José David Piña Valenzuela
Instituto Mora
En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 34.
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Recordado por sus logros literarios en tiempos del Porfiriato, el poeta y escritor tuvo una participación destacada, aunque poco reconocida, como promotor de México entre los años veinte y cuarenta. Su tarea fue la difusión del arte y sus creadores en los círculos intelectuales neoyorkinos.
La lucha armada que asoló al país a lo largo de una década provocó a principios del siglo pasado que muchos mexicanos abandonaran el territorio. Uno de ellos fue el poeta José Juan Tablada, quien se asentó en Nueva York, en espera de que la República Mexicana recuperara la estabilidad perdida. Hacia 1921 vivía en la 408 West 154th. Street, junto a su esposa Nina Cabrera. Desde ese momento, en plena madurez y con todo un prestigio literario acumulado, empezó a relacionarse con la alta cultura neoyorquina. No le llevaría mucho tiempo para desempeñarse en la nueva etapa de su vida como el emisario espiritual que diera a conocer futuros artistas mexicanos de la talla de los tres grandes muralistas: Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco.
Durante el Porfiriato, el escritor había sido uno de los muchos artistas subvencionados por el régimen; y, por lo tanto, aquella etapa de juventud, sonora y dorada, fue encauzada por las rígidas normas de entonces. Por esos años fue un bohemio afrancesado, pero con el periodo posrevolucionario asimiló y se adhirió al pensamiento de la educación nacionalista que impulsó José Vasconcelos. Parecía que se trataba de una coyuntura oportuna que supo aprovechar muy bien, sin embargo, el alcance de la difusión de la cultura mexicana, prehispánica y moderna, que llevó a cabo en Nueva York ayudó en gran medida para que dicho país reconociera al gobierno de Álvaro Obregón, quien inauguró el comienzo del largo ciclo cultural conocido como nacionalismo; un proceso que legitimaría la dirección del nuevo régimen político en el país.
Tablada partió de una premisa estereotipada: “La idea de que todos los americanos son incultos y reacios a los goces estéticos es tan profundamente falsa como la que presenta a todos los mexicanos tirando balazos y dedicados al bandidaje”. El contexto político de los años veinte parecía marchar a su favor. El ministro de Relaciones Exteriores era Genaro Estrada, nada menos que su primo, con quien llevaba una íntima relación tanto familiar como intelectual. Aquel funcionario siempre fue aficionado a la literatura y en 1916 había escrito Nuevos poetas mexicanos. Al mismo tiempo, el filósofo y educador José Vasconcelos fungía como secretario de Educación Pública. Consciente del lugar estratégico en el que se encontraba, Tablada no dudó en acercarse y entablar contacto directo con ambos secretarios con el propósito de borrar la imagen del México conflictivo que persistía entre las potencias occidentales. Poco antes, el autor de Ulises criollo, al mando de la Universidad, le contestaba:
Muy querido amigo: Seguiré trabajando hasta que la comisión que usted desempeña quede bajo la dependencia de esta universidad, pues creo que a ella le corresponde. Sí por experiencia que Nueva York es el mejor centro para la propaganda Latinoamericana, y también sé que usted es de las personas mejor acondicionadas para hacerlo: por ese motivo puede usted estar seguro de que tomaré con empeño su asunto. Tiene usted razón al sentir que tiene en mí un amigo y que nuestra amistad está colocada en un plano independiente de la política.
Aquella supuesta amistad, si bien no fue tan fraternal como la que entabló a lo largo de su vida con Genaro Estrada, sí conllevaba un respeto mutuo, fruto de su productiva carrera literaria. Vasconcelos en una carta lo elogiaba de esta manera:
Tiene usted razón de juzgarnos ingratos porque es cierto que usted lleva años de elogiar todo esfuerzo literario de México y no sólo por esta causa sino por el mérito indiscutible de sus producciones, debería concederles mayor atención. En realidad, es usted muy leído y profundamente estimado, lo que pasa es que somos descuidados, pero usted mismo se asombraría de la influencia que ejercen sus libros, sus crónicas, sus artículos, aún en el ánimo de personas no muy cultas. Ha logrado usted llegar a las masas y esto es un mérito alto en cualquier escritor.
Tanto la Secretaría de Relaciones Exteriores como la de Educación Pública le concedieron a Tablada una pensión para realizar su misión cultural a cabalidad. La década de 1920 fue realmente ardua para él, comprometido con sus trabajos “pro-México”, como solía llamarlos. Mientras tanto, de su parte hizo todo lo posible por desenvolverse e insertarse en el medio artístico y periodístico neoyorquino para lograr su cometido. Para 1922, International Studios, la revista de arte de mayor importancia y circulación de Estados Unidos, publicaba su primer artículo: Mexican Paiting of Today. Según el poeta, era considerada la mejor referencia en arte del continente americano, por lo tanto, hay que imaginar la importancia de haber logrado incorporar en él al arte mexicano de aquella contemporaneidad que todavía no era debidamente conocido y apreciado.
El hecho de escribir en inglés consolidó modestamente su estabilidad financiera, podría haber seguido su vida escribiendo simplemente short stories o crónicas de arte, pero con la ventaja de expresarse en inglés aprovechó para propagar en Estados Unidos las excelencias de México, como hasta entonces no lo había hecho ningún mexicano. Le propuso al secretario de Relaciones Exteriores un plan cultural en el cual refería:
El plan sería la propagación de todos nuestros valores espirituales en ciencia, arte, educación, cultura general y en circunstancias especiales, de todos nuestros intereses de Estado que afectaran al progreso y al bienestar patrio. Usted sabe muy bien que lo que aquí más interesa y más prestigio nos conquista es lo que se refiere a nuestros prestigios universales a los que trascienden a toda la humanidad, en que tanto y tan bueno poseemos.
Emisario cultural
Sin pertenecer a la generación de los muralistas, el ambiente oficial nacionalista lo persuadió de restaurar el arte nacional a la función social, darlo a conocer al pueblo y aplicarlo en sus vidas. El arte debía llegar a las masas ya que nunca antes en la historia –en opinión de Tablada– el Estado había invertido económicamente en las relaciones entre los artistas y el pueblo. Del ambiente afrancesado que recreaba en sus obras de juventud, “cede lugar a la plaza, al tianguis, al sarape de Saltillo y a la jícara de Michoacán. Parecía que, con este homenaje al México folklórico de día de domingo, Tablada cerraba el gran ciclo de su poesía”. Los títulos de sus obras poéticas de este periodo pasarían a llamarse El jarro de flores (1923) o La feria (1928).
Incluso el poeta simpatizó con el programa del Sindicato de Obreros Técnicos, Pintores y Escultores que lideraba el pintor Diego Rivera. En ese sentido, también llegó a teorizar sobre la función social del arte. Por ejemplo, prologó el libro del pintor Adolfo Best Maugart, Método de dibujo. Tradición, resurgimiento y evolución del arte mexicano publicado en 1923 por la Secretaría de Educación. Ahí retomaba algo del pensamiento de Vasconcelos al contexto del arte. Decía que la función social del arte quedaría establecida orgánicamente en el país. Y con el tiempo, “produciría sus resultados espirituales, sublimando los impulsos de la subconsciencia; florecerá en industrias y manufacturas. Tal cometido es susceptible de hacer de México el emporio creativo y cultural del continente, como los Estados Unidos son el emporio de la civilización industrial y reproductiva.”
La posición del poeta, la de emisario cultural, para ese momento estaba ya bien asentada, comenzaba a jactarse del efectivo papel que estaba realizando. Con un tono un tanto arrogante refería a su primo –Genaro Estrada– que podía hacer triunfar a cualquier artista mexicano en la gran manzana, siempre y cuando tuviera el apoyo del gobierno. Se necesitaba sólo tres cosas decía: “que tengan talento, que sean serios y que hagan aquí lo que les digo, lo primero trabajar mucho y el mundo será de ellos! México gana mucho con el trabajo inteligente de los mexicanos en esta ciudad». El pintor Miguel Covarrubias, por ejemplo, que para ese momento se encontraba allá por iniciativa del propio Tablada, parecía tener buen recibimiento. De esta manera el poeta informaba a Estrada: «Covarrubias triunfó ya, mi querido Genaro, lo solicitan de todas partes. La próxima semana se va a Washington comisionado por un periódico que le paga 50 dólares por cada caricatura. Ha publicado ya sus trabajos en el Herald, Word y Times.”
Para entonces Tablada publicaba en The Arts, Survey Graphic y en Shadowland Magazine. De base se encontraba en la International Studios, como se ha comentado, la revista más importante de arte en Estados Unidos. Al mismo tiempo escribía para El Universal, Excélsior y Revista de Revistas sus artículos traducidos del inglés. Su círculo de influencia social ya no se limitaba a artistas y periodistas estadounidenses. El objeto de arte como un producto que se cotiza en el mercado comenzaba a despuntar en aquella ciudad, Tablada fue testigo de aquella irrupción global del mundo del arte. Su inquietud lo llevó a convertirse en un gestor cultural del arte mexicano, donde llegó a mediar con grandes hombres de negocios en favor de las obras nacionales.
Al respecto se encontraba contento porque cada vez tenía mejores amigos, lo que le servía para ayudar a sus compatriotas como en el caso de Covarrubias. Por aquellos años Nueva York era ya un centro artístico y cultural de importante referencia, tal vez como la que había vivido París unas décadas antes. Y en el caso de los artistas latinoamericanos, era el sitio al que había que trasladarse para acumular prestigio. Tablada pensaba que el artista con estas intenciones “debe prepararse seria y profundamente. Debe armarse de punta en blanco como si fuera a la trinchera; debe provisionarse de todo, para las internadas crueles, para la intensa noche boreal, como si fuera al Polo Norte. Lo contrario es escoger ingenuamente un trágico destino.” Para él, cuando alguno de aquellos artistas conseguía que los diarios y revistas de Nueva York elogiaran su talento, habría conquistado el derecho de que un periódico de su país se ocupara de su obra.
No eran pocos los artistas de aquella década de 1920 que llegaban con ansias de ascender artística y profesionalmente, no obstante, muchos vieron frustradas sus anhelos. En una ocasión, José Juan Tablada se encontró con un pintor sudamericano de apellido Jiménez, un joven que trabajaba doce horas en una bodega al mismo tiempo que vendía sus cuadros a 10 o 20 dólares —hay que recordar que Covarrubias vendía sus dibujos en 50 dólares. No obstante, como representante cultural de México, tenía que dar preferencia a sus compatriotas antes que a cualquier otro hermano latinoamericano por estar comprometido con el gobierno de su país.
De sus mayores logros como gestor se encuentra la exposición que organizó el 13 de marzo de 1924, en el salón de exhibiciones más exclusivo y estimado de aquella ciudad: el Whitney Club, sostenido por la multimillonaria Payne Whitney. El evento se inauguraría con la exposición de obras de José Clemente Orozco, Miguel Covarrubias y el escultor Luis Hidalgo. Este último por intercesión del mismo Tablada, se había convertido en una verdadera revelación, según parece. Como si fuera un informe diplomático, Tablada resaltaba:
Orozco; pero no se venderán sino a México pues son tesoros de nuestra cultura. Todos los concurrentes a los que pudiéramos llamar están estupefactos ante el talento originalísimo de nuestros tres artistas y de seguro habrá un buen eco en la prensa; resentirán probablemente que nuestros artistas aplasten materialmente a los que exponen en el otro salón. […] Espero que Vd. estimará y haga que otras personas comprendan los esfuerzos que he llevado a cabo para conseguir esa exposición en una institución tan exclusiva, tan seria y tan estimada como es el Whitney Studio Club.
Indudablemente aquellos años –entre 1921 y 1927– significaron la más fehaciente labor, en cuestiones de diplomacia cultural, que afianzó la aceptación del discurso oficial posrevolucionario en el panorama internacional. Al término del periodo de Genaro Estrada como secretario, este pasó a ser el subsecretario de la misma entidad durante el gobierno de Plutarco Elias Calles. Sin embargo, para entonces José Juan Tablada ya había introducido a varios creadores mexicanos al ambiente artístico estadounidense. Además, su labor no solamente se limitó al ámbito periodístico y cultural, sino también al académico. Llegó a impartir conferencias magistrales con pleno dominio del inglés en la Universidad de Georgetown sobre arte prehispánico, llevando consigo objetos del periodo para exponerlos.
En la Universidad de Columbia habló sobre la educación pública promovida por Vasconcelos, sólo por citar dos ejemplos.
Misticismo
Pero, cómo era José Juan Tablada en la intimidad. Sin lugar a dudas hubo un cambio abrupto en su forma de ser. Al rebasar los 50 años había dejado ya la vida bohemia que caracterizó su juventud porfiriana, pero su vocación artística se entiqueció hasta coquetear con un profundo misticismo. Se había convertido en un viejo esteta espiritual, amante de la naturaleza y todos sus seres vivos. A lado de su segunda esposa, Nina Cabrera, con quien se casó en Nueva York en 1918, comenzó su renovación espiritual, ella en sus memorias, testifica: “El poeta, desde mucho tiempo atrás, se preocupaba por los estudios espiritualistas, lamentaba no haber consagrado la energía de su primera juventud, en la que tuvo fuertes intuiciones, al desarrollo de su espíritu”.
Asimilando las nuevas tendencias filosóficas y artísticas que irrumpían en la modernidad occidental (psicoanálisis, relativismo, futurismo), Tablada se declaró teosófico: “Tuvo siempre la tendencia a dejar que obrase la parte subconsciente de su ser, donde residía su intuición y de donde surgía la fuerza de su inspiración, haciendo ver como artista lo que los demás no veían y encontrando luz allí donde para otros había oscuridad; y siempre con íntimo sentimiento de su propia consciencia.”
Con los modestos ahorros producto de su trabajo neoyorkino, el artista decidió construir una cabaña de campo para pasar los veranos en las afueras de la bulliciosa ciudad en las montañas de Catskill, a unos 1 600 kilómetros de la costa. La intención fue tener una casa de retiro, de diseño japonés en medio del bosque y rodeado de montañas nevadas. Allí acostumbraba meditar por las mañanas siguiendo prácticas budistas. En aquella propiedad tenía dos bungalow, decía Nica: “Del bungalow grande se pasaba al chico por un puente rústico, por debajo del cual corría el agua hasta el arroyo. Para llegar al arroyo se tenía que cruzar un camino sombrío, entre espesa arboleda.” En aquel retiro bucólico solían visitarlo el filósofo Claude Bragdon, amigo del matrimonio, y artistas mexicanos como Miguel Covarrubias, entre otros.
Aquella paz absorta del campo se reflejó en el espíritu longevo del poeta hasta su muerte, el 2 de agosto de 1942, en brazos de su querida compañera. De aquel periodo de esplendor nacionalista la historia de bronce mexicana solamente rindió renombre al mecenas estatal, Vasconcelos, y a los realizadores materiales de aquella encrucijada artística bajo la figura de los tres grandes muralistas. Pero Tablada, que sacrificó en gran medida su desarrollo creativo en aquellos años por impulsar en el extranjero el talento de su país, sólo es recordado por sus grandes logros literarios de su etapa porfirista. Haciendo un juego hipotético, acorde con las fuentes que se han recopilado para realizar este texto biográfico, fácilmente hubiera podido ser recordado como el “gestor cultural del nacionalismo” en el extranjero.
PARA SABER MÁS
- Ceballos, B. Ceballos, Panorama mexicano 1890-1910 (Memorias), México, UNAM, 2006.
- Lozano Herrera, Rubén, José Juan, Tablada en Nueva York: búsquedas y hallazgo en su crónica, México, Universidad Iberoamericana, 2000.
- Leyva, José Mariano, Perversos y pesimistas, los escritores decadentes mexicanos en el nacimiento de la modernidad, México, Tusquets editores, 2013.


