Tadeo Ortiz, un pionero en el istmo de Tehuantepec

Tadeo Ortiz, un pionero en el istmo de Tehuantepec

Ana Rosa Suárez Argüello
Instituto Mora

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 29-30.

Terminado el proceso de independencia, este criollo propuso más de un centenar de ideas para hacer frente a los obstáculos que impedían echar a andar el país. entre ellos Tadeo Ortiz vio la necesidad geoestratégica de poblar el Istmo de Tehuantepec, desarrollar el comercio y crear una vía navegable transoceánica. una faena que se hizo mucho más compleja de lo que se imaginaba.

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J. Müller, Minatitlán, ca. 1840, y Vista del Paso Mazahua, ca. 1840 litografía a color en J. J. Williams, Isthmus of Tehuantepec, New York, D. Appleton & Co., 1852. Smithsonian Libraries.

Tadeo Ortiz regresó a México en 1821, con el ánimo de contribuir a la consolidación de la libertad y la prosperidad de la patria. Deseaba ardientemente que esta fuera igual de libre y próspera que otros países que había conocido. Con la certeza de que México era un cuerno de la abundancia y lo único que tenía qué ha­cerse era explotarlo apropiadamente se ocupó de analizar la realidad del país y hacer pro­puestas para que progresara. Una de las más interesantes fue la que hizo para el istmo de Tehuantepec.

¿Quién era Tadeo Ortíz?

Es poco lo que se sabe del criollo nacido en el valle de Mascota, en el reino de Nueva Galicia, el 18 de octubre de 1788. Apenas que, siendo alguien instruido en latín y filosofía, fue preceptor de los hijos del virrey José de Iturrigaray y que, a la caída de este a raíz del golpe de Estado de 1808, lo acompañó a Es­paña, donde permaneció hasta 1811. La no­ticia de la muerte de su padre –junto con el deseo de sostener a su madre y hermana– al igual que su aspiración de colaborar de algu­na manera con la recién iniciada revolución de independencia, lo decidieron a volver a tierras americanas.

Dejó la metrópoli de manera clandestina, embarcándose en Portugal rumbo a Estados Unidos; allí residió primero en la ciudad de Filadelfia y más tarde en la de Nueva Orleans, donde se quedó por algún tiempo pese a su deseo de trasladarse a Nueva España, pues las dificultades del momento, según dijo, se lo impidieron.

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J. Mc L. Murphy, Amate Picadura, ca. 1840, litografía a color en J. J. Williams, Isthmus of Tehuantepec, New York, D. Appleton & Co., 1852.

En efecto, tanto en Estados Unidos como en Veracruz los españoles ejercían una estrecha vigilancia. Con todo, Ortiz logró por fin entrar en contacto con los insurgentes; aunque ni José María Morelos ni Ignacio López Rayón sabían de quién se trataba, ambos decidieron aceptar sus servicios en el exterior para que, en su nombre, entrara en relaciones con los jefes insurrectos de otras colonias españolas.

Tuvo entonces ocasión de satisfacer uno de sus grandes deseos: viajar, porque me con­sideraba no podía de otro modo instruirme de las costumbres de los hombres. De modo que de Nueva Orleans zarpó hacia la isla de Ja­maica y de ahí partió a Nueva Granada, para desembarcar en Cartagena de Indias a fines de 1814. Llegó sin papeles ya que luego de ser detenido en el camino prefirió quemarlos y esto le complicaría la existencia pues no se le quiso reconocer como enviado de México. Se trasladó a Santa Fe y posteriormente a Buenos Aires, donde al parecer permaneció por un buen tiempo, hasta que se trasladó a Londres a mediados de 1819.Portada Resumen de la EstadAi??stica del Imperio M (408x640)

En los distintos lugares en los que estuvo trató con liberales, masones, conspiradores, diputados a Cortes, mercaderes, corsarios y filibusteros, por inte­reses y razones distintas ligadas a la libertad de los países de Hispanoamérica. En esos años se ocupó, al parecer, de enviar información a Nueva España.

Al poco tiempo de consumarse la indepen­dencia, Tadeo Ortiz volvió a México, donde colaboró con varios gobiernos, pero sin com­prometerse con un grupo político. Más bien, muy influido por las ideas de la Ilustración y la obra de Alexander von Humboldt, se consagró a su deseo de hacer próspera y li­bre a la patria. Lo primero que llevó a cabo, por juzgarlo indispensable, fue la escritura y publicación del Resumen de la estadística del Imperio Mexicano (1822), en el que en la primera parte aborda las realidades geográficas, económicas, demográficas y políticas, en tanto que en la segun­da ofrece 115 recomenda­ciones para atender a los obstáculos.

Ortiz refleja en el Resumen de la estadística del Imperio Mexicano el optimismo que imperó en el país después de la independencia, en el sentido de que reinaba la convicción de que todos los problemas tenían solución.  Muestra de su gran confianza en el futuro era su opinión de que:  

México, además de la superioridad de su terreno, excelencia de su población y mediocridad de la mano de obra, reúne la importante ventaja (a lo menos para las primeras empresas) de acumular una masa enorme de caudales en las pocas manos de los hacendados, comerciantes y mineros, circunstancias anunciadoras de que el imperio mexicano bien administrado y dirigido por un gobierno hábil y activo, ofrece todos los elementos para […] arruinar el comercio de las Antillas y poner en decadencia el de la república angloamericana […] 

El proyecto 

En el Resumen de la estadística…, Tadeo Ortiz da un énfasis especial a los proyectos de inmigración y colonización de las zonas fronterizas. Para el istmo de Tehuantepec propone “la población, comercio, administración y fortificación”. Hace notar el valor geoestratégico de la región, pues era objeto de la ambición de las naciones marítimas, así como de su jerarquía mercantil”, idónea “nada menos que para hacer cambiar la faz del comercio de la China y la India”. Se lamenta, sin embargo, del abandono en que se hallaba y urge a emprender, de inmediato, su poblamiento y la apertura del pueblo de Coatzacoalcos.  

Se abocó a planear esta tarea durante los meses siguientes, Por fin el 5 de junio de 1823, junto a los diputados José Antonio Echávarri y Massano Barbadosa presentó al Congreso un proyecto que justificaba la formación de una entidad federativa independiente, la cuál abarcaría los cantos de Tehuantepec, Oaxaca y Acayucan, Veracruz –esto es, todo el istmo: del Golfo de México al océano Pacífico–, a fin de impulsar la explotación de sus excelentes tierras para el cultivo y la cría del ganado, así como para la colonización. Este último aspecto incluía la formación de una asociación privada que mediase entre el gobierno estatal y los inmigrantes, se encargara de las diligencias oportunas y asentase las bases sobre las que se erigiría una colonia.  

La iniciativa fue aceptada por el Congreso el 14 de octubre, cuando el istmo de Tehuantepec se construyó en provincia independiente. La de istmo de Coatzacoalcos. Se otorgó una aportación para la colonización de las tierras baldías y para repartir estas entre los naturales, capitalistas y militares, así como otros privilegios, como el de exención y reducción de diversos pagos y contribuciones.  

Sin embargo, la resolución tuvo apenas una vigencia de poco más de tres meses. Al poco de iniciarse la república federal de 1824, el nuevo poder legislativo dispuso que la recién formada entidad volviera a la condición que antes tenía y que se convocara a presentar propuestas para construir una vía de comunicación por Tehuantepec, entre México y aquellos países donde fuera conveniente. De ahí que recibe el encargo de reconocer el territorio y reunir noticias precisas para construir un canal. Estudiaría también si convenía llevar a cabo un proyecto de colonización. Emprendió de inmediato el trabajo, dando a conocer los resultados en el periódico El Sol de México entre el 10 de noviembre de ese año y el 1 de septiembre de 1825.  

Lo que seguía era, de acuerdo con la nueva Constitución en vigor, que el gobierno de Veracruz avalase e impulsara sus propuestas, pues el territorio de su interés había quedado comprendido, en parte, dentro de sus límites. No fue sino hasta 1827 que el Congreso del Estado promulgó un decreto de ley que invitaba a empresas de colonización a pedir tierras baldías en el departamento de Acayucan y establecía las condiciones contractuales.  

La medida muestra, de excelente forma, la excelente confianza en el porvenir que privaba en los primeros tiempos del México independiente: 

Poblad nuestros inmenso[s] y fértiles campos con brazos industriosos y rápidamente prosperarán. También ganarán las costumbres pues en todas partes la clase agrícola es la más virtuosa y liberal […] El cultivo de la tierra no da solo frutos materiales sino también morales, que son de la mayor importancia. El ejemplo del inglés constante, el alemán austero, el francés activo y el virtuoso estadunidense germinará en vuestros sencillos campesinos. Las nuevas ideas y relaciones que les presentarán, les enseñarán a amar el trabajo y la economía doméstica.  

Tadeo Ortiz viajó a la cuenca del Coatzacoalcos ese mismo año, comisionado por el gobierno de Veracruz para poblar la región. Su plan era fundar comunidades indígenas, lo cual hizo con los grupos de la Mixteca que llevó, dando a las nuevas poblaciones los peculiares de nombres Minatitlán, Hidalgotitlán, Morelostitlán, Allendetitlán, Abasolotitlán y Barragantitlán. Sin embargo, fracasó; solo sobrevivieron las primeras dos poblaciones y esto, en buena medida, porque tenía pobladores desde antes. 

Por otro lado, Alexandre Martin, cónsul general de Francia en México, lo presentó en 1828 con dos agentes de la compañía de colonización formada por Laisné de Villevêque, diputado del Cuerpo Legislativo francés, y con François Giordan, un hombre de negocios, ya que ambos querían emprender el cultivo del gusano de seda, la vid y el olivo, y para ello esperaban establecer colonos franceses y suizos en el país. Ortiz los ayudó y les describió el istmo de Tehuantepec. Se llegó pronto a un acuerdo con el estado de Veracruz, que otorgó a la empresa 500 leguas cuadradas en la cuenca del río Coatzacoalcos, con el compromiso de que trasladara a 300 familias de dos naciones europeas, sanas y de buenas costumbres.  

Un don Tadeo rebosante de entusiasmo acompañó a monsieur Giordan a la región, haciéndole ver cuánta importancia tenía que, antes de asentar a los emigrados., se tomaran las medidas adecuadas. Los acompañaba un sacerdote francés, el abad Baradère, cuyos exagerados informes, juntos con los más comedidos de Ortiz, alimentaron los más optimistas folletos con los que, en Francia, Villévêque invitó a sus compatriotas a apuntarse en las listas de personas que poblarían la nueva colonia. Aseguraba que:  

esta región es sin contradicción la más bella y fértil del globo y seis horas de trabajo al día procurarán no solamente holgura, sino riquezas a los simples cultivadores que se establezcan en él […] Todos los indios de las provincias que rodean la concesión son de trato suave, civilizados y agricultores; la raza es robusta. Ayudarán a los colonos con poco salario. Ya más de 120 familias de agricultores se encuentran establecidas; sin cesar llegan nuevos colonos. Así pues, esta colonia debe poblarse con rapidez y alcanzar, en poco tiempo, la mayor prosperidad […] 

Añadía como un señuelo más:  

El célebre Sr. Humboldt, quien recorrió estas localidades, juzgó que un canal de seis leguas […] uniría el río navegable de Chimalapa, que se pierde en el mar Pacífico, al de Malpaso, que lo es igualmente y se vierte en el Coatzacoalcos, el cual se descarga en el golfo mexicano. Así se establecería la comunicación más natural y menos costosa para el transporte en el golfo de México […] 

La rudeza de la colonización 

Ahora bien, ¿quién mejor que los supervivientes de la primera expedición para relatar lo que en realidad sucedió? Pierre Charpenne publicó muy pronto unas memorias que dedicó a los “jóvenes aventureros” deseos de lanzarse a la aventura mexicana, para que “sepan que, siguiendo el ejemplo de otros colonos de Coatzacoalcos, perdí mi dinero en México y no aprendía más que una cosa, a sufrir”. Otro de ellos, Matthieu de Fossey recordó unos años después:  

A su llegada, los primeros colonos debieron ocuparse de inmediato de tirar árboles para construir sus casas y preparar los terrenos destinados al cultivo; cambiaron de súbito su manera de vivir pasando del reposo absoluto en el navío a los más rudos trabajos bajo un cielo ardiente y esta brusca transición, que con celo debe evitarse en los trópicos, pronto acarreó enfermedades y muerte. Durante el desmonte tuvieron que luchar contra la naturaleza en mil formas diferentes; las duras maderas, el enorme grosor de los árboles, los reptiles, los insectos de todas clases y, en particular, los mosquitos que llegaban en nubes a hostigar a los trabajadores, causando hinchazones y llagas espantosas a estos infelices.  

Por fin, después de muchas pruebas y muchas fatigas, la esperanza comenzó a nacer: un terreno bastante grande estaba cultivado; con alegre sorpresa se notaban cada día los adelantos de una vegetación prodigiosa; las cabañas aumentaban con construcciones nuevas o algún mueble útil. Pero entonces sobrevivieron las lluvias, las inundaciones, y los desesperados colonos vieron que sus prósperos cultivos se transformaban en lagunas. Todo se perdió y varios de ellos, atrapados en sus cabañas por la crecida de las aguas, lograron escapar con penas inauditas.  

En efecto, a partir de 1829 y hasta 1834 llegaron al río Coatzacoalcos aproximadamente 921 franceses. De los siete barcos en que se transportaron, el primero encalló en la barra del río. Después de sufrir los abusos más inesperados por parte de los agentes aduanales, los nuevos pobladores surcaron el río rumbo a Minatitlán, con la esperanza de ocupar y beneficiarse de un paraíso tropical. Se toparían, de inicio, con que faltaban tanto las casa y los terrenos para la labranza como las obras mínimas que prometían los folletos de Villévêque y debían facilitar la supervivencia de los recién llegados, mientras desarrollaban sus propios recursos. Los colonos continuarían adelante, con el deseo de descubrir el lugar idóneo para establecerse, sin lograrlo. Poco a poco, muchos murieron de miseria y de las características del clima insalubre de la costa. De quienes sobrevivieron, la mayoría se rindió; algunos trataron de arreglárselas en las ciudades, otros regresaron derrotados a Francia.  

¿Cuáles fueron las razones del fracaso? Hubo irresponsabilidad y mala fe de los empresarios, que no prepararon lo indispensable para asegurar la vida y seguridad de quienes habían confiado en ellos, ni vigilaron el proyecto ni hicieron un inadecuado reclutamiento de los colonos, la mayoría ineptos para el rudo trabajo de cultivar una región virgen del trópico. Hubo también desatención por parte de las autoridades mexicanas, que inmersas en problemas de todo orden, creyeron que con promulgar leyes se poblaría el istmo y hasta se construiría una ruta interoceánica. Hubo, por último y compartido por todos, un optimismo desbordado, se creyó que bastaba con fomentar la colonización y las comunicaciones para que el árbol de la abundancia que era México comenzase a dar frutos.  

En cuanto a Tadeo Ortiz, acaso aceptó su misión en Burdeos con demasiada facilidad. Al hacerlo, abandonó sin terminar un proyecto por el que venía combatiendo desde que se consumó la independencia de México. Confió en que las cosas marcharan por si mismas y esto, sin duda, contribuyó al fracaso del proyecto. Sin embargo, su doble propuesta de colonización y ruta transoceánica en el istmo de Tehuantepec quedaría pendiente hasta que, en 1842, José Garay obtuvo de Antonio López de Santa Anna el privilegio para llevar ambas a cabo. Víctima de la epidemia de cólera de 1833, Tadeo Ortiz no lo sabría ya.  

PARA SABER MÁS

  • Charpenne, Pierre, Mi viaje a México o el colono del Coatzacoalcos, México, Conaculta, 2000. 
  • De la Torre Villar, Ernesto, “Tadeo Ortiz de Ayala, emisario insurgente” en Temas de la insurgencia, Coordinación de Humanidades-UNAM, 2000.