Harim Benjamín Gutiérrez Márquez
Universidad Autónoma Metropolitana, X.
En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 26.
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En momentos en que la primera guerra mundial entraba en la etapa de definiciones, Alemania planificó una jugada para evitar la confrontación con Estados Unidos. La idea involucraba a México y Japón, pero la intercepción y desencriptación de un telegrama enviado por el ministro del exterior alemán Arthur Zimmermann tiró toda la operación por la borda. Woodrow Wilson sí entró en guerra y Venustiano Carranza mantuvo su neutralidad filogermana.

News, 2 de marzo de 1917.
Era 1916. La primera guerra mundial desangraba a Europa. La alianza de Gran Bretaña, Francia, Rusia e Italia luchaba contra los imperios centrales: Alemania, Austria-Hungría y Turquía. Parecía que nadie podía lograr una victoria decisiva.
En el mar, el imperio británico tenía una ventaja: su flota de guerra, la Royal Navy, la más grande y poderosa del mundo. Había bloqueado el paso a los barcos germanos y cercenado la mayoría de las rutas comercia- les marinas del Reich alemán. Pero los ale- manes tenían submarinos que podían burlar el bloqueo y atacar en alta mar, por lo que esperaban que tarde o temprano cortaran o redujeran las rutas de abastecimiento y obligasen a Gran Bretaña a rendirse. Para asegurar esa estrategia urdieron un plan que parecía brillante: provocar una guerra entre México y Estados Unidos.
Para entender lo anterior, hay que recordar que al principio de la guerra los beligerantes atacaban por lo general a los barcos enemigos, respetando las naves neutrales. Pero los alemanes se dieron cuenta de que así no ganarían. Por eso, en 1915 declararon la guerra submarina ilimitada (GSI); es decir, ordenaron a sus submarinos destruir cualquier barco que se acercara a las costas de Gran Bretaña o Francia (solo dejaron abierto un pequeño corredor en el Atlántico para naves neutrales). Eso provocó la protesta de Estados Unidos, que defendía su derecho de comerciar con quien quisiera. Los alemanes sabían que la neutralidad de ese país favorecía a los Aliados, pues era un importantísimo proveedor y prestamista de Gran Bretaña y Francia, así que continuaron con la GSI. En ese mismo año hundieron al transatlántico británico Lusitania, matando a 1 198 pasajeros, entre ellos a 128 estadounidenses.
Submarino U-14, 1914. Library of Congress, Washington, Estados Unidos.
El gobierno de Washington, presidido por Woodrow Wilson, protestó enérgicamente por esas muertes. Sin embargo, no declaró la guerra, pues tenía la esperanza de promover negociaciones de paz entre los beligerantes. Además, gran parte de los estadounidenses eran aislacionistas, persuadidos de que no debían involucrarse en una guerra europea. Asimismo, Wilson pensaba reelegirse en 1916, objetivo que logró ostentándose como el hombre que había salvado a su país de la guerra. Sin embargo, el hundimiento del Lusitania y otros incidentes similares aumentaron el tono de sus protestas, por lo que en septiembre de 1915 Alemania suspendió la GSI. Una parte de sus gobernantes comprendía que si Estados Unidos les declaraba la guerra, su enorme capacidad financiera y productiva podría dar la victoria a los aliados.
Al año siguiente, los alemanes libraron una gran batalla naval contra los británicos para romper el bloqueo, el cual estaba perjudicando a la población civil. El combate, que tuvo lugar entre el 31 de mayo y el 1 de junio de 1916, fue conocido como la batalla de Jutlandia (antiguo nombre de Dinamarca, pues se libró frente a las costas de ese país). Los británicos perdieron el doble de hombres y barcos que sus enemigos, pero salieron ganando, pues a pesar de las bajas la Royal Navy siguió siendo lo suficientemente poderosa para mantener el bloqueo. Los jefes militares alemanes pidieron a su emperador, el káiser Guillermo II, que se reanudara la Gsi. El primer ministro, Teobald von Bethmann Holweg, lo convenció de denegar la petición, pues temía que eso provocara la entrada de Estados Unidos en la guerra. Pero la lucha en el frente occidental europeo siguió en un punto muerto y la flota germana siguió bloqueada.
En diciembre, el comandante de la marina, el almirante Henning von Holtzendorf, presentó a Guillermo II un memorándum donde argumentaba que la Gsi podía obligar a Gran Bretaña a rendirse en seis meses; Estados Unidos, aunque declarara la guerra, no tendría tiempo para movilizarse. Alardeó: “Le doy a Su Majestad mi palabra de oficial de que ningún estadunidense desembarcará en el continente.” Los jefes del ejército, el mariscal Paul von Hindenburg y el general Erich Ludendorf, lo apoyaron. El káiser decidió reanudar la Gsi a partir del 1 de febrero de 1917. Sin embargo, él y los militares subestimaban la capacidad de Estados Unidos; sabían que su ejército era pequeño y desdeñaban su habilidad combativa. Además, tenían la esperanza de derrotar a Rusia en 1917 y así concentrar sus fuerzas en el frente occidental.
¿México en guerra?
El Ministerio de Relaciones Exteriores alemán aportó algo fundamental. Creía que la clave para librarse de los estadunidenses era provocar una guerra entre ellos y México, involucrando también a Japón. ¿Cómo conseguirlo? Entonces intervino Hans Arthur von Kemnitz, experto en asuntos de Asia Oriental y América Latina y otrora encargado de las cuestiones mexicanas. Kemnitz estaba impresionado por el ataque de Francisco Villa al pueblo de Columbus, Nuevo México, en marzo de 1916, así como por el fracaso de la expedición punitiva estadunidense al mando del general John J. Pershing, que se prolongó hasta febrero de 1917, con el objetivo de capturar vivo o muerto al Centauro del Norte. El hecho era que uno de los jefes militares más prestigiados de Estados Unidos había invadido México con 10 000 hombres y sus tropas penetraron 560 kilómetros, pero no pudieron derrotar por completo a los villistas (a quienes los gobernantes alemanes consideraban como poco más que bárbaros) ni lograron capturar a Villa.
Kemnitz sugirió a su jefe, el ministro Arthur Zimmermann, que lo mejor era que México atacara a Estados Unidos inmediatamente después de que este declarara la guerra a Alemania; a cambio, ofrecerían a este país la recuperación de Texas, Nuevo México y Arizona. Zimmermann no pensaba que los mexicanos pudieran conquistar esos territorios, pero sí que obligarían a Estados Unidos a enviar tropas a México, alejándolas de Europa. A continuación, los mexicanos serían abandonados a su suerte, salvo en el remoto caso de que Japón se les uniera. El káiser aprobó la idea, así que el 16 de enero de 1917 Zimmermann envió por telégrafo una nota secreta con instrucciones a su ministro plenipotenciario en Washington, el conde Johann Heinrich von Bernstorf. Le ordenaba reenviar el mensaje al ministro de Alemania en México, Heinrich von Eckardt, para avisarle que se desencadenaría la Gsi a partir del 1 de febrero. Se intentaría que Estados Unidos permaneciese neutral, pero, si no era posible, Eckardt debía ofrecer a México una alianza.
Zimmermann proponía a México ir juntos a la guerra y negociar la paz. Los germanos aportarían un “generoso apoyo financiero” y estarían de acuerdo con que México recuperara Texas, Nuevo México y Arizona. La propuesta debía presentarse al presidente Venustiano Carranza, “en absoluto secreto”, tan pronto como Estados Unidos entrara en la guerra. Eckardt debía sugerir además a los mexicanos que invitaran inmediatamente al Japón a unírseles, y que mediaran entre el Reich y el imperio del sol naciente. Por último, debía asegurar a Carranza que la guerra submarina obligaría a Gran Bretaña a firmar la paz en pocos meses. En otras palabras, el Reich proponía a México declarar la guerra a Estados Unidos y convencer a Japón de hacer lo mismo, a cambio de recobrar la mayor parte del territorio perdido en 1848. Curiosamente, los alemanes no prometían la recuperación de California; podemos especular que tal vez pensaban ofrecerle ese territorio a los japoneses (aunque no se conocen pruebas de que lo hubieran hecho).
Bernstorf reenvió el telegrama en clave secreta. Pero, para su mala suerte, el servicio secreto británico estaba operando en México y tenía un agente que era empleado de Telégrafos, quien le pasaba copia de todos los mensajes de Alemania que llegaban a la legación. La copia llegó a Gran Bretaña a fines de enero.
Desde el principio de la guerra, los británicos habían cortado los cables telegráfcos submarinos que Alemania usaba para comunicarse. Esta se vio obligada a usar radiogramas, es decir, mensajes inalámbricos; sin embargo era posible interceptarlos, por lo que las comunicaciones se cifraban con claves secretas. Empero, los británicos tenían ejemplares de las claves enemigas; uno de ellos cortesía de los rusos, quienes lo recuperaron de un barco alemán; otros dos robados por agentes británicos. El gobierno de Berlín, por su parte, tardó mucho en darse cuenta de que sus claves eran conocidas por sus enemigos.
Los británicos aprovecharon esa ventaja. Su Servicio de Inteligencia Naval, dirigido por el almirante Sir William R. Hall, tenía una oficina especial conocida como la Sala 40, dedicada a interceptar y descifrar los mensajes de amigos y enemigos; sus expertos descifraron la nota de Zimmermann y Hall se dio cuenta de que se habían sacado la lotería, pues era justo lo que se necesitaba para convencer a Estados Unidos de declarar la guerra a Alemania. Una copia del mensaje fue entregada al embajador de Estados Unidos en Londres, Walter H. Page.
Wilson estaba indignado, pues los alemanes, además, abusaron de su confianza. El presidente había intentado ser mediador entre los aliados y las potencias centrales, con el fin de lograr un acuerdo de paz. En ese afán, su gobierno había permitido que el imperio alemán usara sus líneas telegráficas para dirigirse a la legación en Washington y así mantener abierta una línea de comunicación. Pero Alemania usó esa vía para transmitir una nota que contenía una amenaza para Estados Unidos. Así que su gobierno filtró el telegrama a la prensa sin revelar la fuente. Fue publicado el 1 de marzo de 1917. Los sectores antigermánicos exigieron la guerra. Sin embargo, también había sectores progermánicos y antibritánicos muy importantes (por ejemplo, los inmigrantes y ciudadanos de origen o ascendencia alemana e irlandesa). También se puso en duda la autenticidad del telegrama; la administración de Wilson no podía refutar esa aseveración, pues no quería descubrir a los británicos y estos procuraban que Alemania no se enterara de que habían obtenido sus claves.
Una vez descubierto el plan, Alemania aún tenía una oportunidad de evitar la guerra con Estados Unidos negando la autenticidad de la nota y tachándola de invención británica. El mismo Wilson aún tenía dudas sobre lo que debía hacer. Pero el 3 de marzo, durante una conferencia de prensa, Zimmermann reconoció que el telegrama era auténtico; con esa acción prácticamente acabó con la germanofilia en Estados Unidos. El 6 de abril, por fin, Washington declaró la guerra. Cabe preguntarse porqué Zimmermann actuó así. El historiador Friedrich Katz tiene la hipótesis de que, al ignorar cómo había llegado su nota a manos estadunidenses, temía que estos tuvieran pruebas para desmentirlo si negaba su responsabilidad. Además, subestimó la reacción de la opinión pública. Llegó a afirmar que la publicación resultaría beneficiosa, pues esta comprendería lo peligroso que sería confrontarse con los teutones.
Neutralidad suiza
Mientras tanto, en México, el gobierno de Venustiano Carranza estaba en una situación muy difícil. El país había padecido varios años de guerra civil, vivía en crisis económica, con carestía, inflación y hambre. El gobierno necesitaba importar alimentos, oro y armas, pero se le dificultaba debido al bloqueo económico impuesto por Wilson en represalia por sus políticas nacionalistas. Además de la oposición interna formada por los villistas, los zapatistas y otras facciones, estaban todavía muy recientes los precedentes de la ocupación estadunidense de Veracruz en 1914 y la expedición punitiva de 1916, ordenadas por Wilson. Carranza no podía descartar una nueva invasión; en caso de guerra, Estados Unidos podía ocupar los campos petroleros mexicanos, o los agentes secretos alemanes podrían sabotearlos.
Carranza, aunque oficialmente mantuvo neutral a México, en los hechos había seguido una política proalemana, impulsado sobre todo por el temor a Estados Unidos y el afán de lograr el respaldo de una potencia europea que le permitiera equilibrar la influencia de los vecinos del norte. Gran Bretaña y Francia, necesitadas del apoyo de Washington, no eran opciones; sólo quedaban los germanos. Sin embargo tenía que guardar un difícil equilibrio, pues debía aprovechar a Alemania como herramienta de presión, pero sin dar al tío Sam un pretexto para la guerra.
El ministro Eckardt llevó el 20 de febrero la nota de Zimmermann a Cándido Aguilar, secretario de Relaciones Exteriores, quien acogió bien la propuesta; a Carranza no le gustó, pero le instruyó para no rechazarla de plano. Don Venustiano pidió consejo a sus asesores Francisco Díaz Babío y José López Portillo y Weber, quienes concluyeron que la alianza era irrealizable. Alemania no tenía naves suficientes para traer armas ni para enfrentar en el Golfo de México a la flota de Estados Unidos. En el caso de que México se anexara Texas, Nuevo México y Arizona, el asunto sería una fuente continua de conflictos y causaría una nueva guerra con Estados Unidos. Además, el poder de los estadunidenses que habitaban esos territorios era tal que pronto tendrían una influencia decisiva, de tal manera que ya no se sabría “quién se anexaría a quién, nosotros a ellos o ellos a nosotros”. Aguilar sondeó también a los diplomáticos japoneses, quienes rechazaron que su país pudiera aliarse con los alemanes; desistió y ya no les propuso la alianza. Poco después, cuando se publicó el telegrama, los japoneses expresaron que era ridículo que Alemania creyera que ellos se lanzarían a la guerra contra Estados Unidos sólo porque México se los pidiera.
Carranza consultó a su gabinete. El secretario de Guerra, general Álvaro Obregón, se opuso enérgicamente, pues dijo que lo mejor era procurarse la amistad y el apoyo de Estados Unidos. Carranza ratificó la decisión de rechazar la propuesta, pero no definitivamente, sino mantenerla como último recurso ante un caso desesperado, como una nueva intervención militar del vecino del norte.
El 26 de febrero, el embajador de Estados Unidos, Henry P. Fletcher, se entrevistó con Aguilar para darle a conocer la nota de Zimmermann y pedirle que el gobierno mexicano la repudiara. Aguilar le dijo que nada sabía del asunto. Cuando se publicó la nota, Aguilar siguió negando haber tenido conocimiento de ella. Poco después, Carranza recibió a Fletcher y negó asimismo haberla recibido, añadiendo que por eso no podía rechazarla oficialmente ni romper relaciones con Alemania; eso sí, reafirmó que México era neutral. Fletcher también habló con Obregón, quien le dijo que la propuesta era absurda y que era comprometerse con una potencia europea que luego pediría algo a cambio. Katz coincide con esa apreciación y considera que la política alemana sobre México hasta 1917 fue impresionante, pues “al mismo tiempo que se basaba en una realpolitik descarnada, no tenía nada de realista”.
Eso era cierto. A pesar del optimismo de Zimmermann la publicación del telegrama fue un golpe devastador. El ministerio de Relaciones Exteriores hizo una investigación para descubrir cómo había llegado a manos estadunidenses; se concluyó que un empleado menor de la legación en Washington había sido el traidor y se cargó la responsabilidad al ministro von Bernstorf, cuya carrera llegó a su fin siendo chivo expiatorio de una política con la que nunca estuvo de acuerdo. Los alemanes tampoco descubrieron que su código secreto había caído en manos del enemigo, a pesar de que el mismo Bernstorf sospechó que eso ocurrió.
A fin de rehacer su prestigio, Zimmermann ordenó que se insistiera a Carranza para formalizar la alianza; la respuesta siguió siendo negativa. Zimmermann era popular por ser el primer plebeyo encargado de la cartera de Relaciones Exteriores, puesto antes reservado a aristócratas, amén de que le caía bien al káiser. Sin embargo, fue un hecho que el asunto lo había perjudicado y su situación se hizo insostenible. En agosto renunció.
A partir de entonces la política de los alemanes hacia México se hizo más realista y cautelosa. Abandonaron sus planes de provocar una guerra y se abstuvieron de realizar sabotajes en territorio mexicano. Les importaba más que México mantuviera una neutralidad benévola, pues pensaban que al terminar la guerra y dado que podían ganar, tendrían la oportunidad de expandir sus inversiones y su comercio en el país. El gobierno de Carranza también tuvo la esperanza de que los alemanes pudieran ayudar a la industrialización nacional y a equilibrar la preponderancia de Estados Unidos.
En el verano de 1917 los alemanes lograron derrotar a Rusia. Unos meses antes, en abril, habían aprovechado que el líder comunista ruso Vladimir Ilich Ulianov, mejor conocido como Lenin, estaba exiliado en Suiza, para ayudarle a regresar a su país. Lenin se puso al frente del partido bolchevique y encabezó la Revolución de Octubre, que impuso un gobierno comunista; en febrero de 1918 se firmó el tratado de paz de Brest-Litovsk con Alemania. Los germanos pudieron por fin concentrar sus esfuerzos en el frente occidental y lanzaron una gran ofensiva. Sin embargo, la Gsi había sido un fracaso. A pesar de los alardes del almirantazgo alemán, los estadunidenses movilizaron millones de hombres, al mando del general Pershing, quienes dieron batalla a los teutones. Su aporte inclinó la balanza a favor de los aliados. La ofensiva germana fue derrotada; en noviembre de 1918 el káiser huyó de su país y Alemania firmó el cese al fuego.
En México, el gobierno de Carranza había superado una dura prueba de política internacional. Supo aprovechar las maquinaciones alemanas para enfrentar los embates de Estados Unidos. Al no aceptar la invitación a firmar una alianza con el Reich y mantener su neutralidad, no dio motivos formales al gobierno de Wilson para realizar una nueva intervención militar. Pero al mismo tiempo, al dejar la alianza con Alemania como una posibilidad, hizo que para Estados Unidos fuera potencialmente más costosa una guerra con México. El equilibrio entre dos potencias enemigas le ayudó a mantener una política nacionalista que enfatizaba la soberanía del país. De esa manera Carranza, quien llegó a ser visto en Alemania como un simple jefe de bandidos, logró salir mejor librado de la primera guerra mundial que los ensoberbecidos funcionarios del káiser.
PARA SABER MÁS
- Katz, Friedrich, México, Era, 2009. La guerra secreta en México, Neiberg, Michael S., La Gran Guerra, una historia global (1914-1918), Barcelona, Paidós Ibérica, 2006.
- Pi-Suñer, Antonia, Paolo Riguzzi y Lorena Ruano, Historia de las relaciones internacionales de México, 1821-2010, tomo v, Europa, México, Secretaría de Relaciones Exteriores, Acervo Histórico Diplomático, 2011, en
- Tuchman, Barbara, The Zimmermann Telegram, America Enters the War, 1917-1918, Nueva York, Random House Trade Paperbacks, 2014.
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