Iván Lópezgallo
Instituto Mora
En revista BiCentenario, el ayer y hoy de México, núm. 70.
Integrante de la Brigada de Fusileros Paracaidistas desde los 17 años como soldado raso, formado en artes marciales, Melchor Palafox da cuenta en el siguiente relato de su participación en este cuerpo del ejército durante los años 1970 del siglo pasado, una época marcada por la represión de estudiantes, sindicalistas y opositores, además de la campaña militar en Guerrero que acabó con la vida de Lucio Cabañas. “Las órdenes había que cumplirlas, no discutirlas. Es lamentable, pero ni modo.”, dice.
La Brigada de Fusileros Paracaidistas es una de las unidades del Ejército Mexicano más reconocidas y respetadas. Sus orígenes se remontan a 1946, con la Compañía Mínima de Aerotropas –integrada por elementos capacitados en Fort Benning, Estados Unidos– y el 1º de enero de 1969 se pasó revista de entrada a la Brigada de Fusileros Paracaidistas, que quedó integrada por un cuartel general, una compañía del cuartel general y tres batallones.
La práctica de artes marciales orientales entre sus elementos se remonta a la década de 1950 y llega hasta nuestros días, coincidiendo entre 1965 y 1985 con las actividades de contrainsurgencia emprendidas por el Estado mexicano contra grupos guerrilleros y opositores políticos y sociales. Periodo que comenzó con el asalto al cuartel militar de ciudad Madera y es conocido como “guerra sucia” por la violencia ejercida contra los “enemigos” del régimen. Y aunque la represión se dio principalmente en ámbitos urbanos –siendo emblemáticos los casos del 2 de octubre de 1968 y el jueves de Corpus de 1971–, también se llevó a cabo en zonas rurales, como la sierra de Atoyac en el estado de Guerrero.
Durante el movimiento estudiantil de 1968, el entonces Batallón de Fusileros Paracaidistas intervino en mítines y desalojó a los estudiantiles de varios espacios, como las vocacionales 5 y 7. La víspera del 2 de octubre, ante el mitin convocado por el Consejo Nacional de Huelga, los también llamados chutes –abreviación de parachute, que significa paracaídas en francés– recibieron las órdenes de “desalojar a los estudiantes de la Plaza de las Tres Culturas, empleando la prudencia”, quedando claro que sólo podía disparar después de que cinco de sus integrantes murieran por tiros de armas de fuego. También intervinieron el jueves de Corpus (10 de junio de 1971), según reportes de la Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales; y tres años después combatieron a Lucio Cabañas en el estado de Guerrero, participando en la operación que terminó con su muerte.
Tobías Melchor Palafox se dio oficialmente de alta en la Brigada de Fusileros Paracaidistas como soldado raso en marzo de 1973, aunque recuerda que se incorporó a la unidad algunos meses antes; un año después, integrado plenamente a esta unidad del ejército, fue enviado a Guerrero y participó en las acciones contra Cabañas. El texto que se presenta a continuación es resultado de varias entrevistas que sostuve con él entre 2022 y 2025, por las que nuevamente quiero expresarle mi agradecimiento. Actualmente, Tobías Melchor Palafox es licenciado en derecho y combina sus actividades profesionales con la enseñanza de taekwondo, disciplina en la que es cinta negra 7º dan.
“La cosa era hacer el trabajo: por las buenas o por las malas”
Nací en Tonalá el 30 de abril de 1955. No conocí a mi padre porque yo tenía seis o siete años cuando falleció. Él era un milusos, era músico de las bandas de acá de los pueblos. Tocaba todos los instrumentos porque mi tía abuela, la que lo crió, era música y hablaba latín y algunas lenguas indígenas; entonces le enseñó a mi papá la música y él se fue desde chico a la civilización, a Guadalajara. En ese tiempo Tonalá estaba lejísimos de Guadalajara. Él era peluquero y alfarero en Tonalá, y se fue a Guadalajara y se dedicó a la carrocería de los automóviles. Le llegaba, por ejemplo, el chasis de un camión y lo “tapizaba” de la carrocería, ese fue su trabajo, obviamente la soldadura. Entonces yo creo que por eso a mi hermano el mayor y a mí nos gustó ese oficio.
Cuando mi papá murió, yo estaba en el segundo año de la primaria. Entonces muy temprano, muy temprano, empecé a trabajar y a estudiar, nunca dejé de estudiar. Mi mamá se quedó con seis crías, ¿te imaginas? Mi mamá tenía 27 años, mi padre muere de 33. Entonces, como dicen acá: “le tuvimos que ladrar a la gorda”, diario. La manera de salir adelante era: cero diversión, cero televisión, trabajo-estudio, trabajo-estudio. Por eso hay veces que oigo a las personas, e incluso a mis alumnos, que dicen:
–No hay dinero. No se puede estudiar.
–No –les digo–, no me digan eso, hombre. No me digan eso, todo se puede.
Iba a cumplir quince años cuando me fui a México. Llevaba mercancía de acá, de Tonalá, al mercado de Sonora, miniaturas de barro. Esto que te estoy platicando sucedió como en 1970. Iba y venía a México, 71. Y ya para el 72, que me animé a emigrar en definitivo, le dije a mi jefa:
–Ahí nos vemos, güereja.
Así le decíamos a mi señora madre.
–Que te vaya bien –me contestó–, que te vaya bien.
Cuando yo entré a “chutas”, a paracaidistas, como no me daban chance por la edad, yo le ayudaba a un sargento que tenía un taller mecánico ahí, en el primer batallón. Le ayudaba a lavar los fierros y él me dejaba quedarme ahí, mientras. Un día llega un teniente y:
–Oye, tú –le habló por su nombre–, fíjate que acabo de comprar un lote de varios carros de los que da de baja el ejército.
Eran como cinco o seis carros, entre ellos dos camionetas.
–Nada más que a las camionetas quiero hacerles el chasis más grande porque me las voy a llevar a Oaxaca. Las llevo a mi pueblo para hacerlas transporte de gente.
Eran camionetas de tres toneladas. Entonces le dice el sargento:
–Ah, pues ahí está Palafox –allá te hablan por tu apellido–. Ahí está Palafox, tráele el material y él que se las suelde.
Me dice el teniente que si yo sabía.
–Sí –le digo–, tráigasela.
Total, que le hice ese trabajo. Entonces me empecé a dar a conocer y el mismo teniente fue el que me firmó como tutor y así fue como ingresé de menor de edad a la brigada. Entonces ya cada que se ofrecía trabajo de soldadura me la daban, y obviamente ganaba dinero y a la vez estaba dado de alta. Y fíjate, cosa de no creerse, porque platicando con excompañeros que todavía viven, me dicen:
–Oye cabrón, ¿cuántas boletas de arresto tienes tú?
Yo nunca tuve una boleta de arresto, porque a los jefes siempre les hacía trabajos. Ellos pensaban otra cosa, me valía. Yo cumplía con mi trabajo, cumplía con mis deberes, y obviamente nunca dejé de entrenar. Entonces yo quedaba bien con todo mundo. Incluso un general me llegó a mandar a varias escuelas a hacer mesabancos de metal. Había dos muchachos, un sargento y un cabo, que eran carpinteros; íbamos los tres y yo hacía lo de metal y ellos lo de madera. Entonces el general quedaba bien parado, a nosotros nos pagaban y quedábamos bien con el mando. Mi vida siempre ha sido trabajar, trabajar y trabajar.
Entre “aracles”, patadas y saltos
Combiné la milicia ahora sí que con las patadas, porque al llegar ahí, al batallón, era la tradicional defensa personal. No había esa disciplina de que… formal, pues. Allá te decían:
–¿Quieres aprender “aracles”?, aquí está fulano, allá está zutano… ¡y a echarle ganas!
“Aracles” es como decir “ya vas a entrenar” o “vas a las patadas”. Allá esa palabra está arraigada: es el grupo de los “aracles”, el grupo de tae kwon do, de karate… hay diferentes grupos, pero así les nombran. Y estuve, ¿qué te diré?, cuatro o cinco meses, fue menos de medio año y la verdad no me gustó, porque no había un estímulo para saber más, ¿no? “¿Quién me lo va a decir?, ¿siempre voy a hacer patada de lado, de frente y golpe medio?”
Practicábamos el clásico karate, el kung fu, ¿verdad? Y a finales de cuenta pues no, nunca les encontraba yo ni la entrada ni la salida. Entonces les preguntaba:
–Oye, ¿cuál es la finalidad?, yo quiero… ¿hay examen?
–Pues no, no, no.
Y fue cuando, gracias a un compañero de ahí que es cinta negra noveno dan ahorita, Víctor Cervantes Barrera, llegué con el profesor Travis Lee. Y ahí hice mi primer examen para cinta amarilla. Y ya preparándonos para el siguiente, fue cuando salió la exhibición que dieron el profesor Moon Dai Won y el profesor Isaías Dueñas, y me integré a su escuela, Moo Duk Kwan.
Los entrenamientos en la Brigada de Fusileros Paracaidistas consistían en levantarte a las 5:30 de la mañana, a las 6:00 estar listo, a las 8:00 pasar lista. Luego venían las prácticas que acá les llamamos “instrucción de orden cerrado”, o sea marchar, todo eso. Y después venía el entrenamiento de los “aracles”, que le llamábamos. ¡Y era con botas!, no creas que descalzos. Tu mochila, tus botas. Imagínate, imagínate: tú parado, el compañero salta a la altura de tu pecho con las dos botas, nada más imagínate esa. O que te diera una barrida, tú parado normal y ¡aguas, porque ahí te voy! Y con la bota.
Pero volvemos a lo mismo, la misma condición física que teníamos nos ayudaba, porque diario practicábamos miles y miles de caídas en el fuselaje del avión. Porque para saltar del avión en vuelo tenías que haber practicado primero acá abajo, y esa era nuestra práctica en la mañana. Entonces ya en la tarde, por ejemplo: lunes, miércoles y viernes que llegaba el profesor Navarrete, él nos daba clases de tae kwon do de 5:00 a 6:00, de 4:00 a 5:00, según como nos acopláramos. Y con el profesor Moon era martes, jueves y sábado, días que yo iba a su escuela. Y así fui años y años… en paracaidistas y en Moo Duk Kwan Central.
De la capital a la Sierra Madre
Nos tocaba ir a deshacer los mítines que había en la ciudad de México, las famosas huelgas. Sí, sí, era pesado, porque al final del día pues, ahora sí que… somos, somos hermanos. Somos ciudadanos y pues es lamentable haber utilizado… ¿verdad? Y pues ni modo, la cosa es que tú haces tu trabajo. Y lo tenías que hacer, porque las órdenes había que cumplirlas, no discutirlas. Es lamentable, pero ni modo.
Cuando hacían el aniversario del 68, ¿te acuerdas del 2 de octubre?, eso nos tocó varios años. Y luego nos tocó cuando Lucio Cabañas se levantó en armas en el 74, nos tocó ir ahí, estuvimos más de un año, desde que empezó Cabañas hasta que falleció. Anduvimos en el Filo Mayor, toda la Sierra Madre, que comprende desde Michoacán hasta allá arriba, Guerrero. Por ahí anduve, allá quedaron muchos de mis compañeros. Nos tocó lidiar con dos ciclones en plena sierra, el Fifí y el Lidia. Tu cobija era el cielo y tu cama era el suelo. Fue difícil y muchos compañeros renegaban de haber sido militares y desertaron. Sí, la verdad. Yo creo que en parte a mí en lo personal me ayudó la disciplina del tae kwon do, del kung fu, del karate, el haber aguantado toda esta friega física, ¿verdad? Y por ahí en el cuerpo traigo dos recuerditos de esa campaña… y aquí estoy todavía [ríe].
Llegamos a Guerrero a inicios del 74. Sabíamos que allá andaban de partida patrullas de la 27ª Zona Militar que estaba en Atoyac de Álvarez, todos los militares de ahí patrullaban la sierra de Guerrero. Entonces llegó a tal grado el poder de Cabañas que los militares ya no pudieron, y fue cuando a los paracaidistas nos mandaron para allá. Incluso hay varios corridos que dicen: “junio 20, yo recuerdo, llegaron paracaidistas a la zona de…”. Entonces nosotros llegamos allá en junio o julio del 74. Y hasta que se erradicó, pues, nos tuvieron allá en la sierra. Llegamos de Santa Lucía en los C-57 y C-54, aviones de la Fuerza Aérea. Llegamos a Pie de la Cuesta y nos trasladaron a la 27ª Zona Militar, que estaba en Atoyac.
Nos llevaron por el entrenamiento que teníamos. El entrenamiento que teníamos y la orden del secretario de Defensa, en ese entonces Hermenegildo Cuenca Díaz, quien dijo:
–¡Mándenme a los “chutas” para allá!
Y así es como llegamos nosotros, al mando del coronel Ángel Lazo de la Vega Corona, que gracias a ese trabajo a él lo hicieron general y a muchos oficiales los ascendieron. A nosotros nos dieron estímulos económicos y días de descanso.
La gente nos recibió mal porque los soldados allá son mal vistos, porque… la verdad, la verdad estos cabrones se… como dicen los chavos, se agandallaban, abusaban de su poder. Hicieron mucho despapaye por allá con las mujeres. Entonces ellos crearon esa… ¿cómo se puede decir?, ellos crearon esa situación. Cuando llegamos, la gente pensó que “éramos de la misma olla” y teníamos que decirles:
–No, no, miren, nosotros somos fuerza aérea. El ejército es una cosa, fuerza aérea es otra cosa. A fin de cuentas dependemos del mismo patrón, ¿verdad?, pero hay diferencia.
No lo entendían. Y Lucio Cabañas es un héroe por todo el estado de Guerrero, porque en realidad sí fue guerrillero. Entonces había mucha guerra de guerrillas, pero el ser oriundo de allá, conocer la zona y saber un poco de Guerrero, lo hizo acreedor a que… nosotros sabíamos que iba a ser después un héroe; aunque no tenía una, una ideología que dijeras tú: “me parece, yo me voy contigo”. Y tú sabes que de la Normal donde él estudió han surgido muchas personas de ese tipo. Ya ves los normalistas de Ayotzinapa, de ahí egresó él. También tienes a Genaro Vázquez, que hasta donde yo sé también estudió ahí. Puro maestro rural, profesor rural, pues.
Empezamos a acercarnos a la gente haciendo labor social. Y la verdad es que nosotros fuimos porque en ese tiempo estaba de gobernador Rubén Figueroa Figueroa, lo secuestraron y pidieron 50 000 000 por su rescate. Entonces esa fue otra de las razones por las que dijo el secretario: “manden a los paracaidistas”. Y sí, la Brigada de Paracaidistas rescató al gobernador, se les dieron 25 millones. En la brigada hay una fraternidad, se llama Fraternidad de Paracaidistas y la mayoría de los que hemos salido, de los que hemos egresado, estamos adheridos a ella. Y el actual representante de nosotros se llama José Pescador, él le entregó los 25 000 000 a Lucio Cabañas. Dice que cuando los estaba entregando temblaba y sudaba [ríe]. Se entregó el dinero, nos dieron al gobernador, se le llevó a… no me acuerdo si a Chilpancingo o Acapulco, donde le correspondía. Y posteriormente nos dijo el gobierno: “se dieron 25 000 000 y los otros 25 se van a repartir entre la gente que vino a ayudar”, y hasta la fecha estamos esperando lo que nos corresponde [ríe].
Finalmente el comandante nos reunió a todas las patrullas. O sea, allá nos llamaban “lazos” por el apellido del jefe, que era el coronel Ángel Lazo de la Vega, “Lazos”. Entonces había “lazo 1”, “lazo 2”, “lazo 3”, etcétera. Lucio estaba en… imagínate un círculo de yo le calculo un kilómetro. Entonces él estaba en el centro, de salero, con su gente, y todos los “lazos” íbamos cerrando el círculo. Por la radio nos decía el comandante: “cinco pasos”, “diez pasos”, “diez pasos”, “cinco pasos”, “diez pasos”, y así fue como lo acorralamos. Y cuando ya estaba… pues ahora sí que relativamente cerca, fue cuando le pusieron su botonadura de plomo. Me tocó formar parte del círculo, en el “lazo 2”, pero la patrulla que estuvo frente a él fue “lazo 8”. Nosotros estábamos yo le calculo que a unos 300 metros, un poquito menos. Fue un momento de demasiada tensión, porque no sabíamos si íbamos a regresar o no. Te digo: a varios compañeros les tocó la mala fortuna de quedarse allá. A unos nos los trajimos en bolsas para acá… o más bien para allá, a la ciudad de México.
Las otos que pudimos sacar con aquellas camaritas de ocho, de 16 impresiones, nos las decomisó la Secretaría de la Defensa Naciona cuando llegamos a Santa Lucía. De uno por uno, cabrón, todo lo que traíamos: cámaras, cosas nocivas, a la fregada. Y por nombre:
–A ver fulano, ¿qué traes ahí?
Y todas esas fotos, pues eran… eran recuerdos de nosotros y todo se nos decomisó. Y fíjate qué curioso… al poco tiempo esas fotos aparecieron en el libro que hicieron familiares de Cabañas.
Las artes marciales
Sí, sí fue necesario. Fue necesario en algunas ocasiones y claro que nos sirvió. Cuando hacíamos las detenciones, este… pues teníamos que utilizar, ahora sí que la fuerza bruta, ¿verdad?, y ahí es donde se nos facilitaba. Había otro amigo, Guillermo Murillo, que también fue cinta negra segundo dan. Entrenábamos juntos y nos tocó echar patadas y demás.
–A ver, Murillo, Palafox, ¡adelante, cabrones! –nos ordenaban.
–Chingue a su… ni modo, compa –le decía, porque somos compadres–, ni modo, compadre, adelante.
–No, ¡vete tú! –me respondía.
–Oh, que la…
Pero ya después lo agarramos de chascarrillo. Pero sí nos ponían unas friegas que… o sea, no siempre era ganar, nos acomodaron unos buenos, unas buenas moquetizas. Y es que luego nos mandaban a hacer otras cosas y yo le decía al comandante, que en ese tiempo era el teniente Castillo, uno de ahí, oriundo de Guerrero… él no quería meterse con sus paisanos y lloraba. De hecho, el día que falleció Cabañas él era comandante de nuestra patrulla y se levantó llorando. Dijo: “pues le acaban de dar a mi paisano”. Y él era el que nos decía que nosotros… nos mandaba a hacer los trabajos sucios y yo la verdad le dije: “no, comandante, no. Otra cosa”. Y ya mejor luego nos mandaba a usar patadas y demás.
Había jefes “gentes” y había jefes muy “jijos”. Entonces ahí es cuando dices tú: “bueno, ¿y mi criterio qué?”, ¿verdad? La cosa era hacer el trabajo: deshacer los mítines que había en la ciudad de México, las famosas huelgas o diseminar a la muchedumbre en una manifestación, por ejemplo; pero tratando de que no… que no hubiera ese golpe, ¿verdad? Entonces tu trabajo era:
–¿Sabes qué?, desapártalos. Y al final del día aquí quiero a todos a tales horas.
¿Cómo le vas a hacer?, por las buenas o por las malas. Y sí es pesado, te digo, y es triste haber participado porque a veces sí te llevabas tus buenas heridas también tú, pues de los civiles el que no entrena viene preparado. Y están listos también para todo.
Las marchas por el 2 de octubre siempre se hacían acá por las Tres Culturas, ¿no?, ahí por donde está Santiago Apóstol, el edificio Chihuahua, me parece. Y otras tantas acá en el zócalo. Y otras afuera de la Cámara de Diputados. Entonces según donde te tocaba era la misma orden, era la misma orden y había que camuflarse de civil; incluso nos dejábamos el pelo un poco más largo y a los compañeros que estaban muy pelones de plano les ordenaban que se compraran una peluca. Nos decían:
–Los que hacen “aracles” –o sea, los que entrenábamos–, adelante.
Y a hacer las formaciones que hay, pues, en la milicia. Hay varios tipos de formaciones. Por eso te digo que de alguna manera todo lo que hemos entrenado nos ha servido para eso. Lo malo era que no podías cargar ni gas pimienta, ni mucho menos algún artefacto, un palo, un bat o… no, no, no. Pues de por sí no te podían ver, imagínate. Ven el uniforme, no a la persona que lo porta y desgraciadamente yo siempre he dicho: “si andas uniformado, dale gracias a Dios si regresas a tu casa”, sea el uniforme que sea.
