La relación de Frida Kahlo con el mundo del cine

La relación de Frida Kahlo con el mundo del cine

Arturo Garmendia

Revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 28.

Películas y documentales han mostrado muchas facetas de la pintora. Pero su vida estuvo también muy ligada a personajes del cine de su época. Unos por amistad, como Dolores del Río, Arcady Boytler e Isabel Villaseñor; otros por la cercanía con Diego Rivera, aunque le desagradaran, como “el Indio” Fernández; y algunos ocasionales, en el caso de Orson Wells.

7. El venado herido, una de las A?ltimas pinturas de Frida, de hondo simbolismo (800x621)
Frida Kahlo, El venado herido, óleo sobre fibra dura, 1946. D.R. © 2015 Banco de México, Fiduciario en el Fideicomiso relativo a los Museos Diego Rivera y Frida Kahlo. Av. 5 de Mayo, No. 2, Col. Centro, Del. Cuauhtémoc 06059, México, D.F.

La muy luminosa Frida, naturaleza viva, de Paul Leduc, la decorativa Frida, de Julie Tay­mor, así como gran cantidad de documentales, hablan de la atracción icónica que ha signi­ficado para el cine la figura de Frida Kahlo. Pero su relación personal con el arte cinema­tográfico es diferente. Poco se conoce de sus inclinaciones como espectadora. De seguro su condición física le impedía acudir frecuen­temente al cine, y las exhibiciones privadas tampoco eran accesibles. Algún comenta­rista afirma que le gustaban las películas de Chaplin, de “El Gordo” y “El Flaco” y de los Hermanos Marx, lo cual es creíble dado que poseía un agudo sentido del humor, pero no hay forma de comprobarlo. Lo que es palpable, sin embargo, es que si Frida no iba al cine, sus representantes más significativos venían a ella.

Antes de morir, Diego pidió que por un lapso de 15 años no se abrieran determina­dos espacios de la Casa Azul. Sin embargo, recientemente el Comité Técnico del museo autorizó la apertura del sitio y durante casi tres años un grupo de especialistas ordenó, clasificó y digitalizó el acervo: 22 000 docu­mentos, 6500 fotografías, libros, revistas y publicaciones, decenas de dibujos y objetos personales. Con motivo del centenario del nacimiento de Frida Kahlo y el 50 aniversa­rio luctuoso de Diego Rivera, en 2007 se dio a conocer al público parte de ese acervo, del cual se digitalizaron 200 fotografías inéditas para esa ocasión. Ellas confirman lo que ya se sabía: la Casa Azul fue, por más de tres décadas, el epicentro cultural del movimien­to conocido como nacionalismo mexicano.

En sus espacios convivieron grandes per­sonalidades de la cultura y destacados artistas de la época. Un somero repaso a sus conter­tulios cinematográficos resulta apasionante.

Eisenstein y sus amigos

Desde luego, en un principio, las amistades de Frida eran las de su esposo. El círculo fa­miliar repudiaba la unión, al grado de que a la ceremonia nupcial solo asistió su padre, Guillermo Kahlo. En noviembre de 1929, el periódico La Prensa describió la boda de Die­go y Frida como modesta, sin ostentación, e identificó a Frida como una de las alumnas de Diego, describiendo su atuendo como un vestido muy simple.

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Frida Kahlo, Diego Rivera y Sergei Eisenstein, ca. 1925. Archivo Felipe Teixidor, inv. 455037. SINAFO

Ese año la pareja viajó a Estados Unidos, donde Diego debía cumplir unas comisio­nes. En San Francisco, Frida pintó el doble retrato Frida y Diego Rivera, que se exhibió en la Sexta Exhibición Anual de la Sociedad de Mujeres Artistas, en esa ciudad. Fue su primera presentación pública y despertó el comentario periodístico …valioso solo porque fue pintado por la esposa de Diego Rivera.

En diciembre se trasladaron a Nueva York, donde se presentó en el Museo de Arte Mo­derno una retrospectiva de Diego que incluía 150 pinturas y ocho paneles de mural. La pren­sa solo mencionó a Frida como la joven mexi­cana que Diego Rivera lleva del brazo, descri­biéndola como tímida, aunque agregando que también practica un poco la pintura.

Fue en ese viaje que Rivera se enteró de las dificultades que Sergei M. Eisenstein tenía para filmar en Estados Unidos, y le sugirió ve­nir a México. Como es sabido, ambos habían hecho amistad durante una visita del pintor a Moscú, y las pláticas que le hizo sobre la naturaleza del país le fascinaron. Así, cuando el director ruso llegó a México, se hospedó por unos días en la Casa Azul y disfrutó de la hospitalidad del matrimonio Rivera. Ambos le llevaron a sitios turísticos de interés, a visi­tar los murales de Diego en Palacio Nacional y a conectarlo con personalidades del medio intelectual y político para facilitar su trabajo.

En diciembre se trasladaron a Nueva York, donde se presentó en el Museo de Arte Moderno una retrospectiva de Diego que incluía 150 pinturas y ocho paneles de mural. La prensa sólo mencionó a Frida como la joven mexicana que Diego Rivera lleva del brazo, describiéndola como tímida, aunque agregando que también practica un poco la pintura. 

Fue en ese viaje que Rivera se enteró de las dificultades que Sergei M. Eisenstein tenía para filmar en Estados Unidos, y le sugirió venir a México. Como es sabido, ambos habían hecho amistad durante una visita del pintor a Moscú, y las pláticas que le hizo sobre la naturaleza del país le fascinaron. Así, cuando el director ruso llegó a México se hospedó por unos días en la Casa Azul y disfrutó de la hospitalidad del matrimonio Rivera. Ambos le llevaron a sitios turísticos de interés, a visitar los murales de Diego en Palacio Nacional y a conectarlo con personalidades del medio intelectual y político para facilitar su trabajo. 

Por entonces, Frida recién entrenaba sus pinceles y sólo había realizado unas cuantas obras, lo que explica por qué el director ruso no menciona en sus memorias su trabajo. En cambio, atrajo al círculo de los pintores a una serie de amigos y colaboradores que se volverían entrañables para Frida. El primero de ellos, Adolfo Best Maugard, un viejo conocido de Diego con quien compartió estudio en París hacia 1913. Best Maugard, estudioso de la arqueología nacional, había desarrollado un método de dibujo que se impartía en todas las escuelas primarias del país y era utilizado por pintores en ciernes, como Frida. El caso es que, cercano a los círculos de poder, había sido nombrado supervisor artístico de Eisenstein, aunque en realidad fungía como comisario político, encargado de velar por la pureza ideológica de ¡Que viva México! 

Sin embargo, como lo refiere el propio Diego Rivera, el pintor Adolfo Best Maugard estaba muy interesado en aprender de Eisenstein lo más que fuera posible en técnica cinematográfica, y claro está que esto hizo que Best en realidad colaborara efectivamente con Eisenstein para encontrar lugares de locaciones y personal de actuación [. . .] La capacidad de Eisenstein era asombrosa, lo mismo que su habilidad política, en tal forma que convirtió en buenos ayudantes y agentes suyos a quienes en realidad eran policías del gobierno de México para “dirigir” la filmación en un sentido demagógico y oportunista. 

Tal colaboración fructificaría algunos años después cuando Best dirigió el documental Humanidad (1933), muy elogiado por el muralista, y, sobre todo, La mancha de sangre (1937), un clásico indiscutible del cine mexicano. El caso es que a partir de entonces Best Maugard se volvería un asiduo visitante de la Casa Azul. 

Otra adquisición amistosa para Frida fue el cineasta ruso recién avecindado en México Arcady Boytler, quien emigró a nuestro país a raíz de la revolución socialista. Aquí filmó otro clásico del cine mexicano, la primera versión de La mujer del puerto (1933). Boytler fue a saludar a su compatriota Eisenstein, quien lo incorporó al rodaje de su filme como figurante, y posiblemente lo introdujo al círculo de los Rivera donde, junto con su esposa Lina, cultivó una gran amistad con Frida, como veremos a continuación. Por su alegría y don de gentes se le apodó “El Gallo Ruso”. 

Sin embargo, la presencia más entrañable para Frida fue, precisamente, la protagonista del filme eisensteiniano ¡Que viva México!: Isabel Villaseñor. Ella y su esposo, el artista gráfico Gabriel Rodríguez Ledesma, conocieron a Eisenstein en los patios de la Secretaría de Educación Pública mientras el cineasta estudiaba los murales de Diego. La belleza de Chabela lo deslumbró, y ahí mismo le propuso estelarizar el episodio Maguey, a lo cual ella accedió. No sólo era bella, sino talentosa. Escultora, grabadora y una de las pocas mujeres que había realizado un mural, también componía corridos, los llevaba a la escena y los interpretaba. Espíritu sensible, no se avino a la compañía del grupo de cineastas y adláteres, rudos y bulliciosos, con quienes hubo de convivir durante el rodaje en la hacienda de Santiago de Tetlapayac. Pero se identificó con Frida, y más adelante las hermanó la tragedia: perdió a su primogénito y quedó sumida en una profunda depresión, que obstaculizó su desarrollo artístico. Según la leyenda negra, su esposo no fue muy comprensivo y sí en cambio agudizó sus sufrimientos, en algo paliados por el nacimiento de su hija Olinca. Frida se solidarizó con ella y lloró su muerte, acaecida un año antes de la propia. Por ello asentó en su diario: 

Nos has dejado, Chabela, pero tu voz, tu electricidad, tu enorme talento, tu poesía, tu luz, tu misterio, tu Olinca, toda tú permaneces viva. Isabel Villaseñor: pintora, poeta, cantante. Escarlata, escarlata, escarlata… como la sangre que corre cuando matan a un venado. 

“El indio” y sus amigos 

En lo que respecta a Emilio “El Indio” Fernández, epítome de la nacionalidad en el cine mexicano de la época de oro, Diego y Frida tenían opiniones divididas. Mientras él cultivaba una relación muy estrecha, a ella no le hacía ninguna gracia. En cierto momento pintor y cineasta se distanciaron porque “El Indio” homenajeó a Diego tomándolo como prototipo para crear un personaje de María Candelaria (1943), pero él minimizó la obra alegando que desde tiempos remotos Xochimilco había sido un gran prostíbulo, y en ese sentido María Candelaria no hubiera sido apedreada, sino venerada como la persona más importante del lugar. Pero el muralista gustó de otras de sus producciones fílmicas y la amistad se restableció. 

Frida no veía con buenos ojos ese compadrazgo, pues “El Indio” acostumbraba organizar tremendas parrandas en su mansión coyoacanense, una especie de fortaleza de piedra que utilizaba a menudo como escenario para sus películas. Así, mientras entre sus muros se daba cita la flor y nata del espectáculo de México y de Hollywood, a su puerta acudía Frida a pedir a la hija del director, la pequeña Adela Fernández, que entregara recados a Diego. Frida decía que era la casa de los machos mexicanos y que ella no tenía nada que hacer aquí. Venía únicamente a tocar la puerta a ver si de casualidad estaba su marido, según testimonio de Cristóbal Arias, veterano empleado de “El Indio” que hoy oficia como guía del recinto. 

En 1934, la actriz Dolores del Río regresó de Hollywood a México, invitada por el presidente Abelardo L. Rodríguez a la inauguración del Palacio de Bellas Artes. En su estancia de tres semanas aprovechó la oportunidad para ponerse en contacto con los protagonistas del movimiento cultural que estaba en su apogeo y visitó a Diego Rivera y Frida Kahlo. Los acompañó un fin de semana a Cuernavaca para ver los progresos de Diego en los murales del Palacio de Cortés, y entabló con Frida una profunda amistad, una de las más leales que tuviera.  

Tan es así, que en 1939, con motivo de su divorcio de Diego Rivera, Frida tiene la suficiente confianza para escribirle a la actriz, que se encuentra en California, para que le preste 250 dólares, pues se encuentra en dificultades económicas: Dirás que soy abusiva, linda, pero tú debes comprender que después del divorcio de Diego me ha costado mucho trabajo nivelar mis gastos, pues no quise admitirle ni un centavo a pesar de que él me lo propuso. El año siguiente, en otra misiva le confió: Diego me habla por teléfono y nos vemos poco. Me ha hecho sufrir tanto que no puedo perdonarlo fácilmente, pero todavía lo quiero más que a mi vida. Él lo sabe bien y por eso se encaja, ya sabes que es como un niño malcriado. 

Dolores regresa al país en 1942 decidida a reverdecer laureles que en Hollywood se le niegan. Le acompaña su nueva pareja sentimental, el director Orson Welles, que acaba de terminar su obra maestra Ciudadano Kane. Juntos proyectan producir una versión fílmica de la conquista de México, y Diego es el asesor ideal para desarrollar el tema. Pero ni este intento de la pareja, ni filmar una nueva versión de la Santa, de Federico Gamboa, fructifican. En cambio, Welles parte a cumplir compromisos cinematográficos en Brasil… y ya no regresa. Dolores le escribe infructuosamente y ante su silencio decide permanecer en el país. Acepta en cambio protagonizar Flor silvestre (1943) su primera colaboración con “El Indio” Fernández. Toca ahora a Frida solidarizarse con su amiga, mientras ella se ha vuelto a casar con Rivera. 

La correspondencia entre la actriz y la pintora incluye dos cartas más, con el mismo tema. En una, fechada en 1953, un año antes de la muerte de Kahlo, esta le solicita que le envíe el importe de un cuadro como se lo prometió: No tengo ya ni para pagar médicos ni para medicinas, le escribe. Aclara que requiere mil pesos para atender a la hermana de Vidalito (hijo de una de sus sirvientas), que está enferma. En la otra le comenta el enojo de Diego por la solicitud: pues todo lo que gana con su trabajo me lo da a mí y no me falta nada. En el mismo papel Rivera escribe en el estrecho margen: Lolita: Quedé indignado porque Fridita recibió los mil pesos que mandaste y sugiere que Frida utilizó el dinero para comprar morfina, pues ya no aguanta sus dolores. Termina con un: Excusa a una enferma. Según el documento, el pintor adjuntaría un cheque por la suma adeudada.  

Finalmente, hay que consignar que Frida incluye el siguiente recado: Me da gusto que te haya gustado la pinturita de las encueraditas, un regalo a la actriz. Se refiere al óleo titulado Dos desnudos en el bosque o La tierra misma. 

En el ínterin, la cercanía entre Diego y Fernández se acrecentó cuando Rivera fue solicitado por “El Indio” y su fotógrafo de cabecera, Gabriel Figueroa, para hacer un retrato de María Félix, que estelarizaría su siguiente película: Maclovia (1948). Las sesiones de modelaje afianzaron una amistad, que alcanzaría el nivel de cortejo, cuando Rivera acompañó a la actriz a buscar locaciones, junto con el staff de la película, a Michoacán. La prensa se extraña de las preferencias de la diva que, parodiando el dicho feo, fuerte y formal, suele seleccionar compañeros feos, famosos y forrados de dinero, y desata el escándalo. Diego le propone matrimonio. Frida le escribe a la estrella que por favor lo acepte por esposo, en el colmo de la abnegación, pero cuando se da cuenta que la cosa va en serio se siente devastada. Su hermana Cristina Kahlo persuade a “La Doña” de desistir de la relación y todo vuelve a la normalidad, es decir, a una nueva etapa de reconciliaciones y desencuentros. 

Frida, personaje y actriz 

Persona, personalidad y personaje son una sola en el caso de Frida. ¿Plasmaba en el lienzo su imagen o personificaba en vida las imágenes que pintaba? Hay algo de teatral en su apariencia. Por ello, el cine debía haberla aprovechado, y de hecho hay filmaciones por demás interesantes que lo demuestran. 

En el sitio web Fans de Frida Kahlo es posible ver dos de ellas. La primera se presenta como Películas caseras de Frida (1937) y es, en efecto, una serie de viñetas en blanco y negro que la exhiben en diversas actitudes: pintando, fumando, luciendo sus famosos tocados y característicos atavíos. Hay una secuencia más extensa, que reseña el arribo de León Trotsky y su esposa Natalia a su exilio mexicano. Frida arriba al muelle de Tampico para recibir a la pareja, desciende por la escalera del barco, se une a la comitiva que acompaña a los exilados y luego le muestra a Trotsky el patio de la Casa Azul, donde los hospeda temporalmente. Como es sabido, pintora y político viven poco después un breve romance. El filme concluye con una escena enigmática: ante una puerta ventana de la Casa Azul, una mujer lee un libro. De dentro de la casa se aproxima Frida, le abraza por la espalda y le da un beso en la mejilla. Dócil, la mujer entra en la casa y Frida, mirando retadora a la cámara, cierra lentamente la puerta. El final muestra a Frida que abre su diario en una página en que se lee: Mi Diego. Ya no estoy sola. ¿Alas? [Una figura alada]. Tú me acompañas. Tú me duermes y me amas. 

Posiblemente los fragmentos reseñados fueron tomados en diferentes momentos y por distintas personas, pero aquel de las dos mujeres se atribuye a la fotógrafa Lola Álvarez Bravo, quien por esos años realiza una serie de importantes retratos de la artista. 

El segundo filme se titula Película casera de Diego y Frida en la Casa Azul de Coyoacán (1939) y los muestra como se indica en el título. La pareja sale al jardín y Diego señala un árbol de flores rojas. Después, el pintor se aproxima con un ramillete en la mano para ofrecérselo a su esposa, que está acompañada por una niña. Ellos se abrazan, se besan y luego Frida procede a colocarse las flores en el pelo, recogido en un chongo. Diego le acaricia la mejilla y ella le besa la mano. Luego, en close up, lo mira embelesada. En el audio, con música de piano, subraya una declaración de amor absoluto hacia Diego, escrita por Frida y leída por una voz femenina en off. La escena fue captada por el fotógrafo neoyorkino Nicholas Murray, autor de los mejores retratos en color de Frida, si bien de un gusto un tanto académico. La cinta posee también esa calidad cromática. Murray se hizo amante de Frida, relación a la que Rivera pone fin amenazando al fotógrafo con un fusil. El hombre regresa a Nueva York, Frida parte a París, invitada a exponer allí por André Breton, y a su regreso se divorcia de Diego. 

En 1951 la fotógrafa Lola Álvarez Bravo decidió experimentar con el cine. Se hizo acompañar por dos amigos, Raúl Abarca y Jorge Hernández Campos, para hacer una película de ficción que tendría por protagonista a Frida Kahlo. El primero fue alumno de fotografía de Manuel Álvarez Bravo y posteriormente de Lola en la Academia de San Carlos. Luego montaría con ella la Galería de Arte Contemporáneo, en la que Frida realizó la única exposición individual de su obra en México, en 1953.  

Así, armado únicamente con una cámara de 16 mm, el grupo empezó a rodar una película con Kahlo en la Casa Azul de Coyoacán. Trabajaron una semana, hasta que la salud de Frida empeoró. Lola, sintiéndose culpable de que sus exigencias podrían haber contribuido a esa situación, decidió posponer el proyecto.  

No se sabe mucho más sobre el filme. Algunos dicen que en él también aparecían una joven actriz y un chico que representaría al hijo que Frida nunca tuvo. Más adelante, Lola prestó el material a alguien que iba a usarlo en un programa de televisión, pero no se lo devolvió y ya nunca lo recuperó. Parte de ese trabajo reapareció y fue exhibido en 1993 en exposiciones sobre Frida presentadas en Fráncfort y Houston. 

El venado herido 

En abril de 1946 Frida pintó su célebre autorretrato El venado herido, donde se representa como un desvalido habitante del bosque, cruelmente asaeteado. La tela es, entre otras cosas, testimonio del amor de Frida por los animales, y para ella tuvo por modelo un servatillo, Granizo, que mantenía en su casa, al igual que dos monos araña, un águila, un mapache, dos loros y hasta dos perros aztecas xoloitzcuintles, apodados Señor Xólotl y Señora Kosti. 

Fue el traumatólogo mexicano Rafael Vázquez Bayod quien percibió en la pintura que varios elementos se repetían nueve veces. La cornamenta en la cabeza del venado con el rostro de Frida tiene nueve puntas, nueve son las flechas que se clavan en su cuerpo en medio de un bosque con nueve árboles, nueve son las ramificaciones en la rama trozada que aparece en el suelo. ¿Por qué nueve? Lo dijo Vázquez Bayod después de repasar la historia clínica de la pintora: era la novena operación que había de padecer Frida. En la parte inferior del cuadro inscribió la palabra karma, asociada a los conceptos de reencarnación o destino.  

La obra fue regalada, el 3 de mayo de ese año, al cineasta Arcady Boytler y a su esposa Lina como regalo de bodas, según algunos comentaristas Tal vez fue por su aniversario de bodas, pues la pareja en realidad se había casado en Ucrania a principios de los años 20. El regalo fue doblemente valioso, ya que iba acompañado por la siguiente dedicatoria en versos octosílabos de mano de la propia pintora: 

En junio, acompañada por su hermana Cristina, Frida se dirigió a Nueva York para someterse a una nueva operación quirúrgica. Regresaron a México en octubre, pero contra las esperanzas que habían depositado en el procedimiento, la salud de la enferma no prosperó. Tras muchos sufrimientos, incluida la amputación de una pierna, la pintora falleció el 13 de julio de 1954. 

PARA SABER MÁS

  • Mayayo, Patricia, Frida Kahlo: contra el mito, Madrid, Cátedra, 2008. 
  • Taymor, Julie, Frida, México, 2002, 120 minutos.