Ma. Esther Pérez Salas C.
Instituto Mora
En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 33.
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El instituto se ha convertido en lugar de referencia para muchos expositores que desde 1990 han estado exhibiendo obras escultóricas de mediano y gran formato en su espacio al aire libre en la sede Mixcoac.
En el jardín del Instituto Mora se han realizado, a lo largo de tres lustros, alrededor de 25 exposiciones escultóricas, en las cuales, tanto investigadores como alumnos y visitantes ha tenido la oportunidad de apreciar los trabajos de algunos de los más destacados artistas nacionales y extranjeros. En poco tiempo fue considerado un espacio alternativo para que los autores exhibieran su producción, tal y como lo reconoció la crítica de arte Raquel Tibol en 1992: “El Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora se ha convertido en uno de los pocos espacios en la ciudad de México que acoge de manera permanente exposiciones de escultura. Un año más tarde, el historiador y crítico de arte, Agustín Arteaga, añadiría al respecto: “Desde hace aproximadamente dos años, la escultura se ha visto beneficiada por contar con un espacio dedicado exclusivamente a su exhibición.”
El programa de exposiciones de escultura se inició en 1990 como parte de las actividades culturales del Instituto organizadas por el Departamento de Difusión, en un intento por convertir la sede del Mora en un espacio de intercambio cultural, en especial para los habitantes de la zona. Los buenos resultados obtenidos con los ciclos de Cine Club y las presentaciones de libros, paulatinamente hicieron del Instituto un lugar de encuentro, de ahí que se buscó ampliar la oferta. Dado que el edificio no cuenta con galerías que permitan hacer exposiciones de pintura, grabado o fotografía, pero sí un espacioso y bello jardín, se pensó en una producción plástica que se pudiera exhibir al aire libre, de ahí que la escultura resultó la más apropiada. Claro, siempre y cuando fuera ejecutada con materiales que no sufrieran cambios ni daños al permanecería la intemperie por un periodo mínimo de tres meses.
De 1990 a 2005 se dio cabida aproximadamente 26 escultores, cuyas técnicas, formatos y lenguajes mostraron al público las diversas posibilidades de expresión con las que cuenta la escultura. Tallas directas en piedra, metales oxidados, cerámica, aluminio policromado, bronce fundido, plástico esmaltado, vidrio, acrílico, entre otros, pusieron de manifiesto la diversidad de materiales utilizados así como los discursos visuales que cada uno privilegia, pasando desde el rescate del carácter primigenio de la escultura ancestral, hasta llegar a instalaciones que en lugar de destacarse del espacio en el que se exhiben, persiguen integrarse al medio ambiente estableciendo una simbiosis entre cultura y naturaleza.
Geometría abstracta, obras figurativas, formas vegetales o mitológicas, texturas y coloraciones, dieron como resultado un carácter ecléctico a estas exposiciones, en las cuales no se privilegió ninguna técnica, formato o lenguaje, sino que más bien privó un interés porque los espectadores reflexionaran sobre la contemporaneidad de las técnicas y materiales de los expositores.
La formación y el origen de los participantes también fue variada, pues lo mismo exhibieron egresados de la Escuela Nacional de Artes Pásticas de la UNAM (actualmente Facultad de Artes y Diseño) que de la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado (“La Esmeralda”), o de la Escuela de Bellas Artes de San Miguel de Allende, así como quienes se formaron en el exterior en centros tales como el Art Center College of Design, de Pasadena, California, el Rhode Island School of Design de Providence o el Taller de Escultura de Metal de la Universidad de Berkeley, en Estados Unidos, al igual que del College of Fine Arts de Kent, en Gran Bretaña, dado que también expusieron artistas extranjeros.
En virtud de que el espacio del jardín del Mora es relativamente amplio, se privilegió la exhibición de obras de mediano y gran formato, tanto en exposiciones individuales como colectivas. A lo largo de estos quince años el Mora tuvo el honor de ser el espacio en el que algunos escultores se presentaron por vez primera de manera individual, como Antonio Nava Tirado en 1991, así como albergar una de las últimas exposiciones que llevó a cabo Juan Soriano en 2005, un año antes de su fallecimiento. En este sentido nuestro Instituto se convirtió en lugar de referencia para muchos de los expositores.
De los 26 escultores que han participado en estas exhibiciones, dos terceras partes pertenecen a la generación que nació entre las décadas de los años cuarenta y cincuenta, por lo que cuentan con una solidez creativa y larga trayectoria. Son artistas herederos de la llamada “Generación de ruptura” o de vanguardia, que van en busca de nuevas experimentaciones plásticas, así como planteamientos y concepciones diferentes, por lo que en su obra están presentes el barro, el yeso, la cera, el bronce, la talla directa de madera y piedra (cantera, mármol y ónix), métodos y herramientas tradicionales de la escultura, pero de igual forma utilizan los metales, las resinas, la soldadura, los plásticos, los objetos y todo lo que la naturaleza y la industria proporcionan.
Desde el punto de vista formal, sus trabajos van del figurativismo al abstraccionismo, dentro del cual el geometrismo es el que para algunos de ellos les ofrece una mayor perspectiva de expresión, ya sea con un enfoque constructivista o conceptual. Como ejemplo podemos citar a Jesús Mayagoitia, Ernesto Hume o Sebastián, cuya producción exhibida en el Mora puso de manifiesto las posibilidades de la experimentación espacial así como su integración a la arquitectura.
Dentro de esta generación de los años cuarenta y cincuenta, igualmente contamos con representantes de la talla directa en piedra, que es la de más arraigo en nuestra cultura. Las obras de Tiburcio Ortiz, Isidro E. Castellanos, Mario Rendón y Jorge Yázpik, entre otros, permitió a los asistentes a las exposiciones apreciar un amplio repertorio de formas y texturas que ofrece la piedra, ya sea obsidiana, tezontle, cemento o mármol, así como la integración de elementos diferentes, hasta cierto punto opuestos, como el agua, la cual en el trabajo de Antonio Nava Tirado, no es una sustancia accesoria sino esencial.
El trabajo en metal estuvo dignamente representado por las obras de Knut Pani, Pablo Olivera, Paul Nevin, Ernesto Álvarez y Salvador Manzano, quienes han empleado diversas técnicas para extraer al material sus cualidades expresivas. Algunos, como Pani, ofrecen al espectador creaciones en las que se incursiona en los diversos estados del metal, que van desde el trabajo del material virgen hasta el empleo de aleaciones, o bien llevando a cabo una combinación de los mismos, como puede ser acero con hoja de oro. Para otros, el acero laminado pintado les brinda la oportunidad de explotar la maleabilidad de los materiales para crear formas de líneas curvas a partir del equilibro y el movimiento, que caracteriza el trabajo de Manzano.
También se dio cabida a los representantes de décadas anteriores. De los años veinte y treinta, contamos con la presencia de grandes maestros que han transitado entre la pintura, la escultura y la gráfica. A través de las obras de Juan Soriano, José Luis Cuevas y Gilberto Aceves Navarro, considerados pertenecientes al grupo de artistas de ruptura, los espectadores no sólo apreciaron el sinnúmero de texturas y coloraciones que le imprimen a la obra escultórica de Soriano un estilo propio, sino que de igual manera incursionaron en un mundo mitológico y conversaron con la naturaleza. En relación con el trabajo de José Luis Cuevas, este ejemplificó su espíritu versátil y de renovación continua a partir de una selección de obras realizadas entre 1996 y 2003, mediante su inconfundible lenguaje y repertorio iconográfico de personajes marginados y animales, en donde la belleza no existe. Por su parte, Gilberto Aceves Navarro, quien ha trabajado diversos formatos, dimensiones y materiales, no sólo expuso esculturas sino que de igual manera presentó dos instalaciones, a partir de las cuales se evidenció su amplio conocimiento del arte del pasado y su autenticidad.
Las nuevas generaciones, es decir, aquellas que nacieron entre los años sesenta y setenta estuvieron representadas por el trabajo propositivo de Javier Astorga, Malcolm Coelho y Diego García del Gállego. En el caso de Astorga, la utilización de trozos de madera, alambre, metal soldado o roleado, así como desechos industriales le permiten al escultor y arquitecto incursionar en la cultura huasteca que le ha servido como fuente de inspiración para llevar a cabo su quehacer escultórico. De esta manera se conjuntan la época contemporánea y las culturas ancestrales dando como resultado soluciones nuevas y efectivas.
De igual manera, Malcolm Coelho emplea el material de chatarra que le permite buscar el equilibrio y la armonía. La combinación de placas de hierro, alambres, resortes y demás desechos industriales se convierten en materia dúctil que cambia de forma y le permiten jugar con el aire que los mueve y les da belleza. Por su parte, Diego García del Gállego, a partir de seis esculturas que bien podrían considerarse instalaciones, representó sus intereses personales a través de las nuevas propuestas formales contemporáneas.
En cuanto a la producción de mujeres escultoras, Leslie Patricia Bunt, Lourdes Cué, Talia Santuis, Becky Guttin y Rosario Guillermo, pusieron de manifiesto los nuevos espacios que ha ganado la mujer en el mundo del arte desde mediados del siglo XX. La abstracción conceptual de los trabajos en piedra de Leslie Patricia Bunt reflejaron los problemas de composición, forma, volumen, ritmo y espacio que busca solucionar mediante su actividad escultórica, mientras que las instalaciones realizadas con elementos pétreos de Lourdes Cué no pretenden ser un objeto bello que resalte en el entorno, sino que al contrario, buscan integrarse y transitar por nuevos caminos de manera propositiva. Por su parte, las instalaciones cerámicas de Talia Santuis evidenciaron el dominio técnico y formal característico de su labor para manifestar su reconocimiento de la fuerte presencia de la antigüedad clásica en nuestra realidad del mundo occidental, del cual formamos parte. Los materiales industriales, tales como el metal, el aluminio o el vidrio, fueron despojados de su función utilitaria por parte de Becky Guttin, para resignificarlos y convertirlos en esculturas cuyos juegos formales y sensoriales los convierten en sustentos de belleza. Por su parte, Rosario Guillermo transportó a los espectadores a los orígenes religiosos de la humanidad y su relación con la naturaleza, a través del plástico y el metal esmaltado con brillante colorido.
Además de las exposiciones individuales, también se llevaron a cabo muestras colectivas, en las cuales participaron varios de los creadores ya mencionados. Una de las más destacadas fue la que se organizó en diciembre de 2001 para cerrar los festejos de los 20 años del Instituto, titulada “20 escultores en el Mora. 20 Aniversario”. Para esta ocasión se invitó a participar a la mayoría de los creadores que ya habían expuesto en los años anteriores, pero de igual forma se alentó a otros para que posteriormente mostraran sus obras de manera individual. Este evento fue el que concentró el mayor número de obras y de artistas. Fue una muestra ecléctica en la que convivieron técnicas, materiales, contenidos y discursos visuales de lo más disímbolo, que en lugar de chocar dialogaron entre sí y convivieron de la misma manera que lo hace el quehacer escultórico en la actualidad.
Como resultado de estos 15 años de exposiciones ininterrumpidas, el instituto se benefició, ya que actualmente posee algunas obras donadas por los artistas participantes. En la biblioteca hay dos obras de Javier Astorga: Netzahualcóyotl rey de Texcoco y Con flores pintas el viento, mientras que el jardín del Mora exhibe orgullosamente Alma uno, de Paul Nevin; Signo VI, de Pablo Olivera; Personaje con rehilete, de Malcolm Coelho; y P-5, de Knut Pani. Estas obras parecen esperar a que se reanuden las exposiciones de escultura y el jardín del Mora recupere su lugar dentro del ámbito plástico para convertirse de nuevo en un espacio para el arte.
Agradezco a Ramón Aureliano, Gabriela Trejo y Mónica Toussaint su apoyo para la elaboración de este artículo.
PARA SABER MÁS
- Ver https://goo.gl/PtiK8C para conocer al escultor Pablo Oliver.
- Visitar el Museo José Luis Cuevas ubicado en el centro de la Ciudad de México
- Acercarse al Taller de Sebastián, ubicado en Av. Patriotismo núm. 304, Col. San Pedro de los Pinos, entre calles 7 y 5. Ciudad de México.

