José Manuel Alcocer Bernés
Cronista de la Ciudad de Campeche
En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 28
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La esposa de Maximiliano realizó una gira por Yucatán y Campeche a finales de 1865 con el fin de consolidar el imperio. Fueron días de fiestas y alegría para los lugareños y jornadas agotadoras de recepciones y recorridos por hospitales y escuelas.

El 20 de noviembre de 1865, el Periódico Oficial del Departamento de Campeche anunciaba la próxima visita de su majestad imperial la emperatriz Carlota, la cual permanecería allí varios días. De inmediato, la capital se volvió un caos, pues todos querían participar de las ceremonias en su honor. Las modistas y sastres empezaron a alistarse para la elaboración de vestidos y trajes, y los comercios de telas prácticamente agotaron sus mercancías. Días después se informaba que el Ayuntamiento había nombrado a los señores José Jesús Peraza, Manuel Méndez Estrada (primo de José María Gutiérrez de Estrada) y Juan Castilla Pérez encargados de organizar la serie de festejos que se realizarían en honor de la augusta dama.
La emperatriz arribó a Yucatán por barco al puerto de Sisal y de ahí se dirigió a Mérida, donde permaneció varios días cumpliendo una serie de compromisos oficiales. A su término emprendió el camino hacia Campeche, acompañada por el ministro de Estado, José Fernando Ramírez, dos damas de honor, un primer secretario de ceremonias, un director del gran chambelanato, un médico de cámara, 30 soldados de infantería belga y 40 de a caballo para su escolta. Tomaron la ruta que hoy se conoce como el Camino Real, y que abarca los municipios de Calkiní, Hecelchakan y Tenabo, sitios donde se realizaron ceremonias en su honor, fueron levantados arcos triunfales, se tocó música y los cielos se llenaron de cohetes, además de que se le dio un recibimiento afectuoso por parte de los habitantes, autoridades locales y caciques de los poblados. En Hecelchakan fue agasajada en la iglesia, bajo palio, y se cantó un tedeum en su honor, también visitó una escuela de primeras letras en la que los niños hicieron alarde de sus conocimientos. Luego se le sirvió un banquete en el que participaron algunos vecinos y caciques.
A la hora de pernoctar, lo hacía en haciendas, como la de Cholul de Pedro A. Manzanilla, rico propietario de tierras, o en las de otros prósperos hacendados como Juan Méndez y Pedro Ramos. Su llegada a Tenabo estuvo llena de entusiasmo. Ahí la recibió una comisión presidida por Nicolás Dorantes y Ávila, presidente del Consejo Departamental, y por prominentes personajes como Federico Duque de Estrada, Antonio Lanz Pimentel, el presbítero Mariano Ruz y otros vecinos notables. Luego continuó su camino hacia la hacienda Río Verde, donde descansaría antes de su arribo a la ciudad de Campeche.
Las crónicas señalan que desde las 10 de la mañana se había reunido allí una enorme cantidad de personas, incluyendo otras autoridades como el contralmirante Tomás Marín, prefecto del Departamento de Marina del Golfo y ayudante honorario de la emperatriz, oficiales del buque de guerra Dándalo, así como una comisión del clero, que la acompañaron hasta el barrio de San Francisco. A medida que transcurría el día, el contingente fue creciendo porque todos querían conocerla y, si era posible, saludarla.
A su llegada al barrio de San Francisco, cercano a la ciudad, fue objeto de discursos, flores y vítores por una concurrencia numerosa, en la que estaban representadas todas las clases sociales de Campeche. Muchos estaban por curiosidad, pero era tal la cantidad de vecinos que hacía más difícil el tránsito. Ante este entusiasmo, ella expresó: Raras veces he visto un entusiasmo más sincero que el de hoy; me habéis dado vuestros corazones: recibid el mío, que ya os pertenecía.
Después de estas manifestaciones se le sirvió un almuerzo donde fueron admitidas Josefa Regil de Trueba, Jacinta Estrada de Macgregor, Josefa Cárdenas de Dondé, Jacinta Gutiérrez y otras mujeres de la sociedad campechana, que días después fueron nombradas damas de honor. Además, asistieron los representantes de Bélgica y España, quienes la venían acompañando desde la ciudad de México; el comisario imperial de la península, Felipe Salazar Ilarregui; así como algunos consejeros y miembros de su séquito. Concluido el ágape se dispuso entrar a la ciudad y lo hizo por la puerta de Guadalupe. Un grupo de exaltados imperialistas quitaron los frisones de la carretera que la conducía, sustituyéndolos personalmente y tiraron del carruaje hasta la entrada.
En la ciudad de Campeche
La puerta de Guadalupe era una de las cuatro que tenía la muralla que rodeaba la ciudad, y había sido decorada con un arco triunfal, hecho por el artista local Gabino Terra, que tenía pintadas en las partes laterales las figuras de los emperadores coronados por el lema Equidad en la justicia, así como alusiones al imperio. Junto a ella se encontraban las autoridades municipales, el clero, empleados, la banda de música que entonaba alegres melodías y un numeroso contingente de curiosos que no se quería perder los detalles. Las notas del himno nacional indicaron la llegada de la emperatriz, quien recibió las llaves de la ciudad de manos del prefecto municipal José Jesús Lavalle, quien le dio la bienvenida. Carlota le agradeció el gesto y de inmediato se dirigió a la iglesia parroquial donde se celebró un tedeum.
Las autoridades habían preparado para su estancia la antigua residencia de Santiago Méndez, frente al jardín central. En ese sitio se celebró el primer banquete de 30 cubiertos, sentándose en la mesa solamente aquellos que habían recibido invitación directa de la emperatriz. El almuerzo fue servido por ocho jóvenes campechanos que fungieron como los sirvientes de la augusta dama durante su estancia. Al término de la visita recibieron un reloj de oro dentro de un estuche que ostentaba en su tapa las armas imperiales. Igualmente nombró entre las señoras de la aristocracia local a sus damas de honor, las cuales antes de partir le obsequiaron una caja de carey para guantes con un adorno de plata y una leyenda en oro que decía las señoras de Campeche, con el más sincero y merecido afecto, a la muy digna Emperatriz Carlota. Algunos caballeros fueron escogidos para fungir como chambelanes. Por la noche quemaron fuegos artificiales y elevaron varios globos aerostáticos.
El día de la Virgen de Guadalupe, la emperatriz lo celebró con otro tedeum en la iglesia parroquial. La dama vestía en forma sencilla con mantilla y sólo dos rosas adornaban su pelo, su porte noble y majestuoso sin la ostentación de lujo y riqueza, su mirada apacible y penetrante, saludando cortésmente al pueblo, siempre con la dulce sonrisa en los labios, todo respiraba profundo respeto y cariño sin límite, por parte de todas las clases sociales del pueblo. Nuevamente se le ofreció un banquete de 40 cubiertos donde asistieron los ministros de España y Bélgica, y durante la tarde y noche se organizó una verbena popular donde destacó el baile de las cintas.
Ese mismo día el Ayuntamiento de la ciudad ofreció un baile dedicado en su honor en los salones del palacio de gobierno. Todas las autoridades estaban presentes y las principales damas de la ciudad, engalanadas con sus mejores vestidos y joyas, esperaban la llegada de su majestad, quien portaba un vestido de tul blanco con un sencillo adorno en la cabeza y un bouquet en las manos. Después de saludar a la hilera de invitados ocupó el trono. De inmediato la música llenó el salón de melodiosos sonidos, formándose la primera cuadrilla, encabezada por Carlota y el ministro belga. Después de varias piezas, la emperatriz encabezó otra cuadrilla ahora acompañada por el comisario imperial de la península, José Salazar Ilarrégui. Al filo de las 11 de la noche se retiró, pero la fiesta continúo hasta la madrugada.
El programa de Carlota en la ciudad era muy amplio: al día siguiente visitó el Hospital de San Juan de Dios, iniciándolo por la iglesia, de ahí se dirigió al interior del hospicio hablando con los enfermos e interesándose por el funcionamiento del nosocomio, el número de empleados dedicados al cuidado de ellos, las especialidades de los médicos, el estado financiero. Al término de su visita donó dinero de su peculio para construir un anfiteatro, la compra de un local para establecer una casa para dementes que carecía la ciudad, la reconstrucción de una sala y el aljibe. De ahí se dirigió al Instituto Campechano que debido a la situación política había cambiado su nombre por el de Instituto de San Miguel. Luego fue a la escuela Lancasteriana donde los niños más aventajados fueron examinados en diferentes temas como religión, gramática y aritmética.
Cercano a la ciudad se encuentra un pueblo pesquero llamado Lerma que en el siglo XIX era el sitio preferido por las familias pudientes para veranear por su cálidas aguas. Allí, en la casa de un rico comerciante llamado Felipe Ibarra Ortol, le prepararon un local para que si lo deseaba pudiese bañarse en el mar, oferta que declinó. El pueblito fue adornado con flores y palmas, y todos los vecinos, incluyendo los caciques del lugar, se congregaron para recibir a la augusta dama. En lugar del baño de mar prefirió visitar una escuela de indígenas a la que donó 50 pesos para su mantenimiento. En este plantel se educaba principalmente a niñas las cuales le mostraron sus trabajos de bordados, costuras y artesanías. La emperatriz amablemente se interesó en su funcionamiento, el número de niñas, etc. Al finalizar la visita le obsequiaron una canastilla de flores realizada con pequeñas conchas y caracolitos de colores. Sobre un ramito se encontraba –con el mismo material– un pajarillo en actitud de volar.
Por la tarde inspeccionó la cárcel pública y luego el Liceo de la Purísima Concepción donde también se educaban a niñas pobres, huérfanas o sin dote. La emperatriz las examinó personalmente sobre religión, gramática, lectura y aritmética. Le presentaron las labores que realizaban y al término le entregaron un cuadro que representaba una canastilla de flores bordadas en seda y un ramillete de flores artificiales. Como siempre, se interesó por el estado de la institución y platicó con todos sin ningún protocolo, dando un aire de familiaridad y sencillez.
Por la noche correspondió con otro baile en la sede del Ayuntamiento y nuevamente destacó la elegancia y el buen gusto de los invitados campechanos que se esmeraron por lucir a la altura de las circunstancias. Una vez más su entrada estuvo precedida por el himno nacional. Abrió el baile con el ministro de Bélgica. A las 9 de la noche se sirvió un ambigú en donde los fiambres y el vino fueron de lo mejor, todo del servicio personal de la dama. Se retiró a las 11, pero el baile continuó hasta bien tarde.
El último día de su estancia en la ciudad se sentía un dejo de tristeza entre los habitantes por la sencillez que había demostrado Carlota. Decía el periódico local: Hay sentimientos en la historia del corazón que se sobreponen al poder de la palabra: estos sentimientos son los que hoy animan a Campeche y son indescriptibles. Deja la ilustrísima emperatriz Carlota, a la que hemos visto más como una verdadera madre que como a soberana elevada, hondos recuerdos y surcos indelebles de su bondad y munificencia.
Antes de partir hacia La Laguna –hoy ciudad del Carmen- visitó la casa de Beneficencia que sostenía el filántropo Vicente Méndez. Allí recorrió la casa, visitó la capilla, el huerto donde le llamaron la atención las plantas de plátano y departió con ciegos, paralíticos y menesterosos que habitaban el albergue. Le entregaron una canastilla bordada en seda, dentro de la cual estaba otra más pequeña hecha de caracolitos que formaban dibujos y en su interior un ramillete de flores realizado con caracolitos de colores.
A las cuatro de la tarde salió de su residencia para dirigirse al muelle, lo hizo a pie, acompañada de su séquito, autoridades, empleados y el pueblo que no se cansaba de vitorearla, muchos de ellos con lágrimas en los ojos. En el atracadero se había colocado un arco triunfal desde el cual se arrojaban flores, papelitos de colores con versos de despedida y palomas. La banda de música tocó aires militares y más tarde el himno nacional. En los baluartes de la Soledad, San Carlos y Santiago los cañones saludaron a la soberana, mientras las campanas de todos los templos repicaban. La gente aglomerada a lo largo del malecón observó las maniobras de embarque, mientras se acercaba un lanchón que la llevaría junto a sus acompañantes hacia el vapor Tabasco que estaba un poco alejado de la costa.
A las cinco en punto de la tarde embarcó la emperatriz rumbo a La Laguna. Lanchones y otras naves surcaron el mar de Campeche para hacerle valla, mientras tomaba rumbo hacia la isla. Es probable que echara una última mirada hacia la ciudad amurallada mientras esta se perdía en la lejanía del paisaje.
Seis días permaneció Carlota en la ciudad de Campeche con una agenda muy apretada entre visitas oficiales y actividades, pero es innegable que logró conquistar el corazón de los habitantes de una ciudad mayormente liberal con su sencillez y carisma, por el trato que dispensó a todos los que conoció y se acercaron a ella.
A pesar de visitar una región tan alejada con el fin de consolidar el imperio, esto no se logró, pues las tropas republicanas iban tomando plaza por plaza y se acercaban más a la capital. Además, para Francia resultaba demasiada cara la aventura y lo que quería era terminar con ella. A ello habría que sumar que la situación europea en ese momento era muy delicada, por lo que Napoleón III decidió retirar su apoyo económico y militar, y con ello aceleró la caída del imperio de Maximiliano.
La visita de Carlota a la ciudad de Campeche fue un hecho inesperado para los campechanos y rompió la monotonía de una ciudad enclavada entre mar y cerros.
PARA SABER MÁS
- Álvarez, Francisco, Anales históricos de Campeche, Campeche, Imprenta del editor, 1912, t. ii, pp. 57-60.
- Weckmamn, Luis, Carlota de Bélgica, México, Porrúa, 1989.

