Miguel Agustín Pro, el sacerdote mártir que festejaba la vida

Miguel Agustín Pro, el sacerdote mártir que festejaba la vida

María Gabriela Aguirre Cristiani
Universidad Autónoma Metropolitana, X.

En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 26.

El padre jesuita pasó algunos años en Europa, fortaleciendo su formación educativa y afrontando problemas de salud. Su regreso a México lo tomó por sorpresa, en un momento en que la actividad religiosa era perseguida por el gobierno de Calles. La convivencia con su colega John J. Druhan muestra la personalidad alegre, entusiasta y comprometida con sus creencias de un hombre que seis décadas después de su fusilamiento fue beatificado por el Vaticano.

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John J. Druhan, Padre Miguel Agustín Pro Juárez, diciembre de 1925, Bélgica.
Fotografía cortesía de “Archives of the New Orleans Province of the Society of Jesus, Loyola University New Orleans Monroe Library”.

A finales de diciembre de 1924, en plenas fiestas navideñas, dos jesuitas iniciaron una corta pero significativa amistad cuyo punto de encuentro fue la casa de estudios de Maison St. Augustin, en Enghien, Bélgica. Se trataba del padre mexicano Miguel Agustín Pro y del estadunidense John J. Druhan.

Siete años después de aquella fecha, con cierta dosis de nostalgia, y tal vez como una forma de consuelo ante la muerte de un amigo, el padre Druhan se dio a la tarea de escribir una especie de memorias a las que tituló Detalles anecdóticos relacionados con el padre Miguel Agustín Pro, S. J. (Side lights on father Miguel Pro, S. J.).

Movido probablemente por la trascendencia que tuvo el fusilamiento de su compañero y amigo, ocurrido el 23 de noviembre de 1927, Druhan dejó evidencias de su relación con Pro. El escrito se encuentra en el Archivo Histórico de la Provincia de la Compañía de Jesús, en Nueva Orleans, jurisdicción a la cual perteneció.

Sobre la primera impresión que el padre Miguel le provocó, comenta: fue la de ser un hombre bromista y alegre que con gran prontitud mereció el título de bufón de Dios (God’s jester); sobresalía del resto de los hermanos por su indiscutible jovialidad y buen humor, características que hicieron imposible sospechar que padecía intestino ulcerado que afectaba sobremanera su salud. Con gran destreza –continúa–, el religioso mexicano jugaba billar, fumaba y entretenía a los compañeros recién llegados al colegio, como lo fue su propio caso. En su opinión, valía la pena recordarlo como el jovial mexicano que alegró la navidad a un ciudadano estadunidense en un día invernal de Bélgica. Para entonces, Miguel Agustín estaba cerca de cumplir los 34 años. Él tenía 32.John Druhan (2) (503x640)

Un año después de haberse conocido, en el mismo mes de diciembre, pero ahora de 1925, ambos jesuitas volverían a coincidir. Antes de este segundo encuentro, el hermano Pro había conseguido su ordenación sacerdotal. El 30 de agosto de ese año recibió el presbiterado de manos de monseñor Charles-Albert Lecomte, obispo de Amíens. No obstante, Druhan refiere que este logro no cambió el carácter humilde y de servicio ya detectado por él y mucho menos ayudó a evitar sus problemas de salud, cada vez más intensos. Ahora más que nunca, expresa y reitera, el padre Miguel Agustín era un enfermo alegre que fue obligado a someterse a una seria y dolorosa operación, una gastroenterostomía, de acuerdo con los términos médicos. No obstante, su personalidad jocosa y entusiasta no desapareció.

El lugar del reencuentro fue la Clínica Saint Rémi, en Bruselas, Bélgica, un hospital privado bajo la administración de unas hermanas francesas que contaba, en opinión de Druhan, con un magnífico médico alemán como director del lugar. El padre Pro no hablaba alemán, pero dominaba el francés al igual que el doctor, así que su comunicación fue menos difícil que la de otros pacientes que tenían problemas con el idioma. En su narración, el jesuita estadunidense insiste: el sarcasmo, las bromas y el contagioso buen humor del padre Pro se transmitían en todos los idiomas con la misma fluidez.

Amistad y admiración 

El epíteto de “bufón de Dios” no podía quedar mejor a un hombre que desde chico se destacó por su carácter bromista y divertido que en ocasiones –según narran sus biógrafos– no caía del todo bien. Sin embargo, la ligereza y el entusiasmo con que el padre Miguel Agustín se desenvolvía no pasó inadvertido por sus compañeros de estudio en Bélgica, incluido el propio John Druhan con el que también convivió en el hospital. 

Fue en este escenario de plena convalecencia que el jesuita estadunidense inició su amistad con el mexicano. Durante el transcurso de diciembre de 1925, ambos convivieron día y noche sin saber que nunca volverían a verse después. Con algo de añoranza, Druhan narra todas las “fechorías” que Pro hizo pese a estar obligado al reposo. Logró que la madre superiora le concediera permiso para oficiar la misa, aunque “su devoción había rebasado su juicio”, confesó después. “Nunca olvidaré”, nos dice, “cuando juntos fumamos en el balcón de 40 centímetros de ancho afuera de una de las ventanas de su cuarto, alejados de toda posible vigilancia. Después de una larga abstinencia”, aclara, “necesitábamos hacerlo, éramos hombres y caímos en tentación de contar chistes al fumar”. 

Un evento más merece ser mencionado. Druhan se pregunta a sí mismo:  

¿Por qué le tomé una fotografía al padre Pro? A lo que responde: era sólo un académico jesuita de los 5 000 o 6 000 que había conocido durante los últimos once años, y el clima era una razón más para estar decaído. Sin embargo, la presencia de la cámara en la habitación, y tal vez mi ángel guardián, sugirieron la idea de que la tomara. Coloqué la cámara en una de esas mesas de hospital…  

una ventana, cortinas pesadas y un día sin sol. El padre Pro se sentó en un sillón grande con un pequeño libro en la mano –la encíclica Rerum Novarum–, e hizo como si la estuviera leyendo. El proceso tardó tanto que el jesuita mexicano confesó que “casi se le rompían las costuras internas por la presión de tener que aguantar la risa”. 

El resultado de ser un fotógrafo aficionado trajo su recompensa. Dos años después, expresa Druhan, la fotografía adquirió un gran valor. Justo cuando era el Día de Acción de Gracias de 1927, mientras la mayoría de los estadunidenses esperábamos cenar pavo, el padre Pro se arrodillaba rezando para sacar fuerzas y agradecer a Dios por ser llamado para enfrentar al pelotón de fusilamiento en defensa de su religión. 

John Druhan termina su escrito precisando que quiso enfatizar las características puramente humanas y naturales del hombre y el sacerdote que llevó una “vida heroica”, pero no por ello dejó de mostrar siempre un rostro sonriente y alegre. A manera de epílogo confiesa que la fotografía que tomó a su amigo dejaría de ser suya pero en él viviría la tan conocida frase que el personaje de Polonio citó en la obra Hamlet de William Shakespeare: “A los amigos que tienes, y cuya lealtad has puesto a prueba, abrázalos con brazos de acero en tu corazón”. 

Ciertamente, la mirada que nos brinda el jesuita estadunidense John Druhan a través de esta breve reseña de su amistad con el padre Miguel Agustín Pro es la de un amigo que quiere que pase a la historia, más por su carácter humano, generoso y, en especial, alegre y divertido, que por su papel de mártir al ser fusilado sin juicio previo por el gobierno de Plutarco Elías Calles. Un tanto ajeno a los acontecimientos mexicanos y a la problemática de la persecución religiosa en México durante el periodo de 1926 a 1929, Druhan nos muestra un rostro diferente del jesuita mexicano que vivió fuera de su país durante doce años. Su retorno en julio de 1926, en pleno inicio de la guerra cristera, y su labor como militante católico durante más de un año lo llevaron al martirio. Sin embargo, a los ojos de Druhan, la muerte en sí misma no debe ser motivo de exaltación, sino serlo más bien la experiencia de vida del propio padre Miguel Agustín Pro. Sus memorias nos muestran la necesidad de resaltar la personalidad de un jesuita que supo vivir la adversidad con su mejor actitud pese a estar lejos de su familia y a estar “desahuciado” por los médicos que lo trataron en Bélgica. En su sentir, el “bufón” de Dios no podía quedar en el olvido pero era importante que su recuerdo quedara vinculado a su vida y no a su muerte. Una paradoja que difícilmente se pudo entender: mientras en México se resaltaba su “heroica muerte”, John Druhan resaltó su “heroica vida”, es decir el rostro alegre de un jesuita mártir. 

El sacerdocio 

Este testimonio puede ser sugerente para conocer la vida del padre Miguel Agustín y, al mismo tiempo, ser útil para comprender su camino al martirio. 

José Ramón Miguel Agustín Pro Juárez nació el 13 de enero de 1891 en la población de Guadalupe, estado de Zacatecas. Fue el tercer hijo de once hermanos y el mayor de los hombres del matrimonio de Miguel Pro y Josefa Juárez. A finales del año de su nacimiento la familia se trasladó a la ciudad de México; dos años después, en 1896, se fueron a Monterrey y a principios de 1898 mudaron a Concepción del Oro, nuevamente en Zacatecas, donde en marzo de ese año el pequeño Miguel Agustín hizo su primera comunión junto con sus hermanas mayores. Contaba con siete años de edad. 

La profesión de su padre era la de administrador de minas, de ahí la necesidad de estar cambiando de lugar de residencia aunque fue en Concepción del Oro donde permanecería más tiempo. No es por coincidencia que en tiempos posteriores llegara a firmar su correspondencia con el seudónimo de el barretero dado su contacto con el trabajo de la mina. 

Tomando en cuenta el relato de algunos de sus cronistas, un talento que Miguel adquirió desde muy temprana edad fue el de caricaturista; era capaz de captar, de manera exagerada, las peculiaridades en las caras de la gente. También aprendió a tocar la guitarra y la mandolina. Todo ello aunado a su gran sentido del humor que contemporáneos suyos no dudaron en destacar. Estas características fueron una constante en su vida que en el imaginario colectivo han quedado un tanto olvidadas, pues se ha privilegiado su muerte como el hecho más significativo de su existencia. Sin embargo, John Druhan, como se ha comentado, logró rescatarlas a través de su escrito. 

El 10 de agosto de 1911, Miguel Agustín decidió ingresar al noviciado de la Compañía de Jesús en El Llano, Michoacán, justo tres meses después de que Porfirio Díaz renunciara al poder. Sus biógrafos coinciden en señalar que la entrada al convento de sus dos hermanas mayores, Concepción y María de la Luz, con las que tenía gran cercanía, generó en él un vacío y tristeza que lo llevó a una crisis de identidad. Al parecer, de ello se desprende su vínculo con los jesuitas. Por intercesión de su madre, fue invitado a realizar trabajos de evangelización a comunidades aisladas (misiones) con padres de la Compañía de Jesús, mismos que lo motivaron a iniciarse en esta orden religiosa. Hizo sus primeros votos el 15 de agosto de 1913, justo cuando estaban por cumplirse los cinco meses del asesinato del presidente Francisco I. Madero. Se convirtió así en novicio de la Compañía de Jesús a los 22 años de edad. 

Con la llegada de Victoriano Huerta al poder y la consecuente oposición interna que su gobierno ocasionó, la situación de la Iglesia y en concreto de los religiosos empezó a verse afectada. A lo largo del año de 1914 los carrancistas persiguieron a los curas, saquearon y profanaron iglesias, y finalmente dispersaron a las comunidades religiosas por el apoyo brindado a Huerta y su connivencia en el asesinato de Madero. En estas circunstancias, el hermano Pro recibió noticias de su familia: los revolucionarios habían despojado a su padre, don Miguel, quien se vio obligado a huir sin que nadie supiera su paradero. En el mes de julio de ese mismo año, la revolución constitucionalista logró triunfar provocando la renuncia del general Huerta, situación que suscitó la salida de los jesuitas del país, ante la persecución religiosa que se había desatado. 

Emprendieron la marcha el 1 de octubre de 1914. El padre Pro, forzado a abandonar el colegio de El Llano, en Michoacán, y ocultarse en Guadalajara, pudo reunirse unos días con su familia en esa ciudad para finalmente despedirse. Sería la última vez que viera a su madre. 

Con grandes peripecias, los novicios lograron llegar a Estados Unidos, primero a San Antonio, Texas, y después a Los Gatos, California. Sin embargo, ante las pocas esperanzas de volver a México en un tiempo breve, la Compañía decidió mandar a los mexicanos a Granada, España. Su permanencia en Estados Unidos se complicaba por la barrera del idioma y del espacio. El 21 de junio de 1915 se realizó la partida pasando por El Paso, Texas, Nueva Orleans, La Habana y Nueva York. 

En Granada, Miguel Agustín Pro permanecería cinco años estudiando retórica y filosofía para posteriormente trasladarse a Nicaragua por órdenes del recién nombrado provincial de la Compañía en México, el padre Camilo Crivelli. Era el año de 1920 cuando llegó al Colegio de Centroamérica del Sagrado Corazón a cubrir sus dos años de magisterio. Fue entonces encargado de la primera división de internos e impartió clases de dibujo en la primaria. Recordemos sus habilidades para la caricatura descritas anteriormente. 

En palabras del jesuita Antonio Dragón, uno de sus principales biógrafos, pasó allí los dos años más difíciles de su vida. La casa de estudios se encontraba sin terminar, algunos niños que le encomendaron eran de carácter rudo y -según narra- “se juzgaba con severidad las ocurrencias del joven mexicano que algunas veces se interpretaban mal sus esfuerzos”. Dificultades de todo tipo pusieron a prueba su persona que él pudo soslayar gracias a la afectuosa dirección de su padre espiritual, el padre Bernardo Portas. 

Dejó Nicaragua en 1922 sin pasar por su país, lo cual por obvias razones lo dejó triste, pero la Compañía consideró que no era prudente su regreso a México pues aún prevalecían condiciones críticas para el clero. 

El 10 de septiembre llegó nuevamente a España. Tenía 31 años y en el Colegio de Sarriá, cerca de Barcelona, se dedicó al estudio de moral y del derecho canónico cuyo conocimiento le pareció más útil para su futuro ministerio. 

Su destino continuó en Europa. Sus superiores lo enviaron después a Bélgica, a la pequeña población flamenca de Enghien, donde conoció a John Druhan y los jesuitas franceses tenían establecido su teologado. Al principio se sintió un poco “destanteado” –según confesa en su correspondencia– ante la presencia de una gran variedad de estudiantes procedentes de distintos lugares del mundo. “La única lengua común era el latín que cada cual pronunciaba a su modo”. Su carácter bromista y alegre, de acuerdo con testimonios de sus compañeros, le ayudó, en mucho, a superar estas barreras. Sin embargo, el clima era hostil pues “los eternos días de lluvia y bruma” resultaban algo nuevo para él. Vivió semanas de desaliento, tristeza y temor. Estaba incierto sobre si sería promovido al sacerdocio. Pese a ello aprovechó su estancia en Bélgica, cuna del catolicismo, para adentrarse en las cuestiones sociales. Le interesó la Asociación de la Juventud Obrera Católica y buscó las oportunidades para interactuar con los trabajadores. De alguna manera ello daba sentido a su militancia religiosa. 

Por fin, pronto recibió la noticia de que oficiaría su primera misa en agosto de 1925. El 30 de ese mes fue ordenado sacerdote. La ceremonia duró tres horas y una vez ordenado, junto con otros compañeros, se procedió a que los nuevos sacerdotes dieran su primera bendición a sus padres y hermanos. Al respecto Pro escribió: “cuatro sólo fuimos los que no tuvimos esa dicha…” 

Justo tres meses después, la actividad del padre Pro se vería interrumpida incluido su cuarto curso de teología, debido a los problemas de salud que lo llevaron a parar a la mencionada clínica de Saint Rémi. El diagnóstico no era del todo preciso pero se relacionaba con problemas estomacales, úlceras en el intestino o, en su defecto, oclusión del píloro. “Los dolores no cesan” –escribe en una carta íntima–, “disminuyo de peso, 200 a 400 gramos cada semana, y a fuerza de tragar porquerías de botica, tengo descarriado el estómago… Las dos operaciones últimas estuvieron mal hechas y otro médico ve probable la cuarta.” Detalla luego el insoportable régimen dietético que se le hace sufrir. Para colmo, su organismo no parece responder al tratamiento. La enfermedad se le fue alargando mucho y requirió de otra operación, programada para el 5 de enero de 1926. Nuevamente comenta: “la herida no cierra, la sangre sale en abundancia, la convalecencia se prolonga, mi año de teología corre peligro de perderse… ¡Bendito sea Dios por todo esto! Él sabe el por qué de estos trastornos y yo me resigno y beso la mano que me hace sufrir”. 

Regreso y persecución 

En medio de este panorama médico adverso, el padre Pro se enteró de la muerte de su madre ocurrida un poco después, el 8 de febrero. La noticia lo entristeció, la lloró y se lamentó con profundo dolor por no haber podido estar con ella. Ello reforzó la idea, por parte de sus directores, de que era conveniente que volviese a su país. Y en efecto, una vez estabilizada su precaria salud, emprendió el regreso. Había salido a los 23 años; tenía en ese momento 35. En una carta que escribió a un antiguo amigo, el padre Jesús Martínez Aguirre, expresó su sentir de cómo fue que llegó a México:  

corrido de Bélgica… ésta es la verdad, pues tal fue la prisa que se dieron de echarme fuera para que no dejara por allá mis huesos, pasé los mares en una compañía deliciosa de puros mexicanos, siendo el único cura a bordo. Por permisión extraordinaria de Dios fui admitido en mi patria pues siendo el gobierno el que es y echando a curas y frailes de su territorio, no sé cómo quiso que yo entrara en él, pues ni la sanidad se opuso, ni se fijó en mi pasaporte, ni en la aduana vieron mis maletas. 

El destino lo trajo a México justo en uno de los momentos más álgidos de la relación Estado-Iglesia, cuando la persecución hacia el clero católico estaba a la orden del día. El 8 de julio de 1926 el padre Pro arribó a la ciudad de México, donde pudo reunirse con su padre y sus hermanos Roberto y Ana María. Otro hermano, Humberto, de 24 años, estaba encarcelado por su activismo como miembro de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, agrupación de reciente formación, para luchar contra el anticlericalismo callista. Así las cosas, Miguel Agustín Pro inició su actividad pastoral en medio de un ambiente tenso y complejo en el que con asombrosa rapidez pudo involucrarse llevando a cabo tareas propias de su ministerio, pero también de carácter político. Todo parecía indicar que su llegada a México le dio un “segundo aire” y su problema de salud dejó de ser noticia, por lo menos en los relatos de sus biógrafos. 

Por principio de cuentas le fue encomendada la parroquia de la Sagrada Familia, ideó las que llegaron a conocerse como “estaciones eucarísticas” que eran casas establecidas para dar el sacramento de la comunión y oficiar misas. En este nuevo papel, su ingenio y personalidad bromista salieron de nuevo a relucir; entre carreras, escondidas, contraseñas y disfraces logró ejercer su ministerio evitando a la policía. Ingeniosamente se ataviaba de obrero, chofer o profesionista para pasar inadvertido cuando recolectaba despensas para los pobres, o para oficiar misas y dar sacramentos. 

Su activismo fue cada vez más intenso. En un principio no le causó problemas pues era prácticamente desconocido pero después todo se le complicó. Su biógrafo Antonio Dragón da cuenta de cómo el gobierno le dictó entre tres y cuatro órdenes de aprehensión, e inclusive ofreció una recompensa a quien lo delatara. Las cosas llegaron al grado de que nadie sabía dónde vivía. 

La persecución religiosa arreciaba, los meses pasaban y el padre Pro entrelazaba su ministerio con el estudio de su cuarto año de teología: “He estudiado lo que he podido en un miserable compendio de Tanquerey. Digo todo lo que he podido; porque las circunstancias especiales de cárceles, encierro, huídas, etcétera no [me] han dado toda la paz apetecida.” Pese a ello logró presentar su examen obteniendo una nota satisfactoria. Es decir, cubrió el mínimo indispensable para ser aprobado. 

Poco tiempo después, el 13 de noviembre de 1927, ocurrió el atentado fallido contra el candidato presidencial Álvaro Obregón. Un grupo de jóvenes lanzaron una bomba desde un viejo automóvil marca Essex, hacia el carro del general, el cual había pertenecido a Humberto Pro, motivo suficiente para que los tres hermanos Pro –Miguel, Humberto y Roberto– se convirtieran en los principales sospechosos por lo que fueron buscados y arrestados. Al enterarse de las detenciones, el verdadero autor intelectual y material del ataque, el ingeniero Luis Segura Vilchis, se presentó voluntariamente ante la Inspección de Policía para declarar su autoría. Con todo, no se otorgó la libertad al padre Pro ni a ninguno de los implicados. 

El 23 de noviembre de 1927 sin juicio alguno fueron fusilados los presuntos culpables. Además de Miguel y Humberto Pro, fueron ejecutados Juan Antonio Tirado Arias y Luis Segura Vilchis. La excepción fue Roberto Pro, el único de los detenidos que logró sobrevivir gracias a las acciones diplomáticas que los familiares y amigos consiguieron en último momento. Otra versión sostiene que fue debido a que era menor de edad, tenía 17 años. Nahum Lamberto Ruiz, otro de los implicados en el atentado, murió a consecuencia de las balas que recibió cuando la policía intentó detenerlo. El padre Miguel Agustín Pro tenía 36 años. Estaba a mes y medio de cumplir los 37. 

Al día siguiente de su ejecución, los hermanos Pro fueron sepultados en el Panteón Dolores con asistencia de una verdadera multitud. La opinión pública católica consideró que la muerte de Miguel Agustín obedeció a una causa religiosa debida a su investidura sacerdotal, en defensa de la libertad de cultos y no a su posible involucramiento en el atentado contra el general Álvaro Obregón. Un amplio consenso lo convirtió rápidamente en un mártir de la guerra cristera. La persecución continuó contra el resto de la familia Pro, que fue desterrada a Cuba. 

Años después, el 28 de agosto de 1934, se inició el proceso informativo ante la Santa Sede sobre el martirio del padre Pro y no fue sino hasta el 25 de septiembre de 1988 cuando el papa Juan Pablo II lo beatificó en Roma. Miguel Agustín Pro Juárez se convirtió en el primer mártir beatificado de la guerra cristera. No cabe duda que nos encontramos ante un personaje singular cuya vida fue de sobra interesante. Los espacios familiares, escolares, el exilio, su convivencia con jesuitas europeos, su misma enfermedad, la nostalgia por los suyos, la muerte de la madre, etcétera, templaron un carácter fuerte y tenaz que se dejó ver en el rostro alegre y bromista que siempre tuvo. Esta faceta fue la que el jesuita estadunidense Druhan quiso compartirnos. 

Queda la impresión de que su regreso “tardío” a México lo estimuló y, como si quisiera recuperar el tiempo perdido, asumió un activismo poco común en momentos de hostilidad para el clero. Se contagió de inmediato de la lógica en la cual los católicos mexicanos estaban inmersos. No tenía mucho que perder pues, en opinión de sus médicos, había regresado a morir. El destino le tenía preparada otra muerte. 

Había llegado a luchar en defensa de un proyecto católico como religioso hábil y militante comprometido. Se trataba de preservar un nacionalismo católico fiel a los valores cristianos y totalmente antagónico al proyecto secular que el Estado revolucionario pretendía construir. Morir por ello, en su lógica, valía la pena. 

PARA SABER MÁS

  • Gragón, Antonio, Vida íntima del padre Pro, México, Buena Prensa, 1940. 
  • “Padre Pro”
  • Padre Pro, 110 min., dirección Miguel Rico, 2007. 
  • “Vida del Padre Miguel Agustín Pro”
  • “Crónicas de un cristero”
  • “Padre Miguel A. Pro, mártir”
  • Visitar el Museo Padre Pro. Puebla 144, entre Jalapa y Orizaba, colonia Roma, Distrito Federal.