Norberto Nava Bonilla
Instituto Mora
En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 25.
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En octubre de 1863, una comisión mexicana se presentó en Trieste ante el archiduque de Habsburgo para convencerlo de que encabezara una monarquía. Uno de aquellos enviados, el padre Francisco Miranda, da cuenta en una carta publicada después de la reunión acerca de las vivencias de la estadía de varios días, su admiración por los anfitriones y el castillo de Miramar, así como los lujos de la nobleza.

Francisco Javier Miranda y Morfi fue un sacerdote poblano que tuvo una participación prolífica durante la dictadura de Antonio López de Santa Anna, la Guerra de Reforma y la intervención francesa, siempre desde las trincheras del Partido Conservador.
Doctor en sagrados cánones, político, ideólogo y algunas veces guerrillero, Miranda fue un acérrimo opositor de las reformas liberales, en especial de las que desamortizaron y nacionalizaron conventos, monasterios y tierras agrícolas de la Iglesia. Siempre se negó a llegar a cualquier arreglo con el Partido Liberal; opinaba que la lucha iniciada desde 1854 –con la revolución de Ayutla– era una guerra santa y, por tanto, solo debía sobrevivir un combatiente.
Panchito, como le decían sus amigos, había nacido en Puebla el 2 de diciembre de 1816 y estudió teología en el colegio Palafoxiano, ordenándose como sacerdote en 1840. A partir de esa fecha comenzó a escribir en algunos diarios de la Ciudad de México y en Puebla, llamando la atención de Lucas Alamán, quien lo invitó a participar en el periódico El Tiempo, espacio donde se hacían los primeros señalamientos de la monarquía como sistema de gobierno para México.
Junto con Alamán, el padre Miranda fue de los fundadores del Partido Conservador en 1848, plataforma que lo ayudó a ingresar a la política y a ocupar algunos puestos públicos. Apoyó el regreso de Santa Anna en 1853 y formó parte de su Consejo de Estado. Al finalizar la dictadura, se le desterró con lujo de violencia a Nueva Orleans.
Regresó disfrazado a México y se mantuvo activo en las conspiraciones en contra del gobierno de Ignacio Comonfort. Cuando los conservadores se hicieron del poder en enero de 1858, regresó al escenario político como ministro de Justicia y Negocios Eclesiásticos para el gobierno de Félix María Zuloaga.
Derrotado nuevamente el Partido Conservador en diciembre de 1860, el padre Miranda cruzó el Atlántico para entrevistarse con el grupo de mexicanos que llevaban tiempo trabajando en Europa para la entronización de un monarca que dirigiera México.
Entre tanto, en México, el gobierno liberal de Benito Juárez decidió suspender el pago de la deuda pública debido a la bancarrota que presentaban las arcas nacionales. Esta decisión motivó que los gobiernos de Francia, Inglaterra y España celebraran una convención en Londres en la que se acordó enviar ejércitos de las tres naciones para exigir el pago de dicha deuda. Esta coyuntura fue aprovechada por el emperador francés Napoleón III, quien envió un fuerte contingente armado para tomar la capital del país e instalar la monarquía.
El gobierno que se asentó en la capital de México en junio de 1863, sostenido por las armas francesas, decidió formar una comisión que viajaría hasta el castillo de Miramar, en la costa de Trieste (Italia) para ofrecer formalmente la corona mexicana a Maximiliano de Habsburgo. El padre Miranda fue uno de sus integrantes.
La carta que presentamos a continuación –publicada en el periódico La Sociedad el 18 de noviembre de 1863– fue escrita por él cuando se encontraba en esta misión diplomática. En ella se narran los momentos en que la comisión se presentó ante el archiduque y le ofreció la corona. El texto incluye interesantes descripciones del castillo de Miramar y de los asistentes en el acto, así como comentarios y opiniones respecto a la nobleza, los liberales y su propia vida.
El padre Miranda finalizó su carta con la esperanza de que Maximiliano de Habsburgo fuera el gobernador que México necesitaba para iniciar una etapa de reconstrucción y paz. Sin embargo, más adelante se decepcionaría por el carácter ligero del futuro emperador y de sus ideas liberales. No pudo confirmar sus sospechas porque falleció días antes de que el monarca arribara a Veracruz en mayo de 1864.

Paquete francés – La Diputación Mexicana
He aquí la interesante carta del Sr. Dr. D. Francisco J. Miranda, que ayer ofrecimos publicar: París, octubre 15 de 1863. Mi estimado amigo: No había escrito a usted después de mi salida de esa capital, porque empleado el tiempo en viajar, y no habiendo asunto importante que comunicarle, no ha habido necesidad de tomar la pluma. Ahora lo verifico, suponiendo a usted lleno de ansiedad por saber los pormenores de nuestra misión, que por referirse a un asunto de tanta cuantía, deben de ser de mucho interés para usted y para todos los buenos mexicanos, como que todos creerán descubrir en esos pormenores los anuncios de nuestra futura suerte.Nuestro viaje, aunque un poco tardío, fue feliz, y no ofreció ningún incidente digno de contarse. El día 19 del próximo pasado, llegamos a esta capital. Encontrábase ausente el presidente de la Comisión y tuvimos que esperarle dos días. El emperador [Napoleón III] se encontraba en Biarritz, y se consultó si deberíamos ir primero a este punto a presentar a Su Majestad el voto de gracia de la Asamblea de Notables, o ir en derechura a Miramar. Por expresa voluntad del emperador se dispuso lo segundo; y el día 27 toda la Comisión reunida se puso en camino para Trieste, donde llegamos felizmente la noche del 1° del presente. En la estación del camino de fierro esperaban a la Comisión dos gentiles-hombres de Su Alteza el Archiduque, el conde de Bombelles y el marqués Corio; jóvenes que pudieran presentarse como el verdadero tipo de la finura y caballerosidad. Estos personajes condujeron a la diputación al Hôtel de la Ville, donde con anterioridad se había preparado, para alojarla convenientemente, todo el primer piso, en razón de que el palacio de Miramar, por espacioso que sea, no estando aún concluido, no presentaba la comodidad que era necesaria para hospedar a diez o más personas con sus respectivos sirvientes. Advertiré de paso; las mismas personas que recibieron a la diputación, la siguieron cortejando y atendiéndola todo el tiempo que permaneció en Trieste. Nada diré sobre el servicio y demás atenciones que la Comisión recibió, que fueron de lo más cumplidas que pudieran imaginarse, previniendo hasta los más insignificantes deseos que se pudieran tener.
Determinó Su Alteza que el día 2 descansase la Comisión y que el día 3 fuese la recepción. El castillo de Miramar dista de Trieste poco más de una legua, y por esto, debiendo ser la recepción a las doce, una hora antes salió la Comisión de la ciudad, colocándose los individuos que la formaban de dos en dos en cada coche, siguiendo el orden de su categoría. Como ocho o diez minutos antes de la hora llegó la comitiva al pórtico del castillo, y allí fue recibida por los gentiles-hombres y toda la numerosa servidumbre del archiduque, que aparecía formada en dos alas, presidida de dos alabarderos de gigantesca estatura, gallarda presencia y primorosamente vestidos.
Mientras llegaba la hora señalada, se detuvo la diputación en un gabinete de recepción, y a las doce en punto se abrieron todas las puertas de las habitaciones del palacio, que la Comisión atravesó hasta llegar a un gabinete sencillo, pero gustosamente amueblado. En dos de cuyos ángulos estaban colocados los retratos al natural del emperador y la emperatriz de los franceses, en donde asimismo se veían otros retratos de las familias de los archiduques. Allí fue donde Su Alteza, vestido de frac azul y llevando sobre el cuello el toisón de oro y la gran cruz de San Esteban, esperaba en pie a la diputación. Cuando esta hubo entrado, se retiraron los gentiles-hombres de servicio, se cerraron las puertas del gabinete, y el archiduque quedó enteramente solo con los comisionados. Leyó el presidente su discurso, que fue contestado por el archiduque con voz firme y sonora. Instruyó reproducir ambas piezas, que aparecen ya publicadas en todos los periódicos. Cuando se concluyó la lectura, Su Alteza el archiduque se acercó a saludar a uno por uno de los miembros de la Comisión, y cuando terminó se dignó presentar a la archiduquesa que salió acompañada de la princesa d’Auersperg dama de honor, y de la condesa de Lützon. Como el archiduque lo había hecho, también su digna esposa se fue acercando a cada individuo, dirigiéndoles la palabra en muy buen castellano; y con una gracia y discreción admirables fue tratando con cada cual según su condición particular. Retiráronse luego los archiduques, y los gentiles hombres que ya conocían a los comisionados, los presentaron a los demás que aún no conocían. Regresó la Comisión a su alojamiento, para volver al mismo palacio a las seis de la tarde, al banquete para el que había sido invitada.
He aquí la sencilla relación del acto de presentación; he aquí lo único que se puede describir, porque lo demás que hemos visto, sentido y admirado es ciertamente indescriptible. Por mi parte, amigo, me siento muy débil y sin palabras para retratar las emociones que sentí. Quizás será porque no he vivido entre príncipes ni en palacios, que por eso hirieran tan fuertemente mi imaginación la vista del palacio de Miramar, y más todavía los príncipes que allí he conocido y tratado, formando sus nobilísimos caracteres llenos de amabilidad y dulzura, notable contraste con las glorias que su alcurnia, la magnificencia con la que viven, y con todas las grandezas y consideraciones que les rodean. Quizá será porque desde que nací sólo he puesto lágrimas en los ojos y dolores en el corazón: sólo he sido testigo de grandes miserias y bastardas pasiones en los que han tomado a su cargo gobernarnos, conduciéndonos hasta la ruina, que por esto me hubieran cautivado los grandes y heroicos sentimientos que los archiduques, cuando se han resuelto en aceptar por patria la nuestra, cambiando su actual ventura por un porvenir que no ha de estar exento de vicisitudes y aflicciones, y que aunque sólo fueran las de ir a reparar ruinas y a calmar enconos, eran por sí solas suficientes para hacer desmayar el ánimo mejor templado; quizás, porque viniendo de México con la memoria cargada de cuadros de horror y desolación, de crímenes y escándalos, que traen consigo necesariamente sentimientos de humillación; por esto, digo, que me habían cautivado los generosos deseos, de los que para regenerarnos, poniéndose a la cabeza de nuestra sociedad, tienen que sacrificar su reposo, su altísima posición en Europa, sus arraigadas afecciones y hasta su familia. Esto sólo puede hacerse por obra del Altísimo. Jamás olvidaré, que hablándole a la Archiduquesa en lo privado del sacrificio que tenía que hacer al ir a México, la emoción dolorosa que debió sentir su alma noble, procuró ocultarla bajo los colores de la felicidad que para el pueblo veía en perspectiva.
Menos podré pintar los caracteres particulares de los príncipes. Habíame sucedido elocuentemente en mi vida, que la grandeza de los hombres, que entre nosotros eran respetadas notabilidades, siempre la había visto bajarse ante mis ojos en los momentos mismos de conocerlos de cerca y de tratarlos. Mi imaginación siempre me había hecho formarme fantasmas, que se habían desvanecido a la luz de la realidad; pero confieso a usted que por la primera vez en mi vida en Miramar, la realidad ha superado a la imaginación. Yo tenía formado de los príncipes un alto concepto, debido a la voz pública y a los informes de los amigos; pero ese concepto no fue precisamente justo, es preciso conocerlos, es preciso hablarles, es preciso descubrir sus tesoros de virtud, de magnanimidad, de discreción, de delicadeza y de cuantas buenas cualidades se pueden desear para apreciar dignamente al príncipe y a la princesa. No se me tenga por exagerado; yo refiero la composición de mis asertos al juicio de las buenas personas que ya están en México, y no han tenido la dicha de conocer a los Archiduques; me refiero a lo que los ojos de todos han de ver. Disimule usted mis digresiones, ya continuaré la relación histórica que dejé pendiente.
A las siete de la noche del mismo día 3, la Comisión estaba otra vez en el castillo de Miramar, fue recibida como por la mañana, y dirigiéndose al gabinete de recepción se encontró allí con la princesa de Auersperg, que en pie, según costumbres de las cortes, debía cumplimentarla mientras se presentaban los archiduques. Llegaron a poco, sorprendiendo la vista de todos la majestad con que se presentó la archiduquesa, vestida lujosísimamente y adornada con innumerables, exquisitos y valiosísimos brillantes: desde la cintura hasta el peinado, puede decirse que todo era un vivísimo reverbero. Fáltame el talento descriptivo, y no conozco siquiera la tecnología de los vestidos; que de otra suerte, grato me sería referir a usted todas las menudencias, colores y cortes del que llevaba la archiduquesa.
El archiduque tomó del brazo a su esposa, y los demás les seguimos a la mesa, a la que asistieron, además de las personas que ya tengo mencionadas en esta carta, Mr. Schertzenlechner y Mr. el barón de Pont, consejeros de su alteza; monseñor Rachich, abad mitrado, prelado doméstico de su santidad y capellán de Miramar; Mr. Radonetz, ayuda de campo de su alteza y capitán de fragata; Mr. Herzfeld, capitán de fragata; Mr. Schaffer, teniente de navío y comandante del yacht Fantasía; Mr. Ilek, médico de sus altezas; el Sr. Arrangoiz y el caballero L. Debrauz de Saldapeña, que también fueron convidados. El servicio riquísimo, todo de plata, los manjares exquisitos, la servidumbre numerosa, en la mayor parte compuesta de marineros, y de otros sirvientes vestidos con libreas fantásticas, el alumbrado, el orden que reinaba en todo; todo, amigo, presentaba, una magnificencia regia. Durante toda la comida tocó, según tengo entendido, una música militar de marina, exquisitas piezas: no hubo, gracias a Dios, ningún brindis, cuya costumbre aplaudo que se vaya aboliendo; pues no es nada grato en cambio de un trago de vino, oír tantas tonteras, como generalmente se dicen en estos casos. Terminada la comida, pasamos a un saloncito en el que había un piano, en cuyo instrumento solo, y acompañado con el violín, ejecutaron varias piezas dos famosos profesores. A las diez de la noche regresaron los convidados a Trieste sintiendo abandonar el sitio encantador, donde habían recibido tan gratas impresiones.
El día 4, algunos individuos de la Comisión fueron al castillo llamados por sus altezas a hablar en privado largamente, y por la tarde fueron los que no habían ido por la mañana; todos volvieron a las siete a la segunda comida, que es por demás decir que fue tan espléndida como la anterior, sólo que la Archiduquesa llevaba otros aderezos distintos de la de la víspera, pero tan soberbios como aquellos. Esa noche fuimos privados de gozar un espectáculo magnífico. Se tenía expuesto un paseo en el mar, estando iluminadas todas las embarcaciones; y el yacht Fantasía, con la música de guerra a bordo, hubiera iluminado el golfo con fuegos de bengala; pero el viento fuerte que sopló esa noche nos privó del espectáculo. La mayor parte de los miembros de la Comisión quedaron esa misma noche despedidos de sus altezas; y al día siguiente fueron todos invitados a otra comida que se sirvió darnos en su soberbio palacio el banquero Revoltella. En Trieste se habían preparado algunas diversiones con que obsequiar a la diputación mexicana; pero su alteza tuvo a bien que se suspendieran.
El día 6, algunos de los individuos de la Comisión se dirigieron a París por Italia; otros regresaron por Alemania, y sólo quedaron al lado del archiduque los Sres. Gutiérrez, Velázquez, Aguilar e Hidalgo, para seguir tratando nuestros negocios. Hoy se encuentra la Comisión otra vez reunida en esta ciudad, esperando el día en que deba presentarse al emperador. Probablemente los Sres. Aguilar y Velázquez se quedarán con el archiduque, y los demás tomarán su camino por dónde y cómo les parezca.
He visto llegar aquí una carta de otros de mis compañeros, que refiere lo mismo que yo, usted sabrá dónde debe encontrar esa carta que con más finura que la mía, pinta al natural lo que yo no he acortado hacer. Bueno es que se vea el juicio general de todos. Yo bien sé que si esta carta llegase a manos de alguno de nuestros demócratas se reiría de nosotros, porque nos dejamos impresionar de la grandeza: nosotros también a su vez nos reíremos de ellos, que predican la igualdad mientras no se hacen superiores a los demás; que declaman contra las grandezas del mundo, mientras no pueden erigir palacios, y que se burlan de las condecoraciones mientras no se adornan con ellas. Me ocurre decir esto, porque me ha caído en gracia que algunos de los héroes de Puebla, que cayeron prisioneros anden por aquí procurándose cruces. ¡Este es el mundo!
¿Qué diré sobre la contestación dada por el archiduque, que era la parte más importante de nuestra misión? Ustedes y nosotros hubiéramos deseado que sin condición de ningún género hubiera aceptado su alteza, y que al momento se hubiera puesto en camino; pero esto no ha sido posible y tenemos que esperar unos días más. Pero ustedes comprenderán cómo lo ha comprendido toda la prensa de Europa, incluso la de Inglaterra, que la cuestión de México está decidida; que las condiciones puestas por el archiduque eran las que naturalmente debían esperarse, y que la sustancia es que ya se ha abierto para nuestra desgraciada patria una nueva era de gloria y felicidad. Miramar y el 3 de octubre de 1863 quedarán desde hoy indelebles en nuestra historia.
Javier Miranda.
PARA SABER MÁS
- Nava, Norberto, Dr. Francisco Javier Miranda, representante del partido ultraconservador de México, https://ru.dgb.unam.mx/server/api/core/bitstreams/7f682d50-e0a5-434c-bcea-e7e59d6fb98f/content
- Villavicencio, Víctor, “Preludio del segundo imperio”, BiCentenario. El Ayer y Hoy de México, vol. 2, núm. 7, enero-marzo de 2010.
- Advenimiento de sus majestades Maximiliano y Carlota al trono de México, versión electrónica, https://archive.org/details/advenimientodess00unse
- Conferencia: Maximiliano, ¿Príncipe liberal? Impartida por Érika Pani.
- Visitar el Museo Nacional de las Intervenciones, Sala de la Intervención Francesa de 1862 a 1867.
