólo podíamos consumir una cucharadita al día”. Decía que “después de haber vivido una dictadura espantosa”, el presidente de la República, el veracruzano Miguel Alemán “nos parecía tan galán, tan comunicativo, tan del pueblo”.

Efectivamente, cuando la familia Pecanins desembarcó en Veracruz a finales de 1949, gobernaba México Miguel Alemán, quien había ocupado la silla presidencial apenas terminada la segunda guerra mundial en 1945. Fue el primer candidato civil en la posrevolución. Su gobierno se inscribió en las posturas anticomunistas de una guerra fría que apenas empezaba, fue poniendo freno a las políticas más radicales de corte social con las que Lázaro Cárdenas había logrado cumplir con los anhelos de la revolución mexicana. A pesar también del creciente control político y sindical que fue implementando, la presencia de Miguel Alemán que era un civil, un abogado universitario y un hombre simpático y carismático, le dio al país un aire de renovación y modernidad. Para alguien salido de la enrarecida posguerra española, el México del alemanismo daba una sensación de progreso y libertad. Dice Ana María, “luego de vivir los horrores de levantarte en la mañana y tener que cantar ‘de cara al sol y con camisa nueva”, de soportar todo tipo de privaciones, México nos pareció maravilloso”.

Fue justamente durante el alemanismo cuando se consolidó el estereotipo del jarocho con su pareja, ambos vestidos de blanco, bailando un zapateado costeño entre palmeras y vapores tropicales que Montserrat recrearía en sus memorias muchos años después de ese primer contacto con el puerto, sin duda fruto de sus recuerdos, pasados por el tamiz de esas representaciones regionales petrificadas en el imaginario popular.

La familia Pecanins se trasladó muy poco después de desembarcar en Veracruz a la ciudad de México, lugar que se convirtió para siempre en su principal lugar de residencia. Ahí Montserrat y sus hermanas fundaron en 1964 una galería de arte, la Galería Pecanins, que contribuyó a impulsar el arte de vanguardia que rompió con las ya para entonces anticuadas expresiones artísticas del nacionalismo revolucionario. Tiempo después, abrieron otra galería en su Barcelona natal, lo que las convirtió en el puente principal entre las vanguardias en México y las catalanas del arte plástico y el happening.

Un terreno en la selva

Pero Montserrat estableció una nueva y extraordinaria relación con Veracruz. Sus tíos Plácido y Lola, ella hermana de su madre, llegaron a México siguiendo a la familia unos años después. Estando por vencerse su visado de turistas, y ante los complicados trámites migratorios en la Secretaría de Gobernación, Montserrat no tuvo mejor idea que aceptar la oferta de un amigo asturiano que les habló de la posibilidad, primero, de que los tíos fueran a trabajar en una algodonera y, cuando aquello no prosperó, los animó a comprar unas tierras para que pusieran cuatro vacas. Montserrat lo cuenta así:

Yo, que no tengo la más mínima idea, compré 200 hectáreas por 5 000 dólares. Mi padre se había ido de viaje a Cataluña y había dejado todas las cuentas a mi nombre, para que las administrara en su ausencia. Me ofrecieron el terreno como una ganga, pero yo no sabía lo que era. ¡Doscientas hectáreas en la selva! Esto era en el año 54 o 55, no sé. Mi papá me dijo que estaba loca.

El terreno adquirido por Montserrat estaba en la región del Sotavento veracruzano y, efectivamente, se trataba de suelo ocupado por selva alta perenifolia. Correspondía al municipio de Isla, que había formado parte de la hacienda de Tacamahuixtal, cuyos propietarios habían sido de apellidos Isla Camacho. Con la construcción del ramal del ferrocarril entre Veracruz y Suchiate al iniciar el siglo xx, hubo una estación en el lugar, que se llamó Estación Isla. Con el tiempo, el apelativo dio nombre al pueblo que se formó y, más adelante, al municipio.

Decía Montserrat:

El terreno es enorme, con dos ríos. Nunca en la vida llegué al segundo. Para llegar al rancho, tuvimos que contratar unos hombres que abrieran brecha a machetazos. Lo más cercano era la estación Isla que apenas y era pueblo. Todo para huir de las garras de Gobernación […]. La tía Lola y el tío Plácido se hicieron rancheros […] La tieta Lola era rubia con pecas y a la “güera doña Lolita” todo el mundo la quiso porque era muy dulce. Tuvo una vaca especial para los niños de ahí […] Ella les enseñaba a leer y a escribir, a rezar el Padre Nuestro y les hacía atole para que desayunaran. Era San Francisco de Asís con faldas.

La casa que se construyeron los tíos de Montserrat era como un palafito con un metro por encima del suelo, para que los animales encontraran abrigo del sol por debajo y las inundaciones no la afectaran. Tenía techo de palapa. Su única estancia estaba partida a la mitad para separar la habitación de todo lo demás. “Tenían unos catres para cuando íbamos las niñas. Había ganchos de fierro para colgar los plátanos y otras cosas y que los bichos no se les subieran. Oían en el radio un programa de unos cubanos muy divertidos, La tremenda Corte”.

Montserrat empezó a ir al rancho muy jovencita y soltera, y continuó haciéndolo durante varios lustros, ya casada y con sus dos hijas. Se había criado en una gran ciudad europea, y desde que llegó a México a los 20 años hizo una vida urbana. Se catalogaba a sí misma como una “flor de asfalto” y no podía dormir en el campo, decía, “porque los grillos me despiertan”. Sin embargo, siempre tuvo por Veracruz y el rancho donde vivían sus tíos, una cercanía afectiva y un gusto que, gracias a su carácter optimista y divertido, le permitió apreciar idiosincracias, incomodidades y hasta conflictos, viviéndolos como una gran aventura.

Un día, estaba yo en traje de baño bañándome en el río y pasó un indito que me dijo, “ay seño ¿ya vio el lagarto?” Me imaginé una lagartija. Tiene como un metro. Salí corriendo y me subí al caballo sin ni siquiera ponerme los pantalones. Hay un mosquito que se llama chaquiste. Los chaquistes me pellizcaron hasta el apellido. Todavía tengo marcas de las picaduras.

En la región, Montserrat no sólo se enfrentó a las dificultades propias de un medio físico selvático, sino a los modos y las corruptelas de la política local. Una madrugada su tío fue detenido por abigeato, acusado de robar su propio ganado. Ella, una jovencita de no más de 25 años, viajó inmediatamente hasta Xalapa. Cuenta, “me fui para allá a coquetear con los policías que eran todos ¡tan feos! […] coqueteas un poco y ¡son tan brutos!”. Al final, el jefe de la policía le dio un papel para que sacara a su tío y le dijo que ahí la esperaba porque la iba a llevar a conocer Xalapa y a comer a un restaurante. “Ay qué bárbaro!, ¡qué amable!”. En cuanto su tío fue liberado, lo metió a su coche y regresaron al rancho dejando plantado al personaje. “Es más castigado el abigeato que matar a una persona.”, decía. Un día de una fiesta en el pueblo preguntó cómo había estado la pachanga. Con grandes carcajadas recordaba la respuesta, “aburrida, sólo hubo un muertito.”

            Los tíos Lola y Plácido tenían ganado, criaban gallinas, cultivaban jitomates y recogían mangos de sus árboles.

A los 80 años la tía Lola iba a dar la comunión a caballo, porque el cura nada más se fiaba de ella. Le decía, “doña Lolita, fíjese que doña Petra se está muriendo y quiere que le den la comunión y yo no puedo ir porque tengo la misa”. La tieta Lola agarraba el caballo y se iba a dar la comunión. La tía Lola era de esa sensibilidad, y no era mocha. Cuando murió el tío Plácido, la tía Lola no se podía quedar sola ahí y la trajimos a la ciudad de México con nosotras. Es la tía que hemos querido más de nuestra vida. Como a nuestra madre.

Los tíos Lola y Plácido, y la familia Pecanins al completo, metidos en la selva del Sotavento veracruzano son muestra de ese conjunto heterogéneo e insólito que es la sociedad mexicana, en la que, al lado, o en medio de la población y la cultura dominantes, aparecen figuras excéntricas y extraordinarias que contribuyen a la conformación de nuestro variado y rico mosaico cultural.

Montserrat siempre fue romántica y sentimental. Se emocionaba cuando recordaba un eclipse de luna pasado en la selva. “El ruido de los bichos en la noche es tremendo, y un día, de repente se hizo un silencio increíble. Hubo un eclipse de luna. En la selva todo se calló, ni el viento se oía. Quedó todo a oscuras. En cuanto volvió a salir la luna todo empezó de nuevo ric, ric, ric, rac, rac, rac…”

El historiador Bernardo García sostiene que las crónicas de los viajeros extranjeros en México tienen siempre un “agudo sentido de la distancia cultural” y un claro prejuicio eurocentrista que distorsiona su punto de vista. Montserrat no estuvo exenta de ese prejuicio. Pero también es cierto que, con su mirada, “con sus luces y con sus sombras” al decir de Andrés Henestrosa, contribuye “a crear la imagen de México, a hacerle su mitología y su historia”.

 

PARA SABER MÁS:

  • Emerich, Luis Carlos, Galería Pecanins, la siempre vivaz, México, Turner Libros, 2000.
  • Calderón de la Barca, Madame, La vida en México durante una residencia de dos años en ese país, México, Porrúa, 1990, en https://goo.su/PtezKPs
  • Mora, Pablo y Ángel Miquel, comp., Barco en tierra. España en México, México, UNAM/Fundación Pablo Iglesias, 2006.
  • Pla brugat, Dolores, Els exiliats catalans. Un estudio de la emigración republicana española en México, México, inah/Orfeó Català de Mèxic/Libros del Umbral, 1999.
  • Dolores Ribera Carbó, Eulalia y Anna Ribera Carbó, Montserrat Pecanins. Memoria emotiva, México, Instituto Mora/inah, 2022.