Cuando el ejercito introdujo la gimnasia en los cuarteles

Cuando el ejercito introdujo la gimnasia en los cuarteles

María José Garrido Asperó
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 32.

Las derrotas militares dejan enseñanzas. La incapacidad física de la tropa ante un enemigo mejor entrenado es una de ellas. Por eso México introdujo entre sus soldados hacia 1850 la escuela francesa de gimnasia, que sirvió para tener una mejor preparación. Y si bien ya por entonces los deportes y el cuidado físico habían comenzado a permear en la sociedad, queda claro que atender al cuerpo no es solo una preocupación de nuestros tiempos.

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Uno de los casos más interesantes en la historia de la educación física, los deportes y la gimnasia en México fue la creación de la Escuela General de Gimnástica del Ejército: el primer esfuerzo serio del Estado mexicano de echar a andar, a mediados del siglo XIX, la capacitación de militares en ese sentido. Resulta interesante porque se dio en el contexto de la derrota infligida por parte de Estados Unidos en la guerra de intervención. Se consideró que una de las razones del fracaso militar fue la debilidad física de los soldados, por lo cual resultaba indispensable preparar a la tropa para estar física y moralmente capacitada para soportar el esfuerzo de un conflicto bélico. La intención fue preparar no solo a jefes y oficiales, con lo cual quedaban superadas, al menos en ese rubro, las barreras elitistas que acompañaban a las actividades físicas de competencia.

El ejército mexicano ha sido una de las instituciones que más han incidido en la historia del deporte en México, por lo que conviene hacer una aproximación a su participación.

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Los inicios

En México, como en la Europa del siglo XIX, se tenía la certeza de que el ejercicio físico era uno de los hábitos de higiene que, con la adecuada alimentación, el sueño ordenado y la limpieza personal y doméstica, contribuía a mejorar las condiciones de salud de la población, pues prevenía enfermedades. Era recomendado, en ocasiones, como único remedio eficaz contra ciertos padecimientos. Se aseguraba también que era una actividad extraordinariamente positiva para el individuo y la sociedad porque potencializaba las habilidades para adquirir conocimientos y, por si fuera poco, era un útil recurso para modernizar, es decir, civilizar las conductas públicas de los ciudadanos, ya que fortalecía el carácter de quienes lo practicaban.

Todo ello dio lugar a que algunos expertos de la época en materia de ejercicio físico abrieran en la Ciudad de México, a partir de la década de 1840, los primeros establecimientos dedicados a la enseñanza y práctica de la gimnasia. A las canchas de frontón o pelota vasca que eran comunes desde la época colonial, y a las academias de baile y esgrima, se sumaron los primeros gimnasios; después se incorporarían las piscinas– con lo que se amplió el universo de actividades físicas que se podían realizar en la capital del país.

Estos rudimentarios y sencillos gimnasios particulares estuvieron a cargo de los primeros maestros considerados profesionales en su ramo, quienes actuaron como empresarios. Esos profesores, por sus convicciones respecto a lo benéfico que era para la población la práctica de la actividad física y para satisfacer sus intereses económicos, comenzaron a ofrecer sus servicios a los habitantes de la ciudad, al menos a los que contaban con el tiempo y los recursos económicos necesarios.

La escuela francesa o amorosiana de gimnasia fue la que se enseñó y practicó en aquellos locales. Esos maestros-empresarios impartieron primero sus lecciones a varones y posteriormente incorporaron a las mujeres y a las niñas para las que dispusieron lecciones y horarios especiales. Más adelante brindaron atención a los alumnos que ya habían adquirido los conocimientos básicos, mediante una cuota diferente, sin necesidad de supervisión. Después llegaron a diversificar su actividad ofreciendo, además de las lecciones de gimnasia atlética, las de gimnasia medicinal, es decir, la que enseñaba el profesor gimnasta al paciente, previo diagnóstico del médico, y que tenía por objeto curar una enfermedad, disminuir los efectos de una discapacidad o atenuar una lesión permanente.  

Combinaron así las lecciones de quienes disfrutaban del ejercicio por gusto o afición y las que tomaban los enfermos para los que la medicina de la época no podía proporcionar mejor remedio que la recomendación del ejercicio.  

Fue tan efectiva la labor que lograron que se pusiera de moda la enseñanza de esos ejercicios corporales y se asociaran al prestigio y modernidad en la década de 1850. Las escuelas privadas comenzaron a incluir en su currículo clases de gimnasia y otros ejercicios como natación o esgrima, lo cuales se volvieron casi indispensables. Un buen colegio debía incluir la enseñanza de la gimnasia y provocó que poco a poco fueran incorporados a la educación pública. 

Libro de texto 

Tras la dolorosa derrota contra el ejército estadunidense y la pérdida de la mitad del territorio nacional, el presidente José Joaquín de Herrera ordenó en 1849 la enseñanza teórica y práctica de la gimnasia en el ejército y guardia nacional del Distrito Federal y territorios de la federación, al considerar que proporcionaría a los soldados fuerza física, agilidad y fortaleza de carácter. Para tal efecto ordenó que se utilizara como libro de texto la versión que se mandó traducir al español de la Instruction pour l´enseignement de la gymnastique dans les corps de troupes et les établissements militaires que en 1846 había sido aprobado y publicado por el ministerio de Guerra de Francia para la enseñanza de los soldados de ese país. 

La obra traducida circuló en México en 1850 y se reimprimió en múltiples ocasiones, hasta 1880, bajo el sello de la Imprenta de Vicente G. Torres con el título de Instrucción para la enseñanza de la gimnástica en los cuerpos del ejército y guardia nacional. Desde ese año estuvo también a disposición del público interesado en la gimnasia y la educación física, pudiéndose adquirir a bajo costo. 

El libro no cuenta con ninguna definición del concepto de gimnasia o de educación física, no incluye una revisión histórica de la gimnasia ni se enfoca en destacar la importancia del ejercicio físico en la salud o la prevención de enfermedades; tampoco se ocupa de reflexionar sobre la competencia, la diversión o el desarrollo de las cualidades morales y las capacidades intelectuales, como era común que se analizara en los libros que sobre el tema se publicaron en la época.  

El texto es un extenso y detallado manual de gimnasia aplicado al ejército que retoma el método elaborado por el coronel español Francisco Amorós, tanto en los ejercicios y los aparatos e instrumentos con que se debía dotar a los gimnasios, como en las estrategias planteadas para transmitir a los soldados y alumnos en general una impronta moral y un sentimiento de identidad nacional, a través de los cantos que se debían realizar al tiempo que se ejecutaban los ejercicios. Su objetivo fundamental era dotar al soldado de esas cualidades básicas que se pensaba sólo la enseñanza metódica y sistematizada del ejercicio corporal podía proporcionar y que como se ha dicho eran fuerza, agilidad, destreza, confianza y energía de carácter.  

En el manual se propone una organización militar vertical que debía seguirse al ejecutar los ejercicios. Las acciones que debían realizar el instructor y los alumnos tenían la intención de que los más destacados pudieran después enseñar gimnasia a otros soldados.  

Asimismo, señalaba como obligación de los militares pertenecientes a los distintos rangos y armas tener conocimiento de la gimnasia y ejecutar los ejercicios hasta los 30 años de edad. Los reclutas, organizados por clases, debían realizar ejercicios progresivos durante hora y media, varios días a la semana. 

El libro explica cada sesión y ejercicios de preparación o calentamiento, y otros especiales para aplicar a la lucha, la marcha y la natación; para escalar, saltar fosos o barrancas, atravesar terrenos con obstáculos y hasta cargando armas y pertrechos militares. 

La obra cuenta con un apartado dedicado a los ejercicios de canto en el que señala que debían acompañar la realización de la mayoría de los movimientos, en especial los que hacían todos los soldados a un mismo tiempo y que consistían en la repetición prolongada de un mismo movimiento, como los hoy llamados de preparación. Los ejercicios de la voz en la Instrucción eran para los militares una especie de pedagogía política-militar que debía influir en la moral del soldado. 

El texto incluye un inventario calculado para un gimnasio destinado a preparar a 200 hombres; indica los aparatos e instrumentos, de diversas medidas y pesos, que debían ser distribuidos por estaciones; su construcción y mantenimiento. Todo está gráficamente explicado a través de varias láminas en las que también se indica la secuencia de cada ejercicio. También recomienda que los gimnasios estuvieran provistos de cobertizo, vestidor, sala de servicio, almacenes y en su exterior áreas arboladas. La obra contiene hojas de registro para que el maestro anote los avances de sus alumnos.  

Un año después de que se ordenara la traducción de la obra y la enseñanza de la gimnasia en el ejército, en diciembre de 1850 se creó en la capital del país una escuela general de gimnástica que debía iniciar sus labores el 15 de enero siguiente. Se planeó que funcionara como Escuela Normal de Gimnasia para que los egresados pudieran a su vez enseñar a otros soldados. La escuela sería dirigida por un profesor suficientemente instruido en el ramo, cargo para el que fue nombrado el primer profesor de gimnasia reconocido como tal en el país, el francés Jean Turin. 

El director-profesor tenía la obligación de enseñar todo lo concerniente a las operaciones de infantería y caballería; daba lecciones diarias y podía tomar como ayudante a algunos individuos de la tropa que considerara adelantados. Entre sus facultades estaban la de fijar el horario de clases y debía informar, al concluir la enseñanza, si los alumnos estaban capacitados para convertirse en instructores. El profesor contaba con el apoyo de un guardia para cuidar la disciplina en las clases y recibía de salario 90 pesos mensuales, el cual superaba ampliamente lo que se pagaba a los profesores de gimnasia en las escuelas públicas y privadas que habían incorporado esa enseñanza en su currícula. 

Reglamentación 

En el reglamento de la Escuela General de Gimnástica se establecía que todos los cuerpos del ejército y las colonias militares que no residían en la capital enviarían a la institución a cuatro hombres, uno de la clase de oficial y tres de la de tropa, para capacitarse. Los cuerpos existentes en la guarnición de la ciudad podían mandar hasta diez individuos de ambas clases. Estos estudiarían la teoría y la práctica de la gimnástica durante ocho meses para después volver a sus lugares de origen y servir de maestros. Se especificaba que estos alumnos debían ser jóvenes de entre 18 y 25 años de edad, robustos, ágiles e intrépidos. Quienes asistieran de zonas lejanas a la capital se alojarían durante su instrucción en el cuartel señalado por el gobierno y estarían bajo el cuidado y mando del jefe que se nombraría para tal efecto; los que residían en la ciudad sólo asistirían diariamente a los cursos. 

El gobierno designaría el local donde se establecería la escuela y entregaría los recursos necesarios para su instalación, la compra y construcción de mobiliario, aparatos e instrumentos, todo lo cual debía estar presupuestado por el profesor-director. Concluidos los estudios, los alumnos debían mostrar en público los conocimientos adquiridos ante los altos mandos militares, ocasión en que se reconocería con una premiación a los tres mejores alumnos. 

El reglamento concluía señalando que terminado el curso el director de la Escuela General de Gimnástica sería adscrito al Colegio Militar con el carácter de director general de gimnasia. Sus obligaciones consistían en enseñar dicha disciplina y supervisar los establecimientos que se esperaba establecerían los nuevos instructores egresados de allí. Por un tiempo su encargado fue el mismo Jean Turin.  

La inauguración de la escuela, en junio de 1852, fue reseñada por el periódico El Siglo Diez y Nueve. Un año más tarde, Turin disponía de la mayoría de los aparatos requeridos y capacitaba al batallón de zapadores. 

Hasta ahora no ha sido posible dilucidar el destino de la escuela. Sabemos que en 1854 seguía en funciones y que, con seguridad, vivió los avatares político-militares de las guerras de Reforma e intervención francesa. Las clases de gimnasia fueron una constante a lo largo del siglo xix y, como se muestra en este caso, el Ejército contribuyó a la institucionalización de los deportes en México.