De las salas únicas de cine al multicinema

De las salas únicas de cine al multicinema

Felipe Mera Reyes
Universidad de Guanajuato

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30

Las políticas de privatización de la industria nacional cinematográfica de los años noventa han arrasado con la producción nacional, que pese a recientes éxitos internacionales no logra tener un incentivo económico privado o estatal suficiente que le permita competir en las salas con las películas que llegan de Hollywood. el cine ya es exclusivo de las grandes urbes y su consumo alcanza únicamente a las clases media y alta.

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Exterior del cine Latino, ca. 1955, negativo de 35 mm. AGN, Fondo Hermanos Mayo, concentrados sobre 732-A.

Hacia finales de la década de 1970 México vivía severas crisis, la mayoría de ellas producto de las constantes devaluaciones de la moneda y, sobre todo, consecuencia del endeudamiento que trajo consigo la apuesta por la exportación petrolera como único medio para alentar el desarrollo del país. Al parecer, y en respuesta ante tal panorama, México decidió cambiar de sistema político y económico. Se incorporó a la Organización Mundial del Comercio y comenzó a atender las recomendaciones po­líticas y económicas del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, a través de pactos y tratados económicos que buscaban aminorar los efectos de las crisis, y encaminarse a la adopción del sistema económico y político neoliberal.

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DSC04240 (1024x682)Los cambios profundos y estructurales se ofrecían como la panacea para la salvación de nuestro país. Por aquel entonces se comenza­ron a abandonar las políticas proteccionistas y se permitió la entrada masiva de capitales transnacionales que, en pos de la libre com­petencia, barrieron literalmente con las em­presas mexicanas. Por otro lado, comenzó un lento desmantelamiento y venta de empresas paraestatales, como parte del cambio hacia una economía de verdadero libre mercado.

La industria cinematográfica mexicana se convirtió entonces en una carga para el gobierno mexicano. Hasta entonces, el Esta­do había sido dueño de dos estudios de cine (Churubusco y América), un sistema de finan­ciamiento (Banco Nacional Cinematográfico), tres productoras (CONACINE, CONACITE 1 y 2) cuatro distribuidoras (PEMEX, PELNAN, PELIMEX y CIMEX), una exhibidora (Compañía Operadora de Teatros), la Cineteca Nacional y el Centro de Capacitación Cinematográfi­ca. La política oficial había sido básicamente proteccionista, ya que participaba en todas las ramas de la cinematografía, produciendo, distribuyendo y exhibiendo.

En 1977 se cerró la productora CONACITE 1 y en 1978 se inició el proceso de liquidación del Banco Nacional Cinematográfico. Para­dójicamente y al parecer de acuerdo con los tiempos, en 1982 se incendió la Cineteca Na­cional, consumiéndose rápidamente entre las llamas parte del legado histórico y fílmico de nuestro país. La quiebra de las empresas dis­tribuidoras fue posterior: en 1988, Películas Mexicanas, y en 1991, Películas Nacionales, que anunciaron sus respectivos cierres.

Estados Unidos y Gran Bretaña habían adoptado previamente el sistema neoliberal y, sobre todo el primero, estaba especialmen­te interesado en que México lo adoptara y siguiera siendo su aliado latinoamericano nú­mero uno. Así que en 1994 entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), firmado junto con Canadá. Desafortunadamente, México dejó fuera del apartado cultura a la cinematografía nacional, con lo cual adoptó una posición mucho menos proteccionista y más abierta a la competencia de mercados. En realidad se buscaba dinamizar la economía del consumo de cine, colocando en bandeja de plata a los espectadores mexicanos para las grandes productoras de Hollywood.

El cine mexicano dejó de recibir enton­ces el apoyo en todas sus ramas: producción, distribución y exhibición. Sobre todo en esta última se redujo 50% con respecto al que go­zaba desde la década de 1950. Esta situación, obviamente, nada gustó al gremio de directores y productores mexicanos. Todo era producto del plan estatal de desincorporación de la in­dustria del cine mexicano.

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Si bien el principal problema era preci­samente que “el Estado pasaba de un extremo a otro” en poco tiempo, se ha demostrado en los hechos que desde aquellos años y hasta nues­tros días, la política neoliberal de apertura de mercados no ha mejorado sustancialmente la situación del cine mexicano. El investigador Néstor García Canclini opina al respecto, en su libro Las industrias culturales y el desarrollo en México:

Algunos datos sobre la declinación del cine mexicano, a partir de la firma del Tra­tado de Libre Comercio de América del Norte, indican que la liberalización de los mercados no ha cumplido las promesas de dinamizar en esta como en otras áreas. Víctor Ugalde compara los distintos efectos de las políticas con que Canadá y México situaron su cine en relación con el tlc a partir de 1994. Los canadienses, que exceptuaron su cinematografía y le destinaron más de 400 millones de dólares, produjeron en la década posterior un promedio constante de 60 largometrajes cada año. Estados Unidos hizo crecer su producción de 459 películas a principios de la década de los no­venta a 680, gracias a los incentivos fiscales a sus empresas y al control oligopólico de su mercado y del de otros países. México, en cambio, que en la década de anterior a 1994 había filmado 747 películas, redujo su producción en los 10 años pos­teriores a 212 largometrajes.

Según datos del Instituto Mexicano de Cinematográfico en su anuario estadístico de 2014, durante la década de 1990 los índices de producción de cine mexicano fueron tan bajos como en las primeras décadas del siglo XX. El año de 1997 registró tan sólo nueve películas producidas, lo cual representó sin duda un retroceso para la industria mexicana. Estas cifras reflejan no solamente una raquítica producción, sino también pocas ganas de realizar cine mexicano de calidad. No obstante hacia la década de los 2000, las cifras comenzaron a elevarse nuevamente, aunque aún sin alcanzar los puntos más altos de producción, ocurridos durante la década de 1950. Una revisión somera de estos datos permite entender más allá de los altibajos del cine nacional, la lógica bajo la cual se sobrentiende al cine como negocio, muy por encima de su cualidad como arte. Por ejemplo, a las décadas de 1940 y 1950 comúnmente se les ha denominado Época de Oro, nombre que desde mi punto de vista corresponde a criterios meramente productivistas, en donde una mayor producción de películas corresponde a una mayor estabilidad y calidad de los filmes, cosa que no siempre es así.  

Durante aquellos años, en que la desincorporación del cine mexicano de Estado causó bajas irremediables en la producción de cineastas, los argumentos a favor de estos cambios fueron que se realizaba “poco, pero mejor cine”. Así, los esfuerzos del gobierno se centraron, por un lado, en privatizar todas las ramas de la industria y, por el otro, bajo presiones de la misma comunidad cinematográfica, en apoyar contadas producciones con temas y técnicas acordes al primer mundo al que México pretendió encaminarse. Nos dice la investigadora Isis Saavedra Luna de la UAM-Xochimilco que, de esta manera, película como Danzón (1991), Sólo con tu pareja (1991), Cómo agua para chocolate (1992), Cronos (1992), Ángel de Fuego (1992), Lolo (1992) y Miroslava (1993) fueron prácticamente emblemas de la nueva reestructuración del cine mexicano bajo el sexenio de Carlos Salinas de Gortari.  

La iniciativa privada comenzó a invertir más en la producción cinematográfica, pero con filmes de bajos recursos estéticos y financieros, algunos de ellos realizados en el formato videohome, Aunado a eso, el deterior de algunas de las antiguas salas de cine comenzó a alejar a los públicos de clases media y alta.  

Nacen los multicinemas 

En 1993, el gobierno puso en venta mediante licitación un grupo de empresas denominadas paquete de medios. Este incluía las instalaciones y frecuencias de dos canales de televisión, la Compañía Operadora de Teatros (COTSA) y los Estudios América. Fue Ricardo Salinas Pliego quien adquirió este paquete, creando con ello la empresa Televisión Azteca, cerrando algunas salas de cine de COTSA y transformando otras en sucursales de la compañía Elektra.  

Inmediatamente después de la venta del paquete de medios, comenzaron a cerrarse muchas salas cinematográficas. Algunas otras tuvieron que convertirse en salones de fiesta, teatros o incluso dedicarse a la exhibición de películas pornográficas. Al cerrar los cines de COTSA comenzaron a aparecer poco a poco los de modalidad multicinema, es decir, complejos cinematográficos dentro de grandes centros comerciales, como ya se usaba en Estados Unidos. A muchos consumidores de clase media y alta, esto les agradó de sobremanera ¡Por fin México comenzaba a lucir menos arrabal y más de primer mundo, con sus nuevos centros comerciales! 

Sin embargo, estas salas no estaban destinadas a públicos con niveles socioeconómicos bajos y en su mayoría exhibían poco cine mexicano. Esta modalidad mejoró las condiciones de exhibición del cine, pero en cambio lo insertó en una dinámica de consumo más acelerada y más cara, en la que se presenta como mero entretenimiento y no como expresión de la cultura, lo cual refleja claramente la postura asumida por el gobierno mexicano desde la firma del TLCAN 

Muchos aseguraban que el cine mexicano necesitaba menos protección del Estado y más competencia con producciones extranjeras, para que de esta manera se realizaran más películas y mejorara la calidad. Sin embargo, mientras nuestro país padecía el abandono de su propio cine, por no considerarlo parte esencial de su cultura e identidad, Canadá y Estados Unidos sí estaban interesados en proteger sus industrias cinematográficas. El investigador Enrique Sánchez Ruiz denomina a este tipo de medidas neoproteccionistas, esto es, políticas encaminadas a proteger a las industrias culturales dentro de esquemas neoliberales. Países como Canadá se han visto prácticamente obligados a aplicarlas, debido a que la proporción del mercado que ocupa el cine de Hollywood, al igual que en México, es muy alta, de entre 95 y 98 por ciento. Es más, en el año 2000 en la Unión Europea 73% del mercado cinematográfico fue también para Estados Unidos.  

Salas concentradas 

A la par del fenómeno de la expansión de la modalidad de los multicinema, comenzó la tendencia a la desaparición de las salas únicas. Las salas de barrio fueron desde entonces casi inexistentes. Además, actualmente existen pocos cineclubes y muy pocas salas de arte, mientras que esta nueva modalidad abunda principalmente en las grandes ciudades. Nos dice IMCINE en su anuario estadístico del 2012 que  

México es el país con más pantallas de cine en Latinoamérica. Desde 2001 el número se ha incrementado de manera constante, a un ritmo de 9% por año, sin embargo, están concentradas en pocas ciudades, ya que se calcula que tan solo 8% de los municipios del país cuentan con al menos una. En ellos habita alrededor del 58% de la poblacional nacional, lo que significa que 42% de los mexicanos no tiene acceso a una pantalla cinematográfica en su localidad.  

En otras décadas abundaron las pequeñas salas o las carpas itinerantes que exhibían cine en los pueblos de provincia; mientras que hoy en día, la mitad de los estados de la república no cuentan con más de tres ciudades con un cine. En general, esto ha ocasionado que el cine sea un pasatiempo meramente urbano, de acceso relativamente fácil a las clases medias y altas, pero no para las bajas, y muchos menos las que viven en zonas rurales.  

En síntesis, el nuevo modelo de exhibición de cine, a través de los multicinema, trajo consigo un alejamiento de los públicos rurales y de clase baja, para, en cambio, acercarse a los públicos de clases media y alta. Esto no fue sorpresa para nadie; por el contrario, desde mediados de 1990 esto se convirtió en un objetivo común para el Estado mexicano y para la misma industria del cine mexicano. ¿Qué consecuencias ha traído esto? Sin duda, la primera es la competencia desleal que el cine nacional tiene que enfrentar con las producciones de Hollywood y la enorme cantidad de propaganda y mercadotecnia que las rodea, y a las cuales difícilmente una producción mexicana puede aspirar, ya sea por falta de fondos o por falta de confianza de sus inversionistas. Incluso producciones tan exitosas como No se aceptan devoluciones (2013) han confirmado esta idea. A más de 20 años de la entrada en vigor del TLCAN, y pese a que el objetivo de dicho tratado era dinamizar nuestra economía y volverla cada vez más competitiva, el cine local difícilmente está en posibilidades reales de competir con Hollywood.  

Debido a esto, culturalmente reina en nuestro país la falsa idea de un cine mexicano de mala calidad, con actores, directores y equipo técnico poco preparado. Sin embargo, para contrarrestar esta idea un cine local malhecho y con equipo artístico y técnico mediocre, basta enumerar los premios que han obtenido en Cannes directores como Carlos Reygadas y Amat Escalante, con sus respectivas Post Tenebras Lux (2012) y Heli (2013); o el éxito rotundo que han alcanzado directores como Alfonso Cuarón con Gravity (2013); Guillermo del toro, con El laberinto del Fauno (2006), y Alejandro González Iñárritu, con Bridman (2015) en el mismo Hollywood. Del Toro, Iñárritu y Cuarón son cineastas que ni de broma podrían realizarse profesionalmente en México, debido a las pésimas condiciones que la industria del cine les ofrece, como ellos mismos lo han declarado.  

Dinamismo 

Pero no seamos del todo pesimistas, sino más bien atendamos a la realidad y nuestras posibilidades inmediatas. Actualmente, el Fondo para la Producción Cinematográfica de Calidad (FOPROCINE), el Fondo de Inversión y Estímulos al Cine (FIDECINE) y el Estímulo Fiscal a la Producción Cinematográfica Nacional (EFICINE), destinan a la producción cerca de 700 000 000 de pesos (54 000 000 de dólares) cada año, en la última década. Según cifras del IMCINE, “la producción cinematográfica nacional se encuentra en uno de los momentos más dinámicos de su historia. El volumen alcanzado en los últimos años –más de 120 filmes, entre ficciones, documentales y animaciones– posiciona a México entre los países con mayor número de películas producidas anualmente en el mundo, y como el principal productor en Latinoamérica.”  

Si bien el Estado ha tenido que ceder a estas presiones neoproteccionistas y hoy por hoy participa hasta en 75% de la producción anual del país, aún se tiene mucho camino que recorrer. Las películas mexicanas no logran distribuirse adecuadamente y en la mayoría de los casos no se exhiben en los multicinema en igualdad de condiciones que las películas extranjeras. El argumento de los principales exhibidores, Cinépolis y Cinemex, sigue siendo que el cine mexicano es de mala calidad y no le gusta al público. Pero ¿cómo saber lo que le gusta o no a los espectadores mexicanos? Y, sobre todo, ¿cómo saberlo con certeza? No servirá de mucho la nuestra, producir cada vez más películas si estas no consiguen abrirse paso entre las distribuidoras nacionales e internacionales, y sobre todo llegar a los espectadores a través de los multicinema. El panorama sigue siendo adverso, y el profundo conocimiento del mismo nos permitirá, en medida de lo posible, realizar los cambios pertinentes para mejorar la situación del cine nacional.  

Pero ¿por qué tanto empeño en mejorar la situación de una industria tan desacreditada por otros? Para nadie es un secreto que el cine que una sociedad consume influye en la construcción de su identidad cultural, de sus imaginarios, de sus anhelos y deseos colectivos, etcétera. Por lo tanto, pensemos en la importancia que tiene para los mexicanos seguir consumiendo muy poco nuestro propio cine y mucho el que otros países (básicamente Estados Unidos) manufactura para audiencias que pretenden homogeneizar culturalmente y, así adecuarlas perfectamente al ritmo consumista de nuestro actual sistema capitalista neoliberal.  

PARA SABER MÁS

  • Anuario estadístico de cine mexicano, México, Área de investigación Estratégica, Análisis y Prospectiva, IMCINE, 2011, 2012, 2013 y 2014.  
  • Dávalos, Federico, “El cine mexicano: una industria cultural del siglo XX” (tesis para obtener el grado de maestro en comunicación), México, FCPySUNAM.
  • García Cancilini, Néstor y Ernesto Piedras Feria, Las industrias culturales y el desarrollo en México, México, Siglo XXI, FLACSO, 2008.  
  • Saavedra Luna, Isis, Entre la ficción y la realidad. Fin de la industria cinematográfica mexicana 1984-1994, México, UAM-Xochimilco, 2007.