La ciudad de México se viste de verde

La ciudad de México se viste de verde

José Fernando Madrid Quezada
Instituto Mora 

En revista BiCentenario, el ayer y hoy de México, núm. 70.

El siglo XIX no solo fue el de los tiempos de conflictos políticos en la capital del país, también fue el de la expansión de árboles y plantas en calles, paseos y jardines públicos. Gran parte se le debe al Jardín de Plantas de San Francisco, entre otros interesados del empresariado local, por embellecer y modernizar la ciudad. 

Para los amantes de los árboles, la Ciudad de México ofrece una mezcla fascinante de especies. En Xochimilco persiste el ahuejote; en Chapultepec resisten los añejos ahuehuetes. Pero junto a ellos abundan laureles de la India, truenos, jacarandas, eucaliptos y ficus: árboles que no son originarios de la cuenca de México y que, sin embargo, hoy parecen inseparables del paisaje capitalino. 

La presencia de estas especies no es casual. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, al mismo tiempo que se consolidaba la idea de “arbolar” la ciudad para sanearla, embellecerla y dignificarla, comenzó la introducción sistemática de especies exóticas. Si bien la capital contaba con espacios arbolados desde el periodo virreinal –la Alameda data del siglo XVI–, fue en el siglo XIX cuando la plantación en calles, paseos y jardines públicos se intensificó de manera sostenida. 

Surge entonces una pregunta: ¿cómo fue posible que, en medio de guerras civiles, reformas liberales, intervenciones extranjeras y cambios de régimen, alguien se ocupara de importar araucarias o eucaliptos? 

La respuesta conduce a un actor inesperado. No fue sólo el Estado, sino una red de empresarios particulares quienes impulsaron este proceso. Entre ellos destacó un establecimiento que operó desde el antiguo convento grande de San Francisco y que desempeñó un papel central en la transformación vegetal de la ciudad: el Jardín de Plantas de San Francisco. 

El jardín en el antiguo convento 

El antiguo convento grande de San Francisco fue una de las instituciones religiosas más importantes del virreinato. Fundado en el siglo XVI, llegó a ocupar un vasto espacio del actual Centro Histórico, comprendido entre las hoy calles de Francisco I. Madero, Eje Central Lázaro Cárdenas, Venustiano Carranza y fray Pedro de Gante. Allí se levantaban templo, capillas, claustros, celdas y amplias huertas irrigadas por acequias. En la esquina surponiente del conjunto –donde hoy se cruzan Eje Central y Venustiano Carranza– subsiste aún la capilla de San Antonio de Padua, integrada actualmente en la librería Juan José Arreola del Fondo de Cultura Económica. Detrás de ese edificio se extendían los jardines y huertas que en el siglo XIX serían arrendados a empresarios europeos dedicados al comercio de plantas. 

Antes incluso de la exclaustración definitiva, los frailes rentaron su huerta a horticultores inmigrados que la adaptaron como establecimiento comercial. Allí podía adquirirse una amplia variedad de árboles, flores y arbustos, así como contratar jardineros y diseñadores. Lo que había sido un espacio conventual se transformó en un punto estratégico de circulación vegetal. 

El Jardín de Plantas de San Francisco fue fundado en 1832 por los señores Sandoz (suizo) y Deschamps (francés), inicialmente en el callejón de Betlemitas. En 1842 se trasladó a la huerta del antiguo convento de San Francisco bajo la dirección de Luis Kubli, también suizo. Poco después pasó a manos de los hermanos Tonel –Agustín, Juan y Constancio, de origen belga– y hacia la década de 1870 se asociaron con su paisano Juan B. Van Gool, quien terminaría por dirigir y adquirir el establecimiento. 

La continuidad del negocio, pese a los constantes cambios políticos del país, revela la solidez de las redes profesionales que lo sostenían. El jardín formaba parte de un circuito transatlántico de intercambio vegetal. Recibía remesas constantes desde Europa y surtía pedidos al interior de la República mediante técnicas de embalaje que aseguraban la conservación de las plantas durante trayectos prolongados. No carecieron de problemas derivados del bandidaje. Su operación era multidireccional: importaba flores, arbustos y diversas especies arbóreas, mientras exportaba plantas mexicanas hacia Europa y participaba en exposiciones industriales y florales donde obtenía medallas y reconocimiento público. 

A lo largo de los años el jardín dio amplias muestras de sus alcances globales. En 1874, Juan Tonel emprendió un viaje a China y Japón con el propósito de estudiar y adquirir plantas y semillas “desconocidas entre nosotros” para aclimatarlas en México. El viaje tuvo también un componente empresarial más amplio, pues buscó atraer capitales extranjeros interesados en la explotación del café y otros cultivos. De esta manera, el jardín buscaba trascender la mera venta de plantas para insertarse en circuitos agrícolas de mayor escala. El éxito de los hermanos Tonel les permitió establecer un cafetal y una plantación de quina cerca de Córdoba, Veracruz, ampliando así sus intereses más allá del vivero capitalino. 

La influencia del establecimiento no se limitó al ámbito privado. Tras la Ley Lerdo de 1856, los hermanos Tonel adquirieron el terreno que arrendaban, asegurando la continuidad del negocio. Durante el segundo imperio recibieron encargos para intervenir la Alameda y el Jardín del Palacio. El gobierno acudía a estos empresarios porque eran considerados expertos en aclimatación, diseño y tendencias internacionales. Durante la segunda mitad del siglo XIX la modernización vegetal de la ciudad fue el resultado de una colaboración –no exenta de tensiones– entre iniciativa privada y poder público. 

De muy luenga existencia para un local comercial, el establecimiento persistió al menos hasta 1883, año de la muerte de su entonces dueño, Juan Bautista Van Gool. 

El jardín en un plano: infraestructura y especialización 

(imagen)

El Plano del perímetro central y directorio comercial de la Ciudad de México, producido por Julio Popper Ferry en 1883, constituye un registro minucioso de los establecimientos que operaban dentro de lo que hoy identificamos como el primer cuadro de la capital mexicana. 

Entre sus múltiples aportaciones, el plano ofrece un testimonio de la existencia y configuración del Jardín de Plantas de San Francisco. Gracias a este documento podemos asomarnos a su organización interna y comprender su complejidad. El jardín constituía un conjunto cuidadosamente estructurado en secciones especializadas: invernaderos (o “invernáculos”), laboratorios, tanques de agua y áreas destinadas al cultivo de especies específicas. Había zonas dedicadas a naranjos y a plantas del género Musa (plátanos o bananos), así como espacios concebidos para la aclimatación de especies de lejanos orígenes, como australianas o asiáticas. A través de estos trazos, el plano aporta una ventana a las especies que mejor capturaban la imaginación de los capitalinos de aquel entonces. 

La infraestructura del jardín permite atisbar un conocimiento técnico avanzado en materia botánica, así como una organización empresarial sofisticada, capaz de integrar experimentación científica y operación comercial. El Jardín de Plantas de San Francisco no fue una tienda cualquiera, sino un auténtico centro de experimentación, propagación y distribución vegetal, inserto en la dinámica de una ciudad que buscaba posicionarse en los circuitos globales de la modernización y del intercambio económico. 

Intercambios 

En la segunda mitad del siglo XIX, las plantas adquirieron un nuevo significado cultural. Aunado a su valor práctico y utilitario, se convirtieron en signos de distinción y modernidad. La jardinería pasó a formar parte del lenguaje del progreso. En este contexto, el Jardín de plantas San Francisco amplió de manera notable el repertorio vegetal disponible en la ciudad. Si antes predominaban los árboles en los espacios públicos, ahora flores, arbustos ornamentales y especies exóticas ganaban protagonismo. Dentro del jardín, Grevillea robusta (roble australiano), Ligustrum japonicum (trueno japonés), eucaliptos, ficus y laureles convivían con agaves y cactus locales. Desde la actualidad puede resultar tentador interpretar este proceso de introducción de flora foránea como una forma de imposición de carácter imperialista o eurocéntrico. Sin embargo, la realidad fue más compleja. 

En el siglo XIX predominaba una noción de progreso asociada a la circulación global de saberes y recursos. Jardines europeos incorporaban especies americanas y asiáticas, al mismo tiempo que ciudades americanas adoptaban variedades europeas. El intercambio era, en efecto, multidireccional. Además, el jardín no operó como enclave exclusivamente extranjero. En él trabajaron numerosos jardineros mexicanos que aprendieron técnicas europeas y a su vez aportaron conocimientos locales sobre suelos, climas y manejo vegetal. La adaptación exitosa de muchas especies fue producto de esa interacción. 

Ello no significa que el proceso estuviera exento de consecuencias ecológicas. La introducción de especies exóticas puede alterar ecosistemas o desplazar flora nativa. Hoy contamos con herramientas científicas para evaluar riesgos ambientales que en el siglo XIX simplemente no existían. Más que dictar una sentencia retrospectiva, resulta oportuno entender ese proceso en su contexto y preguntarnos qué puede aportarnos. 

Herencias vivas 

Muchos de los árboles que hoy consideramos parte “natural” del paisaje urbano son fruto de ese momento de intensa circulación vegetal. El trueno que delimita banquetas, el eucalipto que perfuma el aire o la grevillea que florece en primavera remiten a ese siglo que apostó por transformar la ciudad a través de la vegetación. 

El Jardín de Plantas de San Francisco fue uno de los agentes que hicieron posible esa transformación. Desde una antigua huerta conventual, conectó a la capital con redes globales de intercambio botánico y contribuyó a redefinir su fisonomía. Fue, pues, un laboratorio de modernización vegetal. 

Hoy, cuando debatimos la introducción de nuevas especies o la recuperación de flora nativa, conviene recordar que el paisaje urbano es resultado de decisiones históricas concretas. Entender ese pasado no obliga a celebrarlo ni a condenarlo, permite repensar la construcción de nuestro espacio habitado e imaginar para él nuevos futuros. La ciudad –como sus jardines– no es estática. Se transforma con el tiempo y expresa las prioridades de cada época. 

PARA SABER MÁS

  • Cabrales BarajasLuis Felipe, “Paisaje evolutivo del exconvento de San Francisco de la CDMX”, Geocalli. Cuadernos de Geografía, vol. 25, núm. 49, 2024. 
  • Madrid Quezada, José FernandoLos árboles de la Ciudad de México durante el siglo XIX. Espacios, usos y promotores del arbolado público, México, Instituto Mora, 2022.  
  • Consultar la Hemeroteca Digital Nacional de México. 
  • Consultar la Mapoteca Manuel Orozco y Berra, Archivo Histórico de la Ciudad de México o en línea. 
  • Visitar los restos del antiguo convento grande de San Francisco.