Darío Fritz
En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 72.

El Istmo de Tehuantepec tiene un recorrido de siglos por consumar su potencial económico de unir los océanos Atlántico y Pacífico, y trasladar mercancía por una vía rápida, y sobre todo barata, a los lugares más recónditos del planeta. Desde que Hernán Cortés pisó por primera vez Veracruz y hasta el presente sigue siendo motivo de reiteradas tentativas por esculcar su tesoro entre rotundos fracasos, intentos esperanzadores y proyectos de resultados verificables. Hubo quienes le descubrieron motivos geopolíticos y expansionistas como gobiernos e inversionistas estadunidenses, mientras no se concretaba el Canal de Panamá, intenciones genuinas de desarrollo por autoridades mexicanas, así como la combinación de intereses privados y estatales, todos de alguna manera hechos a medias, abandonados cuando dejaba de ser un negocio o sin los recursos para afrontarlo por completo. La interconexión oceánica entre las costas veracruzanas de Coatzacoalcos y las oaxaqueñas de Salina Cruz no ha implicado únicamente levantar el trazado ferroviario o aprovechar su vía navegable, sino la creación de una infraestructura que dé lugar a la rentabilidad del comercio internacional, se llamen hoy áreas industriales, enclaves para para la provisión energética (petróleo, petroquímica o proyectos eólicos), o aprovechar los recursos naturales de sus cercanías. Revisar en este número de BiCentenario ese proceso de siglos detrás de la comunicación transoceánica con sus fallos y aciertos permite dimensionar lo que se pretenda alcanzar y los resultados por obtener, ahora que desde 2019 se ha hecho hincapié en motorizar esa zona del país con tanto potencial económico, pero a su vez marginada del desarrollo.
El corto pasado deslumbrante del proyecto transoceánico –que sí lo tuvo entre 1907 y 1917, aproximadamente)–, está asociado al ferrocarril y las líneas que unían la ciudad de México con el puerto de Veracruz y de allí al Istmo. A la par que en esos diez años el recorrido rebozaba de pasajeros y mercancías, el cruce de Papaloapan, donde confluían diversas líneas como la que unía Veracruz con Tehuantepec, fue una demostración cabal del progreso de esas zonas atendidas por la urgencia de sacar de allí la producción de los platanales. Su reemplazo por las carreteras y el transporte automotor lo arrojaron a la ruina y el abandono. Cruzadas las dos primeras décadas del siglo xxi, el péndulo gira otra vez y se le vuelve a valorar. El tiempo hablará de aciertos o, en todo caso, de buenas intenciones.
Nos vamos algo más atrás para hurgar en esta edición en dos personajes que a pesar de sus creencias quedaron en el lado “erróneo” de la historia. Por un lado, el general Manuel Díaz de la Vega, protagonista de varios sucesos políticos decimonónicos, parte de un compacto núcleo conservador –su hermano Rómulo fue el presidente de facto por 22 días en 1855– e integrante de las fuerzas del imperio francés. En segundo lugar, Pepita o la Mariscala Josefa Peña Azcárate, mujer que formó parte del sector que impulsó la intervención francesa, y una vez concretada supo cortejar a la emperatriz Carlota para estar a su lado y más tarde casada con el mariscal François Achille Bazaine, el hombre que llevaba los hilos del poder. El desenlace de la vida de ambos habla de dos consecuencias encontradas pese a las convicciones fracasadas. El general pudo sobreponerse a las derrotas y adaptarse en nuevos puestos públicos. Pepita perdería a su esposo y nunca recuperó los bienes materiales que el imperio le otorgó.
Tres temas de discriminación cobran una dimensión propia que nos permiten ver cuánto hemos cambiado y también mejorado como sociedad incluyente. Los casos de Gabriela Brimmer, afectada por una parálisis cerebral, los colectivos de mujeres lésbicas que levantaron la voz en medio de la ignorancia por el tratamiento del vih en los comienzos de la pandemia del sida, y la búsqueda del respeto a una identidad en los jóvenes emo, resultan una brújula para explicar cómo el tesón puesto de manera individual o grupal posibilita el éxito de una causa. De Brimmer nace la noción de independencia en la rehabilitación de personas a las cuales se les niega su capacidad para tomar decisiones. De la lucha de las activistas lésbicas, el reconocimiento de la pandemia de vih/sida como un problema de salud pública para erradicar los discursos morales y el agravio social. De los chicos y chicas emo, una identificación contra los estigmas.
De contar la larga travesía del país por potenciar el despegue económico de una región postergada como la del Istmo a las pacientes refriegas contra la discriminación, hay una extensa distancia entre variedad de temáticas, hechos, discusiones, que ponemos aquí a tu alcance. Como lector quedan a tu arbitrio.
Hasta la próxima.
