Claves para legitimar el traje de charro

Claves para legitimar el traje de charro

Faustino A. Aquino Sánchez
Museo Nacional de las Intervenciones, INAH.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 22.

Si hay una vestimenta que pueda identificar la imagen del hombre de campo mexicano es la del charro. El autor la defiende como tradición ecuestre de siglos, arraigada en la población, que le da identidad y renombre al país, en contraposición a quienes la cuestionan por su imagen estereotipada y supuestamente artificial.

12. Eugenio Landesio, El puente de San Antonio en el camino a San A?ngel, 1855-MUNAL
Eugenio Landesio, El puente de San Antonio en el camino a San Ángel, 1855. COL. MUNAL.

Desde tiempos antiguos se ha considerado al charro como la imagen por antonomasia de lo mexicano. Sin embargo, en las últimas décadas, la legitimidad de su traje como el traje nacional de México ha sido cuestionada por historiadores e intelectuales que consideran a los charros de hoy descendientes y representantes de las clases y regiones más conservadoras del país, y a su representatividad nacional, un invento, un simple estereotipo de la política priista de la primera mitad del siglo XX, que encontró en el cine un cómplice perfecto para difundir una identidad nacional artificial, relacionada con un tipo ridículamente fanfarrón que nada tenía que ver con el México urbano posrevolucionario.

Al escribir lapidariamente en contra de una de las tradiciones más importantes de México, estos autores parecen olvidar que la charrería obtuvo la representación nacional desde la primera mitad del siglo XIX, no en el XX. En aquella época, este era un país rural y de jinetes, por lo que, a excepción de los indios, desde la alta California hasta los estados sureños, la mayoría de los mexicanos vistieron ese traje. Con él se dieron a conocer ante el mundo cuando, luego de la apertura al contacto internacional gracias a la independencia, los viajeros extranjeros difundieron en Europa y Estados Unidos la idea de que el traje ecuestre era el traje nacional de México.

 

Mexican riding costume. William E. Carson, Mexico, the wonderland of the South, NY, McMillan, 1909.

 

Viajeros como madame Calderón de la Barca y representantes diplomáticos de las grandes potencias escribieron cartas y diarios de viaje en los que asentaron su sorpresa al percatarse de que en México la práctica de la equitación —que en Europa era privilegio de las clases acomodadas— era tan extendida, que hasta campesinos humildes disponían de caballos como medio de transporte cotidiano y vestían un traje ecuestre totalmente original del país. De hecho, desde siglos anteriores se sabía que la equitación mexicana era de las mejores del mundo.

El jinete mexicano era conocido con el apelativo de ranchero, equivalente a campesino o aldeano, pues la palabra rancho o ranchería se refiere a un conjunto de chozas cuyos habitantes se dedican a las labores propias del campo. Un ejemplo de la admiración que su traje despertaba entre los extranjeros son las palabras del español Niceto de Zamacois, quien lo describió como ese hombre que parece que le han clavado a la silla del caballo, según lo firme y bien sentado que va en ella. ¿Qué vestido más propio para montar sobre un arrogante alazán que el suyo? Los extranjeros lo miran con interés y gusto, y aplauden entre sí la feliz idea del que lo inventó, como la aplaudí yo, cuando al venir de España pude admirar tan pintoresco traje.

Tradición y categorías

Desde fines del siglo XVIII y hasta mediados del XIX dicho traje (que podía confeccionarse con cualquier tipo de tela y en cualquier color) consistía en un sombrero redondo de ala ancha y copa baja llamado jarano que podía estar decorado con galones y gruesa toquilla, muchas veces de plata; camisa (no necesariamente blanca); chaqueta corta llamada cotona adornada con bordados y alamares, también comúnmente de plata; faja o ceñidor de seda roja, pantalón con perniles abiertos (llamado calzonera) que dejaba expuesto un ancho calzón blanco y que podía cerrarse en el momento de montar a caballo por medio de una serie de botones (la llamada botonadura); una pieza de cuero o gamuza (que podía ser decorada con bordado o repujado) enrollada en la pantorrilla y sujeta por debajo de la rodilla con cordones o tiras de cuero, a la que llamaban bota de campana o campanera, y entre esta y la pierna, un cuchillo de monte; como calzado, botines y las indispensables espuelas.

Una gran tradición ecuestre no pudo sino producir una vestimenta y unos arreos a su altura, y Zamacois no erraba al llamarlos pintorescos, pues numerosos artistas gráficos, nacionales y extranjeros (entre estos el italiano Claudio Linati, los alemanes Johan Moritz Rugendas y Carl Nebel, el francés Edouard Pingret o el inglés Daniel Thomas Egerton) ejecutaron óleos y litografías que captaron la imagen del ranchero en sus más mínimos detalles, y en la mayoría de sus paisajes, ya fueran naturales o urbanos, no dejaron de incluirla como un sello distintivo de México.

 

FOTOTECA, No. 24753, c. 1922

 

Según puede verse en la novela costumbrista Astucia. El jefe de los hermanos de la hoja o los charros contrabandistas de la rama, de Luis G. Inclán, publicada en 1865 y ambientada en la década de 1830, entre los rancheros existía una categoría particular, el charro, especie de título honorífico que se aplicaba al ranchero que era diestro en las suertes de colear, lazar, jinetear y torear, así como en el manejo de las armas propias de la caballería: el sable, la lanza, la pistola y la carabina. Se distinguía por vestir con lujo el traje antes descrito y hacer evidente con su presencia sus habilidades y dotes atléticas: 

¿Sabes, Lorenzo –dijo Alejo mirándolo de arriba a abajo–, que con ese traje de ranchero que llevas con soltura, tus pistolas al cinto, asomando la cacha de tu puñal en el doblez de la bota de campana y sabiendo que tienes buena garra, me avergüenzo de estar a tu lado y parezco un sacristán?  

No te burles de mí, Alejo – contestó sonrojándose; pues estos señores que por primera vez he tenido el honor de saludar, creerán que soy algún perdonavidas.  

No lo digo por eso; sino que efectivamente tu presencia infunde respeto, y desde luego se conoce que eres un verdadero charro, que harás más temible a la sociedad de los Hermanos de la Hoja. 

Así, un verdadero charro era un ranchero dispuesto a arrostrar los peligros de una vida aventurera por dedicarse a actividades de riesgo, como el contrabando, la arriería, el bandidaje, la policía rural y la milicia. Tal vez a ello se debe que en el imaginario popular se atribuyan al charro aires épicos y de justiciero (o de fanfarrón, como dirían algunos escritores actuales); por ejemplo, en la novela, inspirada en hechos reales que formaron parte de la vida del autor, los charros de la hermandad de la hoja se dedicaban al contrabando como un acto de rebeldía contra leyes injustas (el estanco del tabaco), y para beneficiar con su comercio y ganancias a amigos y vecinos. También existen testimonios de que en la guerra de independencia hubo generales charros que lideraron cuerpos de caballería compuestos exclusivamente por charros. Por todo ello, al traje de ranchero también solía llamársele traje de charro. Hasta la fecha, nadie ha podido explicar por qué razón la palabra charro, que en España designa a los campesinos de la provincia de Salamanca, se adoptó en México para referirse a un jinete aventurero. 

La novela también pone en claro que existían otras dos categorías de ranchero, en función de la manera de vestir: el cuerudo y el chinaco. El primero se distinguía simplemente por confeccionar su traje totalmente en gamuza, mientras que el segundo por vestir con desaliño o pobreza, y además ser carente de refinamiento. Así, uno de los personajes es descrito de la siguiente manera: 

Al cabo de dos horas volvió don Gaspar acompañado de su pariente, era un hombrecillo bajo de cuerpo, trigueño, de patillas cerdosas, una cicatriz que le atravesaba la boca, unos ojos negros chiquitos que continuamente movía, al propio tiempo que giraba la cabeza como receloso, vigilándose sin cesar los flancos; apenas tendría dos dedos de frente…, una voz áspera y ronca; en todas sus maneras, desde luego se conocía que era un chinaco cualquiera… Desde la primera mirada que le echó Astucia, conoció la clase de bicho que era el tal Chucho.  

Como puede verse, el apelativo chinaco era similar al actual despectivo naco; sin embargo, durante la guerra de Reforma (1857-1860), los miembros del partido conservador negaron el título de charro a los jinetes que, vistiendo el traje de ranchero, se unían a la caballería irregular juarista, y los llamaron chinacos, con el evidente propósito de estigmatizarlos; pero dichos jinetes adoptaron el estigma con orgullo y con él adquirieron fama internacional al derrotar, en innumerables escaramuzas, a la elegante caballería de Napoleón III durante la Intervención Francesa (1862-1867). 

La lectura de la novela de Inclán aclara la confusión que actualmente se hace manifiesta cuando se habla de traje de ranchero, de charro, de chinaco y de cuerudo como si se tratara de trajes distintos, cuando en realidad se trata de una misma indumentaria. Los diferentes apelativos se aplicaban a la calidad de quien vestía el traje. 

Transformaciones 

Las numerosas pinturas, acuarelas y litografías que existen sobre el tema de la equitación mexicana testifican que, a mediados del siglo XIX, el traje ecuestre comenzó a evolucionar: el sombrero adoptó una copa más alta y en forma de cono invertido, el pantalón se cerró, pero conservó la botonadura, y las botas de campana desaparecieron para ser sustituidas por zahones de piel o gamuza llamados chaparreras. Este nuevo traje terminó su evolución durante el porfiriato (1876-1911) y podríamos llamarle traje de charro moderno, pues la expresión traje de ranchero cayó en desuso. Ha llegado hasta nuestros días con cambios poco importantes. Existe el mito, producto de la confusión antes mencionada, de que esta evolución se debe al emperador Maximiliano de Habsburgo, a quien se le atribuye la invención de este último traje de charro, tal vez porque en varios de sus retratos aparece luciéndolo; sin embargo, es evidente que esto resulta simplista. Una de las imágenes más notables que dan cuenta de la evolución de ese traje es un retrato fotográfico del ministro plenipotenciario de la Gran Bretaña en México, Charles Lenox Wyke, en el que aparece vestido con una combinación transitoria: el antiguo sombrero jarano con el moderno pantalón cerrado con botonadura. Wyke desarrolló su misión diplomática en México entre 1861 y 1862. 

De acuerdo con el criterio simplista mencionado, habría que atribuirle a él la invención del traje de charro moderno y no a Maximiliano, quien llegó al país dos años después. Es de notar que los extranjeros no se limitaban a admirar la indumentaria ecuestre mexicana, sino que la vistieron; el tristemente célebre coronel Charles Desiré Dupin, jefe de la contraguerrilla francesa, gustaba de usar el sombrero y la chaqueta, mientras que el conde austriaco Carl Khevenhuller, alumno de la famosa Escuela de Equitación Española de Viena y oficial de la Legión Austriaca al servicio de Maximiliano, tiene retratos y fotografías no sólo vistiendo el traje, sino montando al estilo mexicano. En el Diario de este noble europeo puede leerse la afirmación, ya de uso corriente en la época, de que el traje de charro es el traje nacional de México. 

Los arreos de montar ejercieron sobre el extranjero una influencia más importante que la vestimenta. Es bien sabido que en Estados Unidos se desarrolló una cultura ganadera basada en la charrería: la del cowboy, cuya silla de montar, freno, chaparreras, espuelas y lazo son de origen mexicano. La silla mexicana fue adoptada por la caballería argentina en la década de 1840 y también por la estadunidense en 1859, aunque de manera indirecta, pues la montura inventada por el general George B. MacClellan, en uso oficial hasta 1940, está basada en ella. Varias monturas oriundas de Centroamérica, Colombia, Ecuador y las Antillas también se derivan de la mexicana. 

Confusiones 

Durante el porfiriato se desarrollaron grandes haciendas ganaderas en las que el oficio-deporte favorito de los rancheros desde la época colonial, el rodeo o jaripeo (manejo del ganado para marcar, curar y tusar reses), cobró gran auge. Tal vez a eso se debe que muchos crean, erróneamente, que el charro estaba estrechamente ligado a la clase opresora porfirista. Hoy, incluso, se afirma que el charro era el hacendado, cuando hemos visto que se trataba de un personaje de extracción totalmente popular y con profundas raíces históricas. Esta confusión, que asocia a la charrería con la aristocracia porfirista es lo que ha despertado la animadversión de algunos historiadores actuales, quienes también se basan en el hecho de que fue un aristócrata, Carlos Rincón Gallardo –para colmo jefe de la represora policía rural porfirista que usaba como uniforme el traje de charro–, el encargado de escribir el reglamento que instituyó como deporte a la charrería, para afirmar que esta tradición no representa otra cosa que a la odiada dictadura y negarle la representatividad nacional. 

Para los detractores de la charrería es indudable que el mexicano de hoy no tiene por qué identificarse con la figura del charro, pues para ellos se trata de un estereotipo artificial creado, a partir de la década de 1920, por los medios de comunicación bajo la notable influencia de la conservadora Asociación Nacional de Charros y sus simpatizantes. Algunos de los ellos, incluso, incursionaron como productores, directores y actores en el llamado cine de charros (Miguel Contreras Torres, director; Gustavo Sáenz de Sicilia, director; Carlos Rincón Gallardo, actor; Raúl de Anda, actor), sin otro objeto que el de rendir culto a un mundo ideal ambientado en la hacienda porfirista y la región más conservadora, los Altos de Jalisco, y cuestionan así el reparto agrario, el sometimiento de la Iglesia y los cambios en las costumbres. 

Por supuesto, tal descalificación de la charrería hace a un lado a la historia de los siglos anteriores al XX, y no explica por qué, entonces, los gobiernos posrevolucionarios, antiporfiristas, usaron al charro para reforzar la identidad nacional, y tampoco por qué esa artificialidad ha sido capaz de trascender en el tiempo, lo cual se comprueba con la creciente proliferación de lienzos y asociaciones charras, pues la charrería sigue practicándose de manera muy intensa en las ciudades pequeñas y pueblos de todo el país (e incluso en Estados Unidos, donde es una expresión de identidad militante) como parte de las actividades agropecuarias. En nuestra opinión, la explicación de este fenómeno es simple: el pueblo mexicano sigue siendo fiel a una tradición ecuestre de siglos, la cual le ha dado identidad y renombre en el ámbito internacional. Como explicara en términos sencillos y claros el Dr. Atl, La equitación mexicana constituye una de las manifestaciones más típicas de la república; el espíritu popular ha condensado en el hombre que monta a caballo –el charro– el espíritu nacional por excelencia. 

PARA SABER MÁS

  • Inclán, Luis G., Astucia: el jefe de los hermanos de la Hoja o los charros contrabandistas de la rama, México, FCE, 2005, 2 vols.  
  • Museo de la Charrería, ubicado en José María Izazaga s/n, col. Centro, del. Cuauhtémoc, D. F. tel. (55) 57094793. 
  • Museo de la Caballería, ubicado en Campo militar No.1–B, Av. México Tacuba, entre Felipe Carrillo Puerto y Ferrocarril de Cuernavaca, col. Popotla, D. F. tel. (55) 53965975.