José Ortíz Monasterio
Instituto Mora
En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 32.
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La educación tradicional católica, tanto en su casa como en las aulas, del autor de Los Ceros, no le impidió transitar hacia el liberalismo y convertirse en un protagonista destacado de la reforma. Fue un estudiante notorio, el hijo admirado por sus padres y protector de su hermano Carlos.

Vicente Riva Palacios fue educado en la tradición católica más pura. Su padre tenía firmes creencias religiosas y las oraciones, los santos y toda esa encantadora milagrería del cristianismo debieron ser el ambiente natural de su casa, algo común en cualquier hogar de los años treinta y cuarenta del siglo XIX. Curas, chantres, canónigos y presbíteros, lo mismo que su ilustrísima, tenían un papel importante en aquella sociedad, al igual que las órdenes monacales de hombres y mujeres. La suerte de los padres jesuitas corría sobre un péndulo, pues podían ser tanto tolerados como prohibidos de un año a otro. Pero todos los actos trascendentes de los mexicanos eran presididos por un sacerdote: el nacimiento, la comunión, la confirmación, el matrimonio, la defunción. Y el sacerdote también estaba presente en bendiciones, procesiones, tertulias familiares y hasta en los negocios. Sin embargo, desde la ciencia se cuestionaba el papel de la Iglesia, por ejemplo, al señalar el peligro de enterrar cuerpos en las iglesias en tiempos de epidemias, cuando estos lugares eran frecuentados por los feligreses. Y no hay que olvidar, por otra parte, que el templo era lugar favorito de encuentro para los enamorados.
El propio Riva Palacio recuerda en el libro Los ceros cuando la Iglesia tenía presencia en todas las actividades cotidianas:
Hace 50 años, cuando el dominio del clero era tan absoluto que los transeúntes no pasaban cerca de un sacerdote sin quitarse el sombrero los varones y besarle la mano las mujeres y los niños; cuando las conversaciones en todas las tertulias, sobre todo delante de las señoras, giraban siempre sobre el padre fulano, sobre la plática del padre mengano, sobre los maitines de catedral, la calenda de Loreto, el vespertino de San Francisco o las tres horas de la Profesa; cuando todas las novias las iban a pedir los canónigos o los curas; cuando todos los niños jugaban a las capillitas, y en todas las enfermedades ofrecían las muchachas ponerse el hábito; entonces, como una venganza, como una muestra de insurrección de los espíritus, pasaban de boca en boca, lo mismo en las tertulias de los ricos que en el chocolatero de los canónigos o el cuadrante de las parroquias, cuentos de religión y de sacerdotes en que se ponía en ridículo al culto y sus ministros.

Es un hecho que cierto jacobinismo, heredado de las pugnas entre la Iglesia y el Estado en el siglo XIX (y también en el XX y XXI), nos ha impedido conocer y reconocer como nuestra la historia eclesiástica mexicana, que tantos varones eminentes produjo y que han jugado un gran papel en la sociedad. Pero son, más que nada, ciertas asociaciones confesionales intolerantes actuales las que nos obligan a defender por encima de todo la libertad de conciencia.
Pero nuestro conflicto es poca cosa frente al que debió vivir Vicente, educado en la tradición y convertido luego en actor importante de la revolución de la reforma. Es difícil determinar un punto de conversión, y su vida se asemeja más a un tránsito paulatino. Pero parece seguro que en sus años de estudiante era un ferviente católico, aunque el liberalismo más radical, digamos de un Ignacio Ramírez, debió plantear una disyuntiva a los jóvenes de entonces, cuyas interminables discusiones sobre las ideas modernas hubiéramos querido escuchar.
Vicente, en suma, se educó en la época del presidente Santa Anna. Es decir, que si bien había algunos de los pensadores ilustres de orientación liberal, esto no significa que la educación que recibió Vicente haya sido liberal. Es verdad que la educación superior estaba ya en manos de seglares y también lo es que la influencia de la cultura francesa era notoria, pero estaba muy lejos de ser laica, incluso en los institutos que se tenían por jacobinos. Anne Staples informa que los alumnos del Colegio de San Gregorio “oían misa diaria, comulgaban una vez al mes (esto era regla general en todos los colegios) y llevaban cátedras sabatinas de religión”.
En cuanto a la disciplina, la misma autora señala que era “feroz” y que el rector del Colegio, don Juan Rodríguez Puebla, “tenía un carácter demoniaco y mantuvo al Colegio bajo un régimen de terror de 1829 a 1848, año en que murió”. Por más que esto se apoye en un testimonio de un testigo presencial, este burdo retrato de Rodríguez Puebla es totalmente erróneo. El recuerdo de García Cubas (el testigo del caso) es un cliché que podrá ser todo lo pintoresco que se quiera, pero, ciertamente, muy poco objetivo. Considero que Rodríguez Puebla tenía más de venerable que demoniaco; las medidas disciplinarias que imponía eran severas, pero sin llegar, miremos claro, a la ferocidad. Guillermo Prieto, el testigo de la defensa, recordaba en su vejez a Rodríguez Puebla como un hombre “rigoroso y cumplido, el genio del orden, el alma del estudio y el atildado caballero con sus toques y vivos de jesuita”.
En San Gregorio, Vicente destacó como buen estudiante, pero su hermano Carlos, en cambio, causaba problemas. Ya desde 1843 era comparado desfavorablemente con Vicente por su madre, quien se refiere a Carlos en estos términos: “Pobre, todavía es muy niño para su edad, tampoco su cabeza está organizada como la de Vicente”. Años después, Carlos descuidó mucho sus estudios y don Mariano, su padre, recibió una carta en la que se habla de su mal comportamiento. Don Ignacio Flores Pensado escribe a don Mariano excusándose de no haberlo hecho antes porque:
Él mismo me hizo protestas de enmienda y Vicentito me aseguró que su vista había comenzado a estudiar y que él se constituía fiador de que cumpliría lo ofrecido […] Han transcurrido varios días, los exámenes están muy cerca y, sin embargo, Carlos continúa manejándose lo mismo y nada estudia. Yo hablé a Vicentito y me han dicho que Carlos se excusa hasta de verlo para evitar las continuas reconvenciones que le hace.
El corresponsal termina su carta con la sugerencia de que se quede Carlos en el Colegio en vacaciones y reciba su cátedra para presentar exámenes entre diciembre y enero.
Por su parte, Vicente le escribió a don Mariano, pero con mayor optimismo:
Mi querido papá:
Con mucho disgusto vi la carta de usted en que se quejaba del comportamiento de Carlos en el colegio, y lo disgustado que usted estaba por esa razón, pero felizmente se ha enmendado ya completamente, Lozano, el vice [rector] lo ha tomado a cargo […] y creo que pasará sin necesidad de quedarse las vacaciones, de manera que debe […] usted perder cuidado.
Y en esa misma carta Vicente aprovecha para relatar a su padre sus éxitos:
Yo no había querido escribirle a usted hasta saber lo que sucedía conmigo, pero ahora lo hago, diciéndole que he sido nombrado actuante público, pero las circunstancias de este nombramiento se las diré a usted cuando venga, nada más le digo que son muy honrosas y satisfactorias para mí. El 22 sufrí un examen particular; obtuve la calificación de excelente. Usted conocerá que me causa mucho placer poder dar a usted esta satisfacción; mándeme usted la lista de personas que quiere que convide y decir si puede usted venir al acto, [o] si no, cuántos convites le mando.
Sin más objeto, me repito su afectísimo hijo y servidor que besa su mano, Vicente Riva Palacio.
Vicente, el hijo mayor, el que llevaba el nombre del abuelo-héroe, Vicente Guerrero, era el favorito de su padre. Era responsable, buen estudiante, buen hijo y buen hermano (pues ayudaba a Carlos a salir de dificultades); Vicente prometía cumplir el deseo de sus padres: que fuera feliz y que fuera un mexicano distinguido. Por eso, en una memoria de un ministerio que tuvo a su cargo don Mariano, este escribió la siguiente dedicatoria: “A Vicente y mis demás hijos”.
Pero volvamos al examen de Vicente. Se trata del examen final de Filosofía, con el cual terminaría lo que ahora llamamos bachillerato. En ese examen difícil, reza el documento oficial, “duró dos horas y fue aprobado, para seguir facultad mayor, habiendo obtenido la calificación de Excelente por unanimidad de votos”. Además, Vicente recibió el honroso nombramiento de “actuante público”, según explica su maestro Sabino Flores.
Siempre se dice que la educación de antes estaba llena de defectos. Pero entonces, ¿cómo explicar las luces de los grandes hombres, la “pléyade”, dicen algunos, que dieron forma a la Constitución de 1865 y a las Leyes de Reforma? El lector, que siempre es el más sabio, tendrá “su” respuesta.
PARA SABER MÁS
- Ortiz Monasterio, José, “Patria”, tu ronca voz me repetía, biografía de Vicente Riva Palacio y Guerrero, México, Instituto Mora, 1999.
- Ver la película “Monja, casada, virgen y mártir”, dir. Juan Bustillo Oro, 1935, en http://goo.gl/IJNOex
- Ver la serie de televisión “Martín Garatuza”, producción Fernando Moret, Televisa, 1986. Es posible ver el primer capítulo en https://goo.gl/d1QQwx
