Roberto Escartín Arroyo
Instituto Mora
En revista BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 67.
Si hay un espacio que se puede definir como transgresor en la Ciudad de México, ese es el de la veintena de cuadras que conforman este sector de la colonia Juárez. Ha sido un espacio de socialización entre jóvenes de clase media, de creatividad cultural y contrastante con cualquier orden conservador. También un lugar de transformaciones arquitectónicas que llegan hasta la actualidad.
La década de 1950 se caracterizó por la ruptura, expresada en las movilizaciones de maestros y ferrocarrileros, entre otros, y la consecuente vigilancia policiaca, alerta ante cualquier indicio de oposición política. La severa disciplina paterna dominaba el espacio doméstico. En este ambiente autoritario, en un sector de la colonia Juárez, denominado Zona Rosa, surgió una serie de espacios donde se ejercía una modernidad alternativa: ni roja ni blanca, pero sí artística y literaria; un sitio de culto para la juventud, cuna del diseño, de mesas para departir entre amigos y escaparates de moda. Algunos de sus recintos habían heredado el oropel de otros tiempos, cuando los nombres de sus calles emulaban a la vieja Europa, pero unas décadas después cedieron ante el movimiento moderno en arquitectura y los nuevos géneros literarios. ¿Cómo se configuró este espacio de la ciudad de México? ¿Cómo se expresaba la cultura moderna de la década de 1960 entre las antiguas residencias del siglo XIX? ¿Quiénes eran sus protagonistas?
En este texto se propone que los jóvenes de las clases medias en la ciudad de México encontraron ahí un ámbito para socializar y representarse. Si consideramos que el espacio permite dar significado a procesos históricos de larga duración: en este caso, una zona residencial de la élite del porfiriato –edificada bajo una estrategia de exclusión espacial–, tomó otro sentido después de la revolución mexicana. El cambio en el uso del espacio permitió, durante las décadas siguientes, que nuevos grupos sociales se apropiaran de calles y residencias, mediante tácticas de uso, adaptación o edificación con lo cual podían expresar una cultura propia. Al tiempo, la reurbanización modificaba su paisaje y la novedosa oferta comercial atraía a la burguesía en ascenso. Las avenidas y los edificios vanguardistas propiciaron una mayor circulación de personas y formaron los resquicios para la expresión de otras vivencias. Para ello se inventó un nombre para significarla y un nuevo tono, que daba color a la modernidad.
La colonia Juárez
El proyecto económico liberal había dado gran relevancia al ensanche de la ciudad de México mediante la urbanización del lado sur de Paseo de la Reforma, compuesta por tres secciones, que unificadas en 1906 tomaron el nombre de colonia Juárez. Su extensión configuró una extensa área triangular, cuyo límite era la antigua Calzada de Chapultepec al sur y el Paseo de Bucareli como lindero oriente. Las calles del damero se bautizaron con nombres tomados de capitales europeas, mientras que las avenidas Insurgentes y Florencia cercaron el área central. El porfiriato le había heredado una serie de casas burguesas coronadas con mansardas y sus espacios domésticos aderezados con recibidores, salones, comedores y halls destinados a cumplir el ideal de una vida distinguida. Al exterior, el esquema residencial de mansiones ajardinadas enfatizaba la idea de una vida privada y confortable.
En 1907, el único edificio que existía en la colonia se adaptó para instalar el Hotel Genève que, de inmediato, atrajo a viajeros de fama y alto poder adquisitivo. Sin embargo, desde 1913 la lucha revolucionaria dejó en el abandono innumerables casas, mientras que otras, como la residencia perteneciente al padre de Francisco I. Madero fueron incendiadas durante el golpe militar. No obstante, pese a la furia del movimiento se continuó con la construcción de mansiones de estilo ecléctico y neoclásico. En todo caso, al término de la lucha armada la colonia quedó salpicada de lotes sin edificar, recodos de nostalgia y algunas ruinas del régimen caído. Para entonces, sus vecinas colonias Roma y Cuauhtémoc heredaban la vocación alto-burguesa para convertir a la Juárez en un nodo de la red de intercambios y movimientos de personas.
Los intersticios del terreno sirvieron en la década de 1920 para la construcción de casas particulares y departamentos más económicos para arrendamiento. Las nuevas residencias permitieron a algunas familias burguesas abandonar la zona central de la ciudad para instalarse en la colonia Juárez, donde encontraron un ambiente elegante y cosmopolita. La vigilancia moral quedaba a cargo de los párrocos de las iglesias del Santo Niño de la Paz y del Sagrado Corazón de Jesús; mientras que la provisión de alimentos se conseguía en establos, tocinerías e improvisados expendios de masa de maíz. Las diversiones aún estaban en el centro de la ciudad o en el vecino bosque de Chapultepec. La Juárez era una colonia tranquila, arbolada y asfaltada. En la calle de Havre, por ejemplo, podían hallarse casas de tres niveles con sótano, al estilo de los townhouses de Estados Unidos.
En 1929, frente a las rejas del bosque de Chapultepec, se construyó la mole de la secretaría de Salubridad, que trajo el primer contingente de población flotante: los oficinistas de la burocracia gubernamental. Para entonces, era factible vivir en uno de los departamentos del número 83 de Havre o rentar una habitación en alguna casona antigua. Ante estos cambios, en 1931 la parroquia de la Votiva se sumó al grupo de oídos atentos a las faltas a la moral. Fue cuando los locales comerciales comenzaron a convivir con oficinas de empresas nacionales, como la Compañía Productos de Maíz, alojada en el edificio Sterling de la esquina de Insurgentes y Londres. Otros inversionistas prefirieron adaptar algunas casas con fines de negocio: la casa-galería del señor José Manuel Gargolio fue convertida en el University Club en 1932 con un salón de saraos, mientras que la casa de la familia Diener, que colindaba con la avenida Insurgentes, alojó locales comerciales decorados con azulejos. La convivencia de residencias y negocios redundó en expresiones culturales. Así, desde 1935, pese a las limitaciones que imponía el modelo masculino del mundo artístico, las hermanas Carolina e Inés Amor aprovecharon la ubicación de su casa para anidar aves surrealistas que, años más tarde, trasladaron a la calle de Milán número 18, con el nombre de Galería de Arte Mexicano.
La comercialización fue en aumento durante la década de 1940: los cambios en el uso residencial coincidieron con la instalación de instituciones bancarias y la apertura de templos culinarios como el Bellinghausen en Londres 95 y el 123 de la calle Liverpool, así como el Chalet Suizo y El Parador, ubicados en la calle de Niza. Estos restaurantes atraían a hombres de negocios y familias de la alta burguesía: una población discreta, europeizante, obsesionada por el atuendo y la corrección de las maneras en la mesa. Al mismo tiempo, la arquitectura del movimiento moderno y la moda de telas satinadas se extendían en el gusto de las clases medias, que dejaba atrás los gustos nacionalistas. Para cultivar la nostalgia en salones y comedores, los nuevos ricos contaban con las antigüedades y muebles clásicos fabricados por la mueblería Galerías Chippendale, pero el estilo monetizado y proclive a los Estados Unidos del régimen del presidente Miguel Alemán, y el inicio de la guerra fría, plantaron un terreno minado para artistas e intelectuales de otro talante.
Entre cafés y vida cultural
La década de 1950 atrajo a la colonia Juárez a un grupo de destacados intelectuales y artistas que le dieron otro soplo de modernidad a la ciudad, titulada por Carlos Fuentes como la región más transparente. La visibilidad del Paseo de la Reforma fue conveniente para instalar más dependencias de gobierno y los flamantes despachos de prósperos negocios surgidos bajo la política de sustitución de importaciones. El edificio del Instituto Mexicano del Seguro Social le agregó un nutrido grupo de burócratas en 1951, seguido de cambios orientados a transformar el pausado ritmo residencial al de bullicioso centro comercial, social y turístico: en 1953, la residencia de la familia Ortiz Bermejillo fue adaptada para abrir el restaurante Focolare; de manera similar, la galería de arte Prisse exhibía las obras de artistas de la Ruptura en las habitaciones de la antigua mansión de Londres 163. Sin embargo, el hecho más llamativo de ese año fue la exposición de la pintora Frida Kahlo en la Galería Arte Contemporáneo de Lola Álvarez Bravo. En lo sucesivo, los cafés y galerías fueron espacios de encuentro para artistas y escritores, como sucedía en el restaurante Konditori y la galería Misrachi (que presentó una retrospectiva la obra de Diego Rivera en 1968). La cafetería El Carmel, del poeta de origen ucraniano Jacobo Glantz, exhibió las obras de Lilia Carrillo y Manuel Felguérez entre pastelillos y tazas de té, muestra de las nuevas corrientes internacionalistas e intimistas del arte. Poco después, el pintor José Luis Cuevas colgaba en las paredes sus imágenes prostibularias a manera de un manifiesto de zona roja que, en voz de todos, era color de rosa.
El tono rosa hacía referencia a una moral distinta y, sobre todo, a una nueva sensibilidad, la cual contaba con su propia frontera, que la literatura llevó más allá de sus límites físicos. En su interior, las calles formaban un conjunto de una veintena de cuadras, pero si atendemos a la verticalidad, desde la década de 1950 la escala residencial alternaba ya con edificios de oficinas de más de diez pisos; donde el entretenimiento y el trabajo asalariado convivían como amantes o cómplices. Así, en la torre del Hotel Continental, inaugurado en 1955, se presentaba una nueva cara de la frivolidad en los espectáculos del salón Belvedere, a la vez que era sitio de trabajo para camareras y cocineros. Emilio Coral apunta que en esa década “las tendencias liberales y movimientos contraculturales estadounidenses ganaron muchos adeptos entre los jóvenes de la clase media”. Las discusiones de café de este nuevo colectivo giraban en torno al repudio a los líderes sindicales espurios, a las medidas autoritarias de los padres de familia, a las experiencias sexuales lúdicas y a la posibilidad del “matrimonio a prueba”.
De manera más sutil, los artistas plásticos expresaban su vocación por el surrealismo o el arte abstracto en las galerías Juan Martín (donde se exhibió la obra de Alberto Gironella en 1961), mientras que en 1967, la galería Pecanins se instaló en la calle de Hamburgo número 103. Fue entonces cuando la escultura del llamado “Ángel de la Independencia” adquirió un nuevo simbolismo libertario, en cuyos alrededores se instalaron los nuevos espacios de conversación existencialista, como el café Lautrec. Otros cafés, como Las Musas, daban oportunidad a los artistas emergentes de mostrarse a los flâneurs. A su vez, pasear por la Zona Rosa se convirtió en una forma de manifestarse, de representar una manera de ser.
En las mesas de banqueta se comentaban la inauguración de librerías y las funciones de danza. Al cabo de los años, artistas e intelectuales encontraron la oportunidad de llevar el arte a la calle, como cuando José Luis Cuevas dirigió la ejecución de un mural efímero en la azotea de la esquina de Génova y Londres, en lo que fue un evento público denostado por la prensa, pero que le dio mayor notoriedad. Para otros entusiastas de lo moderno, era necesario abrirse paso entre las residencias porfirianas, por lo cual, entre 1954 y 1963 se construyeron torres-escaparate, edificios con fachadas de cristal, ubicadas en las calles y avenidas de la colonia. En 1961, la tienda de Muebles Francis, ubicada en Niza 35, vendía juegos de sala estilo escandinavo, mientras que en la esquina acristalada de Hamburgo y Génova se encontraba el espacio para las creaciones de la diseñadora Clara Porset, cuyo taller de mobiliario convivía con la tienda de muebles La Parisiense, en la planta baja y el centro nocturno La Ronda.
A partir de 1965, el ambiente social se hizo más variado y los jóvenes más desparpajados, como se relata en las novelas de La Onda. Tanto los jóvenes con más recursos como los visitantes extranjeros percibieron que el atractivo de la Zona Rosa radicaba en la posibilidad de evadir la jerarquía de la casa paterna y de reunirse. Tal era el caso de La Isla de los Desencantados, un café con mesas de jardín ubicado en las calles interiores del modernísimo Pasaje Jacaranda, diseñado por el arquitecto Ramón Torres e inaugurado en 1957, donde se charlaba frente a los escaparates de lujosas boutiques y que permitía llegar en automóvil hasta la azotea. Con esta vocación metropolitana, era posible atraer a un público de jóvenes in, afectos a contemplar los animados happenings de la boutique de modas de las hermanas Bárbara y Angélica Angely en la calle de Niza, eventos condenados por la prensa y la “momiza” como una “invasión de hippies”. Si bien estos actos eran publicitarios y relativamente controlados, los intelectuales más destacados se daban la libertad de seguir la fiesta y mostrar sus extravagancias en cualquier otro lugar real o imaginario que se los permitiera, un cóctel convertido en novela cifrada de corte psicodélico por Luis Guillermo Piazza, La mafia, cuyo lenguaje ocultaba los nuevos giros a lectores “fresas” y “neoporfiristas”. En todo caso, los mensajes corporales nunca pasaban inadvertidos, ya fuera en trajes a la moda o peinados, esculpidos en las novedosas salas de belleza de la colonia. La Asociación de Comerciantes promovió entonces el concurso de belleza femenina del Carnaval de la Primavera, una oportunidad para lucir pelucas y postizos.
Con un tono más selecto que el de las boutiques de moda y las bulliciosas calles, en los círculos privados proliferaban las reuniones de tipo artístico e intelectual, convocadas en los pisos altos o en los sótanos de las viejas casonas de la colonia Juárez. La baronesa Nancy Oakes y el inversionista inglés Patrick Tritton, reunían a personas de la alta sociedad, músicos y pintores en la calle de Marsella 44. En este ambiente cosmopolita fue donde la joven princesa Elena Poniatowska se abrió paso en la sociedad del jet set, sin estropear su sensibilidad por el mundo real. Mientras tanto, en la vida cotidiana moderna confluían otros espacios, en los que cada uno seguía sus propios rituales para comer y verse reflejado en las pantallas de cine. Para ello, con visión empresarial, Gustavo Alatriste había abierto las puertas de la Sala Buñuel, y desde 1960 el cine Latino era un lugar ideal para sumergirse en la nueva ola, pues su enorme sala contaba con un gran número de butacas, distribuidas entre anfiteatro y luneta. En la pantalla gigante se viajaba al sublime mundo de las historias y el despertar a nuevos encuentros. En 1970, la Zona entró al mundo mitológico con la película Jóvenes de la Zona Rosa, protagonizada por Alberto Vázquez.
Como puede constatarse, estas formas expandidas del ser-nosotros, en el transcurso de las décadas del llamado “desarrollo estabilizador”, llevaron a los habitantes de la urbe a pasar más tiempo en la calle. El comedor doméstico del domingo familiar alternaba con los restaurantes, como El Señorial, de manera que sus rituales se representaran en público, aunque limitados por la severa pirámide social. Así, los restaurantes Passy, Rivoli, Champs Elyées y Mauna Loa, ofrecían ambientes poscoloniales donde la burguesía afirmaba sus logros y alimentaba su eurocentrismo. Otros, como el Perro Andaluz reunían a músicos y artistas. En los restaurantes Jacarandas, La Posta, Niza y el Focolare, el menú de espectáculos estaba aderezado con una cena tradicional. Entre comilonas infinitas, los arribistas se juntaban con políticos del pri y la burguesía capitalina para fabricar sus amasijos. En 1970, el cambio de sexenio sería aprovechado por el actor y locutor León Michel para lanzar su campaña política, con la pretensión de convertirse en diputado por el primer distrito electoral, esto es, la Zona Rosa. Al respecto, su opositor, el artista José Luis Cuevas, decía de Michel que “su vanidad sólo era comparable a su increíble ignorancia”.
El régimen y la juventud
Para detener la invasión de hippies de Estados Unidos, las autoridades de inmigración obligaron a pasar por la ducha y la peluquería a los gringos “greñudos”. No obstante, algunos se colaron y en 1968 se les veía por ahí, lo que causaba desconcierto entre los transeúntes tradicionalistas, ya que no podían distinguir su sexo, al tiempo que desafiaban al pudor. En la realidad –mucho menos rosa– la nueva generación enfrentaba las razzias que dieron a la policía capitalina un pretexto para ejercer su violencia. Ese año, los hippies importados se confundían con algunos jóvenes de melena y patillas nacidos en la Ciudad de la Palacios, pero para los menos afortunados, las golpizas, el apando y la metralleta acallaron de forma súbita las voces de los menos afortunados. Sin notar la dosis de violencia, durante las Olimpiadas, los turistas derrochaban dinero en las 24 tiendas de curiosidades mexicanas de la Zona Rosa, pero también en las 22 joyerías y relojerías, los trece bares, y centros nocturnos, las catorce galerías de arte, las once tiendas de antigüedades y las cuatro discotecas, sin faltar sus 38 restaurantes, todos puntos de reunión que invadían las calles con letreros y escaparates.
La velocidad vertiginosa con que se sucedieron los cambios generacionales en el siglo xx ha propiciado que los ámbitos del espacio público y la vida privada de la colonia Juárez experimentaran diversas yuxtaposiciones: junto a las residencias del México decimonónico se elevaron obras de acero, concreto y cristal de la nueva burguesía posrevolucionaria. En una ciudad que se devoraba a sí misma, se abrieron espacios para la crítica política en cafés, restaurantes y galerías de arte junto a oficinas anodinas. La colonia había iniciado su vocación comercial de manera temprana; lo cual propició que, en las décadas siguientes, los espacios culinarios replicaran el colonialismo interno y la diferenciación de clases; lugares de culto donde, en los años 60 del siglo pasado, confluyeron paseantes estrambóticos, turistas en minifalda, artistas de vanguardia y bebedores de café, proliferaba la conversación y se acudía a los cines y galerías. En suma, el complejo hecho social denominado Zona Rosa fue un espacio donde se expresaron las diferencias de manera creativa. Las novelas y las pinturas de la época describieron este fenómeno con mayor profundidad: una mezcla de anhelos frustrados y pequeñas batallas, ganadas por la generación que enfrentó el golpeteo del autoritarismo con un humor y lenguaje inéditos.
PARA SABER MÁS
- Acosta Sol, Eugenia, “Colonia Juárez, desarrollo urbano y composición social, 1882-1930”, México, Instituto Politécnico Nacional, 2007.
- Coral, Emilio, “La clase media mexicana: entre la tradición, la izquierda, el consumismo y la influencia cultural de Estados Unidos (1940-1970)”, Historias, 2006, pp. 103-126, en https://goo.su/HX0AY2k
- Lanzagorta García, José Ignacio, La Zona Rosa: Un estudio socioespacial sobre género, sexualidad, sociabilidad e imaginario urbano en la Ciudad de México, El Colegio de México, 2018.
- Los caifanes, dir. Juan Ibáñez (1967).