José Manuel Alcocer Bernés
Cronista de Campeche
En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 25.
El hombre que le dio un vuelco fundamental a la educación en México vivió sus primeros nueve años de vida en una apacible pero también convulsionada ciudad de Campeche. Cobijado en la contención de una de las familias más ricas de la ciudad, su estadía allí se cortó definitivamente por los conflictos políticos locales. Casi medio siglo después regresaría como un hijo pródigo.

La ciudad de Campeche mantenía todavía en la primera mitad del siglo XIX un aire colonial, guarnecida de murallas que recordaban ese pasado violento de su lucha contra los enemigos de España: los piratas. Las murallas que la protegían y aislaban permitieron, sin proponérselo, establecer una diferencia de clases que se recrudeció con este cinturón de piedra donde convivían los de adentro y los de afuera.
Desde su fundación, la vida de la villa, después ciudad, giró en torno a la plaza principal, la cual estaba rodeada de los edificios más importantes: el palacio municipal, la iglesia parroquial, la Aduana y las casas de los principales vecinos, poderosos comerciantes y miembros del Ayuntamiento de la ciudad. En una de estas viviendas, situada en el extremo oriental mirando al mar y a la plaza, estaba la residencia del más poderoso e influyente caudillo regional, don Santiago Méndez Ibarra.
Su nieto, Justo Sierra Méndez, nació allí en un año complicado para la región, 1848, pues la rebelión indígena asolaba a toda la península arrasando pueblos enteros, principalmente en la parte norte. Esta situación motivaba que oleadas de refugiados buscaran la protección y el amparo de las murallas campechanas. La ciudad vivía momentos de caos y fervor, cientos de personas durmiendo en las calles, las rogativas al Cristo milagroso y protector de la ciudad, el Señor de San Román, no paraban y en procesión el Cristo fue sacado de su templo y llevado a un lugar seguro. Los pobladores, ante cualquier estruendo de gritos lejanos e inexplicables, corrían a refugiarse a sus casas, al mismo tiempo que se sellaban las puertas de la muralla. Por las noches -a manera de precaución- cientos de antorchas eran encendidas a lo largo del cinturón de piedra. Pero lejos de esta barbarie, en el hogar de los abuelos, la vieja casa colonial y al amparo de la familia materna —su padre se encontraba en Washington—, nació Justo.
La infancia
Por orden del patriarca, a los pocos días de nacido fue bautizado en la iglesia parroquial por su tío materno, el presbítero Vicente Méndez, y fungió como padrino otro de sus tíos, Luis Méndez, tejiéndose a su alrededor toda una red de ligas familiares provenientes del lado materno, quienes en ese momento controlaban la vida política y económica de la ciudad y de la región. Su padre conocería a su primogénito hasta el mes de agosto, a su regreso de Estados Unidos.

Justo Sierra vivió en la ciudad murada por nueve años. Sus primeros tiempos estuvieron acompañados y matizados por los cuidados de su madre y de su chichí (abuela) y de sus x-k’oos mayas, muchachas que llegaban a la casa de las familias acomodadas para el servicio, sin retribución económica, ya que solo obtenían protección familiar, alimentación y vestido. Muchas permanecían hasta su muerte como parte de la familia. De ellas, Justo habrá escuchado azorado y temeroso los relatos de la Xtabay, el chivo brujo o de la bruja del morro.
De los viejos marinos que tejían sus redes cerca de su casa, relatos de piratas que se robaban a las mujeres, así como los milagros del Cristo negro o las hazañas de pescadores enfrentados a animales reales o imaginarios.
Por nueve años la ciudad de Campeche fue su espacio cotidiano. Mirando hacia el mar desde el balcón de su casa, sus ojos infantiles contemplaron la llegada de los barcos procedentes de Nueva York, La Habana o Nueva Orleans, de los cuales descendían mercancías europeas para satisfacer a la aristocracia porteña y peninsular. Contempló seguramente la abundancia de cayucos cargados de especies marinas y aprendió sus nombres: cazón, cherna, esmedregal, sierra, pargo que se degustaban en las mesas de los campechanos adinerados, regados con generosos vinos europeos. Su oído logró identificar los diferentes acentos de viajeros y marinos, como el ceceo español, el cantadito de los habitantes del centro del país o el aporradeado de los yucatecos.
En sus primeros años aprendió a hablar empleando los modismos propios de los habitantes como me quité en lugar de me fui, atabacado por café, flux por saco de vestir, gindar por colgar, alisar por planchar, mata por planta, matazón por amontonamiento, expresiones salpicadas por palabras mayas como mulix, tuch, xix, xic, purux, chuch, nach, xexec. Su mundo infantil estuvo lleno de experiencias enriquecidas por este cruzamiento cultural que le abrió –más adelante- un amplio panorama cultural.
Recorrió la plaza elevando su papagayo e iría con su familia en los meses más calurosos a las casas de veraneo en las playas de Lerma, disfrutando de las cálidas aguas y con el vaivén de una hamaca cubierta de un albo mosquitero daría vuelo a su imaginación en esas acaloradas noches campechanas. Probablemente saboreó los helados hechos con frutas naturales de Campeche, provenientes de las quintas santaneras cercanas de la ciudad como saramuyos, nance, marañón, guanábanas, anonas, caimitos o la gran diversidad de ciruelas rojas y maduras. En este tiempo se nutrió de las tradiciones campechanas como el carnaval, la Semana Santa, las fiestas del voltejeo, o la fiesta al santo patrono el Señor de San Román.
Cuando llegó la hora de iniciar su educación elemental fue inscrito por sus padres con el mejor educador de la ciudad, don Eulogio Perera, quien se encargaría de enseñarle las primeras letras y números con silabarios y catones. Por nueve años fue ajeno a los conflictos políticos de la región, pero a esta edad no fue testigo de la barbarie indígena que aún asolaba la península sino de la barbarie producto de los conflictos políticos, de la inconformidad por una elección a gobernador, donde se culpaba a su abuelo, don Santiago Méndez.
Una tarde una horda de vándalos invadió su casa, la incendió, destruyó la biblioteca de su padre don Justo Sierra O’Reilly, por lo que la familia salió huyendo para no regresar nunca más. A partir de entonces, Justo Sierra Méndez inició una vida trashumante, primero se fue a Mérida y luego a la ciudad de México donde estudió y fue maestro, educador y político.
El educador
Una de las grandes preocupaciones de la elite político-cultural del siglo XIX era la educación. Para ella este era el único camino que podía liberar de la ignorancia y conducir al país hacia una nueva era. Miles de propuestas se llevaron a cabo, pero ninguna funcionó. El país seguía en una permanente guerra civil y con numerosos conflictos con naciones extranjeras por lo que los gobiernos por más que trataron de reorganizar a México la inestabilidad política y la situación económica lo impedían.
La llegada al poder de Porfirio Díaz marcó la pacificación y con ello la reorganización política, administrativa y económica de México. La creación de la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes fue el sitio que permitiría a Sierra desarrollar y buscar soluciones a una de sus mayores inquietudes: la educación. Sus principales proyectos fueron la educación primaria gratuita, pero con carácter nacional, es decir unificar ésta en torno a los objetivos que el país necesitaba. Una educación que fuese además laica, obligatoria e integral. Su visión abarcó una enseñanza desde la infancia y hasta la juventud, sin dejar de mirar por los adultos analfabetas. Por ello, estableció los jardines de niños y las escuelas para adultos, pero su mayor mérito fue la instauración de la Universidad Nacional. Con estas acciones, Sierra impulsó la educación y sentó las bases para un México moderno.
Sierra fue una de esas grandes figuras intelectuales del México moderno cuyo espíritu enciclopédico y renacentista pertenece a la estirpe de hombres de acción capaces de debatir en la tribuna, de escribir sobre nuestra historia y forjar las leyes del país, así como crear una obra artística propia y personal y de tomar las armas o regir los designios del país. Sierra, educador por excelencia, poeta, político pensante, retornó a Campeche 49 años después de aquel suceso trágico.
Retorno
Invitado a inaugurar la estatua de su padre en el moderno Paseo de Montejo de la ciudad de Mérida, Justo Sierra decidió visitar su ciudad natal. Habían transcurrido 49 años cuando él y su familia salieron huyendo y quizá aún rememoraba estos acontecimientos, alojándose en él sentimientos encontrados. En la mañana del 17 de marzo de 1906 un inusitado regocijo se manifestó en toda la ciudad, el hijo pródigo regresaba a su casa convertido en una gloria de las letras mexicanas y siendo el titular del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes.
La crónica periodística de ese día relató lo siguiente:
Desde la estación del ferrocarril hasta la Plaza Principal un nutrido cordón de gentes esperaba el paso del ministro. De la Plaza Principal a la casa del Sr. Miguel Lanz donde se hospedaría el ilustre visitante, formábanle valla todos los alumnos de ambos sexos, de todas las escuelas de la población, portando hermosos ramos de flores. El tranvía se detuvo al costado de la catedral precisamente frente a la puerta de la farmacia Lanz. Descendió el maestro, alto, grueso, de porte recto y elegante, de bigotes, barba y cabellos blancos. A su lado marchaba el Sr. Tomás Aznar y Cano, gobernador del estado, el diputado Miguel Lanz, los poetas y literatos Luis G. Urbina y Alfredo Chavero, los poetas campechanos, Salvador Martínez Alomía, Gaspar Trueba y otros más. Al descender del tranvía levantó la vista y contempló las torres de la catedral y luego dirigió la vista al parque. Mudo como en éxtasis recorría con la mirada toda la plaza… se orientaba. De pronto, sin atender las indicaciones del gobernador y de su consuegro Lanz, con paso ágil y decidido penetra al parque y llega al extremo de la Plaza y parándose de golpe, levanta los brazos, su rostro se anima y con voz fuerte y emocionado exclama: ¡Esa es la casa donde nací, en aquel balcón empinaba mi papagayo! Y brillan en sus ojos lágrimas… lágrimas de emoción, tal vez de alegría al recordar su niñez. Y en tanto, un anciano de alaba testa, de espejuelos y de bastón grueso, abríase paso a codazos, entre la multitud hasta llegar junto al Maestro. Se planta en jarras frente a él, le clava la mirada y le dice: ¡Justo! Al oír aquella voz, baja la mirada, contempla por breves momentos a aquel anciano de blanca cabellera que audazmente y con insistencia lo mira. De pronto, abriendo los brazos y sonriente exclama: mi maestro, mi querido maestro y en un estrecho abrazo se unen maestro y discípulo. Y mientras los dos viejos se abrazaban, la banda de música desgranaba las melodiosas notas de un paso doble marcial; las frondas de la arboleada del parque mecíanse a impulsos de la brisa suave y el cielo azul brillaba más espléndidamente celebrando aquel abrazo en que dos personalidades unían sus afectos confundiendo en un estrecho abrazo la albura de sus cabellos.
Campeche permaneció en la mente de Sierra, al igual que su mar que diariamente contemplaba desde el balcón de la casa, el mar apacible con tonalidades cambiantes según las nubes, así como sus atardeceres enrojecidos por el sol de mayo. Campeche estuvo presente en él y lo reflejó en sus obras como Marina, La sirenita o Playeras. Por ello se dice que Justo Sierra Méndez es el campechano universal, el mexicano que percibió la necesidad de ensanchar los horizontes de México a través de la educación.
PARA SABER MÁS
- Barros, Cristina, Justo Sierra siempre joven, semblanza e iconografía, Campeche, Gobierno de Campeche, 2012.
- Lara Zavala, Hernán, Justo Sierra Méndez, forjador del alma mexicana, Universidad Autónoma de Campeche, 2013.
- Ocampo López, Javier, “Justo Sierra ‘El maestro de América’. Fundador de la Universidad Nacional de México”, Revista Historia de la Educación Latinoamericana, 2010, en http://www.redalyc.org/ pdf/869/86918064002.pdf
- Sierra, Justo, Evolución política del pueblo mexicano, 1941, en http://biblioteca.org.ar/libros/89742.pdf

