Sebastián Tapia Vázquez
Instituto Mora
En revista BiCentenario, el ayer y hoy de México, núm. 70.
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El juicio y muerte de este líder de los abolicionistas de la esclavitud en Estados Unidos no pasó desapercibido en la prensa conservadora de laCiudadd de México de 1859. Lo utilizó como un símil entre la supuesta fragilidad moral y política del país vecino con el ideario liberal, y sinónimo del inevitable fracaso de ese proyecto político.
Encabezados como “Exequias por el alma de John Brown” y títulos similares poblaron los impresos conservadores de la ciudad de México entre 1859 y 1860, donde relataban los últimos momentos de vida de un reo condenado a la horca en Estados Unidos. ¿Por qué, cuando México se encontraba en medio de una cruenta guerra intestina, los responsables de los impresos dedicaron algunas de sus primeras planas para hablar de sucesos que tuvieron lugar fuera de sus fronteras? ¿Quién fue John Brown? Un acto de reflexión en torno a estos cuestionamientos puede arrojar luz sobre la globalización experimentada al mediar el siglo XIX, donde los sucesos locales no estaban aislados, sino que fueron observados como parte de un fenómeno internacional que parecía enfrentar a los valores del mundo “hispano” con el “anglosajón”.
Con esto en mente, la tarea de este breve texto es analizar el papel que la prensa le otorgó a la ejecución de uno de los líderes abolicionistas más famosos de la época, en dos momentos de crisis: 1859-1860 y 1863. El principal punto de interés serán las editoriales del periódico La Sociedad, pero también se hablará someramente de las producidas por El pájaro verde, con la intención de contrastarlas s y exponer sus cambios discursivos. Igualmente, los siguientes párrafos serán una invitación a conocer más sobre la biografía de este interesante personaje y su tiempo que, si bien resulta bastante conocido en Estados Unidos, suele pasar desapercibido en México.
La antesala de la guerra civil
“¡Se ha ido a ser soldado en el ejército del Señor!, ¡Su alma sigue adelante!” Estos versos inconfundibles de una melodía marcial se entonaban en el ejército de la Unión durante la guerra civil estadunidense (1861-1865). Hacen referencia a John Brown (1800-1859), evangelista nacido en Torrington, Connecticut, miembro del Underground Railroad –organización dedicada a la liberación de esclavos, mediante rutas clandestinas y casas de seguridad–, quien entre las décadas de 1840 y 1850 participó en diversos ataques armados a hacendados y poblaciones del sur, donde el negocio de la esclavitud prevalecía. Con el apoyo económico de varios líderes abolicionistas en el norte de Estados Unidos, en 1859 junto a una veintena de sus seguidores, organizó un plan para hacer estallar una revolución de esclavos a escala nacional, cuyo punto de inicio sería la ciudad de Harpers Ferry, en Virginia.
Fracasada la difusión del plan de acción entre los aliados de la zona y con la mayoría de la población de la ciudad en su contra, fueron rápidamente derrotados por los marines del gobierno federal –comandados por quien sería uno de los principales generales de los estados confederados, Robert E. Lee–. En el edificio donde hicieron su última defensa yacían muertos diez miembros del grupo, incluyendo a dos hijos de Brown, mientras que él reposaba malherido. Su última intentona armada había acabado de una forma casi tan abrupta como su inicio. Su relevancia, sin embargo, apenas comenzaba a aquilatarse.
La lucha que encabezó forma parte de una década (1850) en la que la institución de la esclavitud tomó un papel central en el teatro político estadunidense y que en su crepúsculo se hizo evidente que el problema habría de tener una resolución por la vía armada. Así, en la transición entre décadas, los enfrentamientos directos comenzaron a multiplicarse. Fue en este contexto, previo a la toma de posesión de Abraham Lincoln y de que siete estados sureños declararon su secesión –y a los que sumarían otros seis– para estallar formalmente la guerra civil, que él enfrentaría uno de los juicios más mediáticos en la historia de Estados Unidos, cuyo resultado final habría de ser la pena capital por los delitos de homicidio y traición.
Mientras tanto, al otro lado del río Bravo, la Guerra de Reforma finalizaba su segundo año. Año en el que el enfrentamiento alcanzaba su punto más indómito, en el que Miramón, por un lado, y Juárez, por el otro, encabezaron facciones para las que la contienda significó la supervivencia misma de la nación en un mundo cambiante que amenazaba con absorberlos. Como se verá en los próximos párrafos, es en ese miedo profundamente político en el que se insertó la figura de John Brown.
Brown en La Sociedad
Desde su aparición en 1857 hasta su suspensión a finales de 1860, con la entrada de las tropas constitucionalistas a la Ciudad de México, los hábiles escritores que dieron sustento a La Sociedad –como José María Roa Bárcena– marcaron la tendencia narrativa a seguir por el resto de las publicaciones afines al Supremo Gobierno al tiempo que fueron el foco de interés de las refutaciones liberales. Habría de reanudar su actividad con la ocupación de la capital por las fuerzas imperialistas en 1863, permaneciendo en circulación hasta su desaparición en 1867.
El juicio de John Brown sirvió para identificar lo que consideraron las principales diferencias de “carácter” entre ambas naciones, las cuales emanaban directamente de su identidad religiosa. Al mismo tiempo, formó parte de una arremetida del impreso contra la facción constitucionalista que se encontraba negociando con los representantes de James Buchanan el reconocimiento como el único gobierno legítimo.
El primer punto no era sino una continuación del pensamiento que permeó a las primeras generaciones de intelectuales mexicanos. Para ellos, dada la “superioridad moral” del catolicismo sobre el protestantismo, las naciones pertenecientes al globo hispano –presentado como su principal defensor– se encontraban por arriba de otras, en una especie de escala de civilizaciones. Estas opiniones se intensificaron tras el desastre de la guerra contra los Estados Unidos, ya que el autodenominado conservadurismo nacional señaló a los proyectos liberales como los principales culpables por el resultado del conflicto, a razón de que sus principios no le eran propicios a una nación hispana y católica, imposibilitando así el sostenimiento de cualquier tipo de unión nacional. Además, la situación que atravesaba el país vecino parecía confirmarles que tales sistemas políticos estaban destinados al fracaso en todo el mundo. Por eso, poco les importaba que John Brown no hubiese sido católico, puesto que su caso aportaba suficiente evidencia contundente a sus argumentos.
Así, en la editorial que ocupaba la primera plana del impreso publicado el 12 de noviembre de 1859, se sentenciaba que “los sucesos de octubre último en Virginia, como decíamos al comenzar a ocuparnos de ellos, han descubierto una vez más los pies de barro del gigante del Nuevo Mundo” al tiempo que identificaban a la confrontación entre los defensores de la esclavitud y los partidarios de su abolición como “la piedrecilla que Nabucodonosor en sueños vio rodar de lo alto de la montaña, tocar los pies del coloso y pulverizarlos para que este viniera al suelo con estrépito”.
La cita vuelve evidente que informar sobre los acontecimientos internacionales no tenía un fin meramente crónico, sino que estos sucesos forman parte de una pugna por moldear para su causa a la opinión pública. La ejecución de John Brown se convierte en algo más que un suceso que es informado, se vuelve un símbolo de la supuesta fragilidad moral y política de Estados Unidos, reforzando la idea de que los sistemas liberales y protestantes estaban condenados al fracaso. Así, al proyectar sus propias preocupaciones y argumentos ideológicos, los redactores de La Sociedad emplearon el caso para advertir sobre los peligros de adoptar modelos extranjeros, al tiempo que reafirmaban la superioridad de los valores católicos e hispanos.
Poco más de un mes después, el 27 de diciembre, el periódico denuncia que la ejecución de John Brown puso de manifiesto “la poca fuerza moral del gobierno” de un país que se “llama libre y filántropo sin duda por ironía”. Y, de manera similar al artículo anterior, concluye advirtiendo que “la esclavitud ha de ser a la larga el azote de la nación vecina, sumergiéndola en los horrores de una verdadera guerra civil […] haciendo que aquella República sustituya a la nuestra en el triste papel del enfermo de América, como sincera y profundamente lo deseamos en justa correspondencia de los favores que le debemos.”
De las citas anteriores es posible reflexionar que los autores fueron conscientes de la magnitud de la crisis que tenía lugar en Estados Unidos y en su análisis la relacionaron con los acontecimientos que en años pasados habían tenido lugar tanto en Europa como en México. Además, como fue el común denominador al mediar el siglo XIX, los escritores identificaron a su presente como un momento inédito y de cambios extraordinarios. Por eso argumentaban, tanto liberales como conservadores, que las naciones se encontraban en una encrucijada de la que no podían escapar; para los segundos, esa encrucijada sólo podía ser superada si al progreso se le “moderaba” con un sistema que rechazara todo aquello que no fuese inherente a la “identidad” nacional.
A la par de lo anterior, es necesario considerar que las relaciones México-Estados Unidos, entre 1858 y 1863, sufrieron múltiples cambios que respondieron a su tumultuosa realidad política. El primer gobierno en tener el reconocimiento por parte de Estados Unidos fue el de Félix Zuloaga –no el de Benito Juárez–, por ser quien ocupaba la capital del país. Sin embargo, para febrero de 1859 –con Zuloaga destituido y Miguel Miramón como presidente–, los representantes de la administración de James Buchanan rompieron sus acercamientos diplomáticos con el Supremo Gobierno y reconocieron, en cambio, al constitucionalista residido en Veracruz. El principal requisito de ese apoyo fue abrir espacio a las negociaciones comerciales y territoriales afines a los intereses del vecino del norte.
Con esto en mente, desde la perspectiva conservadora, el hecho de que el gobierno constitucionalista negociara con su símil estadunidense representaba una traición a los ideales que enarbolaba. Argumentaron que la nación progresista, libre e igualitaria que aquellos promulgaban no podía sostenerse con una alianza con los Estados Unidos. Así mismo, reclamaban al presidente Buchanan su interferencia en la política nacional. Esto último se evidencia con la crónica titulada “Dos palabras respecto del mensaje de Buchanan” publicada el 18 de febrero de 1860, a razón del reclamo lanzado por el mandatario por la ejecución de ciudadanos de su país durante el episodio conocido como los mártires de Tacubaya. Cabe recordar aquí que con ese nombre se hace alusión al suceso que tuvo lugar en aquel poblado a las entonces afueras de la ciudad de México, donde poco más de medio centenar de personas rezagadas del ejército liberal –soldados heridos y médicos– que había fracasado en su intento por capturar la capital, fueron fusilados por las tropas al mando de Leonardo Márquez.
Sobre la ejecución del ciudadano extranjero –argumentaban que sólo fue uno–, La Sociedad sentenciaba que “antes de aparentar, para eludir el castigo, que se ocupaba de socorrer a los heridos, se había ocupado de matar mexicanos unidos a las filas de los progresistas”. Por lo que el fusilamiento de ese “yankee” y el resto de la “chusma constitucionalista” estaba justificado bajo las leyes mexicanas. El texto continúa señalando que aquel presidente “no recuerda siquiera que en los propios días en que se ocupaba de escribir su mensaje, el tribunal de Charlestown asesinó jurídicamente a John Brown sin permitirle ni reponerse de sus heridas”. Igualmente, advirtieron que los reclamos de Buchanan eran parte de una velada estrategia política para conseguir mayores beneficios en las negociaciones entabladas con el gobierno de México, por lo que denunciaban que “hoy que, a la innata tendencia de aquel pueblo, se agrega la traidora alianza que con él se propone celebrar el gobiernillo de Juárez, ya no aspira únicamente a sacar ventajas de México, sino a consumar la absorción de nuestro país”.
Esto permite reflexionar que, a través de esta clase de textos, el conservadurismo intentó consolidar una especie de narrativa de defensa de la soberanía nacional frente a la injerencia estadunidense. Adoptar esta perspectiva no sólo les permitía poner en entredicho o descalificar a cualquier triunfo liberal, al adjudicarlo únicamente a dicha intromisión, sino que les permitía presentar a su facción como la protectora de la nación mexicana.
Es importante tener en cuenta el contexto de las relaciones diplomáticas porque el discurso de la prensa se adaptó de la mano con ellas. En ese sentido, para 1863, cuando se comenzó a forjar una alianza –que no llegó a materializarse en su totalidad– entre los estados confederados, Francia y el nuevo imperio mexicano, los impresos conservadores tomaron claramente el papel de apoyar a los primeros. Los redactores proimperialistas parecieron olvidar el tema, otrora central, de la esclavitud y, en cambio, dedicaron su tiempo en identificar a los ciudadanos que conformaban a la confederación como culturalmente cercanos a la identidad mexicana, bajo el argumento de que eran descendientes no del mundo anglosajón sino del latino, es decir, de Francia y España.
En este nuevo contexto, la figura de John Brown y lo que ella representaba desapareció de las páginas de La Sociedad y al nuevo adalid con el que ligaron sus ideales fue al presidente Jefferson Davis. El siguiente caso sirve para ilustrar lo expresado.
Brown y El Pájaro Verde
Situación similar a La Sociedad fue la de El Pájaro Verde, periódico que comenzó a circular en 1861 y que se mantendría en producción en los tiempos de la intervención. Este impreso fue una de las principales voces que promovieron el proyecto imperial francomexicano que, al mediar 1863, había logrado hacerse de la capital del país y buscaba el reconocimiento internacional como gobierno legítimo. Fue así que, para sus responsables, la encomienda de promover la alianza confederación-imperio recayera en identificar las “prácticas tiránicas” de sus adversarios. El texto que lleva por título “La guerra civil en Estados Unidos. La conscripción en el Norte y en el Sur”, publicado el 16 de octubre de 1863, sirve aquí para discutir esas ideas.
En los párrafos de ese artículo, el debate en torno a la lucha armada pasaba primero por la “transgresión” de la soberanía de los estados del sur por parte de la federación y eso era lo que justificaba su separación. Inclusive, argumentaron que una vez que se ganara la guerra, la Confederación aboliría a la ignominiosa institución, puesto que “estos proletarios del Sur son casi todos emigrados de Europa […] sobre todo, franceses. Conocen que sea cual fuere el espíritu retrógrado de algunos fuertes plantadores, el triunfo del Sur causará la caída de la esclavitud”. Rematan su argumentación con lo que consideran la principal diferencia entre el gobierno “despótico” de Abraham Lincoln y el “legítimo” de Jefferson Davis; para ellos, el segundo había logrado convocar –sin recurrir a la leva– al grueso de la población sureña mediante la promesa de que alcanzarían su “independencia mercantil y los medios de salir de la miseria”.
Lo anterior es importante retomarlo porque al señalar que la esclavitud había sido protegida “con las bayonetas federales como en tiempo de John Brown” y que, ya sea por los orígenes étnicos de la Confederación o por la presión de potencias europeas, la victoria del Sur traería su caída, los redactores dotaban de una justificación ética a la alianza que comenzaba a fraguarse. Esto les permitió evadir una legitimación directa a una práctica que durante tantos años habían identificado como el principal factor que diferenciaba a “lo mexicano” de “lo estadunidense”.
Reflexiones finales
A mediados del siglo pasado, la figura de John Brown resurgió en los Estados Unidos como un contrargumento al revisionismo impulsado por la llamada “causa perdida” enarbolada por sociedades civiles, políticos de carrera y figuras públicas sureñas, quienes retomaban la idea de que el motor principal de la guerra civil no fue la cuestión de la esclavitud sino la injerencia del gobierno federal en la soberanía estatal. En ese contexto, la lucha de este líder armado sirvió como un poderoso recordatorio de que aquella institución –como los redactores de La Sociedad puntualmente previnieron– sí fue la piedra angular del conflicto.
En lo que aquí concierne, John Brown sirve como una invitación a reflexionar la estrecha relación entre la guerra de secesión, la guerra de reforma y el segundo imperio. Lo observado en párrafos anteriores permitió demostrar que los acontecimientos internacionales formaron parte de las herramientas discursivas que impresos como La Sociedad o El pájaro verde emplearon para legitimar sus propios posicionamientos políticos. Así, la figura de aquel abolicionista les sirvió tanto para criticar las contradicciones del sistema liberal, como para denunciar cualquier tipo de negociación con una nación que consideraban fundamentalmente antagónica a la identidad mexicana.
Por otro lado, en lo argumentado se confirma una tendencia que debe permanecer siempre presente cuando se hace una aproximación al discurso enarbolado por la prensa y esa es que este se encuentra en un proceso de perpetua adaptación. Para este caso, señalar el contraste entre lo expresado entre 1859 y 1863 revela que las nuevas realidades de su panorama político forzaron a los autores a adaptar su narrativa; podían seguir oponiéndose a la esclavitud, al tiempo que buscaban alianzas con una confederación que nació con la evidente intención de mantenerle vigente. Resta a cada cual reflexionar qué tan convincente fue su esfuerzo.
PARA SABER MÁS
- Delgadillo Núñez, Jorge E., “La esclavitud, la abolición y los afrodescendientes: memoria histórica y construcción de identidades en la prensa mexicana, 1840-1860”, Historia Mexicana, 2019, en https://cutt.ly/1tTnTqkQ
- Ortiz Dávila, Juan Pablo, “Visiones desde la prensa: las relaciones entre los conservadores y los confederados durante el Segundo Imperio, 1863-1866”, Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, 2016, en https://cutt.ly/mtTnRlhT
- Anonimo “Incipit Tragoedia: El discurso conservador en torno a la guerra de tres años. Sus fundamentos, desarrollo y expresión, 1855-1860”, tesis doctoral, México, Instituto Mora, 2010, en https://cutt.ly/5tTnEVYt
- Pani, Érika, Para mexicanizar el segundo Imperio. El imaginario político de los imperialistas, Colmex/Instituto Mora, México, 2001, en https://cutt.ly/ltTnEpmY
- Suárez Argūello, Ana Rosa, “Contra el execrable e ignominioso Tratado McLane-Ocampo. La reacción conservadora frente a las relaciones entre Estados Unidos y el gobierno liberal”, Historia Mexicana, 2023, en https://cutt.ly/7tTnWngO
