La comunidad organizada contra el VIH/sida

La comunidad organizada contra el VIH/sida

Tristán González Yace 
Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa 

En revista BiCentenario, el ayer y hoy de México, núm. 71.

 

A fines de la década de 1980, cuando la pandemia del VIH avanzaba en México, colectivos de jóvenes lésbicas crearon redes de apoyo y abrieron la información al espacio público en momentos en que se desconocían tratamientos, abundaba la desinformación y los prejuicios sobre la comunidad gay, en tanto el sector salud ofrecía escasas respuestas. 

 

La llegada a México del VIH/SIDA –conocido como “peste rosa” o “cáncer rosa”– en los años ochenta desató una ola de censura y rechazo que redundó en la estigmatización de los homosexuales. Los temores de la gente rápidamente se hicieron eco de los discursos morales y religiosos que explicaron la presencia del VIH/SIDA como castigo divino ante la supuesta degeneración homosexual. 

Las dependencias gubernamentales del sector salud se vieron desprovistas de información, protocolos de atención y tratamientos paliativos. Mientras tanto, el VIH/SIDA se expandía al mismo tiempo a nivel global, categorizado como pandemia. Ante esto, correspondió a la sociedad civil organizarse y las primeras en hacerlo fueron las juventudes lésbico-gay –amigas y familiares de homosexuales y personas trans contagiadas–, mediante la creación de redes de apoyo, la producción de materiales y la difusión de información en espacios públicos. 

En 1989, por ejemplo, el colectivo Patlatonalli de Guadalajara editó un tríptico para la mujer sobre VIH y sexualidad debido a que la pandemia rápidamente evolucionó y alcanzó un importante crecimiento entre mujeres sin aparentes factores de riesgo por su condición de madres y amas de casa. De ese modo, la transmisión por vía sexual entre hombres que tienen sexo con otros hombres dejó de ser el único factor de riesgo, ampliándose al uso de agujas y jeringas para la inyección de drogas o la elaboración de perforaciones y tatuajes, la transfusión sanguínea e, incluso, durante el embarazo, el parto y la lactancia. 

En la década de los años de 1990 surgieron revistas lésbicas autónomas –Las amantes de la Luna (1993-2003)–, que incluyeron entre sus prioridades la difusión de información sobre la prevención del VIH/SIDA. Además, algunas activistas fungieron como promotoras de salud en diversos foros, como la Semana Cultural Lésbico-Gay en el Museo Universitario del Chopo. Estas iniciativas comenzaron a erosionar los prejuicios ante la visibilidad pública que alcanzó el movimiento lésbico-gay tras la designación de una diputada plurinominal abiertamente lesbiana en la LVII Legislatura para el periodo 1997-2000, la potosina Patria Jiménez. 

 

Estigma y respuesta institucional 

 

En 1981 se registraron cinco casos de pacientes jóvenes con inmunosupresión atípica en Los Ángeles, California y se asoció como principal factor de riesgo la práctica de sexo sin protección entre varones. La extraña epidemia se expandió rápidamente a gran parte del territorio estadunidense en 1982 y, un año después, la Organización Mundial de la Salud (OMS) reportó 250 casos similares en 15 países europeos. La extraña epidemia devino pandemia a causa de su multiplicación acelerada y su expansión a nivel global. 

Dos años más tarde se registraron catorce casos similares en México. El Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición, Salvador Zubirán de la Ciudad de México, reportó al primer paciente sin tener conocimiento del agente causante. Pese a ello, la prensa sensacionalista definió a la pandemia como “cáncer rosa” e identificó su origen en la degeneración sexual de los jóvenes homosexuales. Aunado a ello, el gobierno federal se mostró hermético y negó la existencia de contagios en el país. 

En 1984 científicos estadunidenses identificaron al VIH como agente causante del sida y descubrieron dos vías de transmisión: sexual y sanguínea. No obstante, prevaleció el estigma que recayó sobre los homosexuales, reforzado con discursos de carácter religioso y moral. El estigma y la discriminación alentaron en México la violencia física y simbólica en contra de homosexuales y personas trans, así como la expulsión de sus hogares y el despido de sus centros de trabajo por temor al contagio. 

La situación se recrudeció en 1985. El sismo del 19 de septiembre y su réplica, un día después, ocasionaron incalculables pérdidas humanas y materiales en el centro y occidente del país. Además, la pandemia del VIH/SIDA registró un crecimiento en otros sectores de la sociedad mexicana: la población rural y, principalmente, las madres y amas de casa. En ambos casos la migración constituyó el principal factor de riesgo debido a que la movilidad, el consumo de drogas y las prácticas sexuales sobreexpusieron al contagio a los varones y a sus parejas. Ante esto, la Secretaría de Salubridad y Asistencia (SSA) tuvo que reconocer públicamente la presencia del VIH/SIDA en México, pero no especificó el número de casos. 

La respuesta del gobierno federal fue tardía. En 1986 creó el Comité Nacional de Prevención del Sida (Conasida) y dos años después, en 1988, lo convirtió en el Consejo Nacional para la Prevención y Control del Sida (Conasida), órgano dependiente de la SSA. Ese mismo año lanzó su primera campaña nacional de prevención mediante el uso del condón, pero sectores conservadores acusaron al gobierno de promover la promiscuidad. En cambio, en 1990 hizo pública la campaña “La mujer y el sida” con el fin de concientizar a las mujeres respecto a la pandemia y sus efectos en la familia y la sociedad, pero no integró las necesidades específicas de otros sectores femeninos: lésbico y trans. 

 

Estrategias comunitarias  

 

Ante la falta de una respuesta integral por parte del gobierno, las jóvenes lesbianas generaron sus propias estrategias de cuidado y difusión de información. Un elemento clave fue la difusión de materiales elaborados por colectivos y organizaciones civiles, como el tríptico elaborado en 1989 por el colectivo Patlatonalli sobre la salud de la mujer y el sida –el cual integró nociones de prevención y sexo seguro dirigidas a las jóvenes–, o el folleto “Mujer y VIH” elaborado por el Colectivo Sol para pacientes con VIH/SIDA en la Ciudad de México. 

Otra de las iniciativas puestas en práctica fue la creación de redes de apoyo en torno a los pacientes. Jóvenes homosexuales, lesbianas y trans visitaron hospitales para brindar apoyo emocional y se movilizaron para adquirir medicamento. Incluso, ampliaron su radio de acción a otros países del Cono Sur, en el contexto de las dictaduras militares, emulando el “San Francisco Model”, consistente en la atención integral y comunitaria –médicos, activistas y comunidad– de los pacientes con VIH/SIDA. 

La crisis sanitaria se convirtió en un llamado solidario intergeneracional que integró a jóvenes activistas y colectivos lésbico-gay en la organización de conferencias, muestras de arte e intervenciones públicas con fines benéficos, así como colectas funerarias y memoriales que dieron un rostro humano a la tragedia y contrarrestaron los discursos de odio, exclusión y aislamiento social. Asimismo, se crearon las primeras organizaciones civiles en respuesta al VIH/SIDA, como la Fundación Mexicana para la Lucha contra el Sida (Fundasida) en 1987 y, por iniciativa de la pedagoga Rosa María Rivero, La Casa de la Sal en 1988. 

 

Cultura y resistencia 

 

Los espacios culturales fueron fundamentales para la difusión de información preventiva y la organización de redes de asistencia y apoyo. En 1987 el Museo Universitario del Chopo albergó la primera Semana Cultural Lésbico-Gay, durante la cual se realizó la exposición titulada “La tentación de existir”, con el objetivo de reunir fondos para Fundasida. Este foro fue pionero en dar visibilidad a diversas expresiones artísticas –cine, danza, escultura, fotografía, performance, pintura, teatro– cuyo eje articulador fue la diversidad sexual, la lucha contra la homofobia y la defensa de los derechos humanos. Un año después, en 1988, la semana cultural hizo énfasis en el problema de salud pública con el tema “Por la vida, contra el sida”. 

A partir de 1990 la organización Unidos contra el Sida y el Museo Universitario del Chopo comenzaron a organizar anualmente la Jornada Cultural de Lucha contra el Sida con el fin de concientizar a la sociedad respecto a los efectos nocivos de la pandemia a nivel local, nacional y global. Las jornadas se plantearon, desde un principio, la articulación de las artes, la educación sexual y la atención médica para difundir los avances científicos, las acciones emprendidas por la sociedad civil y las experiencias de vida de portadores de VIH/SIDA, médicos y activistas. 

De igual forma, la Zona Rosa y parques públicos de la Ciudad de México, como la Alameda Central, fungieron como foros de difusión y discusión de las políticas públicas llevadas a cabo por el gobierno federal en materia de prevención y tratamiento. Por su parte, los colectivos lésbico-gay integraron talleres internos de salud sexual y organizaron charlas informativas y actos performativos en plazas públicas, centros culturales y espacios autogestivos. 

El VIH/SIDA también fue un tema recurrente en la oferta cultural capitalina gracias al compromiso de escritoras y dramaturgas lésbicas –Nancy Cárdenas y Jesusa Rodríguez– al situar a la pandemia en el centro del debate público. Igualmente, fueron pieza clave las revistas independientes, como Las amantes de la Luna (1993-2003) o LesVoz (1996). Estos medios de diálogo, difusión y discusión criticaron la doble moral de la sociedad mexicana y cuestionaron el silenciamiento de la sexualidad femenina. Al respecto, el activista Juan Jacobo Hernández –fundador del Colectivo Sol– refirió que los discursos feministas y lesbo-feministas estuvieron plagados de tensiones ideológicas desde sus orígenes, pero en conjunto consiguieron que las políticas públicas sanitarias incluyeran a las lesbomexicanas. 

 

Impacto político y memoria  

 

La lucha de las activistas lesbomexicanas impulsó diversos logros institucionales en materia de inclusión, lucha contra la homofobia y salud pública, a pesar de que nunca se trató de un movimiento homogéneo. De igual modo, el cabildeo realizado por colectivos lésbico-gay y organismos civiles incidió en el reconocimiento de la pandemia de VIH/SIDA como un problema de salud pública para erradicar los discursos morales y el estigma social. Cabe señalar que la designación de la activista lésbica Patria Jiménez como diputada plurinominal en 1997 sirvió como punto de referencia del grado de politización que había adquirido el movimiento lésbico-gay en México. 

Finalmente, en 1997 abrió sus puertas la Clínica Condesa en la Ciudad de México como centro especializado en el tratamiento integral del VIH/SIDA, haciendo eco de las justas demandas de activistas y colectivos lésbico-gay. Por vez primera, los portadores de VIH/SIDA recibieron atención personalizada y comunitaria de parte de médicos, psicólogos y un cuerpo de voluntariado que reforzó las redes de apoyo tejidas por activistas y colectivos lésbico-gay y organizaciones civiles. De igual modo, la clínica integró un equipo de jóvenes promotores de la salud para atender a los sectores más vulnerables de la población: sexoservidoras, sexoservidores y población en situación de calle. 

La intensificación de las campañas preventivas conllevó, en el cambio de siglo, un crecimiento moderado en el número de nuevos contagios, pero las dinámicas de socialización e intercambio sexual de las nuevas generaciones provocaron un repunte continuo desde 2015. Esta situación evidenció que no se debe bajar la guardia, pues la lucha contra la pandemia del VIH/SIDA constituye parte del legado del activismo lésbico-gay de los años ochenta y noventa del siglo XX. Reconocer esa herencia como parte de nuestra memoria colectiva honra y da visibilidad a las jóvenes lesbomexicanas que, desde el anonimato, le confirieron un rostro humano a la tragedia. 

 

Para saber más… 

Córdova Villalobos, José ÁngelSamuel Ponce de León Rosales y José Luis Valdespino (eds.), 25 años de sida en México: logros, desaciertos y retos, México, Secretaría de Salud, Instituto Nacional de Salud Pública, Censida, 2008. 

Gutiérrez, Juan Pablo, José Luis López Zaragoza, Atanacio Valencia Mendoza, Eduardo Pesqueira, Samuel Ponce de León y Stefano M. Bertozzi, “Haciendo frente a la epidemia de VIH/SIDA en México: ¿Una respuesta organizada?”, Revista de Investigaciones Clínicas [online], vol. 56, núm. 2, 2004, pp. 242-252. 

Martínez Carmona, Carlos ArturoEl movimiento LGBT en la Ciudad de México. Una mirada sociológica a su institucionalización, México, UNAM, 2020. 

Martínez Carmona, Carlos Arturo y Alejandro Natal Martínez (coords.), Acción colectiva e incidencia LGBT en México, Zinacantepec, El Colegio Mexiquense, 2021. 

Mogrovejo, NormaUn amor que se atrevió a decir su nombre. El movimiento de lesbianas en México, 1977-1997, México, UNAM, 1998.