Paulina Martínez Figueroa
El Colegio de México
En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 23.
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En las largas travesías por los caminos de México, mesones, ventas y hoteles de diligencia reparaban el cansancio de los viajeros en el medio rural o urbano. Abundaban la sencillez y los descuidos en la limpieza. En algunos casos eran improvisados refugio. La habitación se compartía, y para dormir estaba el piso o una tabla.

En el camino hacia su desafortunada aventura como colono de Coatzacoalcos en los años treinta del siglo XIX, Mathieu de Fossey pudo ver la ciudad de Veracruz desde la ventana de la pequeña posada donde se alojaba: Estaba sucia y hedionda la calle a donde caía la ventana de mi cuarto; y no descansaba la vista sino en montones de fango, de basura y de zopilotes; pero en compensación tenía también la de la mar, que se desarrollaba magnífica delante de mí, perdiéndose por el horizonte en el azul del cielo. Desde mi cama veía enfrente los primeros fuegos del sol naciente dorando las centelleantes oleadas; descubría el castillo, los barcos esparcidos allá y acullá por la rada, y las velas que asomaban a lo lejos.
El sentir agridulce se advierte no sólo en su descripción del exterior, sino también del interior, pues su cuarto apenas contaba con dos sillas y un catre, aunque le proporcionó el descanso que necesitaba tras el largo viaje que acababa de concluir.
Como esta posada, que acogió a nuestro viajero en su paso por México, existieron otros lugares de hospedaje que tuvieron un lugar fundamental en el desarrollo de la cotidianidad durante el siglo XIX. Su importancia no sólo radicó en su función como refugio para caminantes y viajeros que realizaban estadías más o menos cortas en distintos sitios del país. También fueron lugares significativos para el intercambio de experiencias, de encuentro de compatriotas o de viajeros de distintas nacionalidades. Una población creciente de militares los utilizó casi como cuarteles. Se cuenta incluso que en algunos casos sirvieron de escenario para fraguar rebeliones y asonadas.
Sin embargo, como todo espacio público, con el paso del tiempo se transformó de acuerdo a las necesidades de los inquilinos, de los propios dueños, las disposiciones gubernamentales y el trajín de la vida diaria. De esta forma, encontramos que los mesones, posadas, casas de huéspedes, ventas y demás sitios de hospedaje reflejan esas transformaciones, incluso físicas, de sus instalaciones.
Mala fama
Los mesones o posadas, términos que se usaron como sinónimos a lo largo del siglo, estuvieron asociados con la tradición novohispana y por ello, los viajeros mexicanos les atribuían cierta carga negativa y de relación con los viejos tiempos, por lo que eran renuentes a utilizarlos. Los extranjeros también llegaron a describirlos como sitios lúgubres, sucios, sin mobiliario y detallaron las noches de pesadilla que pasaron recostados en las tablas o en el piso de tierra.

Los mesones se ubicaron, en general, en las casas típicas y amplias de la época colonial. Las habitaciones en dos pisos, rodeaban un patio que servía para estacionar los coches o los animales de los huéspedes. Tenían una bodega en donde se guardaban los implementos necesarios para el aseo y alimentación de caballos y demás animales que acompañaban a los inquilinos. Algunos contaban con un edificio anexo, la cocina o fonda, que tenía salida a la calle y constituía uno de los espacios más importantes de todo el local. También existía una habitación en la cual vivía el administrador. A pesar de que la pastura o el grano para los animales eran fundamentales, generalmente el viajero tenía que buscarlos en otros sitios pues en el mesón no existía un lugar especial que lo proveyera.
La descripción de William T. Penny nos muestra el movimiento y la diversidad que abundaba en aquellos sitios:
En cada pueblo el mesón se distingue de las demás casas […] por ser generalmente el edificio más grande, exceptuando la iglesia […] Es una construcción de planta cuadrada que contiene por dentro el patio central que se halla completamente ocupado de carruajes, literas, caballos, mulas y hombres de todas las clases; sólo tiene planta baja y todas las habitaciones dan a ese patio. La entrada se hace bajo un pasaje abovedado que se cierra durante la noche […] a un lado de la entrada, bajo el arco, encontramos por lo general la cocina y, opuesto a ella, la tienda o almacén de toda suerte de cosas. Ambos compartimientos son de grandísima importancia para el mesón; sin embargo frecuente- mente encontramos el primero sin cocinero y el último con anaqueles vacíos.
Las descripciones que quedan de estas casas y sus cuartos señalan la carencia de ventanas y que sólo entraba luz cuando se abría la puerta. Tampoco tenían muebles, ni siquiera camas o lugares donde recostarse. Algunos ostentaban una o dos sillas y alguna mesa, y era común que las habitaciones fueran compartidas por varias personas, aunque no se conocieran.
A pesar de ello, las puertas y escasas ventanas de los mesones sirvieron a viajeros de todas nacionalidades para observar la vida mexicana: mujeres vendiendo comida, mozos de cordel, carruajes y otros peculiares medios de transporte, cargadores y demás población del lugar. Lucien Biart, en La tierra templada, escribió: Encendido mi cigarro, fui a reunirme, junto al ancho portón de la entrada con los viajeros de toda especie alojados en el hotel. Singuar espectáculo el de las calles mexicanas, en que cada transeúnte, por su traje o por sus maneras, excita la curiosidad del extranjero, que se siente verdaderamente transportado a otro mundo.
Los mesones o posadas no siempre fueron lugares fijos o construcciones formales de ladrillo, piedra y argamasa. Muchas veces se tuvieron que improvisar establecimientos temporales debido a su escasez o a la realización de festividades que exigían grandes espacios para alojar a los visitantes. Algunos extranjeros atestiguaron la existencia de estos hangares cubiertos de hojas o juncos y cerrados como si fueran una gran jaula con pedazos de madera separados los unos de los otros para que desde afuera pudiera verse lo que pasaba adentro.
Gracias a su aguda visión de la sociedad mexicana, sus costumbres y sus rituales cotidianos, la pluma de Manuel Payno nos dejó una rica descripción de la feria de San Juan de los Lagos, una de las más concurridas en todo el país, y en la que se improvisaban alojamientos para los asistentes:
Los hoteles eran de lo más originales y cómicos. Un gran cobertizo formando una galería de cincuenta u ochenta varas de largo por seis u ocho de ancho. Las divisiones entre cuarto y cuarto consistían en una cortina de manta ordinaria por cuyo tejido, sin necesidad de hacer un agujero, se podía ver lo que pasaba en la casa del vecino. Los muebles consistían en un catre de tijera, con o sin colchón, una pequeña mesa de madera y dos sillas, un candelero y un cacharro de barro, para lo que pudiera ofrecerse a la media noche […] Cada uno de estos cuartos valía por una noche cuatro pesos, y tomándolos por la temporada, tres pesos diarios, por supuesto, sin asistencia ni comida.
Casas y ventas
Un tipo de hospedaje importante durante la época y establecido desde los años treinta fueron las llamadas casas u hoteles de diligencia, negocio ideado y desarrollado por don Anselmo Zurutuza, según cuenta Guillermo Prieto. Todos aquellos que utilizaban las diligencias, guayines y bombés de don Anselmo tenían la posibilidad de hospedarse en ciertas casas que él mismo adaptó para el servicio. Aparentemente tenía contactos en numerosas ciudades que le permitieron armar una red de establecimientos. Por testimonios, sobre todo de usuarios mexicanos, se sabe que el servicio era bueno. En algunos casos, se adaptaron casas que no fueron construidas como mesones y algunos edificios en desuso. En otros, se establecía un trato con el dueño de una posada ya establecida, a fin de que permitiera utilizar parte de su edificio como alojamiento para viajantes. Sin embargo, no todos los caminos de la república contaban con este tipo de alojamientos. Se los encontraba entre Veracruz y México, de México a Querétaro y entre Guanajuato y Lagos. También se menciona el servicio hasta Zacatecas. En el resto de los caminos funcionaban las ventas y mesones tradicionales.
Estos espacios albergaron al mismo tiempo dos conceptos distintos de alojamiento y de tradiciones diferentes. El mismo Prieto, cuando habla de la reconocida hacienda de Arroyozarco, indica:
[…] los altos habían cobrado el carácter de Hotel del Diligencias, merced al genio emprendedor de don Anselmo Zurutuza […] pero la parte baja, la del común de mártires. Era el mesón del tiempo virreinal, con su tizne y su grasa, sus criados ladinos y su figón lleno de humo, estorbado por perros cazcarrientos y animado por maritornes mugrosas, mechudas y de fisonomías que con sólo mirarlas ahuyentaba el hambre… y el hombre.
Otro importante espacio de alojamiento durante la época fueron las ventas. Si bien los mesones y posadas se relacionaron con el entorno urbano, las ventas fueron los refugios que recibieron a los viajeros en los despoblados, en los caminos. Los trayectos de un poblado a otro solían ser largos y los caminos bastante malos. Resultaba una tortura, tanto para viajeros como para aurigas, pasar muchas horas continuadas en los distintos tipos de transporte. Es probable que caballos y mulas resistieran más, pero ellos también necesitaban descanso y alimentos para no morir en el trayecto, cosa que sucedía a menudo.
Por otro lado estaba la cuestión de la inseguridad. Los caminos eran asediados por bandidos y muchos viajeros fueron despojados de sus pertenencias durante sus traslados. Las ventas, además de servir como refugio, interrumpían las enormes distancias entre un pueblo y otro, trayectos en los que estas bandas podían actuar con más facilidad. Sin embargo, se corrió el rumor de que algunos administradores eran cómplices de los delincuentes y participaban en los asaltos a los viajeros, de modo que algunas ventas con mala fama eran eludidas durante los recorridos.
Totolapan, Córdoba, cerca de Río Frío, pero sobre todo, Arroyo Zarco, en el camino de México a Querétaro, fueron las ventas más conocidas. Por lo general eran grandes haciendas con vastos terrenos y acceso a agua –cerca de los llamados caminos reales–, de amplios establos y caballerizas, y con sembradíos o árboles frutales que la abastecían de manera regular. El paso de la guerra de independencia dejó consecuencias en estas construcciones, como Joel R. Poinsett atestiguó a su paso por el lugar: “A las cinco llegamos a la posada de Arroyo Zarco, que es una gran hacienda. El lugar estaba en ruinas, pues lo incendiaron durante las luchas revolucionarias, y encontramos que las pocas piezas que habían quedado estaban ocupadas por viajeros”.
Con el tiempo, la hacienda rehabilitó los espacios y, como vimos líneas arriba, un hotel de diligencia ocupó la parte alta del edificio. Sin embargo, aparentemente nunca recuperó su esplendor. El vasto edificio, situado
casi a la entrada de las fértiles llanuras del Bajío, fue descrito por Luis Bellemare como un amplio patio cuadrado con pórticos de piedra parecidos a las de un convento viene a ser como el vestíbulo; los cuartos de los viajeros se hallan debajo de las galerías. Más adentro hay otros dos o tres patios con cuadras bastante espaciosas para alojar cómodamente un regimiento de caballería […]
Una vez más, los observadores mexicanos notaron su extenso y cuadrado patio, sus amplios portales o la entrada a las caballerizas, y percibieron también la “clasificación perfecta” que existía en la distribución de los espacios habitables y de los inquilinos: El portal es propiedad de los arrieros y viandantes pedestres y de escasa fortuna; los cuartos reciben a los transeúntes de caballería y a los que atraviesan en apoplético bombés; y la parte superior, aérea y elegante, para los que se anuncian al chasquido del látigo y al rápido rodar de la diligencia […] Para un observador, la gradación apenas bosquejada podía presentar tres fases curiosas de nuestra civilización, desde el alter ego del pollino hasta la caricatura del gentleman, o del lion parisiense”.
También llamó la atención de los viandantes el extraordinario movimiento y coordinación con que se iniciaban las jornadas, cargando los convoyes de mulas, alimentando a los animales, reparando albardas o curando a los animales heridos; los arrieros con su desayuno de atole y tasajo y finalmente la partida: los pasos precipitados del caballo, hombres y mujeres montados, y la larga fila de animales que reiniciaba la marcha.
De esta forma, el espacio de la venta se relacionó mucho más con el campo, lo rural, los caminos, y siempre se consideró como una suerte de oasis tras las inciertas y agotadoras jornadas que experimentaban los viajeros: “Más que cansancio del cuerpo se siente uno cansado espiritualmente ante el incesante cambio que un viaje como el realizado ofrece, y ante los constantes matices y colores que a galope parecen desfilar ante nosotros, tal como si fueran nuevos cuadros de una gran linterna mágica”, atestiguó Carlos Guillermo Koppe.
Hoteles en la ciudad
El último espacio de hospedaje del que hablaremos en esta ocasión son los hoteles, concepto que apareció en México de manera un tanto tardía y siempre estuvo más relacionado con las “grandes ciudades”, las clases altas y cierta idea del lujo que se comenzó a difundir durante aquellos años, concepto que ya iba de la mano con los de modernidad y civilización de finales del siglo xix.
Los viajeros extranjeros fueron los que emplearon más el término, sin embargo, por lo general usaron las palabras mesón, posada y hotel como sinónimo. En las crónicas mexicanas, los hoteles aparecen poco y lo hacen para designar un establecimiento distinto al mesón o posada tradicional de raigambre colonial, un lugar con un tipo de servicio diferente y en el cual la idea de comodidad ya se encuentra mucho más presente.
El ejemplo de hotel por excelencia en el México decimonónico lo ofrece La Gran Sociedad, que se encontraba en la esquina de la calle del Espíritu Santo, “extendiéndose hasta la calle del coliseo en la ciudad de México”. Al correr el tiempo, pasó de ser llamado la gran suciedad, al sitio al que la gente de clase alta acudía tanto a hospedarse, como a comer, jugar billar o tomar un helado.
Hay datos que indican que el negocio era de un francés, otros que de un mexicano, don Diego Ramón Somera. Lo constante son referencias a las secciones en que estaba dividido: café, billares, nevería y hospedaje. También se indica que, en esta última sección, se contaba con la particularidad de tener colchones, “útil desconocido en mesones y posadas comunes”.
término hotel, además de incluir cuestiones relativas a la comodidad, subrayaba las referentes a la higiene. Recordaremos para ello a don Anselmo Zurutuza que en sus Casas de Diligencia –llamados posteriormente Hoteles e Diligencia–, arregló cuartos y dispuso fondas, dio a conocer “espejos y lavamanos, baños e inodoros, llevando su celo al extremo de dictar un reglamento para el aseo de los concurrentes; atenciones para las señoras y decencia y compostura en la mesa del comedor”. Es interesante notar que en ninguna de las descripciones de mesones, ventas o posadas aparece la idea moderna de un cuarto de baño.
Pero regresemos al ámbito capitalino. La Gran Sociedad se convirtió en el lugar en que se daba cita la gente más acomodada:
comerciantes, ricos, empleados de categoría, jefes del ejército, hacendados ociosos, tahúres de renombre, que se mezclaban sin escrúpulo con cómicos y danzantes; caballeros de industria y niños de casa grande, como se les llamaba, holgazanes y prostituidos […]
El espacio entonces se modificó, diversificó y adaptó a un nuevo tipo de público. Se dejaron atrás, por ejemplo, los lugares para los animales, los cuales antes convivían de manera muy cercana con los huéspedes, provocando serios problemas tanto al descanso como a la salud de los inquilinos. Pero, además, se adoptaron otros tipos de diversiones, se modificaron las zonas para ingerir alimentos, la distribución y cuidado de las habitaciones, lo cual también provocó un cambio en las formas de interacción entre los huéspedes y entre éstos y los administradores.
Como vimos, los sitios de hospedaje no sólo funcionaron como establecimientos para alojar a viajeros y a personas que transitaban por el país temporalmente. Fueron sitios de encuentro, lugares en donde se compartieron anécdotas, refugios contra el cansancio, pero también contra los bandidos y gavilleros, la diferencia entre la vida y muerte de animales y entre el transporte de pasajeros y mercancías. Sitios en donde la tradición y la modernidad se disputaban espacios, hombres y servicios.
PARA SABER MÁS
- Bellemare, Luis De, Escenas de la vida mexicana, Barcelona, s/e, 1945. (1825).
- Biart, Lucien, La tierra templada. Escenas de la vida mexicana (1846- 1855), México, Jus, 1959.
- Bullock, William, “Le Mexique en 1823”, en Viajes en México. Crónicas extranjeras, selección, traducción e introducción de Margo Glantz, México, Secretaría de Obras Públicas, 1964, pp. 96-105.
- Koppe, Carlos Guillermo, Cartas a la patria. Dos cartas alemanas sobre el México de 1830, México, Unam/Facultad de Filosofía y Letras/Dirección General de Publicaciones, 1955.
