Un plan ambicioso para Sonora

Un plan ambicioso para Sonora

Ana Rosa Suárez Argüello
Instituto Mora 

En revista BiCentenario, el ayer y hoy de México, núm. 70.

A mediados del siglo XIX, el noroeste del país estaba en la mira del expansionismo imperial estadunidense. Napoleón III se propuso frenarlo. Francia recibió el proyecto de un exsenador californiano para hacer un desarrollo económico basado en la explotación mineral. Las desconfianzas razonables primaban sobre un interés poco genuino para México. 

La historia del segundo imperio mexicano está llena de proyectos ambiciosos, grandes ilusiones y realidades imposibles. Entre esas iniciativas destaca el plan del exsenador estadunidense William M. Gwin, quien entre 1864 y 1865 imaginó transformar el noroeste de México –principalmente Sonora y Chihuahua– en un gran centro de colonización y minería. Aunque el proyecto nunca se realizó, revela mucho sobre las tensiones internacionales de la época, la fragilidad del gobierno de Maximiliano y la forma en que los intereses extranjeros veían a México como un territorio a disputar. 

Para entender este plan debemos retroceder unos años. Después de la independencia, la frontera con Estados Unidos se convirtió en una fuente constante de tensiones. La expansión de ese país no se detuvo con Texas, Nuevo México, California y la Mesilla. 

El noroeste de México –Sonora, Chihuahua, Sinaloa y Baja California– se veía desde Washington y desde California como una región natural para la expansión. Su riqueza en oro y plata, sus recursos agrícolas y su posición geográfica despertaban la codicia. Además, su población era escasa en comparación con la aparente inmensidad del territorio, lo que hacía pensar que tarde o temprano caería bajo influencia extranjera y es que México apenas podía defender sus fronteras. Las incursiones de los apaches devastaban el territorio y la comunicación con la capital era lenta y difícil. 

Preocupado por el creciente poderío de Estados Unidos, al intervenir en México en 1861, Napoleón III se propuso erigir, en el noroeste, un baluarte capaz de detener la inminente expansión norteamericana. El momento era favorable: ocupado en la guerra de secesión, aquel país no trataría de hacer respetar la Doctrina Monroe. Desde luego, tenía más objetivos: explotar las legendarias minas de Sonora, muchas abandonadas y sin denunciar y llenar con sus metales preciosos las arcas de su nación; abastecer a la industria textil francesa con el algodón que se podría producir; llevar colonos europeos industriosos, de preferencia latinos y católicos, que desarrollarían la región, la defenderían con energía y evitarían que fuese absorbido por sus poderosos vecinos del norte. 

De modo que el 27 de febrero de 1864 la Regencia establecida por el ejército de ocupación tuvo que firmar un tratado por el que entregaba a Francia el dominio económico y militar de la región: durante los 15 años siguientes, sus representantes podrían explotar las minas no denunciadas o no trabajadas de Sonora, vigilarlas militarmente y dar concesiones a compañías particulares. México obtendría, cuando menos, el diez por ciento de los beneficios mineros y que lo abonaría al pago de los gastos de guerra. 

Fue en este momento cuando William M. Gwin, exsenador de California, se ofreció como el hombre ideal para dirigir la empresa. 

¿Quién era William M. Gwin? 

Nacido en 1805, Gwin era un político con una vida marcada por la ambición. Había sido senador por California y defendía con entusiasmo la expansión territorial de su país. Sureño por origen y propietario de esclavos en Mississippi, también tenía intereses en California, lo que lo colocaba entre dos mundos: el sur esclavista y la Unión. No obstante, con la Guerra de Secesión, su situación económica se deterioró. Sus plantaciones fueron arrasadas y se vio obligado a buscar nuevas oportunidades. Se trasladó a Francia en 1863, donde concibió la idea de aprovechar el proyecto imperial en México para reconstruir su fortuna y proyectarse como líder de un gran plan colonizador. Se entrevistó con Napoleón III, gracias a la mediación del marqués Charles de Montholon, recién nombrado ministro en México, y del duque Charles de Morny, medio hermano del emperador, ministro y presidente del Cuerpo Legislativo, quien le ofreció apoyo económico para trabajar las minas, construir ferrocarriles e inaugurar líneas de vapores. El emperador se interesó por sus propuestas y lo instó a elaborar un plan más formal, mismo que, junto con unas notas explicativas, presentó a su gobierno en el mes de marzo de 1864, con el ambicioso título de “Plan de Colonización de Sonora y Chihuahua”. 

Sus puntos principales eran los siguientes: la creación del Departamento Minero del Norte de México, que abarcaría parte de Sonora y Chihuahua, y sería administrado por un Director en Jefe de Colonización y Minas, apoyado con un consejo técnico. Una guarnición de mil jinetes y una batería de artillería del ejército francés para mantener el orden entre los colonos, para controlar a los audaces que nunca faltaban en la colonización de las regiones ricas en minas y, además, para trabajar en las minas durante periodos alternados. Todas las tierras laborables y sin dueño se abrirían a la colonización. Se ofrecerían 160 acres a cada inmigrante que las ocupara y cultivase durante dos años y que debía jurar lealtad al imperio mexicano. Las minas no ocupadas y trabajadas en la fecha del decreto serían entregadas al primero que las denunciara y que, a cambio, pagaría en lingotes un impuesto del seis por ciento de la producción total de oro y plata. 

Gwin proponía invitar a colonos de los distritos mineros de su país y de la Columbia Británica, que serían los pioneros de una gran inmigración procedente de Canadá, Francia, Alemania, España y América del Sur, atraída por la riqueza de las minas, la facilidad de acceso y la rapidez con que podrían disponer de provisiones, maquinaria minera y cuanto necesitasen. Aseguraba que el noroeste de México llegaría a estar habitados por “una población robusta y vigorosa” que no sólo desarrollaría los recursos naturales, sino decuplicaría el precio de sus propiedades, amén de que daría fin a la hostilidad de los indios que azotaban la región. 

Las ventajas comerciales y financieras también serían enormes. El tesoro imperial recaudaría los derechos mineros y aduanales, que serían la base para negociar un empréstito con el cual pagar lo que se debía a Francia y consolidar la deuda en términos favorables. 

Desde un punto de vista estratégico, se protegería el territorio “más débil, más expuesto y con probabilidades de ser asaltado” y se constituiría una barrera inexpugnable contra cualquier agresión. 

Por último, el exsenador de California insistía en la urgencia de la colonización. En cuanto terminara la guerra de secesión, miles de soldados licenciados se dejarían caer y México perdería el territorio para siempre. En cambio, comprometidos con el imperio, los inmigrantes lo defenderían de los indios, de los ataques de otras naciones y de los invasores de los ejércitos cesantes. 

Reacciones en México y en Francia 

Napoleón III vio la propuesta con buenos ojos. Representaba ingresos seguros y una forma de justificar la intervención en México. De ahí que la aprobara como una política que tendría que seguir el emperador Maximiliano. Se nombró a Gwin director del proyecto, pues se le consideró capaz de persuadir a sus partidarios en California para que viajasen al noroeste de México.  

Para el exsenador, esta aprobación significó la posibilidad de reconstruir su fortuna personal, explotar las minas por denunciar y poner los cimientos de un gran imperio comercial. Soñaba con un ferrocarril que comunicase Mazatlán con la desembocadura del río Bravo y que conectara con las vías férreas texanas. De esta manera, se obtendría el monopolio del tránsito comercial de China, Japón y las Indias Orientales con América del Norte, América del Sur y Europa. No pretendía anexar a Estados Unidos el departamento que iba a formarse, sino que siguiera siendo parte del imperio mexicano. 

Sin embargo, su plan era irrealizable: partía de supuestos no comprobados, mencionaba pocos obstáculos, sugería soluciones simplistas y proponía objetivos ambiciosos y difíciles de llevar a cabo. Implicaba, además, riesgos considerables. Los antecedentes de Gwin no lo acreditaban como un jefe adecuado para dirigir el poblamiento y explotación del noroeste de México. La presencia de un ejército francés en Sonora y Chihuahua podía terminar en una guerra con Estados Unidos. La colonización del territorio con inmigrantes procedentes de este país abría la puerta a una repetición de la historia de Texas. 

Por su parte, Maximiliano sintió, desde un principio, gran desconfianza hacia Gwin. Temía que la aceptación de sus propuestas equivaliera a la pérdida de una región de su imperio. Para no enemistarse con Napoleón III aparentó aprobar el “Plan de Colonización”, pero se negó a otorgar a Francia el derecho de explotación de las minas sonorenses no denunciadas o no trabajadas. Acosado por presiones externas e internas, y deseoso de librarse de la responsabilidad mexicana, su colega francés tuvo que resignarse. Se propuso insistir cuando el austriaco necesitara dinero para pagar sus deudas. 

Gwin trató de ejecutar su plan en cuanto llegó a México. Pero le resultó imposible. El emperador y sus ministros lo evitaban. Finalmente, cuando el enviado francés, el marqués Charles de Montholon, que respaldaba a Gwin, lo amenazó con conquistar Sonora de cualquier manera, Maximiliano encontró un pretexto para no discutir el asunto. Lo acusó de actuar más allá de sus instrucciones y declaró que, en adelante, sólo trataría al respecto con el emperador de Francia. Sin embargo, no tenía la menor intención de hacerlo. 

El fracaso del proyecto 

Preocupado por la falta de progreso, Gwin viajó a París a fin de reanimar el interés de Napoleón III. Lo consiguió y, a su solicitud, elaboró otro plan. Entre tanto, para sustituir al recién fallecido duque de Morny, se asoció con tres compatriotas: dos militares y un periodista, quienes se encargaron de ofrecer al público concesiones mineras y ferrocarrileras. 

En el plan que presentó al emperador indicó de nuevo las ventajas que México y Francia obtendrían de la colonización del noroeste, los problemas que se presentarían y las soluciones adecuadas para alcanzar el éxito. Manifestó su deseo de regresar, si bien puntualizó que no lo haría a menos que tropas francesas ocuparan la región y apoyasen la empresa. Afirmó que si Maximiliano consentía en su proyecto y en aplicar los ingresos de minas y aduanas locales al pago de los intereses y, si se podía, del capital de la deuda imperial, se solucionarían los problemas económicos más urgentes. 

El exsenador aseguró que Juárez contaba con un gran ejército y en Sonora haría un último esfuerzo por recuperar el país. Pero aclaraba no era de temer, pues las tropas intervencionistas podían derrotarlo y obligarlo a buscar refugio en Estados Unidos. Reconocía que el gobierno francés tendría que decidir entonces si retirar o dejar a sus soldados en Sonora. La retirada sería un error: los sonorenses, solos, serían incapaces de defender el territorio contra los enemigos del imperio y de someter a los indios hostiles. Por otra parte, mantener un ejército en un lugar prácticamente deshabitado, sin cultivos, lejos de una base desde la cual se pudiera abastecer, representaría una enorme inversión. 

Sin embargo, Gwin insistió en que su plan de colonización superaría todos esos obstáculos. Atraídos por concesiones y privilegios, el capital y la mano de obra de otros países pondrían a trabajar y producir las tierras agrícolas y las minas desocupadas. Se conseguiría así un rápido poblamiento de la región, que pronto podría defenderse de las devastaciones indígenas y de las invasiones de fuera y, en consecuencia, prescindir poco a poco de las tropas francesas. A los inmigrantes se les exigiría el único requisito de ser leales al gobierno imperial, al que deberían apoyar en caso de guerra civil o extranjera. 

Aunque lamentaba que su primer proyecto de colonización no se hubiera llevado a cabo, Gwin afirmaba que el noroeste podía transformarse aún en “una de las regiones más ricas y prósperas” del mundo y sólo los inmigrantes estarían dispuestos a empeñarse en ello. Contaba para la colonización con los sureños, con sus partidarios de California y con los miles de enemigos del gobierno de Abraham Lincoln hostilizados por sus simpatizantes en los estados de la Unión. Todos deseaban establecerse en el norte de México y desarrollar sus recursos, fortalecer el poder del imperio y defenderlo de las revoluciones y los ataques del exterior. Obedecerían las leyes si estas los protegían y nada más exigirían del gobierno de Maximiliano estabilidad y protección para sus propiedades. Por lo demás, descartaba la idea de que la inmigración fuese un riesgo, que pudiera provocar el enojo del gobierno estadunidense o de cualquier otro o que la convivencia de razas diferentes en un mismo territorio condujese a un conflicto. Su conclusión resultaba evidente: sólo con el capital y la mano de obra de otros países podría prosperar la región de su interés, el imperio mexicano dejaría de depender de la ayuda extranjera y, por tanto, las tropas francesas podrían retirarse sin ponerla en peligro. 

Inquieto por el mal estado de las cosas en México e impresionado por el optimismo del exsenador de California, Napoleón aprobó el nuevo plan y le pidió retornar. Mas, para no comprometerse demasiado, escribió al mariscal Achiles Bazaine, al mando de las tropas expedicionarias, dejando para él y Maximiliano la decisión final sobre la empresa. Gwin creyó, equivocadamente, que en la carta ordenaba que se le diese respaldo militar y emprendió el regreso a principios de mayo de 1865. En La Habana, se enteró de la rendición del sur el 9 de abril. La noticia lo sorprendió desagradablemente. Era claro que Washington podría exigir a Napoleón III la retirada de sus tropas y que sus planes no se llevarían a cabo si este accedía. Empero, procuró no desanimarse. Entonces, más que nunca, estaba seguro de que la adopción de sus ideas constituía la salvación del imperio mexicano. 

Aunque no lo creía indispensable, el exsenador deseaba el apoyo de Maximiliano, ya que así facilitaría el desarrollo de sus planes. Sin embargo, el emperador estaba fuera de la capital y habían de pasar algunos días antes de que regresara. No contaba más que con la ayuda de Bazaine, pues su amigo Montholon había sido trasladado a Washington y el nuevo ministro, Alphonse Dano, mostraba escepticismo ante sus planes. Pero el jefe militar, quien no se preocupó por explicarle que Napoleón III había puesto su futuro en sus manos, no tenía la menor intención de colaborar con él. 

Por más que no lo consideraba importante, el principal obstáculo con que tropezó Gwin fue la oposición de Maximiliano. Este, libre de la presión de su colega de Francia, no deseaba enemistarse con Estados Unidos ni tampoco contrariar la actitud nacionalista de la prensa y la opinión pública, indignadas por lo que creían una amenaza a la integridad e independencia de México. Por ello rechazó, definitivamente, los proyectos de colonización del noroeste y autorizó la declaración, en el periódico oficial, de que su gobierno no tenía la menor relación con él y sus planes. Gwin quiso protestar y reivindicar su nombre públicamente. No pudo hacer nada. Bazaine, a quien Maximiliano aseguró que regresaría a Europa si el ejército francés apoyaba la aventura sonorense, se negó a intervenir. Por su parte, Napoleón III no respondió a la demanda de ayuda que le envió casi de inmediato. Y es que en Francia el asunto había suscitado comentarios muy desfavorables entre el público, la prensa y los diputados liberales del Cuerpo Legislativo. Estas críticas y, sobre todo, el fin de la guerra de secesión lo determinaron a suspender su apoyo a los sueños para Sonora. 

Para mediados de 1865, el proyecto estaba muerto. Gwin partió hacia Matamoros con escolta francesa, cruzó el río Bravo y terminó encarcelado en Fort Jackson, cerca de Nueva Orleans, bajo sospecha de deslealtad. Permaneció preso siete meses. 

En sus memorias, escritas en la década de 1870, reconoció que siempre había esperado que su colonia no permaneciera mucho tiempo bajo control francés. Incluso afirmó que, de haber vencido el Sur, California se habría separado de la Unión y los territorios del norte de México se le habrían sumado. 

Maximiliano, a fin de cuentas, tuvo razón para desconfiar. 

PARA SABER MÁS 

  • Shields, James C., “Sonora y los franceses”, Revista de Historia de América, 1958, en https://cutt.ly/btTbj5rO 
  • Suárez Argüello, Ana RosaUn duque norteamericano para Sonora, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Dirección General de Publicaciones, 1990. 
  • Taylor, Lawrence Douglas, “La fiebre del oro en Sonora durante la década de 1850 y sus repercusiones diplomáticas con Estados Unidos”, Región y Sociedad, 1996, en https://cutt.ly/3tTbkOIR