Norberto Nava Bonilla
Instituto Mora
En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 26.

Cinco hermanos Bravo dominaban una franja de tierras entre el Pacífico y Chilpancingo. Entrada la guerra con el imperio español se sumaron con recursos y espadas. También lo hicieron varios de sus hijos, entre los que destacaría Nicolás. Salieron victoriosos, aunque dos morirían fusilados y el poderío económico se diluiría.

Nicolás Bravo tiene un lugar importante en la galería de los héroes patrios de México. Numerosas calles, escuelas, plazas cívicas y algunos poblados llevan su nombre a lo largo del país. Participó en muchos combates durante la revolución de independencia, pero quizá el episodio más recordado de su vida es cuando liberó a 300 soldados realistas sentenciados a muerte. No obstante, poco se sabe de su familia y de su importante participación en la lucha armada. El siguiente artículo aborda las actividades de la familia Bravo durante este periodo histórico, lo difícil de sus decisiones y el precio que pagaron por seguir al cura José María Morelos.
El punto de partida es la hacienda de Chichihualco, ubicada a 35 kilómetros de Chilpancingo, actual capital del estado de Guerrero. Esta era una zona importante para los comerciantes durante el virreinato, por ahí pasaba el Camino Real México-Acapulco que transportaba productos provenientes de Asia. A finales del siglo XVIII, la hacienda era propiedad de los hermanos Bravo: Leonardo, Miguel, Víctor, Máximo y Casimiro, hijos de españoles arribados a Nueva España en la década de 1750.

Comerciantes acaudalados, los hermanos Bravo eran dirigidos por Leonardo, el mayor, quien administraba y vivía en la hacienda. Su producción principal estaba en el ganado y la caña de azúcar, pero además comerciaban con el algodón y algunos productos que adquirían en la ciudad de México. Además, eran dueños de varias tierras que se encontraban en los poblados de Chilpancingo y Tixtla. Sus negocios iban desde las costas del Pacífico hasta la capital novohispana, situación que los hizo crear vínculos con políticos, comerciantes, arrieros, propietarios y religiosos. Los hermanos Bravo, a excepción de Máximo, se enlistaron en el Regimiento de Infantería Provincial de la Costa Sur hacia 1781; debido a esto, asumían la obligación de defender a la corona en tiempos de guerra. La milicia les ofreció la ventaja del fuero militar y consideraciones por parte del gobierno. Por ejemplo, se les censaba como españoles a pesar de haber nacido en Nueva España. Al poco tiempo obtuvieron grados militares que les daban el beneficio de uniformar y dirigir sus propias tropas, compuestas por los propios trabajadores y familiares.
La familia Bravo mantenía buenos tratos no sólo con gente importante de su localidad sino con sus jornaleros, lo cual ayudó a que su economía se mantuviera estable y su situación, en general, fuera de bienestar. Este es un caso interesante, pues contradice la idea común de que muchos criollos, resentidos con el gobierno novohispano, se unieron al movimiento insurgente para compensar agravios hechos por los españoles. Si bien no podemos asegurar que los Bravo lo hubieran sufrido, tampoco parece que sus enemistades o resentimientos les impidieran el crecimiento económico.
Más adelante, del matrimonio de Leonardo Bravo con Gertrudis Rueda nació Nicolás el 10 de septiembre de 1786. Realizó sus primeros estudios en Chilpancingo y al finalizarlos trabajó de tiempo completo en la hacienda, donde combinaba las tareas del campo con las administrativas; fue el único hijo de este matrimonio y como tal se esperaba que en un futuro se hiciera cargo de los negocios familiares.
A principios de 1810 cuando Nicolás tenía 23 años, se casó con María Guadalupe Antonina Guevara y Leiva, un año mayor que él. Es probable que los padres de ambos estuvieran de acuerdo con este matrimonio pues Joaquín Guevara, padre de Antonina, era un coronel realista dueño de muchas propiedades en los alrededores de Tixtla. También era comerciante y tuvo mucha relación con los Bravo. Si no existió un acuerdo, de todas formas el resultado prometía ser benéfico para ambas familias, pues se incrementarían sus áreas de influencia comercial.
La guerra
Iniciado el movimiento de independencia por Miguel Hidalgo, este se entrevistó con José María Morelos en octubre de 1810. Le ordenó llevar la revolución al sur y sostenerla con los bienes embargados de los europeos. A finales de ese año, Morelos ya se encontraba en las costas del Pacífico con la intención de tomar el puerto de Acapulco y así cortar el comercio con la ciudad de México. Aunque el puerto no fue capturado, quizá porque el intento fue muy apresurado y no se disponía de la gente y la estrategia correcta, Morelos continuó con la insurrección. Uno de sus principales objetivos era formar un ejército pequeño y disciplinado, con gente que conociera la zona y manifestara su apoyo a la insurgencia.
Entre los primeros en unirse a Morelos estuvieron Hermenegildo Galeana, destacado comerciante de algodón en Tecpan que mantenía contacto mercantil con los Bravo. Hicieron lo propio Valerio Trujano y Vicente Guerrero, ambos arrieros que conocían a la perfección los caminos del lugar e igualmente, debido al comercio, frecuentaban a la familia de Chilpancingo. Es muy probable que todos ellos platicaran a Morelos sobre los Bravo y del apoyo económico y militar que podrían proporcionar; fue así que su presencia y refuerzo eran indispensables.
Los Bravo tenían la obligación de ponerse a disposición de las autoridades para defender el reino, sin embargo permanecieron a la expectativa. El coronel Joaquín Guevara, suegro de Nicolás, no sólo se alistó, sino que exhortó a la familia de su yerno para acudir a Tixtla, poblado en el que se estaba concentrando una escuadra realista con los vecinos de los alrededores. Salvo Casimiro, los demás hermanos ignoraron la solicitud y se ocultaron en la cueva de Michapa, cercana a su hacienda.
Esta actitud de la familia Bravo se ha prestado a muchas interpretaciones. Los historiadores del siglo xix aseguran que ya estaban en tratos con los insurgentes y sólo esperaban su presencia para acordar la unión. No obstante, no existen pruebas que sostengan esta afirmación. Es más probable que estuvieran indecisos y por eso se escondieran: auxiliar a la insurgencia podría ocasionar su declive económico y la pérdida del prestigio cultivado durante años. Negarles apoyo podía ocasionar la confiscación de sus bienes y el hostigamiento por parte de una revolución que parecía ir en ascenso.
Para mayo de 1811, el coronel Guevara comisionó al comandante español José Garrote a viajar a Chichihualco y llevar a los Bravo a Tixtla, por la fuerza si era necesario. Morelos, de igual forma, envió una partida bajo las órdenes de Hermenegildo Galeana para tomar provisiones de la hacienda e invitar a sus dueños a la revolución.
Los insurgentes llegaron a la cueva donde estaba la familia Bravo y comenzaron a negociar su apoyo. Al poco tiempo se presentó el capitán Garrote y sorprendió a las fuerzas de Galeana bañándose en el rio de Chichihualco. La historiografía narra que los sublevados pelearon desnudos y que a pesar de tener una desventaja numérica salieron victoriosos del encuentro. Las fuerzas realistas huyeron y el resultado fue que los Bravo se sumaron a la insurgencia.
Morelos se encontró con los hermanos Bravo en Chilpancingo, allí se reorganizó a las tropas y se dirigieron a Tixtla, lugar en el que se había guarnecido el suegro de Nicolás. Los insurgentes derrotaron a las fuerzas de Guevara, quien huyó con otros soldados a la ciudad de México. Nicolás quedó al resguardo de esta población.
Así iniciaron las acciones militares de la familia Bravo al lado de Morelos. Poco a poco la zona de influencia insurgente creció. Hubo tiempo de ordenar, disciplinar y uniformar al ejército, así como de avituallarse para las próximas incursiones militares.
Por otra parte, Miguel Hidalgo y otros jefes insurgentes fueron derrotados y capturados. A raíz de esto, Casimiro Bravo envió una carta a sus hermanos en junio de 1811, en ella les suplicaba que abandonaran las armas y que se acojan al indulto que el gobierno les ofrecía. Ellos lo ignoraron y continuaron en la revolución.
Reiniciada la campaña militar a finales de 1811, Morelos decidió dividir a su ejército y a la familia Bravo. Víctor se encaminó a Tierra Caliente para definir la Provincia de Tecpan, organización política proyectada por el cura como sede del gobierno insurgente. Miguel se dirigió a la intendencia de Oaxaca para atacar destacamentos realistas. Leonardo viajaba con frecuencia a Chilpancingo para administrar la hacienda y proveer al ejército. Máximo trabajaba como tesorero del movimiento. Nicolás acompañó a Galeana para tomar Taxco y finalmente Morelos tomó la población de Izúcar, lugar en que Mariano Matamoros se incorporó a su ejército.
La familia Bravo volvió a reunirse a principios de 1812 en la ciudad de Cuautla junto con Morelos y sus jefes principales. El gobierno virreinal envió al brigadier de división Félix María Calleja al frente de un ejército para detener definitivamente el avance insurgente en aquella ciudad. El brigadier tenía entre sus victorias la campaña en contra de Hidalgo, a quien había derrotado en Aculco y Puente de Calderón.
Las capturas
Calleja llegó a Cuautla el 10 de febrero y días más tarde inició el ataque. A Leonardo Bravo le había correspondido la fortificación y defensa de Santo Domingo y a Víctor lo propio en la hacienda de Buenavista. La ciudad fue sitiada y a Miguel Bravo se le ordenó la introducción de víveres. Después de 72 días, Morelos tomó la decisión de romper el sitio. En la madrugada del 2 de mayo salieron por diversos puntos de la ciudad, la mayoría logró ponerse a salvo a excepción de Leonardo Bravo, quien fue capturado junto con otros hombres en la hacienda de San Gabriel.
Este fue un momento importante para la familia Bravo y su participación en la insurgencia, el patriarca estaba preso y su vida estaba casi sentenciada. Llevado a la ciudad de México en calidad de “reo notorio de su majestad”, quedó a la espera de su condena. El virrey ofreció perdonarle la vida si sus hermanos y su hijo pedían el indulto. Gertrudis Rueda y Casimiro Bravo les rogaron deponer las armas, pero ellos decidieron continuar en la lucha y aceptar las consecuencias. No habría marcha atrás. Leonardo Bravo fue llevado a las orillas de la ciudad de México el 14 de septiembre de 1812, allí se le sentenció a muerte bajo el suplicio del garrote vil.
En represalia, Morelos ordenó a Nicolás fusilar a 300 soldados realistas que tenía presos en la ciudad de Medellín, Veracruz, mismos que habían sido ofrecidos al virrey a cambio de la vida de su padre. Se les brindaron los auxilios espirituales y, cuando esperaban la ejecución, Nicolás les perdonó la vida arengándoles que, si bien la sentencia de muerte la había puesto el virrey al no aceptar intercambiar la vida de un solo hombre por la de 300, la insurgencia les concedía la libertad de regresar a sus casas.
Más que una acción de piedad y misericordia, El perdón de Bravo fue una táctica política y militar, quizá tomada en el momento, que dio a la revolución de independencia una parte más humana. La mayoría de los soldados a quienes se les perdonó la vida se unieron a Nicolás Bravo. Otro más, un comerciante español que tenía su negocio en Veracruz, regresó a su casa y desde ahí le envió vestimentas para uniformar a un contingente completo.
Los demás miembros de la familia Bravo continuaron con la lucha. Miguel y Víctor acompañaron a Morelos durante la toma de la ciudad de Oaxaca a finales de 1812. Máximo se quedó en Chilpancingo para sustituir las labores de Leonardo. En tanto, Nicolás estuvo al frente de la insurgencia en la provincia de Veracruz, allí tenía la orden de controlar el comercio del puerto con la ciudad de México.
En Veracruz la insurgencia se fortaleció gracias a Nicolás, sin embargo también surgieron enemistades con sus subalternos. Morelos recibió varios mensajes de que Bravo favorecía el comercio de los españoles y no de los americanos; además, era muy sospechoso que un importante número de sus tropas estaba compuesto por realistas desertores, muchos europeos, a los que ofreció garantías.
De regreso a su ciudad natal, los hermanos Bravo se reunieron para dar inicio a las sesiones del Congreso de Chilpancingo en septiembre de 1813. Cuando este fue atacado por las fuerzas de Calleja se trasladaron a Valladolid, lugar en el que la derrota y dispersión de la insurgencia comenzaría.
La familia Bravo presentó varios combates sin éxito; Miguel, junto con una pequeña fuerza que lo acompañaba, fue capturado en Chila y enviado a Puebla para ser juzgado. Se le condenó a muerte y fue ejecutado el 15 de abril de 1814, no sin antes escribir una carta a Máximo Bravo, el hermano menor de la familia, para que pidiera el indulto y llevara una vida feliz y en paz como antes de la insurgencia.
Todo parece indicar que después de la muerte de Miguel, sus hermanos Víctor y Máximo abandonaron la lucha. Nicolás permaneció escondido en los alrededores de Chilpancingo y más adelante se reunió con Morelos para proteger al Congreso que huía de las fuerzas realistas.
Después de la muerte de Morelos y la desaparición del Congreso, Nicolás Bravo siguió en la insurgencia. Se ocultó en la sierra del actual estado de Guerrero, cercano al poblado de Ajuchitlán. Pasó gran parte de 1816 fortificando algunos puntos de la sierra y reclutando una pequeña tropa. Viajó un par de veces a su hacienda para visitar a su familia, con mucha precaución ya que aún era buscado por el gobierno.
Reconocimiento
Con la llegada de Xavier Mina a mediados de 1817, Nicolás retomó las armas y salió de su escondite. Sin embargo la situación era muy distinta, el ejército realista estaba mejor organizado y distribuido. Además, tenía conocimiento de las fortificaciones de Bravo gracias a muchos informantes. Bastaron un par de enfrentamientos para que el general Gabriel Armijo lo capturara.
Muchos insurgentes, junto con sus tropas, se presentaron ante autoridades de la corona para pedir por la vida de Bravo. El propio Armijo, en nombre de los jefes y oficiales de su división, pidió al virrey Juan Ruiz de Apodaca el indulto para el cautivo; este, siguiendo su política de conciliación, decidió perdonarle la vida. Fue llevado a una prisión de la capital, misma en la que estuvo su padre, y pasó dos años con los pies encadenados haciendo pureras de cartón. Su hacienda le fue confiscada.
El establecimiento de un régimen liberal en España hizo que se aplicara la amnistía a todos los presos políticos del reino. Nicolás abandonó la cárcel en octubre de 1820 y se trasladó a Cuautla. Cuando Agustín de Iturbide proclamó el Plan de Iguala, fue invitado para adherirse al movimiento. Al principio dudó, pero finalmente aceptó.
Montó su caballo y regresó a sus antiguos dominios: Chilpancingo, Tixtla, Chilapa y Tlapa. Poco a poco su ejército fue creciendo. Entró a la ciudad de Puebla al lado de Iturbide y Guadalupe Victoria con 3 600 hombres.
En las filas del Ejército Trigarante que entró victorioso a la ciudad de México el 27 de septiembre de 1821, iba Nicolás Bravo. Con esto se marcaba el final de la lucha por la independencia y el inicio de la administración como país libre.
En esta breve explicación pudimos observar que la familia Bravo tuvo una participación vital durante los primeros años de la insurgencia. Gracias a su conocimiento militar, poder económico y cercanía con sus paisanos, lograron darle un impulso al movimiento de Morelos que lo llevó a extenderse a varias regiones. Si bien, su ingreso a la lucha pudo ser más por una eventualidad que por convicción, es seguro que al pasar el tiempo se reforzaron sus ideales, todavía más con el asesinato del patriarca. En su honor, su ciudad natal fue renombrada como Chilpancingo de los Bravo.
Cabe mencionar que Nicolás no fue el único sobrino que participó en la lucha, hay indicios de que hijos de Miguel hicieron lo propio, aunque al parecer su participación fue muy discreta ya que no se encuentran datos concretos. En lo que sí se distinguió Nicolás fue que permaneció en lucha hasta el final e incluso tuvo una gran participación política y militar durante el México independiente.
Por otro lado, la hacienda de Chichihualco fue regresada a Nicolás en 1821; la administró durante muchos años, pero durante el siglo xx y después de ser usada como cuartel, almacén y escuela pública, se deterioró gravemente. En años recientes el gobierno del estado de Guerrero busca, con apoyo del INAH, declararla patrimonio nacional y hacer de ella un museo regional, otro pequeño homenaje que los mexicanos tenemos en deuda con esta familia.
PARA SABER MÁS
- Hernández Jaimes, Jesús, Las raíces de la insurgencia en el sur de la Nueva España: la estructura socioeconómica del centro y costas del actual estado de guerrero durante el siglo XVIII, México, Congreso del Estado de Guerrero, 2002.
- Ibarra, Ana Carolina, (coord.), La independencia en el sur de México, México, Unam, 2004.
- Miranda Arrieta, Eduardo, Nicolás Bravo: acción y discurso de un insurgente republicano mexicano 1810-1854, México, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 2010.
- Ortiz Escamilla, Juan, Guerra y gobierno. Los pueblos y la independencia de México, 1808-1825, México, Instituto Mora / El Colegio de México, 2014.
